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El viento acariciaba suavemente las ramas de los árboles, como si la naturaleza misma estuviera al tanto del momento entre ellos. Jongho observaba a Yeosang con detenimiento. Siempre lo hacía, como si cada movimiento, cada susurro del otro le ofreciera una revelación secreta, algo que solo él era capaz de entender. Para Jongho, Yeosang era como una mariposa: hermoso, delicado, siempre un paso más allá de su alcance.
—Eres como una mariposa, ¿sabes?— Jongho lo dijo en un tono bajo, apenas un murmullo entre el susurro de las hojas.
Yeosang lo miró, con esos ojos que siempre brillaban con algo que Jongho nunca lograba descifrar del todo. Sonrió, una curva suave en sus labios, pero no dijo nada. Jongho lo vio inclinarse hacia el césped, donde una pequeña mariposa revoloteaba entre las flores. El sol bañaba el cabello de Yeosang en oro, y en ese instante, Jongho pensó que tal vez nunca sería capaz de tocar algo tan perfecto sin romperlo.
El tiempo que pasaban juntos siempre era fugaz, como el aleteo de esas alas que observaban en silencio. Cada día, cada segundo, Yeosang parecía escaparle entre los dedos. Y sin embargo, Jongho no podía dejar de mirarlo, de perseguir esos momentos, sabiendo que nunca podría retenerlos.
Después de un largo momento, Yeosang rompió el silencio.
—¿Por qué una mariposa? —preguntó suavemente, sin apartar la mirada de las alas que aleteaban con ligereza.
Jongho lo miró, sintiendo una mezcla de tristeza y anhelo.
—Porque siempre estás a punto de volar lejos —respondió en voz baja—. Hermoso y efímero. Algo que nunca podré tener.
Yeosang se quedó en silencio de nuevo, jugando con el borde de una flor.
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Una tarde, bajo el mismo árbol que los había visto compartir tantos silencios, Jongho decidió hablar. Las palabras salieron torpes, enredadas, pero llenas de una dulzura que lo quemaba por dentro. —Creo que siempre has sido mi primer amor, Yeosang.
Yeosang dejó de jugar con las flores y lo miró. En su mirada, había algo profundo, algo que lo hacía parecer más lejano y cercano al mismo tiempo. —¿Y si soy solo una mariposa?.— Su voz fue suave, un eco en el aire.
Jongho sonrió tristemente. —Entonces te miraré volar, aunque nunca pueda tenerte.
—¿Y qué harías si vuelo? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Jongho tragó con fuerza, sintiendo que las palabras que llevaba tiempo guardando finalmente salían a la superficie.
—Te miraré, aunque no pueda alcanzarte. —Sus labios se curvaron en una sonrisa triste.
Yeosang lo miró, como si aquellas palabras hubieran dejado un eco en el aire.
Yeosang se acercó, tan despacio como una brisa de verano, y tomó la mano de Jongho. —No siempre las mariposas vuelan lejos.
Jongho sintió el calor de los dedos de Yeosang, y su corazón se aceleró. Había algo tan dulce y tierno en ese simple contacto que lo desarmaba por completo. La brisa seguía soplando a su alrededor, pero el mundo parecía haberse reducido a ese instante, a ellos dos.
—Yeosang... —susurró Jongho, apenas pudiendo pronunciar su nombre.
Antes de que pudiera decir algo más, Yeosang se inclinó un poco más, acercándose, su mirada fija en los labios de Jongho. En un movimiento suave y decidido, cerró la distancia entre ellos. Los labios de Yeosang se posaron sobre los suyos con una delicadeza que le recordó exactamente por qué lo había comparado con una mariposa. El beso era suave, dulce, pero cargado de una intensidad que Jongho no esperaba.
El tiempo pareció detenerse. Todo lo que sentía se condensó en ese beso. La calidez de Yeosang, su fragancia, el ligero temblor de sus labios, todo lo envolvía como un abrazo silencioso. Jongho cerró los ojos y se dejó llevar, respondiendo al beso con la misma ternura que sentía por él desde hacía tanto tiempo.
Cuando finalmente se separaron, Jongho abrió los ojos lentamente, encontrándose con la mirada tranquila de Yeosang. Ninguno de los dos habló al principio, pero no hacía falta. El silencio entre ellos lo decía todo.
—No quiero volar lejos de ti —susurró Yeosang, sonriendo suavemente—. No si estás aquí, Jongho.
Jongho sintió un nudo en la garganta, pero esta vez no era tristeza. Era una sensación de plenitud que nunca antes había experimentado.
—Entonces no te vayas —dijo en voz baja, apretando un poco más la mano de Yeosang—. Quédate conmigo.
Y en ese momento, Jongho sintió que por fin lo había alcanzado.