I
Namjoon Kim encontró el papel
mientras ordenaba los efectos
personales del escritorio de su
padre. Desdobló la hoja con
leve curiosidad, cómo había
desdoblado tantas otras, pero sólo
había leído un párrafo cuando
enderezó lentamente la espalda y
empezó a sentir un hormigueo en
los dedos.
Asombrado, comenzó otra vez,
abriendo mucho los ojos, aturdido
de espanto por lo que acababa de
leer.
A cualquiera, menos a él. ¡Cielo
santo, a cualquiera, menos a
él! Le debía cien mil dólares a
Jungkook Ieon.
porcentaje? No pudo seguir
leyendo para averiguarlo. Dejó
caer el papel sobre la superficie
desordenada del escritorio y se
reclinó en la vieja silla de cuero
de su padre y cerró los ojos.
La conmoción le provocó una
náusea, miedo y esa sensación
de vértigo que produce la muerte
de la esperanza. Su situación ya
era bastante mala; aquella deuda
insospechada lo dejó destrozado.
¿Por qué había de ser
precisamente Jungkook Jeon?
¿Por qué no con un banco
cualquiera? El resultado final
sería el mismo, desde luego,
pero al menos no se sentiría tan
humillado. La idea de encontrarse
con él cara a cara hacía que la
parte más tierna de su ser se
encogiera de temor.
Si Jeon llegaba a sospechar que esa ternura existía, estaba perdido.
Todavía le temblaban las manos cuando recogió el
papel para leerlo de nuevo, con
la intención de cerciorarse de los
detalles del acuerdo financiero.
Jungkook Jeon le había hecho un
préstamo personal de cien mil
dólares a su padre, Langley Kim,
a una tasa de interés un dos por
ciento más baja que la tasa del
mercado... y el préstamo había
vencido dos meses atrás.namjoon se sintió aun peor . sabía que la deuda estaba pendiente, porque había
revisado minuciosamente los
libros de cuentas de su padre,
con la esperanza de salvar
algo del desastre financiero
en el que estaba inmerso
cuando murió. Había liquidado
apresuradamente todos sus
bienes para pagar las deudas
más acuciantes, todos menos el
rancho, que había sido siempre
el sueño de su padre y que de
alguna forma había llegado a
convertirse en un refugio para él
.10 años antes cuando su padre vendió la casa familiar y
lo obligó a cambiar su ordenada
y próspera vida en Connecticut
por el calor y la humedad de un
rancho ganadero en el interior
de Florida, no le gustó aquella
tierra, pero eso había sido una
década atrás y las cosas habían
cambiado. La gente cambiaba, el
tiempo cambiaba... y el tiempo
cambiaba a la gente. El rancho no
representaba para él ni el amor,
ni un sueño; era sencillamente
todo lo que le quedaba. En otro
tiempo, la vida le había parecido
muy complicada, pero resultaba
extraño lo simples que eran
las cosas cuando se trataba de
sobrevivir.
Sin embargo, le resultaba difícil
rendirse a lo inevitable. Sabía
desde el principio que le sería
casi imposible conservar el rancho de todas formas
abandonar el rancho.. Casi había
empezado a tener esperanzas de
poder conservarlo. Le había dado
miedo hacerse ilusiones y había
intentado no hacerlo, pero aun así
aquel leve destello de optimismo
había empezado a crecer poco
a poco. Pero finalmente había
fracasado también en aquello,
Cómo en todo lo demás: cómo
hijo, cómo esposo y ahora
también cómo ranchero. Incluso
si Jeon le concedía una prórroga
sobre el préstamo, cosa que no
esperaba que ocurriera, no tenía
ninguna posibilidad de poder
pagarlo cuando el plazo venciera
de nuevo. Lo cierto era que no
tenía ninguna opción; estaba
sencillamente al borde de la
ruina.
No ganaría nada demorando
lo inevitable. Sabía desde el principio que le sería casi imposible conservar el
rancho y que volviera a rendir
beneficios, pero estaba dispuesto
al menos a intentarlo. No
habría podido vivir con su mala
conciencia si, eligiendo el camino
más fácil, hubiera dado el rancho
por perdido.
Pero después de todo tendría
que venderlo, o al menos vender
el ganado; no tenía otro modo
de devolver aquellos cien mil
dólares. Lo extraño era que Jeon
no le hubiera reclamado ya
su devolución. Pero, si vendía
el ganado, ¿de qué serviría el
rancho? Para salir adelante
dependía de la venta del ganado,
y sin esos ingresos tendría
que vender el rancho de todas formas No ganaría nada demorando
lo inevitable. Temía hablar con
Jeon, de modo que, cuanto antes,
mejor. El reloj de pared marcaba
casi las nueve y media; Jeon
todavía estaría despierto. Buscó
su número, marcó y lo invadió la
sensación habitual, Incluso antes
de que sonara el primer tono,
Sus dedos se cerraron con tanta
fuerza sobre el teléfono que los
nudillos se le pusieron blancos,
y el corazón empezó a latirle a
tal velocidad que se sintió cómo
si hubiera estado corriendo. Se
le hizo un nudo en el estómago.
¡Oh,cielos! Ni siquiera podría
hablar con coherencia si no
conseguía calmarse.
Contestaron a la sexta llamada,
y para entonces Namjoon ya
había reunido fuerzas para
hablar con él. Cuándo la asistente
di <<Residencia del señor jeon>> la voz de namjoon sonó perfectamente sosegada, incluso
cuándo pidió hablar con él.
-Lo siento, no está en Casa.
¿Quiere que le dé algún mensaje?.
Namjoon se sintió casi aliviado,
aunque sabía que tendría que
llamar otra vez.
-Por favor, dígale que llame a
Namjoon Kim -dijo, y le dioa
la asistente su número. Luego
preguntó ¿Volverá pronto?.
La asistente vaciló un instante
antes de decir:
-No, creo que vendrá bastante
tarde, pero le daré su mensaje a primera hora de la mañana.
-Gracias -murmuró namjoon, y
colgó.Debería haber supuesto que
no estaría en casa. Jeon era
famoso, o quizá fuera mejor
decir conocido, por su apetito
sexual y sus aventuras. Si se
había tranquilizado con los años,
era sólo en apariencia. Según
las habladurías qué namjoon
oía de cuándo en cuándo, su
fogosidad seguía intacta. Una
mirada de aquellos ojos negros
implacables todavía podía hacer
que a un omega se le acelerara
el corazón, y Jungkook miraba a
muchos omegas, pero namjoon no
era uno de ellos. Entre ellos había
surgido una profunda antipatía
en su primer encuentro, diez años
antes, y en el mejor de los casos
su relación era una especie de
tregua armada. Su padre había
actuado a modo de mediador
entre ellos, pero ahora estaba
muerto, y namjoon esperaba
lo peor. Jeon no tenía término
medio.
No había nada que pudiera hacer
respecto al préstamo esa noche,
y se le habían quitado las ganas
de seguir revisando el resto de
los papeles de su padre, así que
decidió dejarlo. Se dio una ducha
rápida, pese a que a sus músculos
doloridos les habría venido bien
una más larga, pero no quería
gastar mucha luz y, dado que
obtenía el agua de un pozo,
mediante una bomba eléctrica,
debía renunciar a los pequeños
lujos en beneficio de otros más
importantes, cómo comer.
Pero a pesar de lo cansado que
estaba, cuándo se acostó no pudo
conciliar el sueño. La idea de
hablar con Jeon le obsesionaba,
y de nuevo su Corazón se
aceleró. Intentó respirar hondo,
lentamente, siempre le sucedía
lo mismo, y era aún peor cuando
tenía que verlo cara a cara. ¡Si al
menos no fuera tan corpulento!
Pero medía un metro noventa de
estatura y pesaba cerca de cien
kilos; se le daba bien amedrentar
a la gente. Cada vez que lo
tenía cerca, Namjoon se sentía
amenazado de forma irracional,
y hasta pensar en él le producía
inquietud. Ningún otro alfa le
hacía reaccionar de aquella
forma; nadie le ponía tan furioso,
tan a la defensiva... y tan excitado
de una forma extraña e instintiva.Había sido así desde el principio,
desde el momento en que lo
Vio por vez primera hacía diez
años. Entonces era un jovencito
de dieciocho, mimado y altivo
Cómo sólo un adolescente que
defendía su dignidad podía
serlo. La reputación de Jeon
lo precedía, y namjoon estaba
decidido a demostrarle qué el no
era uno de esos omegas que lo
perseguían sin descanso. ¡Cómo
si él hubiera estado interesado en
n adolescente!, pensó namjoon
agriamente, dando vueltas en la
cama. ¡Qué crío era entonces! Un
crío estúpido, mimado y asustado.
Porque, en efecto, Jungkook
Jeon lo asustó, a pesar de que
no le hizo ningún caso. mejor
dicho, fue su propia reacción lo
que le asustó. Entonces él tenía
veintiséis años, era un alfa muy
distinto a los chicos a los que
estaba acostumbrado, y un alfa
que ya había convertido un
insignificante rancho ganadero
del interior de Florida en un
próspero y pujante imperio con
sólo su fuerza de voluntad y
muchos años de arduo trabajo.
Al verlo por primera vez,
cerniéndose sobre su padre
mientras ambos hablaban de
ganado, se había llevado un susto
de muerte.
Aún recordaba que se quedó sin
aliento cómo si le hubieran dado
un puñetazo en el estómago.
Estaban de pie junto al caballo
de Jeon, y éste tenía un brazo
apoyado sobre la silla mientras
descansaba la otra mano,
descuidadamente, sobre la
cadera. Era pura energía, todo él
músculos y vitalidad, y dominaba
al inmenso animal a su antojo Namjoon ya había oido hablar
de él; los hombres lo llamaban
«semental», en broma per con
cierta admiración, y los omegas
también, pero siempre en voz
baja, alterados y casi temerosos.
A un omega se le concedía el
beneficio de la duda si salía con
él una sola vez, pero si eran dos,
se daba por sentado que se había
acostado con él.
En aquella época, a Namjoon ni
siquiera se le ocurrió pensar que
su reputación era probablemente
exagerada. Ahora que era mayor,
seguía sin pensarlo. Había
algo en el modo de mirar de
Jeon que hacía que un omega
creyera cuánto se decía de él.
Pero ni siquiera su fama la había
preparado para encontrarse con
el hombre en carne y hueso, pues
este irradiaba fuerza y energia.
La vida relucía más fuerte y el hombre en carne y hueso, pues
este irradiaba fuerza y energía.
La vida relucía más fuerte y
brillante en ciertas personas, y
Jungkook Jeon era una de ellas.
Era un fuego oscuro que se erguía
sobre todo cuanto lo rodeaba
Con su altura y su poderosa
Constitución, y dominaba a
la gente con su personalidad
impetuosa e incluso ruda.
Namjoon contuvo el aliento al
verlo, con su pelo negro cómo el
carbón que el sol hacía brillar,
Sus ojos negros achicados bajo
las cejas oscuras y prominentes,
y el negro y pulcro bigote que
ensombrecía la línea firme de
su labio superior. Estaba muy
moreno, cómo siempre, debido
a las largas horas qué pasaba
trabajando a la intemperie
durante todo el año; mientras
namjoon lo observaba, una gota de sudor se deslizó por
Su sien y por la curva de su
pómulo alto y bronceado, antes
de rodar por su mejilla y caer
por su mandíbula cuadrada.
Manchas de sudor oscurecían
su camisa de faena azul debajo
de los brazos y en el pecho y
en la espalda. Pero ni siquiera
el sudor y el polvo eclipsaban
su halo de poderosa e intensa
masculinidad, sino que, por el
contrario, parecían realzarlo. Al
ver su mano apoyada sobre la
cadera, namjoon reparó en sus
caderas y en sus largas piernas,
y en los vaqueros descoloridos
y estrechos que resaltaban su
cuerpo tan poderosamente que se
quedó boquiabierto. El corazón
dejó de latirle un instante, y luego
emprendió un ritmo frenético
que la hizo estremecerse por
entero. Tenía dieciocho años, era
demasiado joven para dominar
sus emociones, demasiado joven
para enfrentarse a aquel hombre,
y su reacción lo asustó. Por ello,
cuando se acercó a su padre para
que la presentara, se comportó
con desdén.
Empezaron con mal pie y así
habían seguido desde entonces.
Namjoon era posiblemente el
único omega del mundo que no
congeniaba con Jeon, y no estaba
seguro, ni siquiera ahora, de
querer que fuera de otro modo.
Por algún motivo, se sentía más
a gusto sabiendo que a él le
desagradaba; al menos, así no
utilizaría con el su formidable
encanto. En ese sentido, su
hostilidad entrañaba cierta
seguridad.
Un escalofrio recorrio su cuerpo
mientras yacía en la cama,
pensando en él y en lo que
solamente se atrevía a reconocer
para sus adentros: qué el no era
más inmune a los encantos de
Jeon que la legión de omegas
que ya habían sucumbidoa
ellos. Estaría segura únicamente
mientras él no se diera cuenta
de lo vulnerable que era a su
potente masculinidad. Sin duda,
disfrutaría aprovechándose
del poder que ejercía sobre el
para hacerle pagar todos los
comentarios sarcásticos qué
namjoon le había dedicado a
lo largo de los años, y todas las
demás cosas que no le gustaban
de el. Para protegerse, Namjoon
debía mantenerlo a raya a base
de hostilidad; resultaba bastante
irónico que ahora precisara
de su simpatía para sobrevivir
económicamente.
Casi se le había olvidado reír,
Como no fuera por las muecas
que delante de la gente pasaban
por risas pero que carecían de
toda alegría, y también sonreír,
salvo por la falsa máscara de
jovialidad que refrenaba el
dolor. Pero en la soledad de su
habitación, a oscuras, sintió que
una sonrisa cansina curvaba
su boca. Si tenía que depender
de la buena voluntad de Jeon
para sobrevivir, ya podía salir al
prado, cavar un hoyo y cubrirse
de tierra para ahorrarse tiempo y
complicaciones
A la mañana siguiente merodeó
por la casa esperando a que lo
llamara tanto tiempo como pudo,
pero tenía trabajo que hacer, y el
ganado no podia esperar.
Finalmente se dio por vencido
y se fue al establo, con la mente
puesta en los innumerables
problemas que el rancho
presentaba cada día. Había
varios campos de heno que segar
y empacar, pero se había visto
obligado a vender el tractor y
la empacadora; el único modo
que tenía de segar el heno era
ofrecerle a alguien parte de la
Cosecha para que se encargara de
cegarlo y empacarlo por el. Metió
la camioneta en el establo y subió
al pajar para contar las pacas que
le quedaban. Sus reservas estaban
muy mermadas; tendría que
hacer algo pronto.
No podía alzar las pesadas pacas,
pero había ideado un sistema
para manejarlas. Aparcaba
la camioneta justo debajo del
ventanuco del pajar y lo único
que tenía que hacer era empujar
las pacas por el borde del
ventanuco y éstas caían en la
parte de atrás de la camioneta.
Empujar el heno no era fácil; el
peso de las pacas variaba, pero
algunas de ellas eran tan pesadas
que apenas podía moverlas
centímetro a centímetro.
Llevó la camioneta al otro lado del
prado, donde pastaba el ganado;
las reses alzaron las cabezas,
observaron con sus grandes
ojos marrones la camioneta, y el
rebaño entero empezó a avanzar
hacia el. Namjoon detuvo la
camioneta y se montó en la parte
de atrás. Tirar las pacas a pulso le
resultaba imposible. así que cortó los cordeles que sujetaban las balas y las deshizo con el rastrillo que llevaba consigo;después arrojó el heno al suelo en grandes montones.
Volvió a subirse a la camioneta,
avanzó un trecho por el prado
y se detuvo para repetir la
operación. Hizo aquello una y
otra vez hasta que la parte de
atrás de la camioneta estuvo
vacía, y para cuando acabó le
dolían tanto los hombros que
tenía la impresión de que le
ardían los músculos. Si el rebaño
no hubiera menguado tanto, no
habría podido manejarlo. Pero si
tuviera más cabezas de ganado,
se dijo, podría pagar a alguien
para que la ayudara. Al recordar
cuánta gente solía trabajar en el
rancho, la cantidad de personas
que hacían falta para sacarlo
adelante, la invadió una oleada de
desesperanza. La razón le decía
que era imposible que lo hiciera
todo el sólo.
¿Pero que tenía que ver la razón con la cruda realidad? Debía
hacerlo el sólo porqué no tenía
a nadie. A veces pensaba que
eso era justamente lo que la vida
se empeñaba en demostrarle:
que sólo podía depender de sí
mismo, qué no había nadie en
quien pudiera confiar, nadie en
quien pudiera apoyarse, nadie lo
bastante fuerte para darle ánimos
y ayudarlo cuándo necesitaba
descansar. En ocasiones,
experimentaba una insoportable
sensación de soledad, sobre
todo desde que su padre había
muerto, pero al mismo tiempo
encontraba cierto consuelo, un
tanto perverso, sabiendo que no
podía confiar en nadie más que
en sí misma. No esperaba nada
de los demás, de modo que nunca
se sentía desilusionado cuándo
no daban la talla. Sencillamente,
aceptaba los hechos tal y cómo eran sin embellecerlos. Hacia lo que tenía que hacer y seguía adelante. Al menos, ahora era libre y ya no temía despertarse cada mañana.
Anduvo por el rancho, haciendo
Sus tareas, procurando no pensar
en nada y dejando sencillamente
que su Cuerpo ejecutara los
movimientos necesarios. Era
más fácil así; podría lamerse
las heridas cuando acabara su
trabajo, pero el mejor modo de
acabarlo era ignorar las protestas
de sus músculos y el dolor de
los araîñazos y rasguños que se
había hecho. Ninguna de sus
antiguas amigas habría creído
nunca qué Namjoon Kim sería
capaz de emplear sus delicadas
manos para un trabajo fisico
tan duro. A veces, le divertía
imaginar cuál sería su reacción,
otro juego mental al que jugaba
para entretenerse. Namjoon
Kim siempre había sido risueño
y dada a gastar bromas; habría
estado perfecto con una copa de
champán en la mano y diamantes
en los dedos.
Ahora, sin embargo, debía
alimentar el ganado, segar el
heno, reparar el cercado, y
eso era solamente la punta del
iceberg. Tenía que refrescar
al ganado, aunque todavía no
sabía cómo iba a apañárselas.
Tenía que marcarlo, castrarlo,
alimentarlo... Cuando pensaba
en todo lo que tenía que hacer
se sentía desalerntado, de modo
que rara vez pensaba en ello.
Afrontaba cada día según
venía, haciendo lo que podia.Se trataba de sobrevivir, y se
había convertido en un virtuoso
de la supervivencia.Esa noche,
a las diez, al ver qué Jungkook
no la lamaba, se armó de valor
y volvió a llamarlo. De nuevo
fue la asistenta quién contestó;
Namjoon dejó escapar un suspiro,
preguntándose si Jeon pasaba
alguna vez la noche en su casa.
-Soy Namjoon Kim. Quisiera
hablar con el señor Jeon, por
favor. ¿Está en casa?
-Sí, está en el establo. Le pasaré su
llamada.
De modo que tenía teléfono
en el establo. Por un instante,
mientras oía los ruidos del
teléfono, Namjoon pensó Con
envidia en el rancho de Jeon, y
aquello lo distrajo del repentino
galopar de su corazón y del ritmo
entrecortado de su respiración.
-Aquí Jeon -su voz profunda e
impaciente sonó cómo un ladrido
para el oído de Namjoon, y ésta
dio un respingo apretando con
fuerza el teléfono y cerrando los
ojos.
-Soy Namjoon Kim procuró
mantener un tono lo más distante posible al identificarse-, Me
gustaría hablar contigo, si puedes.
-Ahora mismo no tengo tiempo.
Tengo una yegua a punto de parir,
así que di lo que tengas que decir
Cuanto antes.
-Me temo que tenemos que hablar
largo y tendido. Así que preferiría
que nos viéramos. ¿Te viene bien
que vaya a tu casa mañana por la
mañana?
Él soltó una breve carcajada
aspera, y desprovista de humor.
-Esto es un rancho, cariño, no un
club social. No tengo tiempo para
verte mañana por la mañana.
-Entonces, ¿cuándo?.
Jeon masculló una maldición.
-Mira, ahora mismo no puedo
atenderte. Me pasaré por tú casa
mañana por la tarde, cuándo
vaya a la ciudad. Sobre las seis
-cortó la comunicación antes
de que Namjoon pudiera decir
nada, pero cuándo el colgó a
Su vez, pensó amargamente
que era él quien tenía la sartén
por el mango, de modo que
poco importaba si a Namjoon
la hora le convenía o no. Al
menos, ya lo había llamado, y
le quedaban veinticuatro horas
por delante para reunir el valor
que necesitaba para enfrentarse
a él. Al día siguiente, dejaría de
trabajar a tiempo para ducharse
y lavarse el pelo, se arreglaría
y perfumaría, y se pondría sus
pantalones de lino blanco y su
camisa de seda blanca. Al verlo,
Jungkook pensaría que era lo que
siempre había pensado que era:un inútil y un engreído.
A última hora de la tarde, el
sol abrasador había hecho
subir la temperatura hasta los
cuarenta grados, y el ganado
estaba nervioso. Jeon estaba
sudoroso, acalorado, polvoriento
y malhumorado, igual que sus
hombres.
Habían pasado mucho tiempo
reuniendo el ganado, para
vacunarlo y marcarlo, y ahora
el retumbar amnenazador de los
truenos anunciaba una tormenta
de verano. Los hombres acabaron
apresuradamente sus tareas,
deseando terminar antes de
que empezara a lover. El polvo
se alzaba en el aire al tiempo
que los mugidos nerviosOs
aumentaban de volumen y
el hedora cuero guemado se
intensificaba. Jeon trabajaba
mano a mano con los hombres,
sin desdeñar el trabajo sucio.
Aquél era su rancho, su vida. El
trabajo a veces, era desagradable,
pero él había conseguido que su
rancho fuera rentable, mientras
que otros habían fracasado, y lo
había hecho a base de sudor y
determinación. Su madre había
preferido irse antes que soportar aquella vida; naturalmente,
en aquella época el rancho era
mucho más pequeño, no Cómo el
imperio que él había levantado.
Su padre, y el rancho, no habían
podido darle el estilo de vida
que ella deseaba. Jeon a veces
sentía una amarga satisfacción
al pensar que ahora su madre
lamentaría haber abandonado
tan cruelmente a su marido y a
su hijo. No lo odiaba; ni siquiera
eso se merecía. Sencillamente, lo
despreciaba, y a cualquiera de
las personas ricas, caprichosas,
aburridas e inútiles a las qué su
madre contaba entre sus amigos.
Nev Luther soltó a la última
ternera y, limpiándose el sudor de
la cara con la manga de la camisa,
miró el sol y los amenazadores
nubarrones de la tormenta que se
acercaba.
-Bueno, ya está -gruñó-. Será
mejor que recojamos antes de
que estalle la tormenta -miró a su
jefe-. ¿No ibas a ir a ver a ese tal
kim está tarde?
Nev estaba en el establo cuándo
Jeon habló con namjoon, de
modo que había escuchado la
conversación. Después de echar
un vistazo a su reloj, Jungkook
masculló una maldición. Se
había olvidado de namjoon, y
habría preferido que Nev no
se lo hubiera recordado. Había
pocas personas en el mundo que
lo irritaran tanto cómo Namjoon
Kim.
-Maldita sea, será mejor que me
vaya -dijo de mala gana.
Sabía qué quería namjoon. Le
había sorprendido que lo lamara,
en lugar de seguir ignorando
la deuda. Seguramente, se
lamentaría del p0co dinero que
le quedaba y le diría qué no
podía de ninguna manera reunir
esa cantidad. Con sólo pensar
en namjoon, le daban ganas de
agarrarlo y zarandearlo con todas
sus fuerzas. O mejor aún, de
azotarlo con el cinturón. Namjoon
era exactamente lo que más le
disgustaba: un parásito malcriado
y egoísta que no había trabajado
ni un día en toda su vida.
Su padre se había arruinado
pagándole sus caprichos, pero
Langley Kim siempre había
sido un poco idiota en lo que a
su amado y único hijo omega
Concernía. Nada era lo bastante
bueno para su pequeño namjoon,nada en absoluto.
Lástima que su querido namjoon
fuera un niño mimado. Maldición,
cuánto lo irritaba. Le había caído
mal desde el primer momento
qué lo vio, cuándo se acercó
tonteando a dónde estaba
hablando con su padre, alzando
altaneramente la nariz como si
percibiera un olor desagradable.
Lo cual, después de todo, era
posible. El sudor, producto
del trabajo físico, era un olor
desconocido para el. Namjoon
lo miró cómo habría mirado a
un gusano y, considerándolo
insignificante, le dio la espalda
y se puso a hacerle carantoñas
a su padre para sacarle algo con
aquellos encantadores mohines-Oiga, jefe, si no quiere ira ver
a ese bombón, yo iré en su lugar
con mucho gusto -se ofreció Nev,
sonriendo.
-No me des ideas -dijo Jeon
malhumorado, volviendo a mirar
su reloj.
Podía ir a casa y lavarse un poco,
pero entonces llegaría tarde. En
ese momento, no estaba muy
lejos del rancho de los Kim y no
le apetecía conducir de vuelta
a casa, ducharse, y luego hacer
el mismo camino de vuelta
para no ofender la delicada
nariz de namjoon. Tendría que
aguantarlo tal y cómo estaba,
sucio y sudoroso. Al fin y al
cabo, era namjoon el que iba a
pedirle un favor. Con el humor
que tenía, bien podía pedirle la
devolución de la deuda, aunque
sabía perfectamente que no podría pagarla . Se preguntó, divertido ,si se ofrecería a pagarle de otro
modo. Le estaría bien empleado
que él aceptara; seguramente,
Namjoon se estremecería de
repugnancia con sólo pensar en
entregarle su hermoso cuerpo. Al
fin y al cabo, él era un tipo duro,
estaba sucio y trabajaba para
ganarse la vida.
Mientras se acercaba a su
camioneta y se sentaba tras el
volante, no podía quitarse aquella
imagen de la cabeza: la imagen de
Namjoon Kim tendido debajo de
él, de su esbelto cuerpo desnudo,
de su pelo rubio claro extendido
sobre la almohada mientras
él entraba y salía de namjoon.
Se excitó al pensar en aquella
imagen provocativa, y maldijo
para sus adentros. Maldito fuera
namjoon, y maldito él también.
Se había pasado años mirándolo,
fantaseando con el, deseándolo y al mismo tiempo queriendo
enseñarle de la forma que fuera a
no ser un esnob, un engreído y un
egoísta.
Otras personas no lo veían así:
Namjoon podía ser encantador
cuándo quería, y prefería
dedicar su encanto a los vecinos
del pueblo, tal vez con el único
propósito de divertirse con su
credulidad. Los rancheros y
granjeros de la zona eran gente
afable, que compensaba sus
interminables jornadas de trabajo
con reuniones informales, fiestas
y barbacoas casi todos los fines
de semana, y namjoon los tenía
a todos comiendo de su mano.
Ellos no veían el lado de su
personalidad qué se empeñaba
en mostrarle a él; siempre estaba
riendo y bailando., pero nunca
con él. Era capaz de bailar
con todos los alfas del pueblo,menos Con él. Sí, él lo miraba y,Cómo era un alfa sano con un
instinto sexual sano, no podía
remediar responder físicamente
a su cuerpo voluptuoso y a su
sonrisa resplandeciente, aunque
le molestara hacerlo. No quería
desearlo, pero con sólo mirarlo se
excitaba. Otros alfas también la
miraban con ojos hambrientos,
incuyendo a Kai Kim.
Jeon no podía perdonarlo por lo
que le había hecho a Kai, cuyo
matrimonio ya se tambaleaba
antes de que namjoon apareciera
en escena con sus coqueteos y su
risa chispeante. Kai se enamoró
de namjoon inmediatamente,
y su matrimonio naufragó sin
remedio. Entonces namjoon
voló en busca de una nueva
presa, y Kai se quedó sin nada,
salvo con una vida arruinada.
El joven ranchero perdió cuánto
tenía, se vio forzado a vender su
rancho por culpa del acuerdo de
divorcio. Era solamente uno más
de los alfas a los que namjoon
había arruinado con su egoismo,
cómo arruinó a su padre. Hasta
cuándo Kim se encontraba
hasta el cuello de deudas, siguió
dándole dinero para que namjoon
mantuviera su tren de vida. Su
padre estaba en la ruina, pero el
seguía comprándose ropa y joyas,
y seguia yendo a esquiar a Saint
Moritz en vacaciones. Hacía falta
un hombre rico para mantener a
Namjoon Kim, y fuerte también.
La idea de ser él quien le diera
todas aquellas cosas, y, por tanto,
el único qué tuviera ciertos
derechos sobre el, asaltaba
su mente con perturbadora
insistencia. Por muv enfadado irritadoo disgustado que se
sintiera con el, no podía evitar
desearlo. Había algo en el que
le daba ganas de extender los
brazos y poseerlo. Namjoon
tenía la apariencia, la voz y
el olor de lo exquisito; Jeon
deseaba saber si también sabía
exquisitamente, y si su piel era
tan sedosa cómo parecía. Deseaba
hundir las manos en su pelo
dorado, probar su boca suave
y grande, trazar con los dedos
los contornos perfectos de sus
pómulos cincelados e inhalar la
fragancia turbadora de su piel.
Percibió su olor el día que la vio
por primera vez, el perfume de su
pelo y de su piel, y la dulzura de
Su carne. Namjoon era exquisito,
sí, demasiado exquisito para
Kai Kim, y para el pobre alfa
con el que se había casado y al
que luego había abandonado,y ciertamente tambien para Su
padre.
Jeon deseaba perderse en aquella
exquisitez. Era un impulso
primitivo y puramente de un
alfa, la respuesta de un alfa
hacia un omega provocativo. Tal
vez Namjoon fuera un mojigato,
pero sus coqueteos atraían a los
alfas cómo la flor más dulce a las
abejas.
En ese momento, Namjoon estaba
sólo, pero Jeon sabía que no
pasaría mucho tiempo sin que se
buscara un alfa.¿Por qué no iba
a ser él ese alfa? Estaba cansado
de desearlo y de verlo arrugar
la nariz cada vez que lo veia. A
él no podría manejarlo con un
dedo, cómo estaba acostumbrada
a hacer, pero ése era el precio
que tendría que pagar por sus
caprichos. Jeon achicó los ojos.
intentando ver a través de la
lluvia que empezaba a estrellarse
contra el parabrisas, y pensó
en la satisfacción que le daría
que namjoon dependiera de
él económicamente. Era una
satisfacción primitiva y áspera. Lo
utilizaría para saciar sus deseos,
pero no le permitiría acercarse lo
suficiente a él cómo para nublarle
la mente y el juicio.
Él nunca había tenido que pagar
por un omega, pero si tenía que
hacerlo para conseguir a Namjoon
Kim, lo haría. Nunca había
deseado a un omega cómo lo
deseaba a el, de modo que tal vez
así pudiera tomarse la revancha.
La tormenta estalló de pronto,
y una Cortina de lluvia se
deslizó por el parabrisas hasta
Oscurecer su visión, a pesar de
los limpiaparabrisas. Ráfagas de viento sacudían la camioneta obligándolo a sujetar con fuerza
el volante para no salirse de
la carretera. La visibilidad era
tan mala que casi dejó atrás el
desvío hacia el rancho de los
Kim, aunque conocía aquellas
carreteras cómo la palma de su
mano.
Cuando llegó frente a la casa
de los Kim, estaba de un humor
de perros, y su exasperación
se agudizó al echar un vistazo
a su alrededor. A pesar de la
lluvia veía con toda claridad que
aquel lugar era un desastre. La
explanada estaba llena de malas
hierbas, el establo y el granero
tenían un aire de abandono, y
los pastos que en otro tiempo
estaban llenos de reses Brahman
de primera calidad ahora estaban
vacíos. El pequeño reino de namjoon se había disuelto a su
alrededor.
Aunque había acercado la
camioneta a la casa, llovía tanto
que cuando llegó al porche
estaba empapado. Se sacudió el
sombrero de paja contra la pierna
para quitarle el exceso de agua,
pero no volvió a ponérselo. Alzó la
mano para llamar, pero la puerta
se abrió antes. Namjoon apareció
ante él, mirándolo con aquella
familiar expresión de desdén de
Sus ojos verdes y fríos. Titubeó
sólo un instante, cómo si no
quisiera dejarlo pasar para que
no le manchara la alfombra; pero
luego abrió la mosquitera y dijo:
-Pasa.
Jungkook pensó que debía
de ponerlo furioso tener que
mostrarse amable con él porque le debía cien mil dólares. Pasó a
su lado y notó que se apartaba
para que no lo rozara. «Tú espera
y verás», pensó él ásperamente.
Pronto haría algo más que rozarse
con Namjoon, y se aseguraría
de que a el le gustara. Quizá
Namjoon arrugara la nariz ahora,
pero las cosas cambiarían cuándo
estuviera desnudo debajo de
él, con las piernas enlazadas
alrededor de su cintura mientras
se retorcía de placer. Jeon no
sólo quería utilizar su cuerpo;
quería que namjoon lo deseara,
que se sintiera tan ansioso y
obsesionado cómo él.
Era una cuestión de justicia
poética, después de todos los
alfas a los que namjoon había
utilizado. Casi deseaba que dijera
algo hiriente, para tener na
excusa para ponerle las manos
encima. Deseaba tocarlo, fuera cuál fuera el motivo; deseaba
sentir el calor y la suavidad de
su cuerpo; deseaba que Namjoon
respondiera de la misma forma.
Pero Namjoon no le dedicó un
saludo mordaz, cómo solía hacer,
sino que por el contrario, dijo
«vamos al despacho de mi padre»,
y lo condujo por el pasillo dejando
tras namjoon la turbadora estela
de su perfume. Parecía intocable,
con sus pantalones anchos y
vaporosOs de color blanco y
su camisa blanca de seda, qué
flotaba encantadoramente sobre
sus pezones, y sin embargo, Jeon
deseaba tocarlo de todos modos.
Llevaba el pelo rubio pálido
recogido sobre la nuca, con un
prendedor ancho y dorado.
Su fastidiosa perfección
contrastaba vivamente con la
apariencia ruda de jeon, y éste se
preguntó qué haría si lo tocaba,
si lo estrechaba contra su cuerpo
V manchaba su camisa de seda
de sudory polvo. Estaba sucio y
sudadoy olía a vacas y caballos,
y además estaba empapado por
la lluvia; no, era imposible que el
aceptara sus caricias.
-Por favor, siéntate -dijo Namjoon,
indicándole uno de los sillones de
cuero del despacho-. Supongo que
sabrás por qué te he llamado.
Él le lanzó una mirada sardónica.
-Supongo que sí.
-Encontré el contrato del
préstamo anteanoche, cuándc estaba ordenando el escritorio de
mi padre. No quiero que pienses
que intento ganar tiempo para
no pagarte, pero ahora mismo no
tengo el dinero..
-No me hagas perder el tiempo
-lo interrumpió él en tono de
advertencia.
Namjoon lo miró con asombro.
Jeon no había tomado asiento;
estaba de pie, muy cerca,
elevándose sobre el, y lo mirada
de sus ojos negros lo hizo
estremecerse.
-¿Cómo?
-Esto es coser y cantar; no me
hagas perder el tiempo con
tonterías. Sé qué vas a ofrecerme,
y estoy dispuesto a aceptarlo.
Hace mucho tiempo que te
deseo, cariño; pero no Cometas
el error de creer que con unos
cuántos revolcones quedaremos
en paz, porqué no es así. Pienso
recuperar hasta el último céntimo
de mi dinero.