w3t dreams (Alucard)
S
(...)
—Entrégate a mí.
Su larga y fría lengua recorrió mi cuello, erizando cada vello de mi piel.
—Sabes que quieres ahogarte en el deseo, ___.
Sus dedos rozaron mi cintura hasta llegar a la curvatura debajo de mis senos.
—Déjame profanarte.
Su cálida respiración penetraba en mi oído.
—Sólo tienes que decir que si.
Sus manos acunaron con delicadeza mis pechos, haciéndome soltar un suave jadeo, tanto de sorpresa, cómo de...¿excitación?
—¡NO!— grité mientras despertaba abruptamente.
Me dispuse inmediatamente a rezar y rogar perdón por aquellos pensamientos tan impuros.
—Padre, perdóname.
Me avergonzaba admitirlo, me llenaba de pudor decirlo, me preocupaba.
Ese hombre pálido había estado formando parte de mis sueños, tornándolos en fantasías completamente indecentes, desde hacía varios meses.
Rogaba el perdón del Señor cada vez que terminaba de ver y sentir a ése hombre.
No sé quien era, jamás lo había visto en persona, ni siquiera sabía su nombre; pero me estaba sacando de mi camino como fiel seguidora del Señor, mi Dios.
Ninguna de mis hermanas podía saber de esta situación: me quemarían por soñar ese tipo de obscenidades.
El alba se hizo presente luego de horas, entre mis lágrimas y plegarias.
Me sentía sucia, demasiado sucia.
Completamente sórdida, y no por los sueños, sino porque en realidad me gustaba lo que provocaba en mi ese desconocido.
(...)
Por primera vez pasaron semanas sin saber nada de él.
Me alegraba completamente el estar por fin en paz. En tan sólo dos lunas más me ascenderían a madre superiora con tan sólo veintidós años.
El día pasó entre rezos, cantos y demás alabanzas al Señor nuestro Dios.
Pero cuando el sol se ocultó...ahí comenzó mi infierno.
Me encontraba en mi cuarto, estaba poniéndome mi ropa de dormir, pero sentía una mirada a mi espalda.
Una penetrante mirada que sentía perforar mi piel.
Había una presencia, y no parecía grata, me transmitía una sensación de peligro.
Llevaba a mi mente y cuerpo al más puro estado primitivo de querer huir lo más rápido posible.
Quise murmurar alguna oración para pedir a Dios todopoderoso que me ayudara, pero las palabras se quedaron en mi garganta al sentir unas grandes manos rodeando las mías, que sostenían el rosario en mi cuello colgando gentilmente entre mis pechos.
Las ví.
Grandes manos pálidas envolviéndome.
Ese frío tacto, era él.
Ésta vez no era un simple sueño, y pude confirmarlo aún más cuando me dijo al oído sin ni una pizca de vergüenza:
—He esperado bastante para hacerte todo lo que imaginabas en tus sueños, hermana ___.— musitó lo último con una burla absoluta.
Él sabía que no podría entregarme al Señor siendo una mujer impura.
Había intentado dejar ese deseo lascivo y mundano de lado, pero él era una tentación absoluta.
Y aquí estaba, cuando ya no pudo convencerme en sueños, se presentó de manera física.
—¿Q-Quién eres?— apenas pude pronunciar.
—Me conoces más que bien.
Sus manos acariciaron mis brazos, hasta llegar por mi cuello, para volver hacia mis hombros y girarme lentamente ante él.
Lo ví, ví sus ojos; un amarillo tan brillante que contrastaba con lo opaco de su piel.
Ese color ámbar que tanto me encantaba aunque me costara admitirlo.
Me sentí hipnotizada.
Su sonrisa ladina, llena de confianza, me hacía sentir segura a pesar de las evidentes intenciones que tenía.
A pesar de la sorpresa que me generó, no sentía miedo de él, sabía que no me dañaría, pero si temía lo que fuera a pasar.
Mi pureza, mi futuro. ¿Y si alguien se entera?
Me quemarían por haber desobedecido a Dios nuestro Señor.
Y aunque ellas no se enterasen, él si lo sabría, su omnipresencia me descubriría.
Pero...¿si sólo me dejo llevar un poco?
Mis pensamientos y dudas fueron borradas de mi mente en el instante en el que juntó sus labios con los míos.
Un beso lento, como siempre empezaba en sueños.
Aún con esa lentitud y delicadeza me demostraba el poder que tenía sobre mí.
Más de una vez había hecho que mi cuerpo sintiese una tormenta de mariposas.
Sus manos acariciaban mi cintura mientras las mías se colocaron detrás de su cuello, acariciando su cabello negro: negro cómo la noche más oscura.
Nos separamos lentamente, dejando un hilo de saliva conectando nuestros labios.
—¿Me permites hacer con tu cuerpo lo que yo desee, ___?
Su voz ronca, y hasta demoníaca, para los oídos de cualquier mujer de Dios me producía escalofríos.
Llevaba casi un año teniendo encuentros con él en mis sueños, encuentros tan reales, llenos de éxtasis.
En todos y en cada uno me hacía sentir culpable. Culpable porque de verdad los disfrutaba; eran lo mejor en mi vida.
Con miedo de siquiera pensar en las consecuencias ante mi declaration, dentro de mi corazón sabía que cada noche me dormía esperando a aquel hombre que me hacía sentir el paraíso.
Un paraíso lleno de pecado; un paraíso que no le pertenecía a Dios.
Su respiración chocaba con mi pálido cuello, sus manos recorrían mi cuerpo a su antojo como tantas veces lo había hecho.
Pero esta vez era real, no era un simple "sueño húmedo".
—No puedo.
Susurré con mis ojos cerrados, me estaba encantando la sensación de su helado tacto.
—Lo haz hecho tantas veces, ¿por qué te causa temor ahora?— cuestionó rozando sus fríos labios en mi mejilla.
Una de sus manos comenzó a bajar la fina tira de la camiseta que separaba mis pechos de su vista.
—No, Alucard.
Su nombre salió por si solo de mis labios.
Siempre se borraba de mi memoria cuando no estaba conmigo, pero ahora con él presente volvió a mi mente como por arte de magia.
Miró directamente a mis ojos, sus orbes ámbar penetraban mis pupilas y parecían estar leyendo lo más profundo de mi ser.
—Lo anhelas tanto cómo yo, ¿por qué reprimir esos bajos deseos?
No lo sé, no quiero negarme en realidad, pero...¿renunciar a todo lo que he hecho por una simple noche de placer?
—Permíteme llevarte al infierno, ___.
Estaba olvidando todos mis principios, se desvanecían de mi mente.
Sólo podía concentrarme en él.
—Es un lugar encantador.
Sonrió terminando su oración para acercarse lentamente a mi rostro.
Y sucedió.
Por cuenta propia acorté la distancia entre nuestros rostros, y pegué mis labios con los de él fundiéndonos en un lascivo beso.
No me importaba nada, había profanado y tomado mi cuerpo en mis sueños cuantas veces quiso. Una vez más no cambiaría nada.
—Me encanta que tomes la iniciativa.— alentó para dejarme llevar una vez más.
Me recostó en la cama posicionándose sobre mí.
Sus besos pasaron a mi cuello mordiéndome levemente apenas rozando con sus dientes.
Descendió aún más, pasando su larga lengua por mis pezones, ya erectos, separados de su completo contacto por una fina tela de seda.
—Alucard.— jadeé su nombre.
Presa del éxtasis que me producía, ni siquiera había tocado demasiado mi cuerpo y ya me sentía completamente entregada a él.
Sonriendo, mordió levemente mi pezón derecho mientras con una mano jugueteaba con el otro.
Su mano libre se dirigió hacia mi entrada, tocando con su dedo corazón por encima de la tela de mis bragas.
—Mira que emocionada se encuentra la discipula del Señor.—me dijo burlonamente haciendo referencia a la humedad en la tela.
Antes de poder decirle algo, provocó que arqueé mi espalda y estire levemente mi cabeza hacia atrás al momento en el que hizo a un lado mis bragas para mover su dedo empapado de mis fluídos sobre mi clítoris.
Lo movía en circulos, lentos, tortuosos, sabía que no aguantaría mucho.
—Bésame...por favor.— murmuré.
No demoró en cumplir mi petición y atacó mis labios con su boca.
Pasó de hacer circulos a rozar de arriba a abajo mi entrada, metiendo de vez en cuando la punta de sus largos dedos en mi entrada bastante húmeda.
—¡Alucard!— gemí suavemente entre besos.
—Dime que es lo que quieres y te lo daré, ___
Estaba jugando conmigo, pero no podía aguantar más, necesitaba que me penetrara, al menos con sus dedos.
—Quiero...quiero que...¡ah!
Metió un poco más de la punta de sus dedos en mi entrada al mismo tiempo en el pellizcaba mi pezón con fuerza arrancándome un gemido lleno de excitación.
—¿Quíeres...?— cuestionó lamiendo mi cuello.
—Quiero que me masturbes.— dije segura, en serio lo necesitaba.
Mi mirada de súplica, junto con el ruego, lo hicieron soltar un gruñido bajo. Él también se encontraba en el mismo estado que yo, pero como en otras ocasiones prefería brindarme placer primero a mí para que le rogase y le dijera las sucias cosas que quería que hiciera conmigo.
—Que excitante suena esa petición a unos metros de la casa de tu Dios.
Antes de que el sentimiento de culpa me invada, hundió dos dedos en mí y comenzó a moverlos en forma de gancho, en un golpeteo exquisito, sin sacarlos de mi interior.
Se sentía delicioso.
Un agudo gemido se escapó de mí boca al instante.
Estaba tocando repetidamente en ese dulce punto. Conocía mi cuerpo como si del suyo se tratase.
Frené su mano antes de alcanzar mi orgasmo.
—Quíeres otra cosa, ¿verdad, niña pervertida?— cuestionó soltando una risa ronca al terminar la oración.
Asentí mientras, inconscientemente, me mordí el labio inferior al mirar su erección cubierta sólo por la tela de su pantalón.
Tomó mi cuello, apretándolo, mientras que con la otra liberaba su gran miembro.
Llevé una mano a mi clítoris y con la otra agarre su antebrazo para indicarle que ejerciera más presión en mi cuello.
—Dilo.
Solté un jadeo al sentir su glande rozando de arriba a abajo mi intimidad, empapándose de mi dulce néctar.
-Te quiero dentro de mí, Alucard.
Moví mis caderas contra su falo, buscando más de aquella sensación tan placentera.
—Que obscena eres.— dijo satisfecho y me besó, mientras hundía su carne en lo más profundo de mí.
Se quedó inmóvil por unos segundos mientras mis suspiros eran recibidos te gratamente por su boca.
Sacó su mano de mi cuello para tomar fuertemente mis caderas y comenzar con las salvajes embestidas.
Era la gloria sentirlo tan dentro mío.
—¡Alucard!— gemí fuertemente su nombre, sin importarme nada ya en este punto.
Él soltaba gruñidos y suspiros, estos sólo hacían que me mojase más.
Disfrutaba de profanar mi cuerpo; disfrutaba el hacerme pronunciar más que sólo rezos.
Lo extasiaba conducirme al pecado.
—¿Te gusta ser profanada por mí?— preguntó con su ronca voz mientras sus dedos prácticamente se incrustaron en el hueso de mis caderas.
—Si, si, ¡si!
Respondí entre cada embestida que me brindaba, cada una más fuerte y profunda que la anterior.
Una de sus manos fue hacia mis pechos brindándole un ligero golpe con su palma.
—¡Más fuerte!
Estaba hundida en el extasis que este hombre me proporcionaba, ahogándome en el puro goce.
Sus embestidas comenzaron a ser aún más duras de lo que ya eran, abriéndose paso en mi interior de forma brusca, llevándome al orgasmo casi de inmediato, pero antes de alcanzarlo me tomó del cuello obligándome a mirarlo.
—Mírame.— ordenó.
Y acabé, con su miembro dentro de mi, tocando lo más profundo de mi ser, mirando sus ojos que reflejaban lujuria absoluta.
Bastaron unas embestidas más, entre gemidos y jadeos, para que llenara mi interior de su esencia.
Mi vista estaba nublada de tanto placer, era mucho mejor de lo que había sido en sueños.
Estando sobre mi con nuestros cuerpos pegados, me besó: un beso dulce, hasta podría jurar que cargado de amor.
Antes de que siquiera poder reaccionar, se dirigió a mi pálido cuello.
Sus fríos y húmedos labios trazaron sobre mi piel un leve camino hasta encontrar un punto exacto.
Y me mordió.
El líquido carmesí brotaba a chorros de mi cuerpo hacia su boca; me mordió.
Clavó sus dientes en lo más profundo, perforando y desgarrando mi piel.
Sentí un dolor inimaginable, parecía que intentaba sacar hasta la última gota de sangre de mí.
Me mordió.