Prólogo
Siempre miro esa piel blanquecina, llena de pecas que fácilmente podrían ser comparadas con las estrellas del firmamento.
Veo esas cicatrices que recorren su brazo, débiles marcas de lo mucho que se lastimó a sí mismo con su poder.
Observo con detenimiento ese cuerpo que aunque delgado, es fuerte, inundado de cada uno de sus resultados obtenidos en los entrenamientos se pueden ver en cuanto comienza a quitarse su traje de héroe para volver a ponerse el de la academia.
Mis ojos captan ese rostro añiñado e inocente que sonríe como si se le fuera la vida en ello, con sus ojos verde jade tan brillantes, esa cortina de pestañas que los adornan. Sus cejas perfectas que demuestran todo lo que siente según sus expresiones. Su nariz pequeña y respingada que parece realmente única. Sus pecas adornando esas abundantes mejillas. Sus labios...
Esos labios rosados con los que sueño besar una y otra vez, sin descanso, sin tregua, sin nada más que disfrutarlos eternamente.
Deku es perfecto.
La creación divina enfrente de mi. Aquella perfección encarnada del ángel más hermoso del cielo.
Y ese perfecto ser solo falla en una cosa.
No recuerda que en algún momento nuestros corazones se unieron.
Ni entiende como la sola mención de su nombre acelera mis latidos y me deja anonadado.
No parece comprender que sin importar cuanto pase, sigue arrasando con toda mi atención.
Escúchame, por favor.
Estoy cansado de fingir que no provocas nada en mi.
Escucha mis palabras.
¡Deku!