Cupid is so pelotudo!!
—¡¿Cómo?!
Rubius por poco y se cae de la nube sobre la que se balanceaba despreocupadamente, Cucurucho a su lado ni siquiera se inmuto.
—Arréglalo.
—No señor, no —el ángel se cruzó de brazos, ayudándose de sus alas para mantenerse a flote frente al oso blanco mirándolo con molestia e incredulidad, el cómo podía ir y venir a como le placiera seguía siendo un misterio de La Federación.
—Arréglalo —repitió en voz monótona y Rubius suspiró, era como hablar con una pared.
—¿Por qué yo? ¿No es responsabilidad de ustedes que todos estén bien en la Isla? Hazlo tú —hizo un puchero, rogando para sus adentros que Cucurucho no sacara “ese” as bajo la manga…
—La entidad maligna es tu responsabilidad. Arréglalo.
Suspiró derrotado, sí que sacó “ese” as…
—Ok… —empezó rascando su nuca con nerviosismo—, quizás es cierto, y también admito que lo que esa entidad maligna hizo fue un poquitín malo, pero en mi defensa, tu estabas más cerca, tu pudiste intervenir para que el tal Spreen no lo escuchara.
Era todo. Esta era toda su defensa y argumentos medianamente decentes, si no lograba convencer al oso con esto, nada lo haría.
Esperó varios segundos que parecieron una eternidad, mirando directamente a los ojos negros sin vida y sonrisa falsa de Cucurucho, finalmente lo vio ladear la cabeza y prepararse para hablar.
—Tienes cinco días. Disfruta la isla.
—¡¿Qué coño voy a disfrutar la isla si me pones a actuar de cupido, oso de mierda?!
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Ok… en retrospectiva quizás no debió hablarle así a Cucurucho.
Pensaba Rubius al día siguiente, sentado en el borde del muro. No solo provocó que su fecha límite para arreglar la situación entre Roier y Spreen bajara de cinco a solo tres días, sino que también vino con una nueva amenaza por parte de La Federación si fallaba.
—Ese maldito demonio —gruñó molesto.
Claro, desde que escapó se le encomendó la tarea de encontrarlo y llevarlo ante los altos mandos para evitar disturbios en la Isla, y ya le llevaba una buena pista, pero honestamente no contaba con que el muy sin vergüenza se atreviera a manifestarse tan rápido entre los habitantes y provocaría tanto caos tan solo cinco días después de que llegara el tren…
Y ahora aquí estaba, descuidando sus responsabilidades como ángel bondadoso y caritativo para buscar al par de gilipollas y actuar de cupido para que hicieran las pases.
Sus pensamientos se detuvieron cuando pudo ver a Spreen salir de entre los árboles, mochila al hombro, hacha en mano y expresión cansada, muy seguramente venía de explorar o algo.
Chasqueó sus dedos y al segundo siguiente estuvo frente suyo, sonrió —Hola Spreen.
Spreen sintió como si su alma abandonara su cuerpo, estuvo por gritar asustado cuando vio el rostro de lo que acababa de aparecer frente suyo.
Sintió su sangre arder y de un movimiento rápido y directo a matar blandió su hacha hacia el contrario.
—¡HEY!
Rubius jadeó nervioso al ver un trozo de su propio cabello y su entera existencia pasar frente a sus ojos, apenas y logró esquivar el certero golpe por una milésima de segundo.
—¡¿Qué haces acá, hijo de puta?! —Spreen no se molestó en volver a intentar atacar, se desahogaría un poco antes de matarlo, pensó— ¡¿No te parece suficiente con lo que hiciste?!
El ángel le devolvió la mirada con confusión por unos buenos dos segundos antes de atar cabos. Por supuesto, razonó, la entidad maligna y él, además de compartir el nombre, tenían prácticamente la misma apariencia.
—Calma, hijo mío —habló en voz solemne y con una sonrisa gentil—, entiendo que podamos vernos igual, pero te aseguro que no soy quien crees.
Spreen arqueó una ceja mirándolo de arriba abajo y estudiando su expresión.
Ahora que lo decía era verdad, quizás en apariencia era igual a aquel maldito demonio, pero ciertamente transmitía un aura completamente diferente.
—Supongamos que te creo —empezó, apuntándolo amenazante con su hacha—, eso todavía no explica que haces acá, habla si no queres que te raje el cuello.
Perfecto, giró los ojos Rubius, luchando internamente por mantener su imagen angelical a pesar de que le tocó dialogar con un maniaco, quizás debió empezar con Roier, oh bueno, ya era demasiado tarde, tendría que trabajar con él.
—Supe que cierta entidad maligna pasó por aquí, hijo mío —continuó—, y al parecer provocó un pequeñísimo altercado entre tú y un buen amigo.
Las orejas de Spreen respingaron ante lo último en reconocimiento, y para suerte de Rubius, el chico bajó un poco el hacha.
—Si, bueno —rascó su nuca con el contrafilo de su arma, en un movimiento que parecía tanto peligroso como tremendamente adorable—, un quilombo, viste. No es que me haga yo la victima acá, pero me comió la cabeza y--
—Entiendo —por costumbre, Rubius llevó ambas manos al frente en silenciosa oración—, la entidad maligna puede jugar con la mente de los humanos, hijo mío, no debes sentirte mal por eso, no puedes controlarlo.
Habiéndose ganado finalmente (o al menos eso esperaba) la confianza del pelinegro, Rubius se presentó.
—Puedes llamarme Rubius, yo estoy aquí para arreglarlo, hijo mío —puso una mano reconfortante en el hombro del chico— Vamos a solucionar este problema entre Roier y tú, te prometo que en menos de tres días volverá el amor.
Spreen miró alternadamente los ojos del ángel y la mano sobre su hombro —¿Amor? ¿Sos cupido o algo así?
Rubius inhaló y exhaló con calma, tratando de no perder la compostura ni la poca dignidad que le quedaba.
—Me refiero al amor entre los hombres, hijo.
—¿Qué? —Spreen resopló divertido, moviendo el hombro bruscamente para liberarse del agarre del ángel— Na, pará amigo, eso es de put--
—¿¡QUIERES ARREGLARTE CON EL CHICO O NO!?
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Rubius se enorgullecía de ser un ángel. Aun y cuando el imbécil de Cucurucho y el bobo de Spreen de pronto lo degradaran a “cupido”.
Pero también adoraba un buen reto, ¿querían un cupido? Bien, un cupido tendrán. Y no solo cualquier cupido, sería el mejor cupido de la historia.
Y para eso tenía tres técnicas infalibles que harían que Roier se enamorara--es decir, perdonara a Spreen.
¿Por qué tres? Bueno, en primera porque solo tenía tres días.
Y en segunda, porque no se le ocurrieron más.
Número 1. Flores para el corazón
—¿Las trajiste? —preguntó Rubius tan pronto vio a Spreen esa mañana llegando a su punto acordado de encuentro.
—Si, si, las traigo en la mochila, ¿estará bien? Traje unas--
—No importa —el ángel hizo un movimiento con la mano—, son flores, ¿no? Seguro le gustan, la gente adora las flores.
Tras caminar juntos por varios minutos, ambos llegaron al lago frente a casa de Roier, Spreen estuvo por cruzar el puente cuando Rubius lo tomó bruscamente de la parte trasera del cuello de su camisa y lo ocultó junto a él tras unos altos arbustos.
—¡¿Pero qué--
—A ver Spreencito, repasemos —con rostro serio, señaló hacia la casa del castaño—. Vas a ir hasta allí, tocas la puerta--
—Eu, igual todavía estoy en la whitelist, puedo entrar norm--
—¡TOCAS! La puerta —lo interrumpió molesto—, le dices que lo lamentas y le das las flores, pan comido ¿no?
—Ya… —respondió vagamente, mirando por un momento su mochila— Che ¿vos crees que le gusten? Tipo, son rosas de esas rojas.
—¡Excelente! —Rubius exclamó con bastante alegría— ¡Ostias! ¡Si has dado en el clavo! ¡No hay nada más romántico que las rosas rojas!
—Y dale con lo de romántico —Spreen puso los ojos en blanco—, amigo, no es por eso.
—Si, si, que ya se —contestó con mucha más emoción, quizás Spreen no era tan bobo y podía arreglar las cosas con Roier en el primer día—. En fin, que sí, seguro le encantan, adelante fiera.
Y dándole una palmadita en el hombro, Rubius vio al aun algo indeciso Spreen caminar hacia la casa del castaño, observando todo desde su escondite tras los arbustos.
Soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo al ver al pelinegro obedecer y llamar a la puerta en lugar de entrar como si nada, y tras un minuto o dos, vio a Roier abrir.
Desde su sitio no podía escuchar exactamente lo que conversaban, pero tras la evidente confusión y algo de aversión del castaño, vio a Spreen buscar entre su mochila para tenderle un sencillo ramo de unas seis rosas rojas preciosas.
El rostro de Roier se iluminó un segundo mientras con manos temblorosas lo tomaba…
Después de eso, Roier se llevó el ramo al rostro, inhalando el suave perfume y sonriendo tiernamente, Spreen retiró un mechón rebelde que se escapaba de la bandana de su cabello y lentamente se acercaba a su rostro… más y más…
…o al menos eso fue lo que pasó en la mente de Rubius, porque lo que ocurrió en realidad fue que tan pronto Roier tomó los tallos por la zona que Spreen no estaba sujetando, el castaño soltó tremendo grito que sí que pudo escuchar desde el otro lado del lago.
—¡PUTA MADRE, SPREEN! ¡¿NOMAS PARA ESO VIENES?!
—¡¿Q-qué?! ¿No te gustaron?
—¡CLARO QUE NO, PENDEJO!
—¡DAAAALEEE! ¡TODAVÍA QUE TE TRAIGO ROSAS, SOS UN MALAGRADECIDO!
—¡A LA PROXIMA QUITALES LAS PUTAS ESPINAS O YA DE PERDIDO AVISAME!
Y acto seguido, cerró la puerta de un golpe justo en la nariz del híbrido.
—¡SOS RE INFANTIL ROIER, MADURA YA!
Y menos mal que cerró, pensó Rubius, porque estaba a un segundo de salir de su escondite y matar al pelinegro con sus propias manos…
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Tras una noche de reflexión y de contener sus impulsos asesinos, Rubius aceptó que está bien cometer errores: ni él es cupido, ni Spreen es el ser más inteligente de la tierra.
Así que con renovada convicción dio paso a su siguiente estrategia:
Número 2: Cartas para el alma.
No fue fácil convencer a Spreen de escribir una carta de disculpa para Roier, pero de un modo u otro lo había conseguido, y tras dejar una nota firmada como anónimo en la puerta del castaño esa mañana con indicaciones para llegar a un punto recóndito en el bosque, el ángel y el híbrido esperaban nerviosos a su arribo.
No había problema esta vez, porque Rubius aprendió de sus errores y revisó personalmente la carta que Spreen había escrito:
“Querido Roier,
Lamento en verdad la forma en que me comporte contigo. No debí hacer trampa, estuve mal, perdón por eso y también perdón por decir que eras un mal perdedor. Eres una persona que vale mucho y que merece respeto y comprensión, y no quiero que esto arruine nuestra amistad.
Por favor perdóname.
Con cariño, Spreen.”
Y sí, con “revisar” quería decir que la había escrito él mismo, porque la hoja arrugada con la que llegó Spreen al punto de encuentro no tenía nada de lindo… ni en apariencia ni en contenido.
—Re cursi tu carta —Spreen puso cara de asco tras revisar por enésima vez el contenido de la prístina hoja blanca con bordes dorados que Rubius le había entregado.
—¿Quieres que te perdone o no? Deja de llorar y apégate al plan, ¿quieres?
Pasos acercándose los alertaron de la presencia del menor, Rubius voló a la copa de los árboles para presenciar todo desde arriba, pronto viendo a Roier aparecer entre los arbustos con la pequeña nota que había dejado en su puerta entre sus manos.
Su expresión pasó de la confusión, a la sorpresa y al desdén en cuestión de segundos —Ah, fuiste tú el de la nota… —cruzó los brazos— ¿y bien? ¿qué es esto taaaaan importante que querías decirme?
Calma.
Spreen ignoró el tono sarcástico del castaño y elevó la hoja blanca a la altura de sus ojos, cuando Roier lo interrumpió.
—Porque mira que no tengo todo el día ¿eh? Digo, tengo cosas que hacer.
Calma, Spreen.
Tragándose sus palabras y un poco de bilis, asintió lentamente y abrió su boca para empezar.
—“Queri--“
—Aunque bueno —Roier interrumpió de nuevo, encogiendo los hombros y sonriendo de lado—, de eso de cosas por hacer creo que tu no entiendes, ya que tu solución para todo es hacer trampa y así.
Y se acabó la calma.
Spreen sonrió macabramente, mostrando colmillos, ceño fruncido y un tic en su ojo izquierdo, mientras apretaba con fuerza descomunal la bonita hoja de bordes dorados en su mano hasta hacerla añicos entre sus dedos y garras.
Rubius se llevó una mano a la frente con fuerza mientras lo veía sacar de su bolsillo el feo papel arrugado que leyó esa misma mañana.
—“Querido Roier”
Bueno, al menos empezó bien, pensó Rubius, quizás había cambiado de opinión respecto a lo que le había escrito...
—“Sos un pelotudo de mierda”
Olvídenlo.
—“Ni que fuera tan bueno un taco, capaz y lo único que pasa es que vos sos imbecil como para que te afecte que yo también hiciera uno, deja de hacerte el listo y pagame”
Y finalizó con un bonito:
—“Con cariño, Spreen”
Aunque por supuesto, Roier no se quedó a escuchar eso último, pues tras hacerle una mala cara, dio media vuelta y volvió por donde había venido.
Esa noche, mientras Spreen refunfuñaba lo complicado que era complacer al imbécil de Roier a pesar de sus “increíbles” intentos, Rubius se replanteaba toda su existencia.
Llegó a la conclusión de que quizás la entidad maligna no era tan mala… quizás hasta había sido alguna vez un ángel, y que había tenido la desgracia de conocer a alguien como Spreen…
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Se acababa el tiempo y las opciones, pero Rubius apostaría todo en su última estrategia.
Número 3. Chocolates para la pasión.
Tras pedirle amablemente (suplicarle) a Cucurucho algo de ayuda, Rubius se había hecho con una caja de finísimos chocolates importados.
Todo era perfecto, repasó en su mente con una sonrisa esa mañana mientras miraba a escondidas los bonitos chocolates alineados.
El chocolate no era común en la Isla, por lo que esta caja era bastante especial.
Sabía por los archivos de La Federación que Roier AMABA el chocolate.
Y lo más importante: Spreen no podría estropearlo esta vez.
No tendría que hacer absolutamente nada más que entregarle la caja. Sin espinas y sin palabras estúpidas. Solo entregar una caja mano a mano. Era a prueba de tontos, nada podría salir mal.
Pero ni siquiera así iba a arriesgarse a que el pelinegro lo arruinara, así que mientras se acercaban a la casa del menor, tomó una decisión de último minuto.
—Spreen.
El aludido se detuvo, aun a varios metros de la casa del castaño, cuando Rubius le tendió una misteriosa caja.
—¿Y esto? —preguntó Spreen mirando la caja de arriba abajo.
Rubius lo observó pensativo, finalmente decidiendo no revelar el contenido de la caja hasta que Roier la tuviera en sus manos.
—Nada importante, solo sujétalo un segundo—respondió restándole importancia mientras se ocultaba tras una roca.
Debieron pasar unos cinco minutos cuando Rubius emergió de nuevo, Spreen lo miró algo asombrado, pues había ocultado sus alas y aureola, y había cambiado su vestimenta por una sencilla sudadera blanca y pantalones grises, claramente intentando hacerse pasar por otro híbrido de oso.
—¿Qué tal? —preguntó con una sonrisa, girando sobre sí mismo.
—Piola ¿pero se puede saber por qué?
El ángel frunció el ceño y lo señaló acusadoramente mientras tomaba de nuevo la caja de chocolates y la llevaba bajo su brazo.
—De esta forma puedo estar a tu lado cuando te disculpes con Roier, y ver que no lo arruines de nuevo, claro está.
—Exageras —resopló girando los ojos—, y ni siquiera me has dicho que hay que hacer ahora.
—Ya lo veras —Rubius sonrió victorioso, adelantando al menor y trotando los pocos metros hasta la casa del castaño, tocando la puerta efusivamente.
Cuando Roier abrió, Rubius por primera vez tuvo la oportunidad de verlo de cerca, un chico atractivo, aunque con evidente falta de sueño y un aura un poco perturbada seguramente por culpa del pelinegro.
El castaño ladeó la cabeza, claramente confundido mirándolo con interés antes de que Spreen apareciera a su lado.
—Hola —le habló con cautela—, ¿eres… amigo de Spreen?
—Algo así —Rubius sonrió de lado mientras le tendía una mano—, soy Rubius, mucho gusto Roier.
Roier estrechó su mano algo sorprendido —¿Me conoces?
—¡Hombre! Claro que te conozco —llevó su brazo libre a los hombros de Spreen, atrayéndolo en un abrazo—, si Spreen no para de hablar de ti.
La más ligera chispa de emoción brilló en los ojos de Roier, y Rubius podía finalmente ver la luz al final del túnel —¿E-en serio?
—¿En serio? —repitió Spreen en voz baja, y Rubius pisó su pie con fuerza— ¡HIJO DE--
—¡De hecho! —habló en voz alta, restándole importancia al pelinegro— Justo lo encontré viniendo para acá con algo para ti, algo que me dijo que llevaba mucho tiempo planeando darte.
Soltando los hombros de Spreen, Rubius estampó la caja de chocolates contra su pecho, Spreen lo miró confundido unos segundos y el ángel suspiró con pesadez.
¿Tenía que hacerlo todo él? Oh, bueno.
—Spreen dice que eres una persona increíble. De hecho, me ha dicho que, si tuviera que compararte con algo, sería con lo que contiene esta caja, que trajo especial y únicamente para ti.
Rubius no lo vio, pero Spreen palideció por completo en ese instante.
—Verdad, ¿Spreen? —presionó, pero el pelinegro no se movió ni un milímetro, abrazando con fuerza la caja contra su pecho.
—¿Spreen? —la voz tímida de Roier habló y Rubius pudo jurar que vio las orejas del híbrido caer un poco, ¿le habría dado vergüenza al final?
Y se les acababa el tiempo, en fin.
De un rápido movimiento, Rubius le arrebató la caja a Spreen y con una sonrisa se la tendió al castaño.
—¡Para! ¡Eso-mnfmd--
Con su mano cubrió la boca del pelinegro mientras, ante la mirada ilusionada de Roier, continuaba.
—Lo que Spreen quiere decir —sonrió—, es que lo que hay dentro de esta caja representa todo lo que siente por ti.
El corazón de Roier dio un pequeño vuelco mientras con una ligera sonrisa abría la caja para encontrarse con…
“Eres único, especial, lindo y extremadamente dulce, justo como el chocolate en la Isla Quesadilla”
Ese era el mensaje que debía recibir Roier al abrir la caja que tan meticulosamente había preparado.
Rubius cerró los ojos en victoria, lo había conseguido.
—Rubius… —Roier habló en voz terriblemente baja— dices que lo que hay en esta caja representa… ¿qué cosa?
Sin abrir los ojos contestó —Todo lo que Spreen siente por ti, hijo mí--, chaval.
—Así que lo que Spreen siente por mí… ¿es nada?
—¡Exactamente! ¡Nada--
Abrió los ojos de golpe.
—Espera, ¿qué?
En efecto, la bonita caja de chocolates importados en las manos de Roier estaba vacía…
Rubius no daba crédito, ¿qué fue lo que pasó? Los había revisado justo esta mañana, antes de salir del bar donde Spreen pasaba las noches últimamente, y tuvo la caja consigo todo este tiempo...
—¿Y esto?
—Nada importante, solo sujétalo un segundo…
Por primera vez en toda su existencia, Rubius experimento verdadero dolor físico, de lo rápido que giró su cuello para ver a Spreen a su derecha, detectando apenas el más tenue rastro de chocolate en la comisura de sus labios, el chico pareció notar que había sido descubierto, pues pronto desvió la mirada a un lado con una combinación de vergüenza, enojo…
…y una pizca de diversión.
Bueno, pensó, quizás de ahora en adelante habría no una, sino dos entidades malignas en la Isla, las ganas que tenía de ahorcar al chico no eran ni medio normales.
Y quizás lo hubiera hecho, pero el sonido hueco de una caja cayendo llamó la atención de ambos, Rubius escuchó a Spreen jadear sorprendido ante la imagen del chico frente suyo.
—Pudiste buscar una forma menos culera de decirme, ¿no? —le dijo al pelinegro con un tinte de decepción en su voz y mirada apagada— No te preocupes, luego te pago todo.
Roier entonces cerró la puerta con un silencioso clic, Spreen se quedó de pie ahí un par de segundos antes de dar media vuelta y alejarse, golpeando algunos troncos en frustración en su camino.
Rubius se enorgullecía de ser un ángel.
¿Pero qué clase de ángel de pacotilla era si frente a sus propios ojos veía a un par de chicos atormentados por culpa y rencores sin sentido y no poder hacer nada para ayudarlos?
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Horas después del fiasco, Rubius llegó a casa de Spreen nuevamente en su forma de ángel, lo encontró recostado en el sofá mirando el techo con indiferencia.
Miró por la ventana, hacía el Sol poniéndose por el oeste tintando el cielo en tonalidades cobrizas, suspiró con desdén, casi podía escuchar a Cucurucho regañarle por no haber arreglado absolutamente nada entre los dos.
Pero para su propia sorpresa, no se encontró tan preocupado por aquello, lo que si le angustiaba un poco era precisamente los términos en los que dejaba a Spreen y Roier.
No era ningún bobo, sabía que si alguien quería arreglar las cosas eran precisamente ellos dos, al parecer era la primera vez que una discusión había llegado a tal grado de no hablarse por días.
Flotando alrededor de la habitación, comenzó a hablar con el chico, ya era cuestión de minutos para que su tiempo límite se cumpliera y en cualquier momento tendría que volver al cielo o bien a las oficinas de La Federación a enfrentar su “castigo”.
—Bueno chaval —empezó en voz baja—, no salió tan bien, ¿eh?
Spreen bufó desde la cama, sin voltear a mirarlo.
—¿Ya no me vas a llamar “hijo mío”? ¿Qué? ¿Tan decepcionado te deje que de una me quitas herencia?
Rubius rio por lo bajo, porque era verdad… no podía decir que eran amigos íntimos, pero los tres días de conocer a Spreen el chico había logrado, además de sacarlo de quicio en más de una ocasión, ganarse un poco de su cariño.
Y si tenía que explicarlo, no era como un hijo, era algo más bien como un hermano.
Un hermanito bobo, demasiado orgulloso para admitir sus errores, y que temía mostrarse débil ante los demás.
—Igual, aunque yo no esté aquí creo que tienes que arreglar este asunto con Roier, que por lo visto es más culpa tuya que de él en realidad.
—No soy tan tonto cómo para no saber que fue por mi culpa —Spreen hizo un puchero—, solo que Roier lo hizo más grande…
—Ahora que lo dices es verdad, aunque por lo poco que vi de Roier, no lo imaginaba del tipo de agrandar problemas así de la nada —Rubius cruzó sus manos tras su cabeza, meciéndose en el aire—. Rarete… ¿qué lo tendría tan molesto en primer lugar?
—Decía que el taco que me dio fue re difícil de hacer, yo creo que cuando llegué yo y le di uno de la nada pensó que no aprecie su esfuerzo, que se yo. Igual por eso yo iba a darle el otro.
Rubius analizó sus palabras unos cuantos segundos, frunció el ceño ante lo último mientras giraba su cabeza para verlo.
—¿A qué te refieres con “darle el otro”? —parpadeó confundido.
Spreen lo miró por el rabillo del ojo alzando una ceja como si su pregunta hubiera sido rarísima.
—Si, el que iba a prepararle y darle el otro día para disculparme, justo cuando te apareciste venía llegando de buscar los ingredientes —suspiró agotado, recordando el viaje de casi dos días fuera del asentamiento—, creí que si le hacía uno yo capaz y me perdonaba.
Rubius perdió la concentración en ese momento y cayó al suelo en un fuerte estruendo, Spreen se incorporó de golpe quedando sentado sobre el sofá con una mirada sorprendida.
—¿Estas bien?
—¡¿IBAS A DISCULPARTE?!
Spreen parpadeó varias veces —Obvio, ¿por?
—¡¿Y NO CREISTE CONVENIENTE DECIRMELO?!
—Y bueno, vos dijiste que te ibas a hacer cargo y que lo ibas a arreglar —encogió los hombros—, digo, yo pensé que era mejor así, sos cupido, ¿no?
—¡QUE NO SOY CUPI--
Un par de golpes bastante tenues en la puerta lo interrumpieron, Rubius se transformó a su versión más humana y a paso lento caminó hacía la puerta.
No tuvo ni que preguntar quién era, el aura de Roier se filtraba por las grietas entre la puerta y el marco de la misma.
Con ligera sorpresa abrió la puerta para confirmar sus sospechas, el castaño estaba de pie frente a casa de Spreen, una mano elevada seguramente para tocar nuevamente.
—Hola de nuevo —murmuró mirando disimuladamente detrás del ángel, haciendo un adorable puchero cuando su mirada se cruzó con la de Spreen.
—Ostias Roier —Rubius sonrió con todos los dientes— ¿Qué te trae por aquí?
—Yo… —Roier bajó la mirada, de repente encontrando el suelo bastante entretenido.
La verdad era que ni él estaba del todo seguro, había salido de casa para distraerse un poco y para cuando acordó sus pasos lo guiaron hasta el bar que el híbrido construía en el muro, el único lugar donde se le ocurrió que Spreen pudiera estar viviendo actualmente.
Su puchero se intensificó. Desde la pelea, Spreen no había vuelto a la casa que construían juntos, ¿tenía siquiera donde dormir aquí? ¿Era seguro? ¿Qué comía?
Sus pensamientos se interrumpieron cuando sintió la mano de Rubius tomar su muñeca, jalando con fuerza hacia el interior y obligándolo a entrar.
—¡No importa, llegas en un buen momento! —tomándolo por los hombros, lo guio hasta dejarlo frente a un sorprendido Spreen— El buen Spreen aquí tiene algo que darte, ¿verdad?
El castaño arqueó una ceja mientras se cruzaba de brazos —¿En serio? ¿Qué será? ¿Un putazo? Porque ya es lo único que le falta.
Spreen resopló hastiado, igualmente cruzándose de brazos.
—Y dale, ¿por qué no te calmas un toque? ¿No ves que yo me estoy dejando el alma en que hablemos? Pero vos nada mas no me das la oportunidad.
—¡Ah! ¡Ahora el problema soy yo! Si, claro, lo que me faltaba —Roier alzó ambos brazos al cielo— Solo admite que hiciste trampa y que la cagaste, ¡No es tan difícil, Spreen!
El pelinegro tampoco se quedó atrás, dio un paso hacia el menor señalando su pecho acusadoramente —¿¡Ves!? ¡Ese es tu problema! Lo haces todo grande, ¿eso quieres? Bien, sí, hice trampa, ¡Trampa! T, R, A, P, A, ¡TRAMPA!
—¡AHI DICE TRAPA! ¡NI DELETREAR BIEN SABES, PENDEJO!
—¡YA! ¡YA PAREN LOS DOS!
A como pudo, Rubius se puso entre ambos alejándolos un poco.
Era suficiente, hasta él tenía un límite, y si antes pensaba que solo con Spreen llegaría a este, claramente estaba equivocado, pues Roier y Spreen juntos eran un caso perdido.
—¡Ni siquiera entiendo por qué pelean por algo tan estúpido! ¡Qué es un taco, chaval! ¡Ni que fuera tan complicado! ¡Roier, madura ya!
Roier se quedó pasmado —Pero--
—¡RETIRA ESO!
Para sorpresa de Roier y del mismo Rubius, Spreen explotó, tomando al ángel por el cuello de la camisa y mirándolo con furia.
Rubius contuvo la respiración, por un momento era casi como ver al mismísimo demonio.
—¡AMIGO ES UNA BANDA HACER UN TACO! —gritó en la cara de Rubius— ¡¿SABES CUANTO ME COSTO ENCONTRAR TODOS LOS INGREDIENTES?! ¡EN SU ISLA DE MIERDA NO CRECE NADA!
—C-calma--
—¡NO! ¡NO ME VOY A CALMAR! —intensificó su agarre— ¡VOS NO VAS A VENIR ACA A DESMERITAR TODO LO QUE ROIER TUVO QUE PASAR PARA HACER UN TACO! ¡VOS NO ENTENDES UNA MIERDA!
—¡Spreen! —Roier pareció salir de su impresión, pues pronto se acercó y puso ambas manos sobre las del híbrido— ¡Déjalo, pendejo! ¡Que lo vas a matar!
Spreen lo soltó de mala gana, obedientemente retrocediendo los pasos que Roier le obligó, pero sin dejar de mirar feo al ángel.
—Calmate, wey —le dijo con un tono de voz entre divertido y preocupado, acariciando de arriba a abajo los brazos del híbrido.
—Na, es que ¿cómo viene este pelotudo a decir boludeces?
Entonces Roier recordó las palabras de Spreen de apenas segundos atrás, lo miró con sorpresa.
—Sobre lo que decías —empezó con cautela— ¿En verdad fuiste a buscar los ingredientes?
Y es que al parecer ni el mismo Spreen se había dado cuenta de lo que había dicho, pues su mirada, igualmente sorprendida y algo avergonzada se posó en los ojos avellana del contrario.
—Sí, bueno...
Aun recuperando el aire, Rubius no se perdió la mirada furtiva que Spreen dio a su mochila al otro lado de la habitación, de un chasquido de dedos la llevó a los brazos del híbrido quien le devolvió la mirada con sorpresa.
—¿Por qué no mejor se lo muestras? —le sonrió de lado.
Spreen sintió sus orejas arder, pero decidiendo confiar por una última vez en aquel cupido pelotudo, abrió su mochila mostrando el contenido al castaño frente suyo.
Los ojos de Roier se abrieron de par en par.
Dentro de la mochila estaban alineados cuidadosamente todos los ingredientes, rastros de tierra y algunas marcas de un evidente largo viaje, miro disimuladamente a Spreen, notando por primera vez algunas cicatrices en su rostro y manos que no estaban ahí la noche que discutieron.
—Tú —habló en un susurro— en verdad fuiste a conseguirlos... a pesar de que te dije que ya los había cultivado yo...
—Obvio.
Roier alzó la mirada a los ojos amatistas del pelinegro, quien lo miró de vuelta con convicción.
—Pedírtelos o robártelos iba a ser peor, tenía que ver porque hacías tanto alboroto —sonrió con auto desprecio—, no fue nada fácil.
Y si Rubius pensaba que las cosas estaban saliendo bastante bien, lo que pasó a continuación lo dejó sin palabras.
Spreen dejó caer la mochila al suelo y acortando la distancia entre ambos, atrajo al castaño en un fuerte abrazo de oso.
—Lo siento —susurró contra su oído.
Le tomó a Roier varios segundos reaccionar, y Rubius incluso pudo ver algunas lágrimas amenazando asomarse por sus ojos, pero el castaño parpadeó varias veces disipándolas y devolvió el abrazo con una bonita sonrisa.
—Te perdono —empezó con diversión en su voz—, si me haces un taco.
Spreen rio por lo bajo, intensificando el abrazo en el meno —Te preparo diez.
Rubius sonrió solemnemente, definitivamente se enorgullecía de ser un ángel.
A pesar de no haber hecho gran cosa...
Mientras admiraba la bonita escena frente a sus ojos, por el rabillo del ojo pudo ver el último rayo de sol ocultándose en el horizonte y la silueta de Cucurucho asomándose por la ventana, acompañada de un sencillo letrero.
“Vámonos”.
No queriendo romper el momento, se excusó en silencio caminando hacía la puerta, misión cumplida.
—Lo peor fue el tomatillo, te juro, el muy maldito solo crece al otro lado de la puta isla.
Fue lo último que logró escuchar Rubius tan pronto cerró la puerta tras de sí, seguido de una ruidosa risa por parte de Roier.
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—¡¿Qué?!
En un divertido deja vú, Rubius por poco cae de la nube sobre la que descansaba, mirando con bastante sorpresa (y algo de odio) a Cucurucho flotando junto suyo.
—La Federación está muy complacida con tu trabajo.
—¡Eso si lo entendí, oso de mierda! —interrumpió el ángel con voz para nada angelical —¡¿Qué es lo otro que dijiste?!
—Se te ha ascendido a cupido oficial de la Isla. Felicidades. Disfruta la Isla.
Y no dándole derecho a réplica, Cucurucho comenzó a descender, dejando a un bastante descolocado y molesto Rubius.
Rubius, por primera vez en toda su existencia, odiaba ser un ángel. Ojalá ser la entidad maligna, pensó.
Poniendose boca abajo sobre la misma nube, miró con aburrimiento hacia la Tierra, pronto ubicando a Spreen y Roier de camino a, muy seguramente, una aventura.
Resopló divertido observándolos.
—Además, ¿qué clase de cupido pelotudo voy a ser? —dijo para sí mismo, utilizando la palabra que tanto usaba Spreen para referirse a él— Si lo de estos dos solo fue una discusión entre amigos, ¿o no?
Roier, quien iba caminando de espaldas platicando animosamente, tropezó con una piedra en el camino, por poco cae al suelo de no ser por Spreen quien soltó todo lo que llevaba en las manos para apresurarse y tomarlo por la cintura deteniendo su caída.
Ambos se quedaron en esa posición por mucho más tiempo del estrictamente necesario, un sonrojo extendiéndose por sus rostros.
—Oh —exclamó el ángel con una sonrisa pícara.
Quizás ser cupido no era tan malo...