Bird cage (AshEiji)

Summary

Dino Golzine está muerto, Ash Lynx ha tomado el control sobre las diferentes pandillas y encabeza la mafia americana. Para mantener las relaciones estables entre los diferentes clanes, los Yakuza le envían una oferta que no puede rechazar: un omega dominante. ¿Cuál es el problema con este omega de ojos grandes? Asesinar al lince de Nueva York es la llave para su libertad. O el intento de omegaverse más oscuro con toques de mafia y enemies to lovers que su servidora pretende traer. Créditos de la imagen a @Deyarrt en instagram, @drainlynx (twitter) y @deokumura (wattpad).

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

I´m a ruin.

—Te ves precioso, Okumura-san.

Lucía joven, no aparentaba sus veinte años en ese kimono nupcial, su cabello esponjado se hallaba adornado por una pequeña rosa, esas largas y tupidas pestañas fueron el enmarque perfecto para sus grandes ojos cafés, solían cuestionar su verdadera herencia al ser tan oscuros y apenas encontrarse rasgados, sin embargo, estos eran su arma letal al momento de coquetear, eso era a todo lo que podía aspirar ¿no? Había nacido omega. Le decían que era bonito.

—Gracias Aki-chan. —Pero una amarga sonrisa fue lo único que pudo vislumbrar en el cristal. Los focos se hallaban demasiado gastados alrededor de la ornamenta y el banquillo apenas se sostenía, el tocador le pertenecía a su madre, por eso le gustaba—. Puedes ser informal conmigo, no me agrada que uses el mismo título que utilizan con mi padre. —La chica se ruborizó con sutileza.

—Ei-chan. —El nombrado se giró en el espejo para acariciarle la cabeza—. ¿Estás nervioso?

—No realmente.

La bilis inundándole las tripas le gritó lo contrario, el sudor le estaba corriendo por la nuca y el collar se encontraba demasiado apretado contra su tráquea, se preguntó si se podría colgar de este y rechazó la idea. Él paseó su mirada por su habitación, tan vacía que le dio pena, una cama y el tocador de su madre, un diploma viejo y algunas fotografías, jamás lo dejaron encariñarse con nada ni nadie, hicieron lo imposible para quebrantarlo. Y acá estaba ahora. Medio vivo.

—Tienes un plan. —Medio muerto—. ¿No es así? —Akira alzó una ceja, sentándose al frente del omega, sus zapatitos de charola desentonaron con su kimono, ella siempre fue una rebelde, amante de la cultura estadounidense—. Te conozco, puedes decírmelo.

—¿Puedes guardar un secreto? —La muchacha apretó sus párpados con fuerza antes de asentir—. Planeo matar a Ash Lynx.

—¡¿Qué?! —Él le hizo un gesto para que guardase silencio, habían guardias del otro lado de la puerta y si lo descubrían quien saldría en una bolsa para cadáveres sería él—. ¿Cómo planeas matarlo? ¡Él acabó con Dino Golzine! —Él se aflojó el cuello, era degradante que lo forzasen a usar un kimono femenino para venderlo por el clan.

—Ellos me llevarán para ofrecerme como un regalo entre nuestros bandos ¿verdad? —Las sandalias se le salieron gracias al jugueteo contra la silla, los focos estaban calientes, el aire no le pasaba, se desmayaría. No, no podía, no había tiempo para desmoronarse, él era fuerte.

—Sí.

—Si me rechaza no puedo regresar, padre dijo que… —Él tembló, sus dedos apretaron con fuerza las largas mangas de la prenda al recordar las amenazas de su progenitor—. No puedo regresar. —Parpadeó, ido—. Y si me acepta tendré que pasar el resto de mis días engendrando sus crías, odio ambas opciones.

—¿Okumura-san está interesado en hacer una alianza?

Eiji contuvo una carcajada amarga, lo único que le interesaba al líder de los Yakuza era aniquilar al heredero de la nueva mafia, desde que Dino Golzine fue asesinado las aguas de su negocio se habían enturbiado. El joven alfa de apenas veinte años representaba una amenaza para la misma integridad del clan, por eso lo estaban enviando como carnada, que aceptase su unión implicaba convertirse en un ancla por el resto de la eternidad con descendientes, esa era la manera burda en que su padre pretendía recuperar el control.

—No lo está. —Pero si lograba asesinarlo, otro miembro de Corsa tomaría el mando de Nueva York y la estabilidad volvería—. Matarlo es mi mejor apuesta para regresar. —Akira se aferró a la faja con fuerza, reticente a dichoso plan.

—¿Por qué no puede ir Yut-Lung? ¡A ambos clanes les molesta ese sujeto! —Eiji se limitó a acariciarle los cabellos, sabiendo que podía ser la última vez, temiendo que lo fuera.

—Porque Yue es un omega recesivo. —Las entrañas se le revolvieron frente al espejo, inocente pero seductor—. Yo soy un omega dominante. —El flequillo le rebotó encima de las pestañas, él deseó poderse quedar escondido detrás de sus rizos. Deseó haber nacido como el alfa que su padre estaba esperando.

—¡No quiero que vayas! —Pero no pasó—. ¡Tampoco quiero que sigas este plan estúpido! ¡No eres un kamikaze! —El japonés la consoló con ligeras palmaditas en la espalda. Akira era solo una niña, era normal que estuviese haciendo un berrinche cuando en el fondo sabía lo que iba a pasar.

Si los rumores eran ciertos, sería devorado por el lince de Nueva York.

—¿Siguen llorando? —La voz de su hermana menor congeló el pequeño cuarto, los árboles danzaron alrededor del herbario, el tatami chirrió bajo su tacón—. El vehículo ya está listo para transportar la mercancía. —La chica era toda una belleza, joven e imponente, la siguiente heredera de los Yakuza.

Una alfa.

—¿Cómo puedes ser tan indiferente con Ei-chan? —Ni siquiera los miró aunque fuese la despedida, su atención se encontraba absorbida por el jardín botánico a las afueras—. Es tu hermano.

—Mi hermano murió el día que se manifestó como omega. —Fue un puñetazo directo a su corazón, si todavía tuviesen una relación le habría dolido más—. Ahora es una carga.

—¡Masako! —Ni siquiera le dio tiempo para responder antes de que la puerta shoji se cerrarse de un portazo.

Él se levantó frente al espejo, repasándose una última vez.

Él paseó sus manos por los pliegues de la faja, las imperfecciones de la tela desaparecieron bajo la gentileza de sus manos, los pies le dolían un infierno en esas sandalias de madera, sus músculos seguían resentidos por el entrenamiento de ayer. Sí, mandarlo como un cebo contra la mafia americana no impidió su práctica con la katana. Aun siendo omega necesitaba mantenerse a la altura del clan, irónico considerando que solo lo menospreciaban. Él sonrió frente a los focos. Si tuviese la oportunidad de saborear el poder acabaría con esta estúpida discriminación hacia los omegas, ni siquiera se permitían investigaciones acerca de su género, lo que convertía a sus ciclos de calor en extremadamente incómodos. Él suspiró, su vientre se comprimió contra la tela. Podía hacerlo.

Era un Okumura, aunque fuese un omega.

—¿Me veo bonito? —Akira rompió en llanto por la impotencia, odiaba esta situación, no necesitaba saber su género para amar a este chico. Sus manitos se arrugaron en la prenda nupcial, las palabras no le escaparon, si tan solo fuese diez años mayor…

—¡Deberías haberte casado conmigo! ¡No con él! —La petición le pareció sumamente adorable, esta niña fue la única persona que no lo trató diferente luego de manifestarse como omega—. ¡Podemos huir juntos! ¡Dejemos el clan! —Eiji se inclinó para limpiarle la pena con las mangas del kimono, poco le importó que quedasen moqueadas.

—Nos encontrarán. —El hipo aumentó.

—¡Aun así! ¡Huye conmigo Ei-chan! —Fue lindo que alguien le ofreciese esa posibilidad, que le preguntase su opinión y le abriese una puerta.

—No le des problemas a Ibe-san mientras regreso. —Él presionó un beso sobre la frente de la muchacha—. Sigue practicando con la katana, eres buena en ello. —Sabiendo que por mucho que lo anhelase no existía la salida de su jaula.

El trayecto en el auto solo pudo ser descrito como incómodo, los bloqueadores de feromonas lo estaban ahorcando, la faja no le permitía respirar, básicamente se sentía como un burrito humano, él sonrió ante su propio pensamiento, probablemente los burritos tendrían más libertad que él.

Para Eiji esto era dolorosamente retrógrada, no había nacido en una familia particularmente abierta en torno a las castas, sin embargo, le resultaba completamente verosímil y racional respetar los derechos de los demás independiente de sus géneros porque eran…seres humanos. Eso debería contar ¿verdad? Pero no. Pasó toda su adolescencia lidiando con la crueldad para hacerse más fuerte, su padre siempre odió que tuviese un carácter tan frágil e hizo lo imposible para extinguir el fuego que chispeaba dentro de su corazón. ¿Extinguirlo? Más bien reemplazarlo con el odio como combustión, lo terrible fue que funcionó. El joven omega aborrecía tanto a los alfas como a esta ridícula disputa de mafias. Se le prohibió tener miedo al ser heredero del apellido Okumura.

Heredero.

Curioso ser rebajado a mercancía.

—Ei-chan. —Que el beta le tocase el hombro lo hizo temblar—. ¿Escuchaste algo de lo que te dije? —No, ni hizo falta, habían repasado cómo sería la ceremonia durante semanas. El alfa olfatearía sus glándulas aromáticas para decidir si eran compatibles. Un desconocido tendría el control absoluto de su destino. Bonito ¿eh? Pensó que la esclavitud ya se había abolido.

—Lo hice. —Ni siquiera podía ver el paisaje a través del vidrio polarizado, sabía que estaban pasando por un puente por el roce de los neumáticos, pero nada más—. Aki-chan fue a hablar conmigo en la mañana ¿sabes? —De cualquier manera, mirar esa lámina negra fue mucho mejor que encontrarse con los ojos de su tutor—. No estaba feliz con la noticia.

—Nadie lo está.

—Mi padre lo está. —Él no quiso levantar la voz—. Todo el maldito clan lo está. —Pero lo hizo. Sabía que no podían abofetearlo antes de que lo entregasen como mercancía.

—Okumura-san solo quiere lo mejor para ti. —Él sonrió—. Eres su preciado hijo, Ei-chan. —Sabiendo que esas palabras no eran más que mentiras, el conductor los vigilaba y otros dos hombres del clan los acompañaban. Ya lo habrían sometido por irrespetuoso en otra circunstancia.

—Ibe-san. —Eiji dejó caer su nuca contra el asiento de cuerina, la rosa le cosquilleó en la mejilla y la faja lo presionó—. Gracias por todo. —El nombrado le obsequió una sonrisa que decía «lamento que estés pasando por esto, mereces un futuro mucho mejor».

—¿Por qué eso me suena a despedida? —El omega no tuvo que alzar los párpados para acercársele.

—Porque lo es.

Que cada quien lo interpretase como quisiera.

Aunque Shunichi Ibe era el segundo al mando, en lugar de desempeñarse alrededor de los negocios él se dedicó a cuidar de los futuros herederos Yakuza. Eiji Okumura fue entrenado para convertirse en un asesino de élite, sus planes eran tomar el control de la mafia japonesa con el mismo puño de hierro que caracterizaba a su padre. Se le enseñó acerca de estrategias, se le educó en el arte de la defensa, tuvo una infinidad de privilegios como practicar salto de pértiga hasta que su género se manifestó. Desde ese momento se le degradó y su destino quedó sellado para ser una moneda de cambio. No lo toleraría más, él no era débil por ser un omega. No permitiría que el resto lo tratase de esa manera.

Todos lo verían cuando matase al lince de Nueva York.

—El jefe los está esperando en la oficina. —Un beta fue quien los recibió, tenía el cabello amarrado en una trenza, un afilado colmillo sobresalía cuando hablaba. El japonés pensó que era peculiar.

—Gracias.

La actuación comenzó.

Para no faltarle el respeto a su nuevo “amo”, él mantuvo la mirada clavada en el piso mientras sus hombres lo guiaban por una infinidad de pasillos, la construcción era formidable, digna sede para la mafia americana. Sus sandalias retumbaron contra el piso, era de madera pero diferente a los tatamis, más elegante y menos personal. Sus mangas ondearon alrededor de los grabados en las paredes, eran dorados y bonitos, por el rabillo de su ojo le pareció observar algunas fotografías. Lo golpearon cuando quiso seguir indagando. Él se mordió el labio. ¿Cómo mataría al alfa? Él repasó el catálogo mental con el que Yut-Lung Lee lo equiparó, lo mejor sería esperar al celo, la racionalidad se esfumaría para ser reemplazada por vulnerabilidad. Eiji se permitió ser aún más optimista y soñar con la libertad.

Con un mundo donde no fuese un pecado ser omega.

Uno donde él pudiese elegir a su pareja.

No, mejor, donde los alfas se sometiesen a él.

Boss. —El corazón le martilló con violencia—. Este es un regalo de la mafia japonesa. —La cabeza le punzó y el aire no le pasó. Aunque no pudo alzar el mentón para verlo su aroma le pareció enfermizamente agresivo.

—No me informaron nada de esto. —Se escuchaba increíblemente joven, unas converse rojas se colaron a su campo de visión, interesante elección de calzado—. ¿Qué planean los Yakuza?

—Es una ofrenda de paz. —Ibe hizo un esfuerzo sobrehumano para mantener su determinación—. Si lo acepta como su pareja esto garantiza una alianza entre nuestros bandos. —La respiración del alfa chocó contra sus cabellos, fue húmeda y lenta, se iba a desmayar.

—¿Y si no?

Nadie respondió.

En su lugar, procedieron a quitarle el collar para dejar expuestas sus glándulas aromáticas, Eiji tragó duro cuando el alfa lo tomó por los hombros, no hizo demasiada presión, el toque casi le pareció gentil, como si no quisiese lastimarlo, y estuviese usando hasta la última fibra de su cordura para no incrustarle los colmillos. El alfa hundió su nariz en su cuello, aspirando con fuerza sus feromonas, fue un milagro que se hubiese logrado mantener en calma para no develar sus emociones genuinas y sabotear su encuentro. Se sintió humillado, sin poder mirar al hombre que lo estaba ultrajando, ni a nadie en realidad. Lo único que pudo hacer fue apretar los párpados y desear que terminase rápido.

—Es un omega dominante, como sabrá son una rareza.

Un gruñido le erizó la piel cuando el alfa se apartó, parecía haberse emborrachado con su aroma, Eiji arrugó la nariz, debajo de ese manto de agresión él podría haber jurado olfatear algo agradable. Le recordó a sus días en Izumo antes de este desastre, cuando jugaban en la playa de Inasa sin preocuparse por las castas o saber que sería la muñeca de un clan.

—¿Y bien? —El jugueteo de manos de Ibe lo puso ansioso.

—Lo siento. —Eiji abrió los ojos de golpe—. No puedo aceptarlo. —Él alzó el mentón, atreviéndose por primera vez a entablar contacto visual con el alfa.

Los rumores no le hacían justicia al lince de Nueva York, era joven, su cabello le recordó a esos campos de trigos por los que solía pasear en Izumo, su piel era más blanca que la nieve y sus ojos del verde más bonito que jamás hubiese contemplado. Imponente y guapo, vacío. El omega no pudo descifrar la expresión que le entregó cuando sus miradas se cruzaron.

—Pueden llevárselo.

Pero lo odió.

Lo odió absolutamente todo de este alfa.

—Lamentamos que nuestro obsequio no sea de su agrado. —Sus subordinados le presionaron los hombros hasta arrojarlo contra el piso—. Nos desharemos de él de inmediato. —Algo crujió al ser arrojado al frente. Era Nori Nori, su katana favorita, él mismo ahorró para poderla personalizar.

—Ibe-san… —El nombrado no pudo mirarlo.

—¿Qué esperas muchacho? Conoces las normas del clan. —Y ahí lo entendió, su padre prefería que se suicidara antes de deshonrarlo aún más.

—Ah…

De nada serviría tomar la katana para arremeter contra el alfa en medio de la sede de su propia mafia, no solo iniciaría una guerra entre los clanes, sino que acabaría muerto de todas maneras. Ni siquiera pudo seducirlo usando amplificadores de feromonas, al final solo era un fracaso. Pero no se iría para ser olvidado. Él alzó el mentón, mirando directamente a esos ojos verdes mientras desenfundaba la espada.

Y se la enterró en el vientre.

El pájaro no dejaría que el gato lo cazara.