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El verano ya casi llega a su fin, y eso significa volver a la rutina: levantarse a las siete de la mañana, estresarse por los exámenes que vendrán y no tener tiempo para nada por culpa de todas las tareas que mandarán los profesores.
Este verano solo me pasó algo interesante… aunque, la verdad, pasé más tiempo en casa que en la calle.
—Arriba, Bella Durmiente —escuché la voz suave de mi madre entrando en mi habitación.
El sonido de las persianas subiéndose me taladró los oídos. Gruñí por toda la luz que me cegó apenas abrí los ojos.
—¡Ay, mamá! Falta una semana para que se acaben las vacaciones, déjame disfrutar mientras pueda —me cubrí la cara con la sábana.
Sentí cómo se dejaba caer encima de mí y me abrazaba.
—Por esa misma razón, como solo queda una semana para empezar el instituto, tienes que volver a acostumbrarte a levantarte a las siete. Vamos, arriba —me animó mientras me quitaba la sábana, dejando a la vista mi pijama de aguacates.
¿A las siete? ¡Maldita sea! Apenas he dormido. Me acosté tarde viendo una serie y solo he dormido cinco horas.
—¡¿A las siete?! ¿Mamá, no podías tener un poco de compasión y levantarme a las nueve por lo menos? —me levanté con toda la pereza del mundo.
—No te quejes. A tu hermano también lo desperté igual. Anda, báñate. Te esperamos abajo para desayunar —dijo saliendo de la habitación.
Logré salir de la cama (casi me como la puerta del baño de lo zombie que iba) y estuve unos veinte minutos bajo el agua templada. Me daban ganas de quedarme ahí toda la mañana, pero mamá tocó la puerta diciendo que el desayuno se enfriaba.
Salí y me puse lo primero que encontré: una camiseta blanca (sin sostén, porque los odio), no tan ajustada, y un pantalón de chándal gris. Bajé al comedor.
Ahí estaba mi padre, sentado en la cabecera de la mesa, leyendo el periódico con las piernas cruzadas, súper concentrado.
—Buenos días, papá —le di un beso en la mejilla.
—Buenos días, cielo. Veo que no fui el único que tu madre despertó temprano —rió pasando la página.
Mi madre tiene la manía de despertarnos siempre temprano. Se toma demasiado en serio eso de “al que madruga, Dios lo ayuda”.
—¡Lamentable! Solo a ella se le ocurre despertarnos a las siete… ¡el último lunes del verano! —me quejé justo cuando mi madre se acercó.
—Tampoco es para tanto —respondió mientras servía jugo en los vasos.
—¡Me estás quitando horas de sueño, mamá! —la regañé.
Antes de que pudiera responder, escuché una voz masculina bajando las escaleras.
—Ya para, me va a explotar la cabeza de tanto escucharte hablar de Sofía, Axel —dijo mi querido hermano, quedándose en el último escalón—. Nos vemos luego.
—¡Hola, familia! —gritó feliz cuando guardó el celular.
Me quejé por lo fuerte que habló.
—Ahora eres tú quien nos va a explotar la cabeza —lo fulminé con la mirada.
Se acercó y empezó a gritarme aún más.
—¡Hola, Alai! —me desordenó el pelo mientras yo me enfadaba.
—¡Para ya! ¡Mamá! —busqué ayuda.
—Harry, deja ya a tu hermana y siéntate —ordenó mi madre, sirviéndole el desayuno.
Él puso los ojos en blanco y se sentó sin protestar.
Harry, mi hermano mellizo, se sentó frente a mí. Me miró feo y yo le saqué el dedo del medio con una sonrisa triunfal.
—¿Alguna noticia nueva, cariño? —preguntó mamá a papá, sentándose.
Leonor y Steven llevan más de veinte años casados, algo que siempre me ha sorprendido. Mamá me ha contado mil veces que fueron novios desde adolescentes y, aunque pasaron por muchas cosas, al final lograron casarse y tener tres hijos.
—No —respondió él, sin despegar la vista del periódico.
Empezaron a hablar de cosas irrelevantes, así que me puse a mirar el celular, igual que Harry.
Cuando terminamos de desayunar, ayudé a mamá a recoger la mesa para terminar más rápido.
—Mamá, hoy voy a salir con Emma —le avisé.
Emma es mi mejor amiga desde que tengo memoria. Nuestras madres son amigas de toda la vida, así que siempre estuvimos pegadas.
—Bueno, pero no llegues tarde —aceptó.
Sonreí de felicidad. Le di un beso en la frente antes de subir a mi habitación.
—Y, Alai… acostúmbrate a ponerte sostén —escuché que me decía antes de que subiera.
¡Ay, en serio! ¡No me gustan! Son incómodos, aprietan y estorban para todo.
—¿Para qué? ¡Si no tiene nada! —se metió el sin-cerebro de mi hermano para burlarse.
Sí, mi hermano mellizo es un idiota.
Tenemos algunos rasgos parecidos: los dos tenemos ojos azules y el cabello castaño y rizado. Pero, en personalidad, somos polos opuestos.
Él siempre quiere hacer reír a todo el mundo, jugar videojuegos, andar en su moto nueva. Aunque parezca un chico malo, en el fondo tiene un corazón enorme. Cuando lo ves serio piensas “qué borde”, pero en cuanto le hablas te suelta una sonrisa que te desarma.
Yo, en cambio, no soy nada de eso. No me gusta salir de mi zona de confort, adoro la naturaleza (en mi cuarto tengo plantas por todos lados), leo mucho y prefiero dormir que ir de fiesta. Paso casi todo mi tiempo con Emma. Según Harry, parecemos “viejas chismosas” y dice que mi forma de vestir es “demasiado rosita”.
—¡Ay, cállate, estúpido! —volví a bajar para darle una palmada en la cabeza—. ¡Tú no tienes cerebro! —subí las escaleras sintiéndome triunfadora.
Entré a mi habitación con la idea de dormir unas horas más antes de salir con Emma, pero esa idea se fue al traste cuando la rubia en cuestión empezó a llamarme.
—¿Alo? —contesté.
—¡¿Te has enterado?! —chilló Emma, alteradísima.
—¿De qué hablas? Si apenas son las… —miré el reloj—, ocho menos cuarto. ¿De verdad crees que a esta hora yo estoy pendiente de algo?
—¡Mateo subió una foto con una chica! ¡Anoche! ¡Con una chica! —gritó, obligándome a alejar el celular de la oreja.
Mateo es el hermano mayor del mejor amigo de Harry, el vecino de al lado. Alto, pelo oscuro, bien formado, ojos azules, tatuajes en el brazo derecho y en el pecho.
Mateo, en cambio, es castaño, alto pero no tan musculoso, y no tiene tatuajes (al menos, no visibles). Es más reservado y no está en boca de todos.
—¡Pero deja de gritar! ¡Me vas a romper los tímpanos! —le dije—. A ver, respira… Puede hacer lo que quiera, Emma. No son nada.
Escuché cómo suspiraba al otro lado.
—Pero es que…
Suspiré yo también.
—Tienes un ship frustrado con ustedes dos, pero recuerda que tienes 17 años. No creo que alguien como él quiera algo serio con una menor —intenté convencerla, aunque sabía que era inútil.
No es por ser mala amiga, pero todos saben que un chico de 21 solo busca pasárselo bien, sin compromiso.
Emma está loquísima por Mateo desde que lo vio sin camiseta por mi ventana, cuando ella tenía 13. A esa edad las hormonas se disparan, aunque yo por entonces estaba descubriendo el maravilloso mundo de los libros.
—Ya sé… pero es que es imposible no fijarse en él. Cuando voy a tu casa y lo veo entrar o salir… se me cae la baba —suspiró, seguramente imaginándose cosas subidas de tono.
¿En serio?
—Eres una acosadora, ¿te has puesto a pensar qué sentirá el pobre cuando ve cómo lo miras? —dije, aguantándome la risa al imaginar a Mateo asustado.
Emma soltó una risita, y yo terminé riéndome también.
—Venga, Alai, no me puedes negar que está bueno. ¿Sí o no? —insistió.
—Bueno… eso no te lo niego —admití.
—¡Está de puta madre! —se emocionó—. Cambiando de tema, ¿nos vemos en la cafetería de siempre a las dos?
Asentí aunque no me viera.
—Vale, nos vemos —me despedí.
—Chao, te quiero.
—Y yo —colgué.
(Ig: brunettebookss)
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está buena...me gusto