Llanto

Summary

Satoru lloraba. Sumido en el dolor de a ver matado a su mejor amigo. Su alma gemela, su otra mitad. En la soledad de su habitación.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

One shot

Satoru miraba a Suguru, apoyado en la pared, y susurró su nombre. Al encontrarse con su mirada, pudo ver reflejados todos sus sentimientos, pero Suguru no podía creer que Satoru le dijera esas últimas palabras, no después de todo lo que había hecho, de todas las personas que había masacrado. Suguru lo miró y rió con desdén, instándolo a odiarlo y maldecirlo antes de morir.


Satoru observó por última vez a su mejor amigo antes de acabar con su vida. Lo había hecho; había matado a su compañero. Los dedos de Satoru temblaban, sus manos estaban inestables, pero debía recomponerse para enfrentar a sus alumnos; no podía permitir que lo vieran en ese estado.


La noche cayó y Satoru estaba solo en su habitación. El silencio era absoluto, nadie cerca de su rango. Suspiró profundamente, llevando sus manos a los ojos mientras las lágrimas caían por sus mejillas pálidas. Temblaba y suspiraba, queriendo gritar pero incapaz de hacerlo. Se sentó en el suelo, ocultando su rostro entre las manos para sofocar sus sollozos, pero las lágrimas seguían fluyendo. No pudo expresar lo que quería, pero al menos pudo despedirse. La noche dio paso a un nuevo día, y su rostro no podía ocultar el agotamiento emocional; nadie creería que el gran Satoru Gojo había llorado. Otra lágrima cayó de su rostro, rápidamente limpiada antes de colocarse su venda negra.


Los meses pasaron y con ellos lo indispensable.


Satoru corría hacia su habitación, luchando por respirar, agarrándose el pecho por el dolor y sintiendo la garganta cerrada, incapaz de gritar lo que deseaba. Las lágrimas llegaron rápidamente mientras intentaba respirar. En un acto fallido, sus manos se dirigieron a su cuello, comenzando a arañarse, tirando de su cabello. Así, Satoru Gojo cayó en la desesperación, llorando y sabiendo por qué: había escuchado a sus alumnos hablar del chico de cabello negro, el antiguo amigo inseparable de su profesor. Ellos debían estar preguntándose por él, por qué aún no había llegado cuando solía ser puntual en algunas ocasiones. Satoru se quedó solo en su habitación, llorando mientras miraba una vieja foto de Suguru y él, deseando tanto su presencia. ¿Por qué había matado a su mejor amigo?


Horas después, Satoru salió como si nada hubiera pasado, presentándose ante sus alumnos, tarde pero seguro. Sonreía para ellos y continuaba con sus tonterías, mientras por dentro se autodenominaba basura. Su sonrisa era su máscara, la que usaba para no mostrar sus verdaderos pensamientos y emociones.


Megumi, ese niño que había adoptado, le hubiera gustado criarlo junto a ese hombre.


No podía creer lo que escuchaba. Suguru había hecho qué... No, no podía ser cierto, él... no... no... no... ¿Suguru? ¿Eres tú? ¿Dónde estás? ¿Qué es esta sangre en mis manos? ¿QUÉ... SUGURU! ¿Quién te hizo esto?


Despertó de un mal sueño, agitado, con los ojos derramando lágrimas que sus manos intentaban limpiar sin éxito. Y entonces llegó el tercer colapso. Esta vez no pudo contener sus gritos, un grito de dolor resonó en la lejanía. Sus manos, manchadas de sangre, lo afectaron profundamente. Satoru cayó al suelo con un golpe seco, desmayándose por el dolor, la agonía, la tristeza y finalmente por no poder soportar más su conciencia.


Nadie lo ayudó, nadie se acercó, nadie estaba allí para él. Dormía solo en los dormitorios antiguos. Suguru ya no estaba en la habitación contigua. Satoru despertó al día siguiente.


Al darse cuenta de lo sucedido, se levantó aunque sus piernas flaquearon por un momento. Su día continuó normal, como siempre.


Los días pasaron y Gojo no tuvo más pesadillas ni colapsos. Con esto llegó la calma. No significaba que no extrañara a Suguru; lo extrañaba mucho, pero había logrado superar la tristeza y la agonía de haber hecho lo que hizo.


Satoru se levantó con el peso del mundo en sus hombros, pero con la determinación de seguir adelante. La vida en la academia continuaba, y aunque su corazón estaba pesado, sabía que debía ser fuerte por aquellos que dependían de él.


Los días se convertían en semanas, y las semanas en meses. Satoru enseñaba, entrenaba y sonreía, pero cada sonrisa era una batalla ganada contra el dolor que llevaba dentro. Los estudiantes notaban un cambio en él, una sombra de tristeza en sus ojos usualmente vivaces, pero nadie se atrevía a preguntar. Era como si un silencio no escrito se hubiera extendido entre ellos, un acuerdo tácito de respetar el dolor de su maestro.


Una tarde, mientras caminaba por los pasillos de la academia, Satoru escuchó risas provenientes del patio. Al acercarse, vio a Megumi y a los demás estudiantes practicando sus técnicas. Por un momento, permitió que la alegría de la escena lo invadiera, sintiendo un atisbo de paz. Se unió a ellos, ofreciendo consejos y corrigiendo posturas, permitiéndose ser parte del momento.


Con el tiempo, Satoru comenzó a encontrar consuelo en sus interacciones diarias. Las risas de sus estudiantes, sus logros y su incansable búsqueda de conocimiento le daban fuerzas para enfrentar cada nuevo día. Aunque la ausencia de Suguru siempre estaría presente, Satoru encontró una nueva razón para luchar: proteger y guiar a la próxima generación.