Cupid is so pelotudo!!
—¡¿Cómo?!
Rubius por poco y se cae de la nube sobre la que se balanceaba despreocupadamente, Cucurucho a su lado ni siquiera se inmuto.
—Arréglalo.
—No señor, no —el ángel se cruzĂł de brazos, ayudándose de sus alas para mantenerse a flote frente al oso blanco mirándolo con molestia e incredulidad, el cĂłmo podĂa ir y venir a como le placiera seguĂa siendo un misterio de La FederaciĂłn.
—Arréglalo —repitió en voz monótona y Rubius suspiró, era como hablar con una pared.
—¿Por qué yo? ¿No es responsabilidad de ustedes que todos estén bien en la Isla? Hazlo tú —hizo un puchero, rogando para sus adentros que Cucurucho no sacara “ese” as bajo la manga…
—La entidad maligna es tu responsabilidad. Arréglalo.
Suspiró derrotado, sà que sacó “ese” as…
—Ok… —empezĂł rascando su nuca con nerviosismo—, quizás es cierto, y tambiĂ©n admito que lo que esa entidad maligna hizo fue un poquitĂn malo, pero en mi defensa, tu estabas más cerca, tu pudiste intervenir para que el tal Spreen no lo escuchara.
Era todo. Esta era toda su defensa y argumentos medianamente decentes, si no lograba convencer al oso con esto, nada lo harĂa.
EsperĂł varios segundos que parecieron una eternidad, mirando directamente a los ojos negros sin vida y sonrisa falsa de Cucurucho, finalmente lo vio ladear la cabeza y prepararse para hablar.
—Tienes cinco dĂas. Disfruta la isla.
—¡¿Qué coño voy a disfrutar la isla si me pones a actuar de cupido, oso de mierda?!
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Ok… en retrospectiva quizás no debió hablarle asà a Cucurucho.
Pensaba Rubius al dĂa siguiente, sentado en el borde del muro. No solo provocĂł que su fecha lĂmite para arreglar la situaciĂłn entre Roier y Spreen bajara de cinco a solo tres dĂas, sino que tambiĂ©n vino con una nueva amenaza por parte de La FederaciĂłn si fallaba.
—Ese maldito demonio —gruñó molesto.
Claro, desde que escapĂł se le encomendĂł la tarea de encontrarlo y llevarlo ante los altos mandos para evitar disturbios en la Isla, y ya le llevaba una buena pista, pero honestamente no contaba con que el muy sin vergĂĽenza se atreviera a manifestarse tan rápido entre los habitantes y provocarĂa tanto caos tan solo cinco dĂas despuĂ©s de que llegara el tren…
Y ahora aquà estaba, descuidando sus responsabilidades como ángel bondadoso y caritativo para buscar al par de gilipollas y actuar de cupido para que hicieran las pases.
Sus pensamientos se detuvieron cuando pudo ver a Spreen salir de entre los árboles, mochila al hombro, hacha en mano y expresiĂłn cansada, muy seguramente venĂa de explorar o algo.
Chasqueó sus dedos y al segundo siguiente estuvo frente suyo, sonrió —Hola Spreen.
Spreen sintiĂł como si su alma abandonara su cuerpo, estuvo por gritar asustado cuando vio el rostro de lo que acababa de aparecer frente suyo.
Sintió su sangre arder y de un movimiento rápido y directo a matar blandió su hacha hacia el contrario.
—¡HEY!
Rubius jadeó nervioso al ver un trozo de su propio cabello y su entera existencia pasar frente a sus ojos, apenas y logró esquivar el certero golpe por una milésima de segundo.
—¡¿QuĂ© haces acá, hijo de puta?! —Spreen no se molestĂł en volver a intentar atacar, se desahogarĂa un poco antes de matarlo, pensó— ¡¿No te parece suficiente con lo que hiciste?!
El ángel le devolviĂł la mirada con confusiĂłn por unos buenos dos segundos antes de atar cabos. Por supuesto, razonĂł, la entidad maligna y Ă©l, además de compartir el nombre, tenĂan prácticamente la misma apariencia.
—Calma, hijo mĂo —hablĂł en voz solemne y con una sonrisa gentil—, entiendo que podamos vernos igual, pero te aseguro que no soy quien crees.
Spreen arqueó una ceja mirándolo de arriba abajo y estudiando su expresión.
Ahora que lo decĂa era verdad, quizás en apariencia era igual a aquel maldito demonio, pero ciertamente transmitĂa un aura completamente diferente.
—Supongamos que te creo —empezĂł, apuntándolo amenazante con su hacha—, eso todavĂa no explica que haces acá, habla si no queres que te raje el cuello.
Perfecto, girĂł los ojos Rubius, luchando internamente por mantener su imagen angelical a pesar de que le tocĂł dialogar con un maniaco, quizás debiĂł empezar con Roier, oh bueno, ya era demasiado tarde, tendrĂa que trabajar con Ă©l.
—Supe que cierta entidad maligna pasĂł por aquĂ, hijo mĂo —continuó—, y al parecer provocĂł un pequeñĂsimo altercado entre tĂş y un buen amigo.
Las orejas de Spreen respingaron ante lo Ăşltimo en reconocimiento, y para suerte de Rubius, el chico bajĂł un poco el hacha.
—Si, bueno —rascĂł su nuca con el contrafilo de su arma, en un movimiento que parecĂa tanto peligroso como tremendamente adorable—, un quilombo, viste. No es que me haga yo la victima acá, pero me comiĂł la cabeza y--
—Entiendo —por costumbre, Rubius llevĂł ambas manos al frente en silenciosa oraciĂłn—, la entidad maligna puede jugar con la mente de los humanos, hijo mĂo, no debes sentirte mal por eso, no puedes controlarlo.
Habiéndose ganado finalmente (o al menos eso esperaba) la confianza del pelinegro, Rubius se presentó.
—Puedes llamarme Rubius, yo estoy aquĂ para arreglarlo, hijo mĂo —puso una mano reconfortante en el hombro del chico— Vamos a solucionar este problema entre Roier y tĂş, te prometo que en menos de tres dĂas volverá el amor.
Spreen miró alternadamente los ojos del ángel y la mano sobre su hombro —¿Amor? ¿Sos cupido o algo as�
Rubius inhalĂł y exhalĂł con calma, tratando de no perder la compostura ni la poca dignidad que le quedaba.
—Me refiero al amor entre los hombres, hijo.
—¿Qué? —Spreen resopló divertido, moviendo el hombro bruscamente para liberarse del agarre del ángel— Na, pará amigo, eso es de put--
—¿¡QUIERES ARREGLARTE CON EL CHICO O NO!?
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Rubius se enorgullecĂa de ser un ángel. Aun y cuando el imbĂ©cil de Cucurucho y el bobo de Spreen de pronto lo degradaran a “cupido”.
Pero tambiĂ©n adoraba un buen reto, ÂżquerĂan un cupido? Bien, un cupido tendrán. Y no solo cualquier cupido, serĂa el mejor cupido de la historia.
Y para eso tenĂa tres tĂ©cnicas infalibles que harĂan que Roier se enamorara--es decir, perdonara a Spreen.
ÂżPor quĂ© tres? Bueno, en primera porque solo tenĂa tres dĂas.
Y en segunda, porque no se le ocurrieron más.
NĂşmero 1. Flores para el corazĂłn
—¿Las trajiste? —preguntó Rubius tan pronto vio a Spreen esa mañana llegando a su punto acordado de encuentro.
—Si, si, las traigo en la mochila, ¿estará bien? Traje unas--
—No importa —el ángel hizo un movimiento con la mano—, son flores, ¿no? Seguro le gustan, la gente adora las flores.
Tras caminar juntos por varios minutos, ambos llegaron al lago frente a casa de Roier, Spreen estuvo por cruzar el puente cuando Rubius lo tomó bruscamente de la parte trasera del cuello de su camisa y lo ocultó junto a él tras unos altos arbustos.
—¡¿Pero qué--
—A ver Spreencito, repasemos —con rostro serio, señalĂł hacia la casa del castaño—. Vas a ir hasta allĂ, tocas la puerta--
—Eu, igual todavĂa estoy en la whitelist, puedo entrar norm--
—¡TOCAS! La puerta —lo interrumpió molesto—, le dices que lo lamentas y le das las flores, pan comido ¿no?
—Ya… —respondió vagamente, mirando por un momento su mochila— Che ¿vos crees que le gusten? Tipo, son rosas de esas rojas.
—¡Excelente! —Rubius exclamĂł con bastante alegrĂa— ¡Ostias! ¡Si has dado en el clavo! ¡No hay nada más romántico que las rosas rojas!
—Y dale con lo de romántico —Spreen puso los ojos en blanco—, amigo, no es por eso.
—Si, si, que ya se —contestĂł con mucha más emociĂłn, quizás Spreen no era tan bobo y podĂa arreglar las cosas con Roier en el primer dĂa—. En fin, que sĂ, seguro le encantan, adelante fiera.
Y dándole una palmadita en el hombro, Rubius vio al aun algo indeciso Spreen caminar hacia la casa del castaño, observando todo desde su escondite tras los arbustos.
SoltĂł el aire que no sabĂa que estaba conteniendo al ver al pelinegro obedecer y llamar a la puerta en lugar de entrar como si nada, y tras un minuto o dos, vio a Roier abrir.
Desde su sitio no podĂa escuchar exactamente lo que conversaban, pero tras la evidente confusiĂłn y algo de aversiĂłn del castaño, vio a Spreen buscar entre su mochila para tenderle un sencillo ramo de unas seis rosas rojas preciosas.
El rostro de Roier se iluminó un segundo mientras con manos temblorosas lo tomaba…
Después de eso, Roier se llevó el ramo al rostro, inhalando el suave perfume y sonriendo tiernamente, Spreen retiró un mechón rebelde que se escapaba de la bandana de su cabello y lentamente se acercaba a su rostro… más y más…
…o al menos eso fue lo que pasó en la mente de Rubius, porque lo que ocurrió en realidad fue que tan pronto Roier tomó los tallos por la zona que Spreen no estaba sujetando, el castaño soltó tremendo grito que sà que pudo escuchar desde el otro lado del lago.
—¡PUTA MADRE, SPREEN! ¡¿NOMAS PARA ESO VIENES?!
—¡¿Q-qué?! ¿No te gustaron?
—¡CLARO QUE NO, PENDEJO!
—¡DAAAALEEE! ¡TODAVÍA QUE TE TRAIGO ROSAS, SOS UN MALAGRADECIDO!
—¡A LA PROXIMA QUITALES LAS PUTAS ESPINAS O YA DE PERDIDO AVISAME!
Y acto seguido, cerrĂł la puerta de un golpe justo en la nariz del hĂbrido.
—¡SOS RE INFANTIL ROIER, MADURA YA!
Y menos mal que cerró, pensó Rubius, porque estaba a un segundo de salir de su escondite y matar al pelinegro con sus propias manos…
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Tras una noche de reflexión y de contener sus impulsos asesinos, Rubius aceptó que está bien cometer errores: ni él es cupido, ni Spreen es el ser más inteligente de la tierra.
AsĂ que con renovada convicciĂłn dio paso a su siguiente estrategia:
NĂşmero 2: Cartas para el alma.
No fue fácil convencer a Spreen de escribir una carta de disculpa para Roier, pero de un modo u otro lo habĂa conseguido, y tras dejar una nota firmada como anĂłnimo en la puerta del castaño esa mañana con indicaciones para llegar a un punto recĂłndito en el bosque, el ángel y el hĂbrido esperaban nerviosos a su arribo.
No habĂa problema esta vez, porque Rubius aprendiĂł de sus errores y revisĂł personalmente la carta que Spreen habĂa escrito:
“Querido Roier,
Lamento en verdad la forma en que me comporte contigo. No debà hacer trampa, estuve mal, perdón por eso y también perdón por decir que eras un mal perdedor. Eres una persona que vale mucho y que merece respeto y comprensión, y no quiero que esto arruine nuestra amistad.
Por favor perdĂłname.
Con cariño, Spreen.”
Y sĂ, con “revisar” querĂa decir que la habĂa escrito Ă©l mismo, porque la hoja arrugada con la que llegĂł Spreen al punto de encuentro no tenĂa nada de lindo… ni en apariencia ni en contenido.
—Re cursi tu carta —Spreen puso cara de asco tras revisar por enĂ©sima vez el contenido de la prĂstina hoja blanca con bordes dorados que Rubius le habĂa entregado.
—¿Quieres que te perdone o no? Deja de llorar y apégate al plan, ¿quieres?
Pasos acercándose los alertaron de la presencia del menor, Rubius volĂł a la copa de los árboles para presenciar todo desde arriba, pronto viendo a Roier aparecer entre los arbustos con la pequeña nota que habĂa dejado en su puerta entre sus manos.
Su expresiĂłn pasĂł de la confusiĂłn, a la sorpresa y al desdĂ©n en cuestiĂłn de segundos —Ah, fuiste tĂş el de la nota… —cruzĂł los brazos— Âży bien? ÂżquĂ© es esto taaaaan importante que querĂas decirme?
Calma.
Spreen ignoró el tono sarcástico del castaño y elevó la hoja blanca a la altura de sus ojos, cuando Roier lo interrumpió.
—Porque mira que no tengo todo el dĂa Âżeh? Digo, tengo cosas que hacer.
Calma, Spreen.
Tragándose sus palabras y un poco de bilis, asintió lentamente y abrió su boca para empezar.
—“Queri--“
—Aunque bueno —Roier interrumpiĂł de nuevo, encogiendo los hombros y sonriendo de lado—, de eso de cosas por hacer creo que tu no entiendes, ya que tu soluciĂłn para todo es hacer trampa y asĂ.
Y se acabĂł la calma.
Spreen sonrió macabramente, mostrando colmillos, ceño fruncido y un tic en su ojo izquierdo, mientras apretaba con fuerza descomunal la bonita hoja de bordes dorados en su mano hasta hacerla añicos entre sus dedos y garras.
Rubius se llevĂł una mano a la frente con fuerza mientras lo veĂa sacar de su bolsillo el feo papel arrugado que leyĂł esa misma mañana.
—“Querido Roier”
Bueno, al menos empezĂł bien, pensĂł Rubius, quizás habĂa cambiado de opiniĂłn respecto a lo que le habĂa escrito...
—“Sos un pelotudo de mierda”
OlvĂdenlo.
—“Ni que fuera tan bueno un taco, capaz y lo único que pasa es que vos sos imbecil como para que te afecte que yo también hiciera uno, deja de hacerte el listo y pagame”
Y finalizĂł con un bonito:
—“Con cariño, Spreen”
Aunque por supuesto, Roier no se quedĂł a escuchar eso Ăşltimo, pues tras hacerle una mala cara, dio media vuelta y volviĂł por donde habĂa venido.
Esa noche, mientras Spreen refunfuñaba lo complicado que era complacer al imbĂ©cil de Roier a pesar de sus “increĂbles” intentos, Rubius se replanteaba toda su existencia.
LlegĂł a la conclusiĂłn de que quizás la entidad maligna no era tan mala… quizás hasta habĂa sido alguna vez un ángel, y que habĂa tenido la desgracia de conocer a alguien como Spreen…
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Se acababa el tiempo y las opciones, pero Rubius apostarĂa todo en su Ăşltima estrategia.
NĂşmero 3. Chocolates para la pasiĂłn.
Tras pedirle amablemente (suplicarle) a Cucurucho algo de ayuda, Rubius se habĂa hecho con una caja de finĂsimos chocolates importados.
Todo era perfecto, repasó en su mente con una sonrisa esa mañana mientras miraba a escondidas los bonitos chocolates alineados.
El chocolate no era comĂşn en la Isla, por lo que esta caja era bastante especial.
SabĂa por los archivos de La FederaciĂłn que Roier AMABA el chocolate.
Y lo más importante: Spreen no podrĂa estropearlo esta vez.
No tendrĂa que hacer absolutamente nada más que entregarle la caja. Sin espinas y sin palabras estĂşpidas. Solo entregar una caja mano a mano. Era a prueba de tontos, nada podrĂa salir mal.
Pero ni siquiera asĂ iba a arriesgarse a que el pelinegro lo arruinara, asĂ que mientras se acercaban a la casa del menor, tomĂł una decisiĂłn de Ăşltimo minuto.
—Spreen.
El aludido se detuvo, aun a varios metros de la casa del castaño, cuando Rubius le tendió una misteriosa caja.
—¿Y esto? —preguntó Spreen mirando la caja de arriba abajo.
Rubius lo observĂł pensativo, finalmente decidiendo no revelar el contenido de la caja hasta que Roier la tuviera en sus manos.
—Nada importante, solo sujétalo un segundo—respondió restándole importancia mientras se ocultaba tras una roca.
Debieron pasar unos cinco minutos cuando Rubius emergiĂł de nuevo, Spreen lo mirĂł algo asombrado, pues habĂa ocultado sus alas y aureola, y habĂa cambiado su vestimenta por una sencilla sudadera blanca y pantalones grises, claramente intentando hacerse pasar por otro hĂbrido de oso.
—¿Qué tal? —preguntó con una sonrisa, girando sobre sà mismo.
—Piola ¿pero se puede saber por qué?
El ángel frunció el ceño y lo señaló acusadoramente mientras tomaba de nuevo la caja de chocolates y la llevaba bajo su brazo.
—De esta forma puedo estar a tu lado cuando te disculpes con Roier, y ver que no lo arruines de nuevo, claro está.
—Exageras —resopló girando los ojos—, y ni siquiera me has dicho que hay que hacer ahora.
—Ya lo veras —Rubius sonrió victorioso, adelantando al menor y trotando los pocos metros hasta la casa del castaño, tocando la puerta efusivamente.
Cuando Roier abrió, Rubius por primera vez tuvo la oportunidad de verlo de cerca, un chico atractivo, aunque con evidente falta de sueño y un aura un poco perturbada seguramente por culpa del pelinegro.
El castaño ladeó la cabeza, claramente confundido mirándolo con interés antes de que Spreen apareciera a su lado.
—Hola —le habló con cautela—, ¿eres… amigo de Spreen?
—Algo asà —Rubius sonriĂł de lado mientras le tendĂa una mano—, soy Rubius, mucho gusto Roier.
Roier estrechó su mano algo sorprendido —¿Me conoces?
—¡Hombre! Claro que te conozco —llevó su brazo libre a los hombros de Spreen, atrayéndolo en un abrazo—, si Spreen no para de hablar de ti.
La más ligera chispa de emociĂłn brillĂł en los ojos de Roier, y Rubius podĂa finalmente ver la luz al final del tĂşnel —¿E-en serio?
—¿En serio? —repitió Spreen en voz baja, y Rubius pisó su pie con fuerza— ¡HIJO DE--
—¡De hecho! —habló en voz alta, restándole importancia al pelinegro— Justo lo encontré viniendo para acá con algo para ti, algo que me dijo que llevaba mucho tiempo planeando darte.
Soltando los hombros de Spreen, Rubius estampó la caja de chocolates contra su pecho, Spreen lo miró confundido unos segundos y el ángel suspiró con pesadez.
ÂżTenĂa que hacerlo todo Ă©l? Oh, bueno.
—Spreen dice que eres una persona increĂble. De hecho, me ha dicho que, si tuviera que compararte con algo, serĂa con lo que contiene esta caja, que trajo especial y Ăşnicamente para ti.
Rubius no lo vio, pero Spreen palideciĂł por completo en ese instante.
—Verdad, ÂżSpreen? —presionĂł, pero el pelinegro no se moviĂł ni un milĂmetro, abrazando con fuerza la caja contra su pecho.
—¿Spreen? —la voz tĂmida de Roier hablĂł y Rubius pudo jurar que vio las orejas del hĂbrido caer un poco, Âżle habrĂa dado vergĂĽenza al final?
Y se les acababa el tiempo, en fin.
De un rápido movimiento, Rubius le arrebató la caja a Spreen y con una sonrisa se la tendió al castaño.
—¡Para! ¡Eso-mnfmd--
Con su mano cubriĂł la boca del pelinegro mientras, ante la mirada ilusionada de Roier, continuaba.
—Lo que Spreen quiere decir —sonrió—, es que lo que hay dentro de esta caja representa todo lo que siente por ti.
El corazĂłn de Roier dio un pequeño vuelco mientras con una ligera sonrisa abrĂa la caja para encontrarse con…
“Eres único, especial, lindo y extremadamente dulce, justo como el chocolate en la Isla Quesadilla”
Ese era el mensaje que debĂa recibir Roier al abrir la caja que tan meticulosamente habĂa preparado.
Rubius cerrĂł los ojos en victoria, lo habĂa conseguido.
—Rubius… —Roier habló en voz terriblemente baja— dices que lo que hay en esta caja representa… ¿qué cosa?
Sin abrir los ojos contestĂł —Todo lo que Spreen siente por ti, hijo mĂ--, chaval.
—AsĂ que lo que Spreen siente por mĂ… Âżes nada?
—¡Exactamente! ¡Nada--
AbriĂł los ojos de golpe.
—Espera, ¿qué?
En efecto, la bonita caja de chocolates importados en las manos de Roier estaba vacĂa…
Rubius no daba crĂ©dito, ÂżquĂ© fue lo que pasĂł? Los habĂa revisado justo esta mañana, antes de salir del bar donde Spreen pasaba las noches Ăşltimamente, y tuvo la caja consigo todo este tiempo...
—¿Y esto?
—Nada importante, solo sujétalo un segundo…
Por primera vez en toda su existencia, Rubius experimento verdadero dolor fĂsico, de lo rápido que girĂł su cuello para ver a Spreen a su derecha, detectando apenas el más tenue rastro de chocolate en la comisura de sus labios, el chico pareciĂł notar que habĂa sido descubierto, pues pronto desviĂł la mirada a un lado con una combinaciĂłn de vergĂĽenza, enojo…
…y una pizca de diversión.
Bueno, pensĂł, quizás de ahora en adelante habrĂa no una, sino dos entidades malignas en la Isla, las ganas que tenĂa de ahorcar al chico no eran ni medio normales.
Y quizás lo hubiera hecho, pero el sonido hueco de una caja cayendo llamó la atención de ambos, Rubius escuchó a Spreen jadear sorprendido ante la imagen del chico frente suyo.
—Pudiste buscar una forma menos culera de decirme, ¿no? —le dijo al pelinegro con un tinte de decepción en su voz y mirada apagada— No te preocupes, luego te pago todo.
Roier entonces cerrĂł la puerta con un silencioso clic, Spreen se quedĂł de pie ahĂ un par de segundos antes de dar media vuelta y alejarse, golpeando algunos troncos en frustraciĂłn en su camino.
Rubius se enorgullecĂa de ser un ángel.
ÂżPero quĂ© clase de ángel de pacotilla era si frente a sus propios ojos veĂa a un par de chicos atormentados por culpa y rencores sin sentido y no poder hacer nada para ayudarlos?
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Horas después del fiasco, Rubius llegó a casa de Spreen nuevamente en su forma de ángel, lo encontró recostado en el sofá mirando el techo con indiferencia.
MirĂł por la ventana, hacĂa el Sol poniĂ©ndose por el oeste tintando el cielo en tonalidades cobrizas, suspirĂł con desdĂ©n, casi podĂa escuchar a Cucurucho regañarle por no haber arreglado absolutamente nada entre los dos.
Pero para su propia sorpresa, no se encontró tan preocupado por aquello, lo que si le angustiaba un poco era precisamente los términos en los que dejaba a Spreen y Roier.
No era ningĂşn bobo, sabĂa que si alguien querĂa arreglar las cosas eran precisamente ellos dos, al parecer era la primera vez que una discusiĂłn habĂa llegado a tal grado de no hablarse por dĂas.
Flotando alrededor de la habitaciĂłn, comenzĂł a hablar con el chico, ya era cuestiĂłn de minutos para que su tiempo lĂmite se cumpliera y en cualquier momento tendrĂa que volver al cielo o bien a las oficinas de La FederaciĂłn a enfrentar su “castigo”.
—Bueno chaval —empezó en voz baja—, no salió tan bien, ¿eh?
Spreen bufĂł desde la cama, sin voltear a mirarlo.
—¿Ya no me vas a llamar “hijo mĂo”? ÂżQuĂ©? ÂżTan decepcionado te deje que de una me quitas herencia?
Rubius rio por lo bajo, porque era verdad… no podĂa decir que eran amigos Ăntimos, pero los tres dĂas de conocer a Spreen el chico habĂa logrado, además de sacarlo de quicio en más de una ocasiĂłn, ganarse un poco de su cariño.
Y si tenĂa que explicarlo, no era como un hijo, era algo más bien como un hermano.
Un hermanito bobo, demasiado orgulloso para admitir sus errores, y que temĂa mostrarse dĂ©bil ante los demás.
—Igual, aunque yo no esté aquà creo que tienes que arreglar este asunto con Roier, que por lo visto es más culpa tuya que de él en realidad.
—No soy tan tonto cómo para no saber que fue por mi culpa —Spreen hizo un puchero—, solo que Roier lo hizo más grande…
—Ahora que lo dices es verdad, aunque por lo poco que vi de Roier, no lo imaginaba del tipo de agrandar problemas asĂ de la nada —Rubius cruzĂł sus manos tras su cabeza, meciĂ©ndose en el aire—. Rarete… ÂżquĂ© lo tendrĂa tan molesto en primer lugar?
—DecĂa que el taco que me dio fue re difĂcil de hacer, yo creo que cuando lleguĂ© yo y le di uno de la nada pensĂł que no aprecie su esfuerzo, que se yo. Igual por eso yo iba a darle el otro.
Rubius analizó sus palabras unos cuantos segundos, frunció el ceño ante lo último mientras giraba su cabeza para verlo.
—¿A qué te refieres con “darle el otro”? —parpadeó confundido.
Spreen lo mirĂł por el rabillo del ojo alzando una ceja como si su pregunta hubiera sido rarĂsima.
—Si, el que iba a prepararle y darle el otro dĂa para disculparme, justo cuando te apareciste venĂa llegando de buscar los ingredientes —suspirĂł agotado, recordando el viaje de casi dos dĂas fuera del asentamiento—, creĂ que si le hacĂa uno yo capaz y me perdonaba.
Rubius perdió la concentración en ese momento y cayó al suelo en un fuerte estruendo, Spreen se incorporó de golpe quedando sentado sobre el sofá con una mirada sorprendida.
—¿Estas bien?
—¡¿IBAS A DISCULPARTE?!
Spreen parpadeó varias veces —Obvio, ¿por?
—¡¿Y NO CREISTE CONVENIENTE DECIRMELO?!
—Y bueno, vos dijiste que te ibas a hacer cargo y que lo ibas a arreglar —encogiĂł los hombros—, digo, yo pensĂ© que era mejor asĂ, sos cupido, Âżno?
—¡QUE NO SOY CUPI--
Un par de golpes bastante tenues en la puerta lo interrumpieron, Rubius se transformĂł a su versiĂłn más humana y a paso lento caminĂł hacĂa la puerta.
No tuvo ni que preguntar quién era, el aura de Roier se filtraba por las grietas entre la puerta y el marco de la misma.
Con ligera sorpresa abrió la puerta para confirmar sus sospechas, el castaño estaba de pie frente a casa de Spreen, una mano elevada seguramente para tocar nuevamente.
—Hola de nuevo —murmuró mirando disimuladamente detrás del ángel, haciendo un adorable puchero cuando su mirada se cruzó con la de Spreen.
—Ostias Roier —Rubius sonrió con todos los dientes— ¿Qué te trae por aqu�
—Yo… —Roier bajó la mirada, de repente encontrando el suelo bastante entretenido.
La verdad era que ni Ă©l estaba del todo seguro, habĂa salido de casa para distraerse un poco y para cuando acordĂł sus pasos lo guiaron hasta el bar que el hĂbrido construĂa en el muro, el Ăşnico lugar donde se le ocurriĂł que Spreen pudiera estar viviendo actualmente.
Su puchero se intensificĂł. Desde la pelea, Spreen no habĂa vuelto a la casa que construĂan juntos, ÂżtenĂa siquiera donde dormir aquĂ? ÂżEra seguro? ÂżQuĂ© comĂa?
Sus pensamientos se interrumpieron cuando sintió la mano de Rubius tomar su muñeca, jalando con fuerza hacia el interior y obligándolo a entrar.
—¡No importa, llegas en un buen momento! —tomándolo por los hombros, lo guio hasta dejarlo frente a un sorprendido Spreen— El buen Spreen aquà tiene algo que darte, ¿verdad?
El castaño arqueó una ceja mientras se cruzaba de brazos —¿En serio? ¿Qué será? ¿Un putazo? Porque ya es lo único que le falta.
Spreen resopló hastiado, igualmente cruzándose de brazos.
—Y dale, ¿por qué no te calmas un toque? ¿No ves que yo me estoy dejando el alma en que hablemos? Pero vos nada mas no me das la oportunidad.
—¡Ah! ¡Ahora el problema soy yo! Si, claro, lo que me faltaba —Roier alzĂł ambos brazos al cielo— Solo admite que hiciste trampa y que la cagaste, ¡No es tan difĂcil, Spreen!
El pelinegro tampoco se quedĂł atrás, dio un paso hacia el menor señalando su pecho acusadoramente —¿¡Ves!? ¡Ese es tu problema! Lo haces todo grande, Âżeso quieres? Bien, sĂ, hice trampa, ¡Trampa! T, R, A, P, A, ¡TRAMPA!
—¡AHI DICE TRAPA! ¡NI DELETREAR BIEN SABES, PENDEJO!
—¡YA! ¡YA PAREN LOS DOS!
A como pudo, Rubius se puso entre ambos alejándolos un poco.
Era suficiente, hasta Ă©l tenĂa un lĂmite, y si antes pensaba que solo con Spreen llegarĂa a este, claramente estaba equivocado, pues Roier y Spreen juntos eran un caso perdido.
—¡Ni siquiera entiendo por qué pelean por algo tan estúpido! ¡Qué es un taco, chaval! ¡Ni que fuera tan complicado! ¡Roier, madura ya!
Roier se quedó pasmado —Pero--
—¡RETIRA ESO!
Para sorpresa de Roier y del mismo Rubius, Spreen explotó, tomando al ángel por el cuello de la camisa y mirándolo con furia.
Rubius contuvo la respiraciĂłn, por un momento era casi como ver al mismĂsimo demonio.
—¡AMIGO ES UNA BANDA HACER UN TACO! —gritó en la cara de Rubius— ¡¿SABES CUANTO ME COSTO ENCONTRAR TODOS LOS INGREDIENTES?! ¡EN SU ISLA DE MIERDA NO CRECE NADA!
—C-calma--
—¡NO! ¡NO ME VOY A CALMAR! —intensificó su agarre— ¡VOS NO VAS A VENIR ACA A DESMERITAR TODO LO QUE ROIER TUVO QUE PASAR PARA HACER UN TACO! ¡VOS NO ENTENDES UNA MIERDA!
—¡Spreen! —Roier pareciĂł salir de su impresiĂłn, pues pronto se acercĂł y puso ambas manos sobre las del hĂbrido— ¡DĂ©jalo, pendejo! ¡Que lo vas a matar!
Spreen lo soltó de mala gana, obedientemente retrocediendo los pasos que Roier le obligó, pero sin dejar de mirar feo al ángel.
—Calmate, wey —le dijo con un tono de voz entre divertido y preocupado, acariciando de arriba a abajo los brazos del hĂbrido.
—Na, es que ¿cómo viene este pelotudo a decir boludeces?
Entonces Roier recordó las palabras de Spreen de apenas segundos atrás, lo miró con sorpresa.
—Sobre lo que decĂas —empezĂł con cautela— ÂżEn verdad fuiste a buscar los ingredientes?
Y es que al parecer ni el mismo Spreen se habĂa dado cuenta de lo que habĂa dicho, pues su mirada, igualmente sorprendida y algo avergonzada se posĂł en los ojos avellana del contrario.
—SĂ, bueno...
Aun recuperando el aire, Rubius no se perdiĂł la mirada furtiva que Spreen dio a su mochila al otro lado de la habitaciĂłn, de un chasquido de dedos la llevĂł a los brazos del hĂbrido quien le devolviĂł la mirada con sorpresa.
—¿Por qué no mejor se lo muestras? —le sonrió de lado.
Spreen sintió sus orejas arder, pero decidiendo confiar por una última vez en aquel cupido pelotudo, abrió su mochila mostrando el contenido al castaño frente suyo.
Los ojos de Roier se abrieron de par en par.
Dentro de la mochila estaban alineados cuidadosamente todos los ingredientes, rastros de tierra y algunas marcas de un evidente largo viaje, miro disimuladamente a Spreen, notando por primera vez algunas cicatrices en su rostro y manos que no estaban ahĂ la noche que discutieron.
—TĂş —hablĂł en un susurro— en verdad fuiste a conseguirlos... a pesar de que te dije que ya los habĂa cultivado yo...
—Obvio.
Roier alzĂł la mirada a los ojos amatistas del pelinegro, quien lo mirĂł de vuelta con convicciĂłn.
—PedĂrtelos o robártelos iba a ser peor, tenĂa que ver porque hacĂas tanto alboroto —sonriĂł con auto desprecio—, no fue nada fácil.
Y si Rubius pensaba que las cosas estaban saliendo bastante bien, lo que pasĂł a continuaciĂłn lo dejĂł sin palabras.
Spreen dejó caer la mochila al suelo y acortando la distancia entre ambos, atrajo al castaño en un fuerte abrazo de oso.
—Lo siento —susurrĂł contra su oĂdo.
Le tomó a Roier varios segundos reaccionar, y Rubius incluso pudo ver algunas lágrimas amenazando asomarse por sus ojos, pero el castaño parpadeó varias veces disipándolas y devolvió el abrazo con una bonita sonrisa.
—Te perdono —empezó con diversión en su voz—, si me haces un taco.
Spreen rio por lo bajo, intensificando el abrazo en el meno —Te preparo diez.
Rubius sonriĂł solemnemente, definitivamente se enorgullecĂa de ser un ángel.
A pesar de no haber hecho gran cosa...
Mientras admiraba la bonita escena frente a sus ojos, por el rabillo del ojo pudo ver el último rayo de sol ocultándose en el horizonte y la silueta de Cucurucho asomándose por la ventana, acompañada de un sencillo letrero.
“Vámonos”.
No queriendo romper el momento, se excusĂł en silencio caminando hacĂa la puerta, misiĂłn cumplida.
—Lo peor fue el tomatillo, te juro, el muy maldito solo crece al otro lado de la puta isla.
Fue lo Ăşltimo que logrĂł escuchar Rubius tan pronto cerrĂł la puerta tras de sĂ, seguido de una ruidosa risa por parte de Roier.
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—¡¿Qué?!
En un divertido deja vĂş, Rubius por poco cae de la nube sobre la que descansaba, mirando con bastante sorpresa (y algo de odio) a Cucurucho flotando junto suyo.
—La Federación está muy complacida con tu trabajo.
—¡Eso si lo entendĂ, oso de mierda! —interrumpiĂł el ángel con voz para nada angelical —¡¿QuĂ© es lo otro que dijiste?!
—Se te ha ascendido a cupido oficial de la Isla. Felicidades. Disfruta la Isla.
Y no dándole derecho a réplica, Cucurucho comenzó a descender, dejando a un bastante descolocado y molesto Rubius.
Rubius, por primera vez en toda su existencia, odiaba ser un ángel. Ojalá ser la entidad maligna, pensó.
Poniendose boca abajo sobre la misma nube, mirĂł con aburrimiento hacia la Tierra, pronto ubicando a Spreen y Roier de camino a, muy seguramente, una aventura.
Resopló divertido observándolos.
—Además, ¿qué clase de cupido pelotudo voy a ser? —dijo para sà mismo, utilizando la palabra que tanto usaba Spreen para referirse a él— Si lo de estos dos solo fue una discusión entre amigos, ¿o no?
Roier, quien iba caminando de espaldas platicando animosamente, tropezĂł con una piedra en el camino, por poco cae al suelo de no ser por Spreen quien soltĂł todo lo que llevaba en las manos para apresurarse y tomarlo por la cintura deteniendo su caĂda.
Ambos se quedaron en esa posición por mucho más tiempo del estrictamente necesario, un sonrojo extendiéndose por sus rostros.
—Oh —exclamĂł el ángel con una sonrisa pĂcara.
Quizás ser cupido no era tan malo...








