La Bella y la Bestia 1
Las calles de París como todas las mañanas estaban repletas de gente, los puestos estaban abiertos a las gentes, cada cual hacia su vida con normalidad, como un día cualquiera que al fin y al cabo es lo que era, pero muchos prestaban atención a cierta chica, una habitante más de aquel pueblo de París, pero...esta era peculiar a los ojos del resto, no solo por su singular belleza, que la hacia la muchacha más bonita del pueblo, sino que también por su afán de leer y su habilidad de soñar despierta, definitivamente, a los ojos del resto era totalmente diferente.
Su paso era firme a pesar de que iba absorta en la lectura, sorprendentemente esquivaba a la gente de su alrededor sin levantar sus ojos ni un poco.
-¿Es ella? ¿La hija del inventor?- Preguntó un chico, estaba sentado sobre una caja de madera y se colocaba su boina mientras admiraba a la muchacha alejarse.
-Sí, es bonita pero creo que está igual de chiflada que su padre.- Dijo otro mientras terminaba de descargar la fruta del carro.- Así que no te dejes llevar.
La historia de amor que se desenvolvía en aquel libro le arrancaba a Freya una sonrisa con una sinceridad hermosa, alzó por un momento su rostro divisando a dos pájaros acicalándose con el agua de la fuente, picaban sus plumas y sacudían su pequeño y humedecido cuerpo.
Freya iba a continuar caminando pero dio un brinco en el sitio al ver de repente ante ella a nada más y nada menos que a Neito, un hombre rubio, alto y elegante que iba tras Freya desde hace tiempo.
-Hola Freya, ¿qué hay preciosa?- Pasó sus dedos por su mentón y le guiñó un ojo de forma seductora ganándose una sonrisa forzada por parte de Freya.
-Ho-hola Neito, buenos días.- Le apartó la mano con delicadeza.- ¿Qué tal?- Le preguntó más por educación que por otra cosa mientras reiniciaba su marcha.
-Bien, estupendamente, pero ahora que he tenido el honor de toparme contigo...- La agarró de la cintura atrayéndola sorpresivamente hacia su cuerpo.- Me siento mejor que nunca.
-Oh...eh...me alegra...- Se separó de él y continuó su camino comenzando a sentirse algo incómoda ya, pero Neito no se daba por vencido, seguía los pasos de Freya sin borrar la sonrisa galante de su rostro.
-Bueno, ¿y...estás libre hoy?- Se puso delante de ella y pasó su brazos por sus hombros.- Podriamos quedar para dar una vueltecita, ¿no te parece?- Neito acercaba su rostro cada vez más al de Freya y esta no podía echarse más hacia atrás a no ser que quisiera partirse la espalda por la mitad.
-Gracias por...la propuesta.- Posó su mano libre sobre su pecho apartándole suavemente de su cuerpo.- Pero tengo prisa y justo hoy estoy atareada.- Y dicho eso comenzó a alejarse a paso rápido.
-Pero...otro día sí, ¿no?- Alzó su voz para que pudiera escucharle.
-Ya...lo iremos viendo.- Dijo ella sin tan siquiera voltear a mirarle.
A medida que Freya se iba alejando el enfado de Neito iba en aumento, si apretaba más sus dientes acabaría estallandolos en mil pedazos, le daba tanta impotencia que la mujer más bella de aquel pueblo fuese la única que no le hiciese caso...
-Hey Neito, ¿qué tal te ha ido? ¿Has conseguido algo?- Preguntó su amigo de baja estatura y pelo morado.
Neito lo fulminó con la mirada de manera que Mineta se encogió y sonrió con nerviosismo.
-Vale...mejor me callo.- Hizo el gesto de que cerraba su boca con cremallera.
Mineta soltó un pequeño grito de sorpresa cuando Neito lo agarró del cuello de su camisa y lo acercó a su rostro.
-Freya se va a casar conmigo, no dudes de ello ni un solo instante.- Gruñó.
-N-no...yo nunca he dudado de ello Neito.- Dijo Mineta tembloroso.- Es más solo se esta haciendo la dura, estoy seguro de que te desea tanto como la deseas a ella.
Neito lo dejó caer al suelo y se colocó el pelo con una sonrisa triunfal en sus labios.
-Tú también has pensado eso, ¿verdad? Está a mis pies, eso seguro.- Dijo mientras se alejaba con paso altivo provocando varios suspiros en algunas de las seguidoras de Neito.
Mineta resopló y se enfurruñó cruzándose de brazos observando como el conjunto de chicas seguía a Neito como hipnotizadas.
-Maldita sea...¿se puede saber que ven en él?- Soltó obviamente celoso.
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Los pasos de Freya se volvieron tan suaves y relajados como de costumbre al ver que Neito no seguía tras ella.
Un suspiro sobresalió de lo más profundo de su cuerpo, liberando así el alivio que sentía, pero este se disipó en cuanto escuchó el ruido de una explosión. Al mirar hacia su hogar y ver qué salía humo del sótano Freya salió escopeteada hacia allí rezando internamente por que su padre estuviese sano y salvo.
-¡Papá!- Freya abrió las puertas que daban al sótano y tosió cuando el humo llegó a su rostro.- ¿Papá?
A medida que el humo iba desapareciendo podía ver cada vez mejor la clara y rechoncho figura de su padre, bueno...más bien su barriga y sus piernas sobresaliendo de un barril, ya que el resto del cuerpo se encontrab atorado en este.
-Freya.- El nombre de su hija resonó entre las tablas.- ¿Eres tú?
-Ay...- Freya preocupada dejó su libro a un lado y se acercó rápidamente para socorrer a su padre.- Tranquilo papá.- Intentó tumbar con cuidado el barril para que fuese más fácil hacerle salir pero este cayó al suelo dando lugar a una escena bastante cómica, pues su padre meneaba sus pies asustado y decía varias palabras incoherentes.
Después de tanto tirar al final Freya acabó liberando a su padre, su cara estaba grisácea al igual que los pelos de su bigote y su coronilla.
-¿Se puede saber que ha pasado?- Preguntó Freya mientras tomaba un trapo de una estantería y lo mojaba con algo de agua.
-Estaba en trabajando en mi nuevo invento...- Se rascó la cabeza.
-¿El que vas a llevar a la feria científica?- Freya se puso de rodillas frente a su padre.- A ver...- Lo tomó del mentón y comenzó a limpiarme la cara.
-Sí.- Cerró sus ojos con fuerza cuando Freya paseó el trapo por ellos.- Solo necesita unos arreglos.- Se puso en pie y se dirigió hacia la máquina.- No tengas en cuenta esa explosión.
Freya suspiró y rodó los ojos sabiendo que es lo que vendría ahora, el pesimismo.
-No, ¿a quién quiero engañar? Esto no va a estar, ni siquiera será valorado.- Se lamentó sentándose en una banqueta y sosteniendo su cabeza entre sus manos.
-No digas esas cosas papá.- Freya se acercó a él y pasó su brazos por los hombros de su padre.- Yo pienso que podrás tenerlo listo para mañana.- Su padre no alzaba su cabeza.- Además...no por nada eres un gran inventor.
Esas palabras fueron la clave para que el hombre dejase ver su rostro sorprendido.
-¿De verdad piensas eso hija?
Freya asintió rápidamente con su deslumbrante sonrisa surcando sus labios.
-Por supuesto que sí papá, no dudo de ti ni un instante.
Su padre se levantó eufórico dirigiéndose de nuevo hacia su invención, como si fuese otro hombre nuevo.
-Bien.- Se demandó la camiseta.- Voy a necesitar...- Antes de que terminase la frase Freya depositó en sus manos una llave inglesa dejándo al hombre petrificado, aún no se acostumbraba a que su hija le leyese la mente.-...sí, justo eso.
Freya carcajeó de aquella forma tan melodiosa que tanto la caracterizaba.
-Por cierto...-Dijo su padre.- Me he fijado en que has traído otro libro, ¿es nuevo?- Soltó sin apartar la vista de la tarea.
-Ah no papá.- Freya tomó el libro y lo abrió.- Es el de esa historia de amor tan bonita del que te hablé.- Soltó un suspiro mientras apoyaba el libro en su pecho.- Es tan hermoso...- Su padre carcajeó alegre al escuchar los suspiros de su hija.
-Hablando de historias de amor, ¿cuándo vas a traer a un chico a la casa? Te gustan tanto ese tipo de cosas que me extraña que todavía no le hayas echado el ojo a ningún muchacho.
El rostro de Freya se tornó en una ligera mueca de disgusto mientras dejaba su libro a su lado.
-Es que en este pueblo...no hay nadie...
-¿Qué me dices de Neito? Es guapo y tiene mucha fama.
-Ni en sueños papá...Neito es...un hombre sin tacto, es un cerebro de mosquito y le importa más tener su pelo bien colocado que el resto del mundo.- Soltó un suspiro cargado de resignación mientras se cruzaba de brazos.- Es insufrible.
Su padre paseó su brazo por su frente y miró a su hija con una dulce sonrisa.
-Bueno no tengas prisa cariño, ya llegará.
-Y no la tengo.- Dijo entre risas.- ¿Necesitas que te eche una mano?
-¿Eh? Ah no...esto puedo arreglarlo solo, tú puedes ir preparando la cena si tienes hambre.
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-Te he metido algo de fruta también, para almorzar por el camino.- Dijo Freya mientras le pasaba a su padre una cesta con comida.
-Gracias cielo.- La guardó en el carro para después voltearse y envolver en un cálido abrazo a su hija quien correspondió con una sonrisa plasmada en sus labios.- Te traigo la rosa, ¿verdad?
Freya depositó un beso en la mejilla de su padre y asintió.
-Eso ni se pregunta papá.- Dijo entre risas.- Su padre le revolvió el pelo y besó su frente.
Como muchas veces Maurice iba a la ciudad para exponer sus inventos y aprovechando su paso por la zona le compraba siempre un ramo de rosas a su preciada hija, podía pedir comida, algún colgante, incluso libros...pero ella siempre le pedía lo mismo y su preciado padre siempre cumplía.
Subió al carro y dejó que Freya se despidiera de Phillipe al que le propinó varias caricias, el animal relincho y sacudió levemente su cabez como si se estuviese despidiendo de ella de ese modo.
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Las estrellas no tardaron en hacer acto de presencia bañando el cielo como un mar de pecas.
La luna se alzaba llena y brillante en el cielo, cosa que Maurice agradecía internamente, pues le haría el paso nocturno más sencillo.
Continuó el paso con normalidad, como muchas veces había hecho, pero por primera vez sentía que estaba algo desorientado, y fue peor cuando ante él se alzaban dos caminos, el hombre se rascó la cabeza contrariado.
-Mh...- Revisó su mapa.- ¿Crees que nos hemos desviado del camino Phillipe?- El caballo observaba el segundo camino con algo de temor, pues las plantas espinosas que adornaban los laterales y el aullido lejano de los lobos no daba buenas vibraciones que digamos.- Creo que iremos por aquí.- Para mala suerte de Phillipe su amo se refería justamente al camino por el que no quería ir, y lo supo en el momento en que Maurice guió las riendas hacia ese lado.
Phillipe tiró de las riendas hacia el camino se la izquierda para intentar convencer de esa manera a su dueño, pero eso no iba a servir.
-Phillipe.- Lo llamó de forma autoritaria.- Vamos chico...tranquilo, será un camino más corto.- Le dijo para tranquilizarle logrando que, muy de mala gana, el animal obedeciera caminando de forma prudente.
El pobre caballo ni siquiera entendía como a su amo se le ocurría pasar por aquel lugar.
Se adentraron mucho más y Phillipe estaba comenzando a sentir que no estaban solos por aquel camino, se paró en seco e intentó dar media vuelta pero de nuevo Maurice insistió.
-Sooo...Phillipe, ¿qué diablos te ocurre? Continua hacia delante, de verdad, es un camino más corto, enseguida estaremos en...- Un aullido resonó por la zona como un eco ensordecedor dejando tanto al caballo como a Maurice petrificados.
Un silencio inquietante se hizo presente, ni siquiera el cantar de los grillos resonaba por entre las hierbas para calmar el gélido ambiente que se había creado.
Maurice tragó saliva algo consternado.
-Bueno...sigue avanzando Phillipe, no ha sido nad...- El caballo comenzó a relinchar y a ponerse histérico, y con razón, pues a su alrededor una manada de lobos estaba al acecho, Maurice ni pudo controlar a Phillipe, echó a correr hacia delante, pues la estrechez del camino y la enormidad del carro no le daban ventajas para darse media vuelta y volver por donde habían venido.
-¡Phillipe!- Maurice con sus manos temblorosas y su respiración algo agitada apretaba entre sus manos las riendas sin perder se vista a la manada de lobos que, con sus agudos colmillos fuera, avanzaban peligrosamente hacia ellos.
Maurice sacudía las riendas alentando a Phillipe a que fuese más rápido, pero el pobre hacia todo lo que podía, el peso del carro no ayudaba.
A pesar de su evidente gordura el hombre intentó avanzar hacia el lomo de su caballo, estiró su mano hacia su parte trasera, estuvo a punto de caerse pero, en un torpe impulso logró ponerse encima, pero su peso era tanto que al lanzarse tan repentinamente sobre su lomo Phillipe perdió estabilidad y cayó al suelo volcando también el carro.
-¡Aaaahh!- Maurice rodó colina abajo hasta que quedó quieto en el suelo mirando desde esa posición como su caballo lograba huir de vuelta.- ¡Phillipe!
Pero de nada le servía gritar ya, al ver a los lobos asomarse su cuerpo se quedó congelado por unos segundos.
Los animales emitían un gruñido procedente de lo más hondo de sus gargantas, babeaban como si hubiesen estado días sin probar bocado y lo que vieran ante ellos fuese un manjar de los mismísimos dioses.
Maurice, tembloroso, logró ponerse en pie y reaccionar antes de que corrieran hacia él.
El pobre hombre corría tan rápido como sus pequeñas piernas le permitían, era consciente de que debido a su físico no tardarían demasiado en alcanzarlo pero...para su suerte ante él estaba comenzando a vislumbrar algo, al principio no se creía que aún tuviera una oportunidad de sobrevivir. Vio ante él un enorme castillo, aún algo lejos de su alcance pero ahí se alzaba majestuoso y tenebroso, aunque pronto descubriría que aquello tampoco traería nada bueno.
Hizo un último sprint arriesgándose a que la verja estuviese cerrada, pero para su suerte estaba ligeramente entreabierta, Maurice la abrió e intentó adentrarse desesperado pero uno de los lobos había atrapado su pie y tiraba de él como alma que lleva al diablo.
Mauricio sacudía su pierna y cerraba algo más la puerta para bloquear el paso del resto de lobos, después de varios tirones el lobo se acabó quedando con el zapato en la boca y Maurice cayó al suelo cerrando la puerta de una patada atestándole al mismo tiempo un golpe en la cara a uno de los caninos, el resto se lanzaban hacia la puerta gruñendo y ladrando, sacaban sus colmillos y mordían los barrotes como unos auténticos salvajes, que al fin y al cabo es lo que eran.
Aliviado, Maurice se dio media vuelta, se quedó anonadado, tuvo que posar una mano sobre su pecho y respirar hondo para calmar su nerviosismo, el miedo y la adrenalina aún figuraban en su cuerpo a pesar de que el peligro había pasado, pero aquella noche no estaba yendo bien en ningún aspecto, pues un fuerte trueno fue el que anunció la horrorosa le lluvia que comenzó a desencadenarse.
Aquello era el detonante, definitivamente para mañana no estaría en la ciudad, no tenía otra opción más que quedarse en ese enorme castillo y esperar al día siguiente para no ser acosado de nuevo por los lobos.
Llamó dos veces al portón, que pareció hacer eco en el interior de la estancia.
-¿Hola? ¿Puede alguien dejarme pasar la noche?- Vociferó esperanzado por que alguien le escuchase, pero nada, no recibía respuesta de ningún tipo así que...abrió la puerta y se adentró algo dubitativo.- ¿Hola?- Repitió y cerró tras de sí sumergiéndose en un ambiente tranquilo y relajado, el sonido de la lluvia fuera hacían de ese lugar acogedor a pesar de que fuese un lugar de enormes proporciones.
Unas escaleras se alzaban ante él, varios muebles antiguos decoraban el lugar, a cualquiera aquello le resultaría un tanto tenebroso, y más sabiendo que al parecer nadie vivía ahí, pero a Maurice aquello no le importó, se deshizo de su abrigo y lo dejó sobre el perchero.- Solo...quería pasar la noche aquí, he perdido mi caballo y he sido atacado por una manada de lobos, no pude continuar.- Seguía sin recibir respuesta alguna por lo que, sin muchas más opciones acabó por autoinvitarse.
Lo que no sabía es que a pocos metros de él habían dos curiosos personajes que lo observaban con curiosidad.
-Oh...pobre hombre...- Dijo un candelabro con su marcado acento francés.- Se ha desviado del camino...deberíamos de ir a servirle algo.
El candelabro, más conocido como Lumière estuvo a punto de dirigirse hacia Maurice pero alguien lo paró antes de que eso ocurriera, y ese fue din don, un reloj.
-¿Es qué eres idiota? Date cuenta de que eres un candelabro, no un ser humano, además sabes que al amo no le gustan los invitados.- Susurró de forma demasiado elevada llamando la atención de Maurice.
-¿Hola?- El hombre se asomó justo por donde se encontraban ambos individuos pero estos se quedaron inmóviles intentando ocultarse a los ojos de aquel hombre.-...que raro...¿me lo habré imaginado?- Se rascó la coronilla mientras se adentraba por los pasillos del lugar hasta que comenzó a escuchar el crepitar de las llamas.
Una inmensa alegría le invadió al ver una sala con un cómodo sofá situado frente a una chimenea, su cuerpo helado y tembloroso por la lluvia pedía a gritos algo de calor por lo que sin más se acercó hacia las ardientes llamas haciendo hincapié en calentar sus posaderas.
Soltó un suspiro de alivio y al ver que en el fondo de la sala estaba situada una mesa repleta de exquisitos manjares no dudó en acercarse y tomar asiento, sus pequeños ojos brillaban con ilusión ante tanta comida, se relamió los labios y tomó un racimo de uvas entre sus dedos.
-Espero que no les importe que coma un bocado o dos...- Dijo mientras arrancaba dos uvas del racimo para seguidamente introducirselas en la boca.
Alargaba la mano para coger un muslo de pollo pero se quedó petrificado al escuchar unos golpecito sobre la mesa, al mirar a su lado se topó con algo realmente impresionante, una tacita blanca cuya base era morada tenía ojos y boca, lo observaba con una inocente sonrisa.
-Hola, ¿quién eres tú?- La voz de la taza era como la de un niño pequeño, aunque eso era lo de menos.
Maurice no cabia en su asombro, no sabía cómo reaccionar y aún le costaba asimilar que aquello no fuese un producto del cansancio o de cualquier otra cosa, pero no, era muy real, demasiado real para su gusto.
-Mi mamá me dice que no hable porque piensa que puedo asustar a la gente...- Susurró como si aquello fuese un secreto que no debía contar a nadie.
Maurice alzó sus cejas y sonrió forzosamente para, seguidamente, arrastrar la silla ruidosamente hacia atrás y levantarse, se dirigía a paso acelerado hacia la puerta.
-Bueno, muchas gracias por la invitación.- Le dijo a la nada mientras recogía su chaqueta y se la volvía a poner.- Pero...creo que ya es hora de que me vaya...obua...- Salió y cerró la puerta tras de sí tan rápido como pudo sin saber que entre la penumbra de aquellas escaleras un ser de ojos rojizos lo observaba con creciente furia.
Al salir al exterior Maurice frunció el ceño con cierta extrañeza al ver como copos de nieve caían del cielo bañando el suelo empedrado de aquel lugar en una manta blanquecina.
-¿Nieve? ¿En pleno agosto?- Mo estaba comprendiendo absolutamente nada, todo era un sinsentido desde que llegó, pero todas sus inquietudes se disiparon en cuanto en un extremo del jardín vio un conjunto de rosas rojizas y con una belleza incalculable, la imagen de su hija se le pasó por la mente.
-Freya...- Se acercó hacia el rosal con una pequeña sonrisa inundando su rostro.
No sabía muy bien como agarrar la rosa sin pincharse así que, arriesgándose, intentó arrancar tan solo una rosa haciéndose algo de daño en el intento, pero al menos mereció la pena...ahora la bella flor se encontraba entre sus manos rechonchas y grandes.
De repente un ronco gruñido sacó a Maurice de sus pensamientos, alzó su mirada y sobre una escultura de piedra se hallaba una figura extraña, parecía un hombre pero había algo raro en él que lo estaba inquietado demasiado.
Maurice dio un salto hacia atrás no pudiendo evitar caerse al suelo cuando aquel ser, alto y robusto aterrizó frente a él de un ágil salto, la respiración enronquecida y su figura se iban acercando cada vez más al pobre hombre dejándolo totalmente acorralado y asustado.
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Las estanterías volvieron a recobrar la vida que tenían antes en cuanto Freya terminó de limpiarla, hacia tiempo que no le daba un buen repaso a la casa, ni su padre ni ella, y ahora estaba todo reluciente, orgullosa de su trabajo se dejó caer sobre la silla y colocó un mechón de su pelo tras su oreja.
Estuvo a punto de tomar entre sus manos el libro que tenía sobre la mesa, como recompensa por su arduo trabajo, pero para su sorpresa alguien llamó a la puerta.
Desconcertada, Freya se puso en pie y se acercó a la puerta, tomó la mirilla especial que había diseñado su padre topandose con la cara enorgullecente de Neito, quien esperaba con una sonrisa burlona a que Freya le abriese la puerta.
Tras un largo y pesado suspiro, Freya le abrió y se hizo la sorprendida, aunque aquello no le salió muy bien, mentir no era au fuerte.
-Oh...- Posó una mano sobre su pecho.- Neito, que alegría verte, ¿qué te trae por aquí?- Dijo con total falsedad que Neito ni siquiera notó.
-Buenos días Freya.- Tomó su mano y depositó un beso sobre esta para después entrar en la casa sin tan siquiera pedir permiso sacando desus casillas a la pobre Freya, quien indignada cerró la puerta y siguió los pasos de Neito.
-Bueno Freya, yo quería hablar contigo sobre algo importante.- Dijo Neito mientras echaba un vistazo a las estanterías llenas de libros con profundo desinterés.
-¿Algo importante?
-Sí.- Tomó asiento y posó sus pies sobre la mesa con algo de brusquedad ensuciandola con sus botas llenas de tierra, a Freya casi le dio un tic en el ojo, después de haber limpiado todo a fondo tenía que llegar este palurdo y ponerlo todo patas arriba.- A ver Freya cielo, es obvio que necesitas a un hombre en tu vida, ¿no crees que ya va siendo hora de buscar un pretendiente?
Freya enarcó una ceja y se cruzó de brazos ante aquellas palabras que se clavaron como cuchillas en su interior, intentaba hacer que su molestia no se notase pero Neito se lo estaba poniendo difícil con aquella palabrería.
-¿Y qué te hace pensar que necesito a un hombre?
Neito sonrió con suficiencia y agarró la mano de Freya atrayéndola hacia su lado.
-Vamos al grano preciosa...cásate conmigo.- Le soltó mientras depositaba sus pies en el suelo y se ponía en pie frente a Freya sin soltar su mano.
-¿Cómo?- Neito la sostuvo de la cintura y la acercó a su cuerpo, su mirada estaba cargada de lujuria y estaba manteniendo una lucha interna por no arrancarle ese vestido y hacerla suya ahí mismo.
-Casate conmigo Freya, ¿quién más en este pueblo va a hacerte feliz? ¿Quién mejor que yo? Piénsalo...- Comenzó a dar vueltas alrededor de ella paseando una de sus manos aún por sus caderas de forma juguetona.- Piensalo, después de un duro día cazando llego a casa y tú...- Se puso delante de ella y la sujetó del mentón atrayendola hacia su rostro.-...me recibirás con la cena lista, con un masaje en los pies y con una buena sesión de sexo, ¿qué te parece? ¿Eh?
Freya se alejó de él rápidamente con una sonrisa temblorosa, caminaba de espaldas algo aturdida por aquellas palabras que para ella, eran lo más horrible que había escuchado nunca.
-Neito yo...- Acabó chocando contra la puerta y siendo acorralada por Neito quien se mordisqueó el labio al tenerla tan cerca.
-Venga pequeña...sabes que me deseas.- Intentó acercar sus labios a los de ella.
-Lo siento Neito pero yo...- Sus labios estaban a punto de rozar los de ella pero...en lugar de un suave tacto lo único que notó fue un duro golpe que hasta incluso le hizo daño en los dientes, Freya había abierto la puerta justo a tiempo echándole de casa, una vez estuvo fuera cerró la puerta tras de sí.
Nieto se apoyó sobre sus manos sobresaltado y miró hacia la puerta con recelo, le dio un puñetazo al suelo con resignación y gruñó lleno de rabia.
-Maldita sea...¿por qué demonios se resiste tanto?- Se puso en pie y sacudió su ropa para después colocarsela mejor.- Vas a caer...- Murmuró mientras iniciaba su camino hacia su casa.- Vas a casarte conmigo...
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Las briznas de hierba se mecían suavemente con el son del viento, al igual que la larga melena de Freya.
Sentía como una especie de paz interior cuando subía a aquella colina, la viveza de las flores y las vistas del pueblo a lo lejos la reconfortaban en cierto modo.
-Yo...siendo la mujer de ese...palurdo estupido...- Masculló pasando una mano por su pelo con algo de rabia.- ¿Qué se ha creído?
Neito llevaba meses tras ella y Freya estaba por darle un sartenazo en la cabeza en cualquier momento, aquello era insoportable.
Soltó un fuerte suspiro y abrazó sus piernas intentando reconfortarse a sí misma, como muchas veces había hecho.
-Tan solo quiero...a alguien que me entienda...- Miró hacia el imponente cielo de tonos azulados, siempre había pensado que era como una especie de mar situado sobre su cabeza, la llenaba de paz verlo tan limpio de nubes, pero aún así ni eso ssrvia para apaciguar el remolino de sensaciones negativas que la recorrían en aquel pueblo donde se sentía tan sola.
-¿Phillipe?- Freya se levantó rápidamente al divisar a lo lejos a su caballo corriendo despavorido hacia ella.- ¡Phillipe!- Cuando este pasó por su lado logró agarrarle de las riendas para que no fuera demasiado lejos.- Quieto, quieto...- Estaba demasiado nervioso y eso a Freya la estaba alterando cada vez más.- Calma...- Dijo con una voz más suave acariciando el rostro del animal.- ¿Dónde está papá?- Preguntó una vez el caballo se quedó quieto mirando a su ama.
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Al pasar por el camino donde el caballo la estaba conduciendo el sol estaba desapareciendo por completo, esa zona estaba cubierta por una nevada noche y Freya no cabia en su incertidumbre.
Aquell no podía ser posible estando en ma época en la que estaban y...menos aún que fuese de noche.
Cuando vio el carro junto con el invento de su padre derrumbados a un lado del camino se le hizo un nudo en el corazón, cada vez estaba temiendo más por el estado de su padre.
El caballo se paró unos metros más adelante dejando entrever desde esa distancia un enorme castillo, aquel no daba muy buena espina, pero aún así Freya sacudió suavemente las riendas para que Phillipe continuase hacia delante.
Una vez llegaron, Freya se bajó rápidamente al ver la zapatilla de su padre en el suelo, la cogió y divisó en ella marcas de mordiscos, estaba rota y raída.
Alzó su mirada hacia el castillo y armándose de valor le dio a su caballo una suave caricia para, seguidamente, adentrarse en aquel lugar.
A pesar de que intentaba repetirse a sí misma que debía de ser valiente por dentro sentía que el miedo le carcomía las entrañas.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando se decidió por abrir la puerta, la cual no ayudaba a calmar la con aquel ruido chirriante propio de la madera vieja.
Se adentró en aquel lugar que estaba en penumbra, miró a ambos lados sintiéndose pequeña en aquel castillos de enormes proporciones.
-¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Estoy buscando a mi padre.
A pocos metros de ahí se seguían encontrando los mismos personajes que los que vieron a su padre llegar, el candelabro y el reloj.
-Oh...es una muchacha, y está buscando a su padre...pobrecita.- Dijo Lumière.
-¿Y qué? No nos incumbe.- Dijo Din Don haciendo un mohín.
-No, ¿no te das cuenta? Es una chica, ella puede...
-¿Quién anda ahí? ¿Quién?- Freya miró a ambos lados con sus nervios a flor de piel, no veía a nadie y eso la hacia sentir expuesta, a lo lejos divisó un candelabro, el cual era la única luz que había ahí dentro.
Se acercó y lo tomó entre sus manos dispuesta a recorrer cada rincón de aquel castillo hasta hallar a su padre.
Rebuscó por el piso de arriba sin hallar ni rastro pero de repente, desde unas escaleras estrechas se podía escuchar el eco de varios tosidos.
-Papá...- Freya salió escopeteada hacia allí subiendo los escalones de dos en dos, a punto estuvo de caerse pero no le importó, su padre estaba cerca.
Llegó a lo alto de las escaleras, esa zona en concreto estaba en ruinas, si se descuidaba podría caer varios pisos hacia abajo, y justo ahí se hallaba una celda, dejó el candelabro sobre un soporte de piedra y se acuclilló frente a su padre quien estaba algo ido por lo enfermo que estaba.
-Papá...- Dijo lastimeramente sujetando las manos de su padre.
-Hija...¿qué haces? ¿No debes de estar aquí?- Su voz era débil y fue seguida de varios tosidos.
-¡Tienes las manos heladas, y estás enfermo!- Exclamó con preocupación.- Voy a sacarte de aquí.
-No lo entiendes, no puedes, tienes que irte ahora o la bestia te atrapará a ti también.
-¿Qué bestia?
De repente un fuerte gruñido procedente desde lo alto de las ruinas inundó aquel lugar de una forma escalofriante, Freya se apegó temblorosa a la celda y vislumbró una figura y un destello rojizo en la oscuridad.
-¿Quien eres tú y qué haces aquí?- Su voz era ronca e imponente.
-Por favor no la hagas daño solo...
-Soy su hija y he venido a buscarle.- Dijo Freya con firmeza en su voz.- Liberale...
De repente aquella figura saltó a unos pocos metros de donde se encontraba Freya haciendo que el suelo bajo ella retumbase por el impacto y que su corazón latiera desembocado.
-Freya tienes que irte, por dios no le haga daño es mi hija, ya me tienes a mí.
-Por favor...está enfermo y...
-Tu padre está encarcelado de por vida como castigo.
Freya tomó algo de aire y armándose de valor continuó.
-¿Qué...castigo?
-Robó una rosa.
Ahora sí que sí Freya no cabia en su asombro, las lágrimas estaban amenazando con caer y luchaba por que su voz saliera clara y estable.
-¿Condenado de por vida...por una rosa?- Dijo con algo se rabia.- ¿Y qué tengo que hacer para liberarle?- Preguntó mientras se ponía en pie.
-Freya...- Su padre miraba a su hija con temor.
La bestia se quedó en silencio unos segundos, la valentía que estaba presentando aquella mujer era digna de admirar.
-La única manera de que sea libre es que ocupes su lugar.
-¡No! ¡Freya!- Maurice se puso en pie costosamente y agarró los barrotes con las pocas fuerzas que le quedaban.- ¡No lo hagas! ¡No puedes quedarte aquí!
Sus ojos se mantenían cerrados intentando no entrar en pánico por las súplicas de su padre y por la presión que aquel ser le estaba oponiendo.
-Está bien.- Abrió sus ojos y respiró hondo.- Me ofrezco.- Los gritos de su padre dentro de la celda la estaban resquebrajando por dentro y la bestia no cabia en su sorpresa.- Pero antes...quiero verte a la luz...
El ser dudó unos segundos pero al final se decidió, dejó ver primero su pie, com unas largas garras, su pierna, cubierta por unos pantalones negros que más que una prenda parecían una tela inservible, la parte de arriba de su cuerpo estaba al desnudo y de las uñas de sus manos emergían otras garras, sus orejas eran puntiagudas como las de un canino y su pelo rubio estaba revuelto y sucio, su mirada era pesada y desafiante, roja como las mismas llamas del infierno.
Los ojos de Freya se abrieron de par en par al ver a tal ser, soltó una bocanada de aire y se acuclilló frente a su padre de nuevo tomando sus manos.
Ya lo había decidido y no iba a dar marcha atrás, pasaría la eternidad junto a aquella bestia...o al menos hasta que encontrase la oportunidad de huir.









Sin duda seguire hasta el último capítulo. Me encanta que entra en detalles pero sin hacerlo demasiado extenso. Sin dudad tiene una narrativa bastante buena. Me gusta 😺