Let me love you with all your shadows, OS Mpregnant Larry Stylinson

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Summary

Harry puede dar vida, pero a pesar de amar con todo su corazón a quienes han intentado compartir su vida, empieza a sentir que su capacidad de embarazarse es un horrible problema. Hasta que Louis logra demostrarle, que siempre somos magia en los ojos de la persona correcta. Un OS corto, MPregnant, sin smut. Tema sensible.

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♥ Tus sombras son parte de ti ♥


Está atardeciendo. Lentamente la oscuridad abraza con delicadeza cada rincón de la ciudad.

Así como se va apagando el día, también se va apagando el ánimo y la energía de Harry, que con cada minuto que pasa se siente más triste.

De pie frente al gran ventanal en el piso 14, observa cómo, despacio, las luces comienzan a iluminar la noche y su mente viaja sin impedimento hacia su vida a los 15 años. Era un chico sencillo, ilusionado y enamorado de su novio que contaba con 17. Siempre fue honesto con sus deseos, con mostrarse tal cual era, con sentirse orgulloso de su capacidad de poder embarazarse a pesar de ser hombre. Y aunque era cada vez más común, muchos no lo toleraban y él aceptaba eso. Se supone que Josh, su novio, lo amaba con su particularidad, pero cuando quedó en estado a esa edad solo recibió un adiós indiferente y doloroso que marcó por primera vez su vida. Le quedó un corazón roto, después de seis meses de un amor que se suponía perfecto y que dos meses después de la noticia, y debido a la pena, quedó reducido a un charco de sangre en mitad de la noche.

Fue su primer aborto espontáneo. Lamentablemente no el único.

Dos años después, y luego de vencer con mucha dificultad sus miedos de volver a confiar en alguien, se dio la oportunidad con Myles. Ese chico de largo cabello castaño claro, le hablaba con entusiasmo de formar una familia, de lo felices que serían cuando llegara un bebé que fuera la mezcla perfecta de los dos. Un año más tarde, y cuando ya vivían juntos, apareció el embarazo, dándoles, supuestamente la mayor felicidad del mundo. Hasta que Harry descubrió la cruel verdad, y era que su novio lo engañaba desde hace cuatro meses con una chica que también estaba esperando un hijo. Una vez más la tortura de su realidad se transformó en la pérdida de su bebé, porque el peso de la soledad y el quiebre de todos sus sueños y esperanzas eran como caer a un acantilado lleno de piedras y rocas angulosas y filosas.

Simplemente nunca podría entender por qué, si él se mostraba tal como era, si nunca obligó a nadie a amarlo ni a quedarse, recibió a cambio engaños y dolor. Lo pensó una y mil veces, le dio un millón de vueltas, y no podía entenderlo. A veces fue un poco intenso, le gustaba demostrar su amor y su interés, cocinar, dar detalles, dedicar tiempo... ¿Y para qué? Solo para terminar en un mar de llanto, desolado, destrozado, cuestionándose por horas, días, semanas y meses en un espiral sin fin.

Después de Myles, cerca de sus 22 años y luego de un año de terapia, comenzó a salir nuevamente. Conoció a Rhod, y aunque sintió que avanzaron demasiado rápido, estaba feliz de tener una nueva oportunidad. El primer mes fue maravilloso, se sentía amado, consentido y mimado; sobre todo muy tranquilo, porque supuestamente su nuevo novio era estéril, y eso significaba poder vivir libre de anticonceptivos que le hacían tan mal. Estuvo dispuesto a olvidar su ilusión de llevar un bebé en su vientre si es que su relación funcionaba bien. En medio del segundo mes, quedó embarazado, y tontamente pensó ¿en un milagro? Sí, lo hizo. Pero cuando esa noche, después de una magnífica cena y de una intensa sesión de sexo, le dio la noticia a Rhod, supo lo que era la violencia física. Su novio, el hombre que supuestamente lo amaba, lo golpeó hasta que no tuvo más fuerzas, provocando una nueva pérdida, y regalándole un mes de hospitalización en estado grave.

Cerró los ojos, y volvió a abrirlos para perderse en el detalle de los demás edificios, el parque al fondo de la avenida principal y el movimiento de los autos en las calles.

Una cálida lágrima se deslizaba por su mejilla, y de pronto todo el dolor de esos años hizo que su corazón dejara de latir un segundo.

Caminó hacia su habitación, ese hermoso lugar lleno de sus cosas, de los recuerdos más lindos y dulces, y tomó su mochila que había preparado cuando la luz aún estaba iluminando a la ciudad.

En la mesita de noche dejó una carta, y haciendo su mayor esfuerzo salió, dispuesto a enfrentar su realidad en soledad.

Media hora después, entraba Louis al departamento y le extrañó la oscuridad. Su pequeño sol amaba las luces prendidas, y cantar y bailar al ritmo de cualquier música. El silencio lo asustó. En su dormitorio encontró vacío, y peor que eso, cajones revueltos y objetos olvidados, fotos que ya no existían y la falta de su polera favorita. No entendía qué estaba pasando, era una pesadilla tomando forma, más cuando agarró entre sus manos el papel húmedo que lo esperaba con la tinta corrida.

Leyó rápido, leyó despacio, leyó cinco veces sin entender, cinco más comprendiendo. Con la carta en su mano salió corriendo hacia la calle.

Harry estaba sentado en la estación de trenes. Había comprado un pasaje para la ciudad más alejada, y aun le quedaba una hora de espera. Intentó entrar en calor, pero la noche se había dejado caer con ferocidad, haciéndolo temblar bajo su delgado abrigo. Caminó y compró un té, y mientras lo bebía despacio no pudo evitar llorar, porque ya extrañaba a su hermoso y amado Louis, porque no sabía cómo iba a vivir sin él, porque ya le costaba respirar, incluso pensar de tanta tristeza.

Apoyó su cabeza con suaves rizos en un frío pilar de metal, y su mente lo llevó hacia mejores días. Hace dos años atrás, en su cumpleaños número 25, decidió salir a una cafetería por un trozo de pastel y un té. Nunca imaginó que el lindo chico que lo atendió le pediría su número, tampoco que lo llamaría al día siguiente, ni que le enviaría rosas cada lunes, miércoles y viernes durante tres meses. Tampoco que seis meses después, luego de muchas noches de conversaciones telefónicas, mañanas de miradas cómplices y tardes de caminar por todos los parques de la ciudad, Louis se le declarara con un girasol gigante y un enorme pato de peluche. Él ya estaba enamorado, lo estuvo siempre, y una vez más se había arriesgado. Casi cuatro meses después, decidieron vivir juntos, y hace dos semanas, en medio de una pequeña discusión, Louis le había pedido matrimonio con un hermoso anillo de plata, reliquia de su familia.

Pensó que por fin podía ser feliz, más feliz. Louis era su felicidad completa, eran confidentes, amantes lujuriosos, amigos y compañeros. Se sentía aceptado, amado, cobijado y tranquilo en su rutina llena de risas, silencios y las infaltables peleas que siempre tuvieron que ver con la necesidad de Harry de chequearse excesivamente para evitar un embarazo, a pesar de que Louis jamás le hizo algún comentario al respecto.

Lo que para Harry era una clara muestra de no querer hijos, para Louis era respetar el dolor que han significado las relaciones, los embarazos y los abortos en la vida de su gran amor. ¿Quería ser padre? Nunca lo quiso, hasta que conoció a Harry y supo que su amor podía multiplicarse.

Louis, cada día desde que lo vio por primera vez, solo pudo agradecer a la vida y al universo por darle la oportunidad de conocerlo. Jamás imaginó que podía llegar a sentir un amor tan grande, tan puro y tan real, ni que hasta el último de sus sueños podría materializarse en la risa única de su novio, ni que tomaría la forma de su exquisito cuerpo. Desde el mismísimo primer segundo amó todo de Harry, incluso sus dulces rabietas cuando tenía sueño y no podía dormir diez minutos más, incluso su obsesión por el helado de chocolate y menta, incluso su necesidad de acariciar a cuánto perro o gato encontrara en el camino. Todo, todo lo que hacía Harry era de una perfección única.

El día que supo que era correspondido, ha sido por lejos, el más luminoso de sus 28 años. Se esmeró por conquistarlo, aunque fue muy fácil porque Harry era tan sencillo y valoraba cada gesto, incluso aquellos cursis que le daban vergüenza, como poemas inventados o galletas duras que intentó hornear. Siempre, siempre sus detalles fueron recibidos con alegría, con interés, con profundo cariño, y eso aumentaba la intensidad de su amor a niveles exorbitantes.

Louis corrió sin detenerse, hasta llegar a la estación de trenes. ¿Cómo sabía que podría encontrar a Harry ahí? Porque era su lugar favorito fuera del departamento que compartían. Lo era por su arquitectura antigua, por sus colores y por lo alto del cielo. Tenía un poco de mística, de ruido sofocante a ratos, de esperanza y de dolor que lo volvía real y vulnerable. Nunca lo había entendido hasta ese día, cuando pasó su mirada por todo el amplio lugar y se encontró con caras llenas de dolor por una despedida, y rostros que gritaban la felicidad del reencuentro.

Al fondo, en los asientos más alejados, los que daban al andén y que no estaban protegidos del frío, lo vio. Reconocería sus rizos y su perfil incluso en la oscuridad, porque era él, Harry, su amado Harry.

Compró dos vasos grandes de café, y dos magdalenas de vainilla con chips de chocolate y se acercó. Sin decir nada, y sin llamar la atención, se sentó al lado de su amor.

—Me enamoré de un chico precioso, —comenzó. —Pero nunca me dijo que un día se iría de mi lado sin una explicación.

Harry al escuchar esa voz, no pudo evitar sobresaltarse, tampoco pudo detener las saladas lágrimas que ya inundaban sus pálidas mejillas. —Es innecesario explicar, —aseguró.

—¿Tan mal novio he sido que ni siquiera me puedes mirar? ¿Por qué te vas? Por favor mi pequeño sol, dime qué está mal con nosotros... —Pidió cada vez más triste.

—Estoy embarazado, —contó sollozando con fuerza. —No quiero obligarte a que te quedes, no quiero que tú me dejes, no quiero perderlo... ¿Puedes entenderlo?

—No puedo hacerlo, no si no me cuentas, no si no me explicas, no si me alejas cuando más me necesitas.

—Vas a dejarme ahora, o tal vez me golpearás hasta que lo pierda... Y no lo voy a permitir, porque este bebé es fruto de este amor que me consume, que me ha hecho feliz de todas las maneras posibles, que jamás pensé tener y mucho menos perder.

—¿Y yo? ¿Y lo que yo pienso? ¿No importa? Harry, yo te amo, explícame porque no estoy entendiendo... Vamos a tener un bebé patito, ¿por qué no estamos celebrando como locos?

—Nunca dijiste que querías ser padre, nunca lo hablamos, y sé que si no lo mencionaste es porque no es algo que querías en tu vida. Puedo aceptarlo, pero no voy a poner en riesgo a mi bebé, ni siquiera por ti. —Su voz salía dura y extrañamente fría.

—Siempre pensé que necesitabas tiempo y espacio, nunca quise presionarte hablándote del tema. Eso jamás significó que no quisiera ser papá. Harry, me enamoré de todo lo que eres, y eso incluye tu capacidad para embarazarte, yo... simplemente no puedo explicar lo feliz que estoy por ese patito bebé que crece en tu vientre.

—Se te va a pasar, en cualquier momento vas a sentir que no es realmente lo que quieres y no quiero estar aquí para cuando eso suceda. Mi tren llega en quince minutos, puedes irte, te prometo que jamás te pediré nada.

—No Harry, no. Los amo, a los dos, no me alejes. —Suplicó buscando su mirada, pero no la encontró.

Todo empeoró cuando Harry se desvaneció y perdió el conocimiento.

Con todo el miedo carcomiéndolo, lo tomó en brazos y lo llevó al hospital más cercano. Luego de media hora esperando, pudo verlo y escuchar el diagnóstico del médico de turno.

—Según la ficha de Harry, ha tenido tres embarazos y tres abortos, lo que nos da un muy mal pronóstico, —explicó seriamente. —Si quieren conservar al bebé, Harry tendrá que estar en un reposo absoluto hasta el día del parto, levantándose solo lo estrictamente necesario. Deberá tener una dieta especial, mucha tranquilidad y en el caso de la actividad sexual, deberá estar muy limitada. Si tienes más dudas, no dudes en hacérmelo saber, —se despidió, saliendo de la habitación.

Louis lo miraba dormir, sabía que estaba mal porque su rostro tan bonito parecía estar sufriendo. No iba a perder a su amor, no lo dejaría alejarse, pelearía con uñas y dientes con sus fantasmas hasta el día en que escuchara que ya no era amado por Harry. Solo ahí daría un paso al costado y no volvería atrás.

Diez minutos después, Harry despertó aun somnoliento y preocupado. Se desesperó al verse en el hospital, y su corazón dolió cuando vio a Louis a su lado, con su mirada tan triste.

—Dime que no lo perdí... dímelo, ¿por favor? —pidió evitando llorar.

—Patito bebé sigue en tu panza, pero debemos cuidarlo mucho para que se afirme, —contestó con dulzura y le contó lo que dijo el médico.

—Voy a hablar con mi hermana para que me reciba.

—Harry, no vamos a discutir. —Habló ligeramente molesto. —Te quedarás en tu hogar, en nuestro departamento y yo te cuidaré, no voy a permitir que me alejes ni de ti ni de mi bebé.

—Pero Lou, yo...

—Nada, no es sugerencia. Ustedes son mi responsabilidad y no voy a dejar que les pase algo. Solo contéstame una cosa, ¿me amas?

Y las mejillas de Harry se colorearon de inmediato. —Lo hago, te amo Lou, —contestó mirándolo como lo que es, el amor de su vida.

—Me amas, te amo, nos amamos... Nuestro amor está creciendo y transformándose en tu vientre mi sol hermoso.

—No pude evitar sentirme aterrado de que la historia se repitiera, que no nos quisieras, —habló aún con miedo.

—Lo sé, pero debes y puedes confiar en mí... Pensé que había logrado que me contaras lo que pasa en esa hermosa cabecita.

—Lo siento... —Comenzó a llorar.

—Amor no llores, piensa en el bebé que debe sentirte feliz, ¿sí?

—Sí, tienes razón Lou... Gracias por no dejarme solo.

—Voy a esforzarme para que entiendas y aceptes que mi amor es real, verdadero y para siempre mi sol travieso.

Dos meses después, Harry ya no tenía dudas y había empezado a ser inmensamente feliz. Louis lo cuidaba con su vida, le cocinaba, le conversaba, lo ayudaba a bañarse, a vestirse, lo acurrucaba entre sus brazos y mimaba su preciosa pancita que comenzaba a crecer cada día un poco más. Cuando sus hormonas se revolucionaron y se sentía desfallecer de deseo, Louis lo consentía con montones de sesiones de sexo oral, para que no tuviera que mover un solo dedo, aunque eso significara que tuviera que aguantar sus ganas y descargarlas en el baño. Pero Louis nunca se quejó, al contrario, siempre le hizo sentir a Harry que era lo mejor del mundo masturbarse a solas, encerrado, después de acompañar sus orgasmos con besos y caricias.

Louis tampoco lo dejó solo cuando esas mismas hormonas, tres meses después, lo bajaron de la cima del placer para llevarlo a las profundidades del sentimentalismo. Calmó cada una de sus lágrimas, contestó cada pregunta mil veces, acurrucó sus miedos y temores y le dio valor y fortaleza.

Buscaron y eligieron hermosa ropita de algodón para bebé patito, también algunos juguetes y una mecedora para Louis, que ansiaba con su vida tener a su pequeño en sus brazos por horas y cantarle con tanta dulzura como se ha creado en este mundo.

Y Harry no podía más, su prometido había logrado que estallara de amor a cada momento, a veces le faltaba el aire de sentirse tan amado y se angustiaba de pensar que estuvo a punto de alejarse.

En la revisión de los ocho meses, las noticias no fueron tan favorables. Había una pequeña hemorragia que provocó la inmediata hospitalización de Harry, que tenía el pánico pintado en su cara, al igual que Louis.

Cerca de cuatro horas estuvo Harry en el pabellón, en una cesárea de emergencia que se complicó debido a los anteriores abortos que habían dejado cicatrices en su cuerpo. Todo ese tiempo estuvo Louis rezando, arrodillado frente a una imagen en la capilla del hospital. Ahí lo encontró su madre, que había viajado con urgencia cuando su hijo le contó lo sucedido. La familia de Louis era preocupada y presente, y todo el tiempo en que ha estado en una relación con Harry le han insistido para conocerlo, pero Harry nunca quiso, sus miedos incluso en eso fueron más fuertes.

Y Louis, entre los brazos de su madre pudo descargar por fin toda su pena y su frustración. Sentir cómo la muerte se paseaba entre él y su amor lo estaba destrozando.

—Ahora es cuando debes botar toda tu pena bebé. Pase lo que pase, debes estar fuerte y consciente para enfrentar lo que venga, sabes que puedes apoyarte en nosotros.

—Los necesito a los dos mamá... Si pierdo a alguno no voy a poder seguir... —Lloró sin vergüenza, rompiendo el corazón de su madre.

En ese momento le avisaron que el médico lo estaba buscando, por lo que salió corriendo.

—Harry está estable. Fue un poco difícil porque se le bajó mucho la presión, pero logramos estabilizarlo y en una hora estará en su habitación. La bebé está en perfecto estado, pero por precaución se quedará unos días acá, puedes verla si quieres.

—¿La bebé? Me voy a morir de amor, quiero, quiero verla, —sonrió después de mucho tiempo.

Después de insistir un poco, lo autorizaron a tomarla en brazos, La envolvió con toda la delicadeza que poseía, con todo su amor, y le habló, le contó su historia de amor, le cantó y le susurró. Perdió la noción del tiempo, perdido en esa piel arrugada, en esa boquita que buscaba a qué aferrarse y en esos suaves gemidos que parecían contestarle.

Una enfermera fue la encargada de pedirle que dejara a la bebé, porque había que llevarla con Harry que estaba despierto hace mucho.

Después de acostarla en su cuna, volvió a correr, dándose golpes mentales por haber olvidado a su prometido. Grande y hermosa fue su sorpresa, al encontrar a Harry muy cómodo conversando con su mamá.

—Hijo, por fin llegas.

—Lo siento, estaba con nuestra patita, ¡es una niña! —explicó sonriendo. —Es tan hermosa, olvidé todo con ella en mis brazos. —Contó emocionado y conmocionado. —La van a traer ahora.

—Lou, ¿estás bien? Estás un poco acelerado, —preguntó Harry preocupado de ver así a Louis.

—Gracias amor, gracias por nuestra bebé, —dijo besándolo. —Es perfecta, maravillosa, yo... Estoy tan feliz... —Tuvo que tapar su rostro para evitar llorar, y haciendo que el corazón de Harry volviera a estallar de tanto amor y tanta felicidad.

Cuando la enfermera entró con el pequeño bulto, bien envuelto, la madre de Louis salió para darles espacio.

Harry y Louis intercambiaron miradas, sintiéndose plenos, enamorados y felices. Su bebé durmiendo con una paz única, pareciendo saber que sería la niña más amada del universo, quien despejó de nubes el cielo y borró las sombras con su tierna presencia.