Cosas del corazón

Summary

En su coche, a punto de dar a luz, Camila Cabello estaba desesperada... hasta que apareció Lauren Jauregui. Como una visión, la mujer vestida de esmoquin consiguió tranquilizarla y Camila le confió lo más preciado de su vida... Cuando Lauren le ofreció su casa a ella y a su recién nacida hija, Camila aceptó el ofrecimiento. Pero cuando le ofreció su apellido, se lo pensó. ¿Por qué aquella mujer tan atractiva y generosa creía que no merecía encontrar el amor? ¿Y cómo podía ella convencerla de lo contrario? Lauren G!P Adaptación

Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1

Lauren Jauregui había llegado al altar, pero tenía un pequeño problema: le faltaba la novia. Las velas seguían apagadas, su futuro indeciso por el repentino cambio de opinión de su prometida.


Lauren se arrancó la flor del ojal y la tiró al suelo antes de reconocer el solitario pasillo de la iglesia.


-Parece que no me quiere -murmuró.


Samuel Campbell, su socio y mejor amigo, esperaba apoyado en la puerta.


-No tenías por qué haber pasado este mal trago.


Aunque había sido incómodo soportar las caras de compasión de sus amigos y familiares, Lauren no podía marcharse sin dar explicaciones.


-Era mi boda y mi responsabilidad.


-¿Sabes por qué no ha parecido Stephanie?


Lauren metió el dedo en el cuello de la camisa, que durante la última hora le había parecido una soga.


-Porque le dije que no pensaba dirigir la empresa de mi padre.


Samuel lanzó un silbido.


-Para Stephanie la posición social es lo más importante.


Lauren frunció el ceño, preguntándose cuándo se había dado cuenta Samuel de algo que ella había descubierto recientemente.


-Pero para mí no. Anoche cuando se lo dije, me dio un ultimátum.


-Entonces, ¿sabías que no iba a venir?


-Ya conoces a Stephanie. Cambia de opinión constantemente -contestó Lauren, pasándose la mano por el pelo-. ¿Crees que estaría aquí si hubiera pensado que no iba a presentarse?

-¿Y qué vas a hacer?


-Nada -se encogió Lauren de hombros. Se preguntaba por qué no había visto antes los diferentes que eran Stephanie y ella-. Se ha terminado.


-¿Estás segura? -preguntó Samuel.


Lauren no sentía pena por haber perdido a Stephanie, pero su orgullo había quedado mal parada.


-Sí, estoy segura.


Fuera lo que fuera lo que sentía por Stephanie, había muerto. Solo entonces Lauren pudo admitir que nunca la había amado. Y tampoco Stephanie la había amado a ella. De hecho, Lauren dudaba que el tan traído y llevado <<amor>> existiera.


Le daba igual que Stephanie la hubiera dejado plantada en el altar y estaba harta de hacer lo que todo el mundo esperaba que hiciese. Se había terminado. Desde aquel momento, haría lo que le viniera en gana. No necesitaba a nadie, ni quería a nadie.


Samuel hizo un gesto con la mano. -Los periodistas tienen a tu familia acorralada. Lauren no se sorprendió. Su padre era uno de los empresarios más importantes de Dallas y su madre solía aparecer en las páginas de sociedad.


-No te preocupes. Ellos sabrán cómo salir del atolladero. Como siempre, las cámaras habían elegido a sus padres antes que ella.


-Sal por la parte de atrás. Yo te esperaré en la camioneta -sonrió Samuel-. Venga, te invito a una cerveza. A lo mejor tenemos suerte y encontramos un par de gemelas.


Lauren negó con la cabeza.


-No quiero saber nada de mujeres.


-Ya veremos lo que aguantas.


-En serio, no tengo interés. Todas las mujeres son iguales, altas, bajitas, morenas o rubias -dijo Lauren-. Da igual. No dan más que problemas.


Samuel miró a su amiga con una sonrisa comprensiva.


-Se te pasará.


-No, en serio. No necesito a ninguna mujer.


-Vale, lo que tú digas. Nos encontraremos en el Bull Pen -se despidió Samuel.


Lauren salió de la iglesia con las manos en los bolsillos. La hierba reseca crujía bajo sus pies y unas amenazadoras nubes grises cubrían el cielo vespertino.


Iba preguntándose por qué había querido casarse con Stephanie. Aunque el deseo y los intereses sociales no eran los mejores razones, sus propios padres habían basado en eso su matrimonio. Y, aparentemente, ella había decidido hacer lo mismo. Pero ya no le parecía suficiente.


Decidido a ignorar el aire helado de febrero y el golpe que había recibido su orgullo, siguió caminando.


Solo había recorrido dos manzanas cuando el ruido de unos neumáticos la hizo pararse en seco. Un coche marrón con un faro roto se dirigía hacía ella a toda velocidad, cómo si hubiera perdido el control. Lauren se apartó de un salto y cayó rodando sobre la acera.


Unos segundos después, se levantó y lanzó una maldición al ver que conducía una mujer.


Cuando el dolor desapareció, Camila Cabello miró a través del parabrisas a la mujer que se levantaba del suelo. Tenía la expresión de alguien que iba a liarse a golpes con quien había estado a punto de atropellarla, pero como la conductora era una mujer embarazada a punto de dar a luz, Camila esperó que se lo tomase con calma.


La mujer, vestida de esmoquin, se acercó a la ventanilla con un brillo de furia en sus ojos verdes.


-¿Pero qué demonios hace?


-Lo siento mucho.


-¿Por qué no conduce con más cuidado?


-Mire, lo siento... -una nueva contracción hizo que Camila no pudiera terminar la frase. Después de tres falsas alarmas durante la última semana, se había negado a ir al hospital hasta que estuviera completamente segura, pero en aquel momento lamentaba haber esperado tanto. Camila miró su reloj para comprobar cuánto tiempo había pasado desde la última contracción.


La mujer se inclinó sobre la ventanilla y puso las manos sobre su hinchado abdomen.


-¿Está de parto?


-Sí -consiguió decir Camila, sujetando con fuerza el volante. La mujer de esmoquin parecía incómoda, como si aquello fuera una molestia para ella. Aunque Camila tampoco deseaba su ayuda.


-Espere aquí. Voy a llamar a una ambulancia.


Camila sujetó su mano cuando ella iba a darse la vuelta.


-No, déjalo. Ya me las arreglaré.


Ella la miró, sorprendida.


-Pero si ha estado a punto de atropellarla.


-<<A punto>>. Pero no la he atropellado.


En el rostro de la mujer apareció algo parecido a una sonrisa.


-Dada su condición, no debería seguir conduciendo.


-Sí mi abuela podía trabajar en el campo estando de parto, tener a su hijo y después irse a hacer la cena, yo puedo llegar al hospital -dijo ella, muy decidida-. Gracias, pero tengo que irme.


Camila intentó subir la ventanilla, pero recordó que estaba rota. En ese momento, le sobrevino otra contracción y tuvo que morderse los labios.


-No va a ir a ninguna parte -dijo la extraña entonces abriendo la puerta.


-Estoy bien - intentó decir Camila-. Se me pasará enseguida.


Pero sabía que no era cierto. Y se preguntaba cuánto tiempo podría aguantar.


-Mire, señora, no tengo ganas de discutir. He tenido un mal día.


-Puede marcharse. No necesito su ayuda.


-Ese niño está a punto de nacer y usted no va a seguir conduciendo -replicó ella.


-Pero tengo que ir al hospital...


-Entonces, tendré que llevarla yo.


La mujer la sacó del coche en brazos como si no pesara más que una pluma y Camila no tuvo fuerzas para protestar. A pesar de sus rudas maneras, tener a alguien cerca la tranquilizaba un poco.


Y se sentía segura en sus brazos, mucho más segura de lo que era sensato. Camila sentía un inexplicable deseo de apoyar la cara sobre aquellos poderosos hombros y dejar que ella se encargara de todo. Pero era absurdo, ella nunca volvería a confiar en otro.


Camila se apartó el pelo de la cara, confusa por su reacción ante aquella desconocida.


-Todo el mundo sabe que las primerizas tardan mucho, así que no pasará nada. Déjame en el suelo y yo misma iré al hospital.


La mirada que la extraña lanzó sobre ella disolvió cualquier esperanza de que la soltara.


-He dicho que voy a llevarla al hospital -insistió ella. Aunque su tono era impaciente, aquellas manos grandes y fuertes la tranquilizaban. En ese momento volvió a sentir otra contracción y cerró los ojos, enterrando la cara en su hombro-. Relájese y confíe en mí, no le va a pasar nada.


-Ya -murmuró.


No podía confiar en ella porque el único hombre en el que había creído la había abandonado, dejándola herida... y embarazada.


Camila cerró los ojos para evitar las lágrimas, diciéndose a sí misma que debía ser fuerte.


-¿Ha visto nacer algún potrillo? -preguntó ella entonces-. Nacen de forma natural y la madre no necesita ayuda de ninguna clase. La naturaleza se encarga de todo -añadió, acariciando suavemente su espalda-. ¿Ha terminado la contracción?


Camila abrió los ojos y se dio cuenta de que el dolor había desaparecido. Su ronca voz femenina la había hecho olvidarse del dolor que parecía partirla por la mitad.


-Sí, gracias. Puede dejarme en el suelo.


-Ya -dijo ella, sin soltarla.


Después de dar la vuelta al coche, la sujetó con una sola mano y abrió la puerta con la otra.


-Espere, voy a vomitar - murmuró. Camila cerró los ojos y respiró profundamente-. Vale. Creo que se me ha pasado.


-Muy bien. Entonces, Vamos al hospital.


Aquella extraña había aparecido en su vida y, de repente, tomaba las riendas, cómo había hecho el padre de su hijo antes de abandonarla.


-Espere -dijo entonces Camila-. No la conozco.


No puede subir a mi coche.


-No soy una delincuente. Soy la doctora Lauren Jauregui. ¿Quiere que le enseñé mi carné de identidad? -preguntó ella, impaciente. Camila negó con la cabeza. Era médica, gracias a Dios, pensó. Ella la dejó sobre el asiento y le colocó el cinturón de seguridad-. ¿Qué tal está? -preguntó. Sus caras estaban muy cerca, casi rozándose.


-Bien -empezó a decir Camila, pero tuvo que sujetarse el vientre cuando llegó una nueva contracción.


Lauren cerró la puerta y le dio la vuelta al coche. Aguantando el dolor, ello lo observó echar el asiento hacia atrás para poder meter sus larguísimas piernas.


-¿A qué hospital vamos?


-Al hospital Mercy -contestó Camila cuando la contracción terminó.


Después de dos intentos, ella consiguió poner en marcha aquel cacharro. Conducía en silencio, con movimientos seguros y eso la tranquilizaba.


No podía culpar a Lauren Jauregui de su situación, ni de que Diego, su prometido, le hubiera abandonado cuando se negó.


-¿Tiene frío? -preguntó Lauren, subiendo la calefacción.


Camila intentó apartar de su mente los desagradables recuerdos y se concentró en la mujer que la llevaba al hospital.


-¿De dónde viene vestido así?


-De una boda -contestó ella, sin mirarla.


-¿La boda de quién?


Lauren se quitó la pajarilla con una mano y la guardó en un bolsillo de la chaqueta.


-La mía.


-Lamento tener que decirte esto, doctora Jauregui, pero parece que ha perdido usted a su novia -intentó bromear Camila.


La mirada que Lauren lanzó sobre ella podría rivalizar con el sol de Texas en agosto.


-¿Se encuentra mejor?


-Un poco. ¿Qué ha pasado?


Lauren apretó el volante con fuerza.


-Una cambio de planes a última hora.


Camila miró por la ventanilla. Había pensado que la doctora Jauregui parecía diferente de los demás, pero no podía dejarse engañar por una cara bonita.


-¿Idea suya?


Lauren se acercaba a un semáforo en rojo y después de comprobar que no había peligro, se lo saltó.


-No.


En ese momento, empezó otra contracción. Cada vez eran más seguidas.


-Más deprisa. Por favor, vaya más deprisa.


Lauren le puso las manos sobre el vientre y Camila observó los largos dedos de la mujer.


-Sujétese -dijo ella entonces pisando el acelerador.


Camila no dijo nada.


Obviamente, ella sabía lo que estaba haciendo. O eso esperaba. La idea de depender de una persona la asustaba, pero no tenía elección. Aquella mujer era médico y, si no llegaban a tiempo al hospital, tendría que ayudarla a dar a luz... en el coche.


-Estamos llegando - dijo Lauren, ahogando una maldición. Lo último que le apetecía era estar metida en aquel lío, pero no podía dejar sola a una mujer a punto de dar a luz.


Ella lanzó un gemido.


-Pare. No puedo más.


-¿Cómo te llamas? -preguntó Lauren entonces, tuteándola.


-Camila Cabello.


-Relájate, Camila. Estamos llegando.


-No puedo relajarme -gimió ella-. El niño está a punto de salir.


-No puedes tenerlo en el coche. Espera un momento, no empujes.


Camila apretó las piernas, haciendo un gesto de dolor.


-No puedo esperar -murmuró, apretando los dientes-. No puedo.


Lauren paró en el arcén.


-Voy a colocarte en el asiento de atrás -dijo, saliendo del coche. Su olor la envolvió cuando la tomó en brazos y Lauren se preguntó tontamente cómo una mujer podía oler tan bien en aquella situación-. ¿Mejor? -preguntó, cuando estuvo tumbada en el asiento trasero.


Ella la miró con los ojos muy abiertos, aterrada, y Lauren se dio cuenta de que quería ayudarla, quería protegerla. Y eso la sorprendía.


Camila se sujetó al asiento y empezó a gritar. Lauren miró su reloj. En aquel momento, debería estar brindando por su futuro con Stephanie en copas de cristal de Bohemia. Pero decidió no pensar en eso mientras se quitaba la chaqueta y se subía las mangas de la camisa.


-Me alegro mucho de que seas médica, Lauren, pero la verdad es que me duele tanto que me daría igual que fueras fontanera.


-Me alegro porque soy veterinaria -sonrió ella.


Camila apretó su mano con fuerza.


-Este no es momento para bromas.


-No estoy de broma.


Ella la miró, horrorizada.


-¿Sabes lo que tienes que hacer?


-Claro -la tranquilizó ella, apartando un mechón de pelo de su cara. Aquel era el último sitio en el que deseaba estar, pero ¿qué mejor forma de terminar el peor día de su vida que en medio de la calle, con una mujer a punto de dar a luz?


-¿Has hecho esto antes?


-No te preocupes, todo va a salir bien.


Su confianza pareció aliviar un poco la angustia de Camila.


-No tengo elección -murmuró.


-Tengo que comprobar la posición del niño.


Ella se puso colorada, pero asintió con la cabeza. La pobre chica debía estar aterrorizada, pero mantenía la calma, algo que su prometida... ex prometida no habría sido capaz de hacer. Lauren tenía que admitir que admiraba su coraje.


Después de mirar alrededor para comprobar que no había espectadores, Lauren apartó lo que le estorbaba y comprobó que Camila tenía razón. La cabeza del niño estaba asomando.


En ese momento, se percató de la enormidad de la situación. Ella estaba acostumbrada a atender los partos de las yeguas, pero aquello no era un potrillo, era un ser humano. El niño de Camila había decidido nacer allí mismo, le gustase a ella o no.


-¿Qué ves? -preguntó Camila entonces.


Lauren tuvo que contener una carcajada nerviosa. Dudaba que ella apreciase su sentido del humor en aquel momento.


-La cabeza del niño.


-De la niña.


-Tendré que ver el otro lado para estar segura de esto -sonrió ella.


-Pues creó que estás a punto de verlo -gimió Camila empujando.


-Empuja un poco más. Ya casi está -dijo ella, sujetando la cabecita.


Camila lanzó un grito de agonía cuando salían los diminutos hombros, sujetándose al asiento. Unos segundos después, Lauren tenía a la niña en brazos y comprobaba ansiosamente que su nariz y su boquita estaban limpias y podía respirar.


Pronto los gritos de la recién nacida se mezclaron con las lágrimas de su madre. Al contrario que los silenciosos nacimientos de potros a los que estaba acostumbrada, la música de la vida pareció bañar a Lauren en aquel momento y cuando miró el diminuto milagro que tenía en los brazos, se emocionó. Había visto cientos de criaturas recién nacidas antes, pero nada tan pequeño y tan frágil. ¿Por qué tener aquella cosita en brazos hacía que le resultase difícil respirar?


En ese momento, la niña abrió los ojitos y lo miró. Y Lauren sintió como si un caballo lo hubiera coceado.


Había traído una niña al mundo.


-¿Qué sucede? -escuchó la voz asustada de Camila.


Intentando sujetar al escurridizo bebé entre las manos, Lauren tomó la chaqueta y la envolvió en ella.


-Nada. Es una niña.


-¿Está bien?


-Es perfecta -contestó ella con voz ronca, mirando la mano diminuta de aquel nuevo ser humano.


Después de darle la niña a Camila, se quitó el cordón del zapato y ató el cordón umbilical. Dejaría que fuera el médico quién cortase el lazo que ataba a madre e hija.


Lauren miró a Camila con su hija en brazos. Entonces supo que nunca olvidaría a aquella niña ni el indudable amor que se reflejaba en el rostro de la mujer. Quizá el amor existía después de todo... al menos, entre una madre y su hijo.


Aquella madre y aquel hijo.


Camila sonrió, acariciando la carita de la niña.


-Lauren, ¿Cuál es tu nombre completo?


-Lauren Michelle Jauregui -contestó ella.


-Entonces, se llamará Alexandra Michelle.


-No tienes que hacer eso -murmuró ella, con un nudo en la garganta.


-Pero quiero hacerlo.


-Es un nombre muy largo para una niña tan pequeña -sonrió Lauren-. Podrías llamarla Alexa.


-Me gusta más Alexandra.


Lauren se encogió de hombros. La niña estaba bien. Camila estaba bien. Eso era lo importante.


Mientras las observaba, un sentimiento protector la invadió.


-Será mejor que vayamos al hospital.


Sus miradas se encontraron en ese momento.


-Gracias por todo, Lauren -dijo Camila.


Sorprendida por la ternura que aquella mujer despertaba en ella, Lauren cerró la puerta del coche y se colocó tras el volante.


Lo que le estaba pasando era lógico. No todos los días se traía un niño al mundo en medio de la calle. Y después de que su novia la dejara plantada en el altar. Mientras arrancaba el coche, Lauren escuchaba a Camila murmurarle cosas a la niña en voz baja. Aquel sonido tocaba su corazón, despertando algo que nunca había sentido. Pero su trabajo habría terminado cuando la dejase en el hospital.


Y después se iría a casa. Sola.