Memorias de Beleriand |Kookmin|

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Summary

Todo comenzó cierto día, en un mundo que parecía sacado de un cuento de hadas y con recuerdos que no puedo traer a mí sin evitar reírme. Tu humildad, amor y valentía a favor del pueblo siguen presentes en cada uno de ellos, y seré yo el responsable de mantener tu memoria y nombre en alto, negándome a permitir que el tiempo los haga olvidar. Príncipe de paz, mi amado hermano, seguirás presente en las memorias de Beleriand, es una promesa hecha a mi nombre.

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Chapters
3
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n/a
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18+

Capítulo 1: Dolor y deseo

—¡¡El príncipe de paz ha muerto!! —Se escucha a grandes voces desde lo alto del palacio real. Los hombres en cada torre gritan al unísono sin temblor alguno en su voz y con facciones inertes, ni siquiera los ardientes rayos del sol golpeando fuertemente sus rostros les sacan una mueca.


La llegada del atardecer es apremiante, como el dolor que se asienta poco a poco en la base de sus estómagos. Los murmullos estallan, justo como esperaban que sucediera una vez el pueblo fuera conocedor de la fatídica noticia. Las personas cuchichean entre ellas, incrédulas y atemorizadas, aglomerándose frente a las enormes puertas de madera y metal que los dividen de la familia líder.


El sonido de las trompetas es estridente, silenciando al pueblo entero y manteniéndolos en orden. Las miradas de los guardias que comienzan a rodear el muro que protege al palacio son represivas, pero siguen sin emitir palabra.


—¡¡Con ustedes, el segundo príncipe!! —gritan los hombres nuevamente, alertando a la gente para que presten su total atención a las puertas que se abren en el balcón a algunos metros sobre ellos.


Jóvenes y ancianos miran expectantes, esperando por la cabellera rubia y ojos esmeraldas del joven hombre, por su presencia deslumbrante y cálida desde la altura.


Jimin siente que le tiemblan las piernas, le duele la cabeza y su estómago se encuentra revuelto. No está preparado desde ningún aspecto, ni físico ni mucho menos mental, pero es su deber erguirse sobre su pueblo, demostrarles que no se encuentran solos ante la inminente y aterradora ausencia.


Sus manos tiritan al ver los cientos de rostros muertos de miedo y siente vergüenza al saber que no se encuentra nada diferente a ellos. ¡Él ahora es un aspirante a líder y no está siendo de utilidad en nada! Le toma un par de segundos y algunos carraspeos poder alzar la voz sin flaquear, otorgándoles una sonrisa sutil cargada de melancolía y falsa seguridad.


—¡Buenos días tengan ustedes, amado pueblo de Beleriand! —Su saludo va acompañado de una pequeña venia, mostrando el respeto y adoración que toda su familia comparte por el pueblo al cual sirven—. Si he venido hasta aquí es porque, como se ha anunciado en esta triste puesta de sol, el príncipe de paz, mi amado hermano mayor y líder de todos nosotros, ha perecido como tanto se temía.


El pueblo llora, cubren sus bocas por el asombro y sus miradas bajan ante el profundo dolor de la partida. Conocedores de que en cualquier mal día recibirían la noticia, no les queda más que lamentarse y buscar consuelo en la resiliencia que les proporciona la “sabiduría”. Y nadie puede culparlos, cargar por años con una maldición no los ha vuelto insensibles y mucho menos los prepara para acontecimientos como estos, especialmente cuando el infortunado es solo un joven de apenas veintiséis años.


Jonghyun, el primogénito de la cuarta generación de los Park y próspero líder, había muerto; pero el pueblo no debía conocer la verdadera causa, no tenían por qué llenarse de más tristeza al enterarse de su suicidio. Ellos sabían de la maldición, pero lo que conllevaba se había mantenido oculto de todo aquel que residiera fuera del palacio real. Y tampoco se puede culpar de nada al linaje de los Park, ellos solo procuraban el bienestar de su reino, aún más si eso incluye liberarlos de ciertas culpas “innecesarias”.


La gente de Beleriand eran conocedores de la maldición y lo relacionaban con una enfermedad terminal que obligaba a quien la padeciera a no salir del palacio real, ignorando que es la tristeza la enfermedad más abominable padecida por el hombre.


—Conozco el corazón del pueblo así como ustedes conocen nuestro sentir por lo que, en honor a él, a su bondad, alegría y buena voluntad, el reino de Beleriand se sumirá en un luto absoluto por las próximas dos semanas. Permítanme a mí y a mi familia llorar por la partida de nuestro ser amado y recuperar fuerzas para la batalla que aún nos espera. —Él se toma una pausa, escuchando los susurros y notando el evidente dolor por sus palabras. Las náuseas siguen ahí, pero el nudo en su garganta y las lágrimas que empañan sus ojos son más fuertes—. ¡¡Pueblo de Beleriand, llora conmigo y seamos fuertes, que la victoria aún aguarda por nosotros!!


La gente grita y eleva los puños, eufóricos y tristes en partes iguales. A pesar de ello, nadie cuestiona sus palabras, todos confían ciegamente en el joven tembloroso que viste los trajes más bellos de todo el reino.


Jimin les sonríe con nostalgia y se despide de ellos con otra reverencia antes de adentrarse en su hogar, refugiándose en los gruesos muros de su habitación. Allí, en esa falsa confianza que le dan sus cuatro paredes, se permite llorar con amargura.


Jonghyun era su único hermano, el chico más enérgico, alegre, entusiasta y amoroso que hubiera conocido jamás. Era su hermano, su complemento, su alma gemela, su otra mitad. No hubo nada que no hicieran juntos; entrenaron a diario, salieron a caminar por todo el pueblo, hablaban hasta entrada la madrugada acerca de sus planes y sueños a futuro. No hay lugar que no le recuerde a él, no hubo sitio en el que no charlaron sobre sus años de vejez, sobre el futuro incierto que ahora uno de ellos jamás tendrá.


Le dolía el pecho de solo pensarlo, le dolían las entrañas y le ardía el alma. Jamás encontraría las palabras adecuadas para expresar tanto dolor, para explicarle a otros esa sensación asfixiante de que le arrancaban el corazón aun estando con vida.


Jonghyun había tenido el valor de dejarlo solo, lo abandonó en el momento más crucial de sus vidas y eso jamás se lo perdonaría. No solo los dejó a él y a su madre, sino también al pueblo, a los cientos de personas que juró amar con locura y procurar su bienestar hasta la senectud. Dejó sueños, promesas y muchos corazones rotos.


Quería ser egoísta y maldecir a su hermano, enojarse y odiarlo, pero maldición que no podía. El dolor siempre era más fuerte y ni todas las cartas de despedida del mundo hechas por su puño y letra le iban a quitar ese malestar de insuficiencia.


¿Acaso no era un buen hermano? ¿No hacía un buen trabajo como segundo príncipe? ¿Le daba demasiadas molestias al joven heredero?


¡¿Qué?! ¡¿Qué fue lo que alejó a su hermano de su lado?! ¡¿Por qué se había marchado sin más, dejándolo en la absoluta desolación?!


Jimin arroja todo lo que encuentra sobre las mesitas de centro y tocadores en un ruido sordo que altera a cualquiera que atraviesa el pasillo frente a la habitación. El dolor se mantiene fresco y reciente, por lo que aún no sabe con certeza cómo reaccionar. Las lágrimas siguen arremolinándose, le falta el aire, le duele el pecho y se siente mareado. Así que jadea, lo hace en busca de aire y consuelo a pesar de apenas recibir oxígeno para vivir. Sus piernas no lo soportan por mucho tiempo más y cae hincado golpeando violentamente el suelo con sus rodillas y uno de sus puños. Entonces grita, lo hace con tanto ímpetu y desconsuelo que termina en un silencio absoluto.


—¿Por qué duele tanto? —se cuestiona entre lágrimas, sollozando mientras se aferra a sus propios brazos.


Quiere a su padre y hermano de vuelta, pero solo cuenta con una madre encerrada en el extremo opuesto del castillo, intentando por sus propios medios lidiar con todo ese dolor.


Él la necesita, la necesita tanto que se sujeta el pecho mientras solloza con intensidad. Quiere de vuelta a su familia, quiere más tardes con su hermano, quiere más abrazos de parte de su padre.


«Soy codicioso» se reclama a él mismo, pensando en que alguien como él, tan poco merecedor de la felicidad, no debería tener ese tipo de reacciones.


Se hunde en la tristeza y aflicción que solo se rompe con el ruido estrepitoso de la puerta abriéndose, dando paso a un vestido de estilo petal y el sonido repiqueteante de tacones sobre el suelo de mármol.


—¿Jimin? ¡Hijo! —exclama en un grito su madre, apenas lo ve desde el marco de la puerta. La mujer había sido alertada por una de las noonas del rubio que no pasó por alto el llanto y los golpes dentro de la habitación.


—Mami.


Hace mucho que Park Jiyu no sentía a su hijo aferrarse con tanta desesperación a su falda. Así que se hinca a lado y lo abraza con torpeza, acariciando sus rubios cabellos y besando su frente con aflicción.


—Mamá está aquí, hijo. Dime qué sucede, ¿te encuentras bien? —Incluso ella siente su voz flaquear y lágrimas dando un caliente recorrido por su rostro.


—Me duele mucho, mamá —dice él en medio de su llanto, sollozando con auge mientras se aferra a sus delgados brazos.


Entonces ella se afirma con fiereza a lo poco que le queda de serenidad y raciocinio. Ya ha perdido a su compañero y a un hijo, no puede darse el lujo de perder al segundo.


—Lo sé, amor, sé que duele demasiado —susurra como respuesta.


—¡Nos dejó, él nos dejó! —grita desesperado, pataleando como nunca hizo ni cuando era solo un niño—. ¿Por qué fue tan egoísta? ¡¿Por qué no pensó en nosotros?!


—No puedes culparlo, Jimin.


—¡Es un mentiroso! Me mintió, dijo que estaríamos juntos por siempre y me mintió. ¿Por qué lo hizo?


La mujer no encuentra las palabras adecuadas para responder a su pregunta. El rostro bañado en gotas saladas y mocos, sus hermosos luceros destrozados por el llanto, labios hinchados y nariz rojiza; todo en su bello hijo le rompe el alma, le provoca más llanto y dolor del que se creía capaz de soportar. Así que se mantiene en silencio junto a él, abrazándolo con fuerza en lo que el sentimiento pasa y meciendo su cuerpo de un lado a otro como cuando era un pequeño príncipe temeroso de sus pesadillas nocturnas.


—Jimin, tu hermano no era el mejor tratando con sus problemas. Lo sabes, amaba escuchar y ayudar a otros, pero no podía superar y manejar sus propias emociones, mucho menos cuando la maldición cayó por completo sobre él —explica lentamente su madre, paciente ante el silencio que se alarga por varios minutos.


—Era un estúpido —responde él una vez se encuentra más tranquilo, retomando la compostura y limpiando su rostro con un deje de rabia.


Ella sonríe al escucharlo, negando sin detener las caricias. Sus hijos siempre fueron completamente diferentes y al mismo tiempo absolutamente compatibles.


Su primogénito siempre pareció haber nacido para liderar, tenía el carisma, la humildad y la autoridad de un líder en ascenso. Su confianza como madre y la confianza de todo el pueblo estaban puestas sobre el príncipe de cabellos dorados y ojos azules, y Jonghyun nunca los decepcionó; luchó contra uno de los peligros más grandes a los que se había enfrentado el pueblo solo para traerle paz a la gente que poco a poco era consumida por las tinieblas, lo hizo aún sabiendo que la maldición acabaría con él.


Su segundo hijo, por el contrario, nació con tanta gracia, bondad e inteligencia que parecía perfecto para ser el primer consejero de su hermano. Jimin siempre fue honesto, sumamente audaz, humilde y algo inseguro, vivía tranquilamente bajo el respaldo y la seguridad que le proporcionaba su hermano mayor y era feliz de ese modo, sin tanta exhibición, responsable de velar por las necesidades del pueblo que su hermano no era capaz de ver ante tantas preocupaciones de mayor magnitud.


Ahora con la partida de su primogénito no quedaban muchas opciones. El linaje de los Park solo tenía dos herederos y el pueblo de Beleriand no podía quedarse sin un líder, a expensas de la maldad y el horror que representaban las sombras.


—Quizás era un estúpido, pero ese estúpido nos amaba con locura. ¿Recuerdas cuando mataba arañas para ti? ¿Cuando se comía tus vegetales solo porque a ti no te apetecía hacerlo?


—Se supone que tú no deberías saber eso —dice él con cierto recelo, mas sus orbes se mantienen brillantes, amenazando con algunas gotas más que esperan impacientes para ser liberadas.


—Yo también extraño a tu hermano, hijo, pero debes dejar que el tiempo se encargue de lo que tenga que pasar. —Ella suspira, consciente del dolor taladrante que en ocasiones no los deja respirar—. Ya hemos pasado por esto antes, debemos ser fuertes mientras no sepamos cómo detenerlo.


—Lo sé, madre. —Ahí estaba de nuevo el tono firme y respetuoso de su hijo menor, aquello que le aseguraba que se estaba recomponiendo ante la pérdida.


Park Jiyu hace el amago de una sonrisa y acaricia las tersas y húmedas mejillas de su segunda creación. Se encuentra un poco más tranquila y puede salir de la habitación confiando en que no sucederá otra tragedia.


—Mis hijos son niños fuertes, tu padre y yo los criamos con todo el amor y cuidado que se les puede dar a una simiente y créeme cuando te lo digo, hijo, tú y tu hermano nunca nos han decepcionado, no hay día en que no me sienta orgullosa y afortunada.


Él tiembla imperceptiblemente y asiente, el nudo en su garganta ni siquiera hace el intento de desaparecer y su cabeza duele nuevamente.


—Gracias madre —dice con simpleza.


Jiyu siente el dolor físico ajeno y se pone de pie, ofreciendo su diestra para ayudar al menor a imitarla. No se cree capaz de soportar más tiempo en la asfixiante aflicción en esa habitación.


—¿Por qué no te das un baño? ¿Quieres que llame a alguien para que te ayude?


Jimin niega sosteniéndose del borde de uno de los muebles. La tarde avanzó a pasos agigantados y ahora el cielo nocturno se cierne sobre esas tierras, obligando a su gente a resguardarse dentro de sus hogares para descansar.


—No, madre, yo puedo encargarme.


La mujer asiente a favor y toma su mano antes de dar un apretón suave sobre ella.


—Está bien, sabes que cualquier cosa puedes llamar a mi puerta y yo responderé de inmediato.


—Lo sé, madre. Descansa.


—Tú también, hijo.


Ella se retira con una respetuosa venia que termina siendo mutua y al cerrar la puerta da una mirada a la mujer que la espera en la entrada para posteriormente perderse entre los pasillos del palacio, dejando al menor con un sentimiento insípido en el cuerpo y todos los sentidos alerta.


Jimin sale de la pieza que da al balcón real y se encamina a su habitación, buscando directamente su baño para tomar una larga ducha. El agua fresca le permite perderse entre recuerdos y visiones, donde las imágenes, colores, olores y sensaciones que emergen a su alrededor lo mantienen atento.


Si hay algo que representa al pueblo de Beleriand son sus dones espirituales, la percepción más allá de lo natural que tienen cada uno de sus habitantes y que los une en un complejo y equilibrado sistema incorpóreo. Los descendientes directos del linaje líder terminan siendo los de mayor preparación y capacidad para fusionar su estado mental, físico y psíquico.


El menor de los Park frunce el ceño con los párpados cerrados al sentir algo particularmente familiar, es un calor que le surge del pecho, un olor a hogar, un color turquesa y un susurro suave sobre su oído.


—“Búscame”.


Abre los ojos de golpe y toma su bata de baño a orillas de la tina antes de comenzar a rebuscar por toda la pìeza. Mueve, sacude y tira todo en los anaqueles a su alcance con tanta desesperación que se siente al borde de las lágrimas nuevamente.


—No puedo, no puedo encontrarte —dice tragándose un sollozo, sintiéndose sin fuerzas como para seguir—. Hermano, no puedo encontrarte.


La respuesta no tarda en llegar, tan clara y cálida como al principio. Su conexión con el mayor se mantiene tan intacta y fuerte como si estuviesen juntos aún y eso lo llena de un gozo inexplicable.


—“Mi corazón. —El rubio se toca el pecho, sintiendo su dije reposando entre sus clavículas con un diseño que compartían—. “Te amo”.


Las lágrimas caen calientes sobre sus tersas mejillas, pero él ya no se molesta en limpiarlas. Corre de vuelta a su habitación y toma la llave que oculta dentro de su dije para abrir un cajón oculto en su tocador. Allí, reservado del mundo y su codicia se encuentra la joya a juego y al abrirlo puede ver una diminuta pintura de ellos con un grabado detrás.


Su corazón late con tanta fuerza que se siente al borde de la muerte y hay un atisbo de felicidad en ese codicioso deseo. Quiere ver a su hermano y padre de nuevo, pero sabe que aún no es el momento.


—Gracias, hermano —dice a la nada, apretando el desgastado papel contra su pecho antes de colocarse ambos dijes—. Yo también te amo y te extraño. Juro por mi nombre, Jonghyun, que me encargaré de enaltecer su memoria y cuidar de nuestro pueblo. Nadie olvidará al príncipe de paz, es una promesa.


Ya no hay respuesta, pero Jimin puede sentirlo ahí, el calor intacto que le trae paz. Ya no se siente solo.







—Tengo un hermano —dice el joven de cabellos dorados y sonrisa gentil al chico que se encuentra de cuclillas dándole la espalda.


—¿Su majestad tiene un hermano? —cuestiona con cierto asombro, girando a verlo por algunos segundos. Sus enormes ojos de cervatillo brillan como una ventana abierta a sus emociones.


Jonghyun ríe, de esa manera cálida y completa que encanta a cualquiera que tiene la dicha de admirar.


—Así es, se llama Jimin. Es menor que yo, me atrevería a decir que tiene tu edad —explica, siendo apenas el inicio de una larga descripción de su otra mitad.


—¿Cómo es él? ¿Se parece a su majestad?


—Por supuesto, es mi hermano —responde entre risas suaves, poseedor de cierta elegancia innata—. Tiene el cabello rubio, ojos esmeraldas y una tierna nariz de botón. Creo que medimos lo mismo, aunque ambos preferíamos la diferencia de estatura de hace años. Sus bonitos ojos se cierran cuando sonríe y sus mejillas se rellenan cuando come.


»Le gusta la música y la danza, pero también la lucha cuerpo a cuerpo y con espada. Prefiere la pasta que el arroz, los platillos caldosos que los secos, el café dulce que el negro, los amaneceres que los atardeceres y la primavera que el invierno.


»Es alguien de gustos establecidos, si algo se vuelve su favorito lo será por siempre. Si hablamos de color sería el azul, en animal el conejo, de instrumentos los de cuerda, preferentemente el violín. Adora los extremos de la vida y llora ante su presencia, los nacimientos le dan felicidad incontenible y los decesos una tristeza insoportable.


»Prefiere el pollo que la carne, ama las papas y odia las calabazas, su vestuario favorito es aquel que se asemeja más al de nuestro pueblo y en realidad ama hablar con ellos, conocer sus necesidades y socorrerlas.


»Creo que si me preguntaras por él, diría que es mi otra mitad, es mi hermano de sangre y de alma, compartimos algo más que un vínculo espiritual familiar. Los tres años de diferencia entre mi hermano y yo no son nada para toda nuestra vida juntos.


—Su majestad parece querer demasiado a su hermano menor.


Jonghyun sonríe, de esa manera cálida y nostálgica que dice todo y nada al mismo tiempo.


—Daría mi vida por él sin dudarlo —responde a cambio.


—¿Por qué me habla de su otra mitad tan de la nada?


El de cabellos rubios y ojos azules se lo piensa, temiendo desde lo profundo de su corazón a que suceda el peor de los escenarios en cuanto tome su lugar como líder del pueblo.


—Supongo que porque aún no sabemos qué sucederá en el futuro. Puede que un día te lo encuentres o que él te esté buscando, por lo que será necesario que sepas cómo se ve físicamente.


—¿Podré identificar al segundo príncipe con solo un vistazo?


—Por supuesto, Jimin es de las joyas más bellas que tiene Beleriand. Lo identificarás por su belleza, su porte y su mirada. No he visto unos ojos como los de él en ningún otro habitante. Posee los luceros esmeraldas más hermosos que puedas imaginar, su boquita es como la de un patito, incluso mamá lo llamó así durante mucho tiempo. —Toma una pausa, tratando de grabar esa imagen mental con el sentimiento de amor y nostalgia intactos—. Lo sabrás no tanto por lo que veas, sino por lo que te haga sentir. Mi hermano tiene un poderoso don espiritual, es mucho mejor que el de cualquier habitante.


—Nunca he sentido un don espiritual —exclama el otro en un suspiro y Jonghyun no puede evitar sonreírle con ternura.


—Es algo que no puedo describir, pero indudablemente sabrás identificarlo.


—Entiendo… o eso creo.


El silencio se instala, de una manera cálida y cómoda que les permite disfrutar de la compañía del otro por algunos minutos.


—Tengo que irme, pequeño —anuncia tomando su espada y sintiendo la pesada mirada ajena de inmediato.


—Vaya con cuidado, su majestad.


Jonghyun admite para sí mismo el respeto y admiración que siente su menor por él y es precisamente eso lo que le hace tomar una decisión.


—¿Puedo pedirte un deseo?


—¿Un deseo? —El rubio asiente—. Su majestad está en la posición de elevar su voz y yo obedeceré a su palabra.


—Tómalo como mi última voluntad, es un deseo que tengo no para mí, sino para mi otra mitad . —El chico lo mira confundido y él solo sonríe.


—No estoy entendiendo.


—No necesitas hacerlo, solo quiero que tengas esto presente. En cuanto seas conocedor de mi ausencia quiero que cuides de mi hermano justo como lo has hecho conmigo. Él es mi complemento, parte de mí vivirá en él y quiero que lo protejas.


—Es una asignación de la que no soy merecedor, su majestad —responde con una rodilla en el suelo y la mirada gacha—. El segundo príncipe merece ser cuidado por alguien más capaz, más fuerte y más hábil.


El rubio niega tomando su espada enfundada para golpear con ella el hombro ajeno.


—Mi hermano merece a alguien valiente, bondadoso y humilde, justo como lo es él, justo como lo eres tú. —Se agacha imitando su postura y le mira con profundidad, nuevamente, diciendo todo y nada al mismo tiempo—. Todo lo que tú has dicho son cualidades que podrás desarrollar con los años, lo que yo busco son valores con los que nacemos y vamos cimentando.


—¿Su majestad está seguro de esto?


—Por supuesto, por eso te lo pido.


El chico suspira y lo que hay en su corazón no cree poder expresarlo con palabras. Hay felicidad, orgullo, temor, desconcierto, coraje e incertidumbre.


—En ese caso, juro solemnemente dar lo mejor de mí para cuando el momento llegue, cuidar de su otra mitad con todo el anhelo y valentía que habite en mi corazón y dar mi vida por él al igual como usted lo hubiese hecho.


Jonghyun sonríe, poniéndose de pie y correspondiendo a la venia que recibe del más joven.


—Muchas gracias, pequeño. Mi hermano y su bienestar quedan en tus manos.