En esa fría mañana de invierno
El crujir de la nieve bajo sus pies era, aparentemente, el único sonido que rompía el bullicio de las blancas calles de Norwich, mientras ella deambulaba sin rumbo, con la mirada perdida en el horizonte.
Su mente era un laberinto de pensamientos confusos. Por ende, no notaba las miradas lascivas que algunos clavaban en su pequeña figura, ni los gestos de desaprobación que le lanzaban por su llamativo y atrevido atuendo, impropio para una niña de su edad y posición social.
Avanzaba sin rumbo fijo, como un alma en pena condenada a vagar por la tierra. Su abrigo blanco se confundía con la nieve que caía del cielo, y sus cabellos brillaban como la escarcha bajo la luz del sol naciente.
Los susurros espectrales la envolvían, como un manto invisible que la aislaba del mundo real. Eran susurros que parecían provenir de todas partes y a la vez de ninguna, voces que susurraban palabras tormentosas en un idioma que no era de este mundo.
De repente, una melodía celestial comenzó a tintinear entre los copos de nieve que caían del cielo. Era una melodía dulce y melancólica que la llenó de una extraña paz interior.
Alzo la mirada hacia el cielo, dejando que los copos de nieve se posaran delicadamente en su rostro de tez palida como la luna, por donde se deslizaron algunos mechones de su reluciente cabellera blanca.
Un escalofrío recorrió la piel de la niña mientras una pregunta resonaba en su mente:
-'¿Quién susurra en la bruma invernal?' - Sus ojos violetas, llenos de una mezcla de curiosidad e inquietud, se posaron en la nada, buscando la fuente de la melodía que la llamaba desde la distancia.
Las notas de la canción parecían rebotar en cada copo de nieve, guiándola hacia un destino desconocido. Sin siquiera percatarse, la niña comenzó a caminar, siguiendo el ritmo encantador que la envolvía en un hechizo mágico.
Sus pasos se aceleraban cada vez más, adentrándose en el abrazo gélido de la nieve. Sus ojos brillaban con una excitación febril, anhelando descubrir el origen de aquella canción misteriosa que la cautivaba y la conducía hacia un encuentro inesperado.
La imponente cúpula de la catedral de Norwich se alzó en el horizonte, coronando la ciudad con su majestuosa presencia. Las campanadas del mediodía resonaron en el aire, pero su sonido no llegó a los oídos de la pequeña figura acurrucada junto a las puertas de la iglesia. Una tenue melodía, apenas un susurro entrecortado por el dolor, brotaba de sus labios y se perdía entre los copos de nieve que caían sin cesar.
Con un hilo de voz, apenas audible por encima del viento gélido, entonaba una canción melancólica. Los copos de nieve caían suavemente sobre su cuerpo, cubriéndolo con un manto blanco que contrastaba con su cabello del color del sol.
Cautelosamente, la peliblanco se aproximó al niño, deteniéndose a escasos metros de el. Un ligero movimiento del pequeño ser le indicó que había notado su presencia.
Un susurro escapó de los labios agrietados del pequeño blondo:
-Un Ángel...-
Sus ojos, de un peculiar color rubí y oro, se esforzaron por enfocar la silueta blanca que se erguía frente a él. Con una mano temblorosa, ya amoratada por el frío, la extendió hacia la figura celestial, en un vano intento de tocarla y descifrar su etérea presencia.
Un jadeo escapó de sus labios agrietados, un sonido áspero que rasgó su garganta como si de un cuchillo se tratase. Con un último esfuerzo, logró articular las palabras que tanto anhelaba pronunciar:
-Por fin... Has venido por mí...-
Sus ojos, apagados como dos pozos sin fondo, se cerraron lentamente. Su cuerpo, una frágil estructura de huesos y piel curtida por la intemperie, se desplomó a los pies de la niña de blanco.
Por un instante, ella lo contempló en silencio. Sus cabellos dorados, opacos y enmarañados, se escapaban de los vendajes sucios que ceñían su cabeza y otras partes de su anatomía. Un viejo traje azul, raído y desgastado hasta la trama, apenas cubría su cuerpo esquelético. Sus dedos amoratados rozaban un viejo sombrero azul, del que brillaba una única moneda de cobre. La chica esbozó una sonrisa cruel.
Sin dudarlo, la de cabellos albos se quitó el abrigo y lo envolvió en él, tomándolo en sus brazos con una delicadeza inesperada. Su figura, con el niño acunado en su pecho, se desvaneció en la bruma invernal, como si solo se hubieran tratado de dos fantasmas errantes.
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El crepitar de la leña en la chimenea llenaba la habitación de un aroma ahumado y acogedor. El calor reconfortante del fuego envolvía al pequeño niño, que se encontraba recostado en un sofá, cubierto por mantas suaves y acogedoras. Su cuerpo exhausto finalmente descansaba, libre del frío y la miseria que había vivido en las calles.
-'Sin duda el cielo es calido'- Pensó el rubio, con una sonrisa en los labios. Recordó el frío glacial de la iglesia, el mordisco del viento en su rostro, la soledad y el hambre que lo habían acompañado durante tanto tiempo. Se estremeció al recordar aquellos días, pero ahora se sentía seguro y protegido.
Los ojos del pequeño blondo pesaban más que de costumbre, y realmente no deseaba abrirlos. Sin embargo, un agradable cosquilleo, como de miles de plumas diminutas, recorrió su piel, similar a una cálida caricia que lo envolvía y lo invitaba a descubrir qué se escondía detrás de sus párpados.
La curiosidad venció a la pereza, y con un esfuerzo insistió.
Un leve temblor recorrió su cuerpo mientras entreabría los ojos, luchando contra la somnolencia que lo envolvía. Unas finas y suaves manos se deslizaban sobre su pecho, provocando un suave gemido que escapó de su garganta. La textura aterciopelada de la piel que tocaba era tan agradable que por un momento olvidó todo lo demás. Pero al percibir una silueta blanca sobre su cuerpo, sus ojos se abrieron de golpe, el miedo y la confusión reemplazaron la somnolencia.
-¡Ehhhh!- Gritó entre asustado y avergonzado el de cabello dorado, incorporándose al instante entre las pieles cafés que le brindaban calor. Notó enseguida que estaba solo. El aire frío le erizó la piel y el silencio era ensordecedor. Se sentó y miró a su alrededor, tratando de descifrar dónde estaba. No reconocía nada.
-Ha sido un sueño...- Terminó susurrando el rubio completamente sonrojado por las imágenes en su cabeza.
-¿Así es el cielo?-
El niño observó a su alrededor, maravillado por la opulencia y la belleza que lo rodeaban.
-No puedo creerlo, ¡estoy en el cielo! Aunque... no es exactamente lo que imaginaba.- Murmuró con curiosidad y emoción.
-¿Estoy muerto?- Ahora se preguntó, dudando de su anterior conclusión. La habitación en la que se encontraba era extraña. Las paredes eran negras y lisas, como si estuvieran hechas de obsidiana. Los muebles eran elegantes y ostentosos, tallados en madera oscura y adornados con oro y piedras preciosas. La chimenea crepitaba, lanzando sombras danzantes sobre las paredes. De las ventanas apenas se colaba un rayo de luz, lo que daba a la habitación un ambiente lúgubre y misterioso. Solo una puerta, que estaba cerrada, rompía la monotonía de las paredes.
De repente, una voz amable respondió a su pregunta. Era una voz masculina, suave y calmada.
-Para tu suerte no lo estás.-
Al instante, la puerta se abrió y dio paso a un joven un poco mayor que él, quizás de 16 años. Vestía una fina camisa de seda blanca y pantalones de color turquesa oscuro. Sus cabellos eran blancos y brillantes como la nieve, y sus ojos eran similares a los del niño, excepto que uno era verde y el otro azul: un jade y un zafiro.
-Me alegra que por fin despertaras.- Dijo el joven de cabello blanco con una sonrisa.
-¿No estoy muerto? ¿Dónde estoy? ¿Quién eres? - Preguntó el pequeño rubio con ojos llenos de sorpresa. Su pelo dorado enmarcaba un rostro pálido y aún algo confuso.
Aquello hizo reír por lo bajo al albino, que con una amplia y amable sonrisa se acercó al niño. Su voz era suave y melodiosa.
-En efecto, no estás muerto.- Dijo el peliblanco, sentándose en un banco tallado en madera oscura que estaba junto al sofá donde se encontraba el niño.
-Sin embargo, a nuestra ama le costó mucho sanarte, ya que estabas inconsciente y no pudo consumarse el acto.-
El pequeño se quedó pensativo, tratando de asimilar las palabras del albino. ¿Qué acto? ¿Quién era esa "ama"? ¿Y qué lugar era ese?
-¿Consumarse? - El blondo parpadeó confundido, sin comprender a qué se refería el de cabellos blancos. El único sonido que se escuchaba era el crepitar de la leña en la chimenea.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y otro muchacho irrumpió en la habitación. Era un par de años mayor que el niño, quizás 14 años, con cabello rubio como el sol y ojos de un azul intenso como el cielo. Vestía el mismo atuendo que el peliblanco, solo que su camisa tenía un par de botones desabrochados y sus pantalones eran de color amarillo ocre.
-Hey, ¿ya despertó el mocoso? La ama quiere verlo.- Dijo el chico con un gesto malhumurado.
El pequeño se sintió aún más confundido y asustado.
-Acaba de despertar.- Confirmó el de pelo blanco con una sonrisa amable. Sus ojos heterocromonos brillaban con una luz celestial.
Un nudo se formó en la garganta del pequeño de cabellos dorados mientras un escalofrío le erizo la piel. La mirada del rubio mayor, penetrante y arrogante, lo fulminaba con un desprecio que heló su sangre. Tragó saliva con dificultad y lo miró de vuelta, sin saber qué hacer ni cómo reaccionar. La confusión se apoderó de él, y sus ojos buscaron refugio en el albino, buscando en él alguna pista sobre su inesperado destino. La "ama" a la que se referían era un misterio para él, una palabra que resonaba en su mente con un significado desconocido.
Por su parte, el chico mayor de cabellera dorada no hizo más que fruncir el ceño, intensificando la mirada de desprecio con la que observaba al recién llegado. Sus ojos, de un azul tan intenso como el cielo, lo taladraban sin piedad, provocando un escalofrío aún más intenso en la piel del pequeño.
-Cámbiate, ella quiere verte.-
El niño rubio miró la ropa que le habían lanzado con desconcierto. No entendía la actitud fría y despectiva del chico mayor. ¿Por qué lo trataba con tanto desprecio? Sin embargo, obedeció el mandato y procedió a cambiarse de ropa rápidamente. Sus manos temblaban mientras observaba la nueva vestimenta.
Fue en ese momento que al fin notó que no tenía ropa bajo las pieles. Un rubor intenso se apoderó de su rostro y, por instinto, se cubrió con las mismas. Las pieles eran suaves y cálidas, pero no podían ocultar su desnudez.
Las risas discretas del albino resonaron en la habitación. Eran risas tenues, casi imperceptibles, pero que no por ello eran menos molestas para el niño. Se sentía como un animalito acorralado, observado por dos depredadores.
-Que adorable.- Señaló burlesco el de pelo blanco, mientras el niño moría de vergüenza.
El rubio, por su parte, lo miró con una mezcla de desprecio y disgusto. Su mirada era fría y penetrante, como si estuviera evaluando al niño y encontrándolo falto. El pequeño, por su parte, se sentía humillado y avergonzado. Su rostro enrojeció de furia y sus ojos se llenaron de lágrimas.
-Es solo un fastidio, no se qué le vio.- Molesto agregó el rubio mayor, cruzando los brazos y recostándose a un lado de la chimenea con los ojos cerrados.
El menor se mordió el labio inferior para contener las lágrimas. No quería mostrarse débil ante esos dos tipos. No entendía por qué lo trataban de esa manera. No sabía dónde estaba ni qué había hecho para merecerlo. Se sentía perdido y asustado.
-Vamos, no seas celoso con el nuevo, nosotros no nos pusimos así cuando tú llegaste.- El albino le recordo al rubio mayor, con un tono de voz entre amigable y burlón. Este, por su parte, se sonrojó levemente y desvió la mirada.
-Como sea, ¿qué espera para cambiarse? ¿O no me dirá que le da pena?- Señaló con dureza, impaciente por continuar con su tarea.
El niño blondo se sintió aún más avergonzado por la severidad del otro rubio. Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas y se aferró más a las pieles que cubrían su cuerpo. Aunque eran chicos como él, le daba pena cambiarse frente a ellos, más aún porque no los conocía y no entendía nada de lo que estaba pasando.
-Cielos, déjalo tranquilo, el pobre debe estar muy asustado, así que lo mejor es darle un poco de privacidad.- Explicó el albino con un tono conciliador, dirigiéndose al otro. Este último lo miró con recelo, refunfuño algo ininteligible, pero finalmente asintió y se levantó de mala gana.
-Cuando estés listo, sal y por cierto, mi nombre es Piko y el de este amargado es Len, mucho gusto de conocerte y bienvenido.- El de pelo blanco le sonrió al niño con amabilidad, mientras que Len se limitó a mirarlo con indiferencia.
El pequeño asintió tímidamente mientras observaba cómo Piko y Len salían de la habitación, cerrando la puerta detrás de ellos. La confusión y la vergüenza seguían presentes en su mente, pero al menos ahora tenía nombres para ponerle a los rostros que había conocido.
-Tal vez no es el cielo, pero parece un buen lugar.- Se dijo el pequeño al recordar su vida en las calles. Un escalofrío recorrió su cuerpo al pensar en la miseria y el hambre que había vivido. Sin embargo, al instante lo negó al recordar las cálidas palabras del albino: "Bienvenido"... Eso significa lo que creo..., pensó con una sonrisa tímida.
La curiosidad y la esperanza comenzaron a aflorar en su corazón. ¿Qué le depararía el futuro? ¿Quién era su misteriosa "ama"? Se apresuró a vestirse, ansioso por descubrirlo.
-¿Por qué tarda tanto?- Escuchó al salir de la habitación, encontrándose con la impaciencia del chico rubio. Este lo miró con desdén, como si su tardanza fuera una ofensa personal.
Por lo que con nerviosismo, trató de disculparse rápidamente.
-Dis... disculpen la demora.- En cuanto cruzó la puerta se disculpó apenado, sin poder evitar mirar al suelo. Apretó entre sus manos el sombrero azul de su nuevo atuendo, una camisa de seda blanca que contrastaba con sus pantalones cortos azules. Un parche con una rosa azul adornaba su ojo izquierdo, completando el atuendo con calcetines blancos y zapatos negros.
Piko lo miró de arriba abajo con una sonrisa pícara en los labios.
-Qué bien te ves, ahora entiendo por qué te trajo.- Su comentario provocó que el niño se ruborizara aún más.
-No es verdad, Len?- Añadió Piko, dirigiéndose al rubio a su lado que observaba la escena en silencio.
-No digas tonterias. Nos esperan.- Gruñó este, al verse descubierto, girándose sobre sus talones y chasqueando la boca con fastidio.
El rubio menor, con una sonrisa tímida en sus labios, siguió a Len y Piko por los largos y oscuros pasillos. Sus pasos resonaban en el silencio, aumentando su nerviosismo.
Finalmente, se detuvieron frente a una puerta de madera tallada. El rubio mayor llamó con dos golpes secos.
-Adelante.- Se escuchó desde el otro lado una voz femenina, dulce y melodiosa. El corazón del pequeño blondo aceleró sin razón aparente. Era la primera vez que la escuchaba, pero le resultaba familiar, como si la hubiera escuchado en un sueño.
Por lo tanto, sus acompañantes entraron y él los siguió.
El niño tragó saliva y respiró hondo antes de entrar a la habitación. Un escalofrío erizo su piel al contemplar la magnificencia del lugar. Una larga mesa de fina madera negra, reluciente bajo la luz tenue de las velas, se extendía ante él. Platos exquisitos, rebosantes de manjares que nunca había visto antes, y candelabros de plata con intrincados diseños reflejaban la luz en un baile de sombras. Pero nada de eso se comparaba a la belleza de la niña de quizas unos 14 años, que se encontraba sentada en la cabecera de la mesa. Su larga cabellera blanca como la luna enmarcaban un rostro angelical, y sus misteriosos ojos violetas, profundos como el cielo nocturno, lo atraparon en una mirada hipnótica. Lucía un ostentoso vestido morado de telas transparentes que dejaban entrever su delicada piel. A su lado derecho, un joven de alrededor de 16 años, de cabellera negra y porte aristocrático, vestido con un elegante traje color vino, completaba la escena.
El pequeño rubio se quedó sin aliento al ver la hermosa figura de la niña de cabellos blancos. Sus ojos se agrandaron y su corazón comenzó a latir con fuerza en su pecho. Era la criatura más hermosa que había visto en su vida.
-Aquí está el niño, tal como lo pidió.- Anunció Len con una reverencia.
La albina los miró con una dulce sonrisa en sus labios, tan cálida como un rayo de sol en un día frío. Sus ojos brillaban con una luz celestial, y su voz, melodiosa como el canto de un pájaro, resonó en la habitación:
-Me alegra que ya estés mejor.-
El menor no supo qué responder. La belleza de la chica lo había dejado pasmado, incapaz de articular palabra. No fue hasta que el muchacho albino le dio un golpecito en el hombro que pudo reaccionar, sintiendo un rubor subir a sus mejillas.
-Eh... yo... le agradezco que me haya acogido en su casa...- El blondo se sonrojó aún más al agradecer a la albina por haberlo acogido en su hogar. Su voz apenas era un susurro mientras se acercaba a la mesa, sin poder apartar la mirada de sus ojos violetas como hermosas amatistas.
La de cabellos albos le dirigió una sonrisa enigmática y, con una mano tan suave como la seda, lo tomó del mentón. Sus dedos rozaron su mejilla hasta llegar al parche en su ojo izquierdo. El niño se estremeció al recordar el cosquilleo que sintió antes de despertar. Su rostro se encendió de rojo y la albina esbozó una sonrisa altiva.
-Así que lo recuerdas.- Susurro coqueta.
Un brillo travieso se encendió en los ojos de la albina mientras se aproximaba al pequeño rubio. Sus ojos violetas brillaban con intensidad y sus labios rosados se acercaban peligrosamente a los de él. El corazón del niño latía con fuerza en su pecho, una mezcla de nerviosismo y emoción que lo dejó sin aliento.
-No... No sé de qué habla...- Nego con un tono tembloroso en su voz. tratando de desviar su único ojo de los penetrantes ojos violetas de la albina.
Ella rió suavemente, una melodía que erizó la piel del niño. Se apartó un poco, observándolo con una mirada divertida.
-Entonces no recuerdas que me llamaste ángel.- Murmuró con una voz dulce que contrastaba con la ironía de sus palabras.
Un escalofrío recorrió la espalda del menor al recordar sus palabras. Un vago recuerdo de una situación confusa y una luz brillante nublaba su mente.
-Desafortunadamente para ti soy todo lo contrario.-
El aura dulce que rodeaba a la pequeña albina se disipó en un instante, reemplazada por una energía oscura y amenazante. El niño se sintió atrapado en una atmósfera hostil, incapaz de moverse o hablar.
Sin embargo, una chispa de curiosidad se encendió en sus ojos. La dualidad de la peliblanco lo intrigaba, despertando en él un deseo de conocerla mejor. A pesar del miedo, estaba dispuesto a descubrir los secretos que se escondían detrás de su belleza angelical y su oscuridad interior.
Las palabras de la albina resonaban en su mente, aumentando su agitación. Con voz temblorosa, apenas un susurro ahogado por el miedo, logró preguntar:
-¿Qué... qué quiere decir con eso...?-
Los jóvenes presentes se acercaron a la de cabellera blanca, sus cuerpos rozándose de forma sugerente. Sus miradas se cruzaban con lascivia, sus manos se deslizaban por sus cuerpos con familiaridad.
La joven niña se giró hacia el niño, sus ojos ahora purpuras brillando con una intensidad que lo dejó sin aliento.
-¿Acaso nunca has oído hablar de seres como yo?- preguntó con una voz ronca y seductora.
Sus labios se encontraron con los del rubio mayor en un beso apasionado, mientras el albino le mordía el cuello con lascivia y el moreno le besaba la rodilla con reverencia. El niño se sintió confundido y excitado al mismo tiempo, una mezcla de sensaciones que lo dejó aturdido.
De repente, un escalofrío recorrió su espalda al recordar las historias que le habían contado sobre los demonios de lujuria. Seres que se alimentaban de la energía sexual de los hombres, corrompiendo sus almas y condenándolas a la oscuridad. El temor se apoderó de él, mezclándose con la atracción que sentía hacia la albina.
Una sonrisa traviesa se dibujó en los labios del pequeño rubio al encontrar la respuesta a la pregunta de la albina. El demonio frente a él frunció el ceño, turbado por la inesperada alegría del niño. Los recuerdos de las historias que le contaban sobre los demonios de lujuria inundaron la mente del pequeño. Hombres que ansiaban ser poseídos por un ser como la niña albina, y él, sin desearlo, había caído en sus garras. Una ironía que no pudo evitar encontrar divertida.
-Lujuria, es como algunos llaman a los demonios de su tipo.-
Con voz firme y segura, el niño rubio dio su respuesta, revelando la verdadera identidad de la chica. La albina lo miró con una mezcla de sorpresa y fascinación, un brillo nuevo en sus ojos que el niño no supo cómo interpretar.
Un brillo desafiante se encendió el unico ojo visible del pequeño al pronunciar la palabra "lujuria". Con un movimiento rápido, se quitó la gorra, dejando al descubierto sus cortos y rizados cabellos dorados. Inclinando su cabeza en una profunda reverencia, su mirar se encontró con el de la albina.
-Mi nombre es Oliver y es un honor ser poseído por usted, ama.-
A pesar de no ser consciente de lo que estaba diciendo ni de lo que la niña albina haría con él, una sonrisa se dibujó en sus labios. La felicidad de que sus caminos se cruzaran en esa fría mañana de invierno era palpable, incluso en medio de la incertidumbre sobre su futuro.
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