Prólogo
Todo comenzó con un campo en llamas. Por encima de nuestro pueblo se alzaban negras columnas de humo negro espeso y gritos de horror se alzaban con él. Más y más alto, negro contra el telón de fondo del cielo gris. Un faro temido. Un error. Porque nadie en su sano juicio estaría dispuesto a llamar a llamar así la atención, y atraer la ira de los hombres bestias que gobernaban sobre todos nosotros. La angustia me llenó la garganta, dejé caer mi canasta y corrí hacia los campos, como hicieron el resto de personas del pueblo. De alguna manera yo sabía quién era el responsable. Cuando llegué a los campos, se había formado un grupo de personas. Rápidamente la gente con cubos de acero se dirigió hacia para sofocar el incendio que se había extendido de manera salvaje. Hacía calor, pero no me impidió correr hacia ahí, formar en la línea cuando el agua pasaba de aldeano a aldeano. Observé a mi hermano menor al final de la fila, lo vi desesperadamente arrojar el recurso tan necesario a las llamas. Un desperdicio, pero necesario. Entre los pases de balde, vi la forma en que su rostro estaba tenso. Y lo supe, la furia y el miedo me llenaron. Se me apretó el pecho, dificultando la respiración. Mis manos temblaron cuando pasé más cubos por la línea. Cuando finalmente se hubo extinguido el fuego, el silencio llenó el aire, espeso y pesado, como el humo que aún persistía. Había al menos veinte aldeanos en la línea y al menos veinte más observando con horror desde el borde del campo ahora quemado. Los inteligentes probablemente ya se estaban preparando para esconderse porque sabían lo que sucedería después. Todos oyeron las historias, los rumores. Era solo una cuestión de tiempo, de que la manada de hombres bestias que gobernaba estás tierras llegara. Rompí el silencio con furia y me volví hacia mi hermano menor,acechando hacia él—¡Estúpido tonto!— le grité con lágrimas llenando mis ojos. Yo era cinco años mayor que Kivan, pero él seguía dominándome. Empujé sus anchos hombros. Sus mejillas estaban ennegrecidas con ceniza, de su último experimento—¿Qué has hecho?— —Yo... yo— tartamudeaba, desviando la mirada de mí, a los aldeanos mirando, al campo ennegrecido, un campo que no había producido cultivos en al menos cinco ciclos lunares—Solo estaba tratando de...de... de hacer algo—Mi mirada se dirigió al cielo, viendo el humo. Miré al campo, a la tierra oscura y destruida, apretando mi garganta—Te matarán por esto—, le susurré a él, a mí misma, llena de miedo tan potente que hizo que la saliva se acumulara en mi boca, que causará náuseas en mi vientre. Había oído que mataban a humanos por menos. Porque ellos vendrían. Los hombres bestias vendrían...Ellos exigirían una retribución.