Luz de luna

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Summary

La Caja no solo es un lugar clandestino en donde se llevan a cabo las más violentas peleas de perros de todos los tiempos, sino que también representa a todo un sistema de dominación que se enfoca en educar, adiestrar y manipular a los alfas, betas y omegas cambiaformas. Aquellos que alguna vez fueron salvajes y que necesitan ser domesticados. Gaia creció en un circuito donde la obediencia es sustancial y la protección se paga con el cuerpo. Las múltiples traiciones que ha experimentado a lo largo de su vida le obligan a creer en una promesa llena de mentiras, aferrándose, sin remedio alguno, a Tristán, un niño que está destinado a convertirse en un arma. Dirk, en cambio, es una promesa rota. Un alfa expulsado del camino que le prometieron y que no tuvo más opción que emprender la huida como un cobarde. Con un cuerpo que ya no responde del mismo modo, con sus metas arruinadas y una pregunta acechando silenciosamente su mente. Dirk se asume como una causa perdida. Sobrevivientes de un pasado tormentoso, los dos terminan como vecinos en un edificio departamental que no tiene la suficiente fuerza como para contener los secretos. El silencio prolongado, las miradas largas, las noches en vela y un niño que se apaga poco a poco hacen que Dirk y Gaia descubran lo peligroso que es amar en un mundo donde el poder lo es todo. Pero también descubren que a las personas con poder les dan miedo los sobrevivientes, porque son impredecibles.

Genre
Romance
Author
Vulpes
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Preludio: Cachorro herido

Gaia todavía reconoce ese momento en sus pesadillas. El olor a hierro sucio se mezclaba con el de la tierra. La luz pesaba en aquel lugar, como si estuviera cubierta por una fina película de polvo que enfriaba toda la sala incluso si su cuerpo estaba ardiendo por el miedo y la rabia. Era como atravesar un portal a otro mundo, como si su simple existencia estuviera planeada para permanecer dentro de aquella bodega abandonada y en ningún otro lugar.

A veces se pregunta cómo fue que terminó allí, era muy pequeño para procesarlo. Recuerda que unas manos, probablemente cuatro, probablemente seis o más, lo tomaban de los brazos y del cuello con tanta fuerza que apenas si podía conseguir un poco de aire. La boca se le llenó de saliva y todavía podía sentir un sabor extraño sobre su lengua luego de que uno de los hombres impactara un puñetazo sobre su rostro para dejarlo quieto. Sintió vértigo, ¿hambre? ¿Sueño? ¿Dolor? Sus ojos viajaron hasta la pesada puerta de metal que separaba aquella oficina de lo que sea que estuviera ocurriendo del otro lado. ¿Dónde estaba mamá? Cada pensamiento que atravesaba su mente se volvía tan insignificante en comparación con los gritos, ladridos y golpes metálicos que se escurrían por debajo de la puerta. Con su respiración entrecortada inundando sus oídos, como la de quien tiene la cabeza sumergida debajo del agua, devolvió su mirada hasta los ojos de aquel alfa. Una gélida sonrisa se asomó sobre los labios del hombre.

—Un lobo sangre pura —dijo él, como repitiendo algo obvio. El sonido de su voz penetró los oídos de Gaia.

—Todavía es muy pequeño —dijo otra voz a sus espaldas.

—Un cachorro, sí —contestó uno de los que sostenía su brazo con fuerza—. Pero apuesto a que cuando crezca puede ponerse afilado. Lo encontramos cerca del basurero de la ciudad transformado en lobo. Casi le arranca la mano a uno de mis hombres.

El alfa tras el escritorio lo observó. El dorado de los ojos de Gaia era un panal de abejas furioso y eso al hombre le hizo sonreír de manera satisfecha. Él se inclinó hacia adelante, haciendo rechinar su silla.

—Ah, sí. Puedo verle la rabia. ¿Cuántos hombres se necesitan para atrapar a una pequeña cría de lobo?

Un gruñido se alojó en la garganta de Gaia y forcejeó con sus brazos para tratar de librarse del agarre.

—¿Quieres probarlo?

La gélida mirada azul del alfa no se apartó de los intensos ojos del omega.

—Sí, eso me gustaría mucho. Veremos si me convence para volverme su mecenas.

—Como ordenes, Maxwell.

Y lo siguiente siempre es un torbellino de recuerdos ensimismados que lastiman la memoria del omega. Un tirón le hizo volver la mirada al suelo en el momento en el que los hombres lo sacaron de la habitación a la fuerza. En cuanto la pesada puerta de metal se abrió, el rostro de Gaia se deformó en una mueca al ser golpeado por todos esos aromas que le quitaron el aliento. El olor de la muerte danzaba eufóricamente en el aire y todos estaban hambrientos por ella.

Fue guiado por un laberinto de barandales y escaleras de metal que en algún punto congeniaron con el centro del lugar, donde una gran jaula en forma de hexágono se veía rodeada de gradas repletas de personas sedientas por lo que estaba sucediendo dentro. Aquel primer encuentro produjo vértigo en el pequeño lobo, quien se vio arrastrado debajo de la multitud.

Dentro de la arena estaban dos lobos cambiaformas que se mordían, se desgarraban, se hacían polvo mientras todos los demás gritaban el nombre de su favorito, de aquel que era merecedor de ganar. Los ladridos, gruñidos y aullidos de dolor y furia llenaron sus oídos. La ferocidad de sus mordidas desprendía el pelaje de los lobos, quienes se atacaban con la misma violencia que los vítores del público. Sus captores parecían ignorarlo, pues con las manos cerradas alrededor del omega, hablaban a gritos con uno de los hombres que custodiaba una de las entradas de la jaula.

¿Cómo era posible que una simple reja pudiera contener tanto odio dentro?

—No quiero... —su voz salió como un hilo que podía romperse fácilmente si se aplicaba la tensión necesaria.

Los chillidos dentro de la arena se hicieron más fuertes, uno de los lobos había sucumbido a la fuerza del otro, todos parecían entusiasmados por lo que sabían que pasaría a continuación.

—¡No quiero! —tiró de sí mismo tratando de librarse, gimoteó cuando las manos de los hombres se aferraron a su piel hasta el punto de enrojecerla.

El lobo dominante, con las fauces abiertas y dejando salir hilos de saliva y sangre que mojaban la arena, se lanzó sobre el costado del lobo herido, pero el clamor ansioso de las gradas abucheó cuando la cadena se tensó sobre su cuello, arrastrándolo hacia atrás como si tiraran de una gran correa de castigo, alejándolo del perdedor.

—¿Maxwell quiere una demostración del chico? —dijo uno de los guardias de la jaula, quien dirigió su pesada mirada hasta el pequeño y tembloroso cuerpo de Gaia—, ¿un omega?

—Déjalo entrar.

El guardia lo estudió antes de dirigir su atención a la jaula, abrió las puertas para despejar el paso al equipo del vencedor. Un sabor ácido mojó las papilas gustativas de Gaia de tan solo verlo, y la piel se le erizó sin saber si era por el frío o si era por ver a aquel cambiaformas bañado en su propia sangre y la de su enemigo. El ganador del combate había recuperado su forma humana y varios le ayudaban a salir de la jaula al notar que aquel alfa ni siquiera podía mantenerse de pie por sí mismo. Su cuerpo estaba vibrando en heridas rojas y palpitantes, todavía vivas de violencia.

—Hay otro chico que también querían probar hoy... —dijo de pronto el guardia al devolver su mirada a los captores de Gaia, como si recién hubiera recordado ese detalle.

—Pues mételo —el otro se estaba quedando sin paciencia.

El hombre asintió, se alejó un momento antes de acercarse nuevamente con la pesada cadena que segundos antes estuvo alrededor el cuello del lobo masacrado. Al omega se le escapó un feroz gruñido de entre los colmillos y trató de morder la mano más cercana, provocando un grito ahogado y unas cuantas risas a su alrededor. Hubo otro forcejeo y lo único que pudo escuchar después fue una maldición antes de que otro puñetazo se estrellara contra rostro, arrojándolo al polvoriento piso dentro de la arena.

—Más te vale transformarte si quieres salir entero, mocoso.

Por un instante sintió que las luces se hicieron más brillantes, como si ese fuese el único punto dentro de todo el edificio que realmente importara. El único lugar que valía la pena mantener impecable para después ensuciarlo a gusto. Por mucho que trató de enfocar su mirada sobre las figuras a su alrededor, no pudo ver más que sombras sin forma que clamaban cosas que no comprendió en ese momento. Su cabeza seguía sumergida bajo el agua.

Una figura en específico se posaba relajadamente sobre los barandales de uno de los balcones, observando el espectáculo desde lejos.

El lugar daba vueltas. Le costó trabajo ponerse de pie sin verse afectado por un mareo que le provocó náuseas. ¿Cuándo fue la última vez que comió? Del otro lado de la arena se abrieron las puertas y dentro fue lanzado un pequeño alfa más o menos de su edad. Aquel niño también tenía una cadena alrededor de su cuello.

Entonces el vértigo se convirtió en adrenalina.

La primera vez que Gaia fue arrojado a una pelea de perros tenía siete años.