🪷La Marca
Las enormes puertas se abrieron y el eco del chirrido que provocó se hizo escuchar por toda la gran casona alertando a la única habitante que su señor había llegado.
La auto nombrada sirvienta se acercó a paso apresurado para retirar la capa de su propietario, la colgó y le siguió hasta el comedor para posteriormente colocar el plato de comida que preparó para él hacia unos instantes.
-Sabes que no me gusta comer sólo. - Pronunció el hombre por primera vez desde su llegada.
-Disculpe, señor Sesshomaru. - Se dirigió a la cocina y sirvió su propio plato con un mínimo de comida. Hubiera preferido no cenar esa noche pero lo que decía su señor se tenía que acatar al momento y si él pedía cenar en su compañía, ella lo haría.
Una vez sentada a su diestra comenzó a ingerir en silencio los alimentos bajo la atenta mirada del barón de platinada cabellera.
-¿Solamente eso piensas comer? - Preguntó con su autoritaria voz de tono grave.
-Es lo suficiente por esta noche, señor. - Contestó ella.
Sesshomaru no dijo nada más y mientras ambos cenaban acompañados por un cómodo silencio la chica se perdió en sus pensamientos. Estaba por cumplirse un año desde su llegada a esa casa y recordaba perfectamente bien el día y lasituación en que ocurrió.
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Los gritos de auxilio se escucharon el día que su aldea había sido atacada de manera salvaje por unos saqueadores en donde sus amigos, vecinos, conocidos, tíos, sus padres y su hermano habían sido brutalmente asesinados, quemaron la aldea completa incinerando los cuerpos, negándole el derecho de v elar y enterrar a su familia.
Recordaba las voces de niños y mujeres suplicando piedad, solamente un poco de clemencia que fue cruelmente desestimada. Las únicas sobrevivientes habían sido ella y otras 9 jóvenes que llevaron consigo los bandidos, pero no eran más que carne para ellos. Fueron tomando una por día, violandolas sin reparo todos por montón de una manera tan inhunama que aún sentía arcadas al recordarlo, era grotesco ver la imagen de tantos hombres deshonrando sus virginales cuerpos al mismo tiempo, incluso cuando sus corazones habían dejado de latir a ellos parecían no importales, no las soltaban hasta haber quedado completamente saciados.
Dos de esas diez mujeres habían sido seleccionadas para venderlas, eran las únicas "prohibidas" por sus rasgos orientales, Kagome y su prima Sango un año mayor que ella. Los habían escuchado decir que no podían profanarlas ya que valían más vírgenes para el maldito y pervertidos rey, sin embargo esa fue la razón por la que Sango se había armado de un absurdo valor llevando siempre la contraria, pero lo que la llevó a la perdición fue cuando habían asesinado a todas las jóvenes quedando solamente ellas dos y para calmar su lívido quisieron ultrajar a Kagome de manera rectal para no dañar su pureza, la mayor de las primas no podía soportar tal acto sin hacer nada por ella y aún sabiendo las consecuencias, atacó por la espalda al agresor principal con una espada que robó en ese instante a otro de los ladrones que se encontraba ya con los pantalones abajo masturbándose mirando la escena. Logró atravesar el pecho del infeliz aquel dándole muerte, pero acto seguido otro hombre la golpeó directamente en el rostro haciéndola caer de espaldas, por desgracia su cabeza chocó contra una gran roca que le arrebató la vida.
Kagome gritó y lloró la pérdida de la última persona que le quedaba en el mundo. Aunque los ladrones se molestaron por la pérdida monetaria que la muerte de Sango conllevaba, su lujuria no había cesado y sin dudarlo mucho la descargaron en el cuerpo inerte de la mayor.
Mientras los asquerosos salvajes profanaban el cuerpo de Sango, el líder de esos siete despiadados aún semidesnudo después de salir de la vagina de su prima quiso continuar lo que Mukotsu había comenzado con Kagome. La levantó con brusquedad del suelo sin importarle en lo más mínimo que lloraba desconsolada por la muerte de su prima, la menor forcejeo y gritó tanto como pudo para evitar que llevara a cabo sus pervertidas intenciones, intentó pelear como lo había hecho su prima pero sus intentos fueron en vano, Bankotsu era más fuerte, no por nada era el líder de la banda más temida. El moreno había roto ya su sencillo vestido y con una mano apretaba a Kagome contra su cuerpo para evitar que escapara y con la otra mano estrujaba sus pechos de manera brutal haciéndola gritar más de desesperación y dolor. La pobre chica cerró los ojos con fuerza deseando morir al igual que su familia cuando de un momento a otro aquella prisión que eran los fuertes brazos de Bankotsu aflojaron su agarre y sintió algo cálido escurrir por su cara y pecho, se atrevió a abrir los ojos y a sus pies miró la cabeza de su captor mientras el cuerpo se desplomaba al suelo junto a su cráneo.
Dirigió la vista al frente y ahí se encontraba un hombre desde su caballo con la espada desenvainada y la hoja escurriendo de sangre. Él la miró desde arriba y en sus ojos dorados encontró lo que tanto había pedido; piedad.
Uno de los bandidos notó lo que acababa de suceder cuando intentó cambiar de posición con el cuerpo de la chica muerta pero antes de que pudiera siquiera decirle a sus hermanos, el recién llegado bajó de su caballo y movió su espada con tal agilidad y gracia que en cuestión de nada todos los perversos habían caído al suelo sin vida.
La violación que llevaban a cabo fue la distracción perfecta para derrotar a la temible banda responsable de tantas aldeas destruidas, esos tipos eran casi sobrenaturales por la fuerza, astucia y la manera tan sanguinaria de atacar. Pero este hombre de verdad parecía irreal, dejando de lado el hecho de que con una sola espada realizó sin esfuerzo aparente lo que montones de guerreros no lograron, su físico se asemejaba más al de un ser celestial que a un humano; sus duras y elegantes facciones, su altura y porte, cuerpo atlético a simple vista sin llegar a lo grotesco, su cabellera larga y plateada acompañada por sus enigmáticos ojos dorados, era simplemente el hombre más atractivo que había visto jamás. Llegó a pensar que quizás estaba muerta y él era un ángel enviado por los dioses para llevarla al edén.
-¿Cuál es tu nombre? - preguntó él después de verificar el estado de la joven que yacía en el suelo completamente desnuda.
-Kagome. - Contestó ella dándose cuenta que no había muerto y que en todo este tiempo no había dejado de llorar.
-Eres libre, Kagome. Ve a casa, tu familia seguramente estará preocupada.
-Mi... mi casa... Mi familia... Ellos... - Soltó el llanto con más fuerza y el hombre lo comprendió inmediatamente.
-Entiendo. - Se acercó a ella y sacó de su bolsillo un pañuelo para limpiarle el rostro de la sangre de aquel maldito. - Ah-Un, ven. - Llamó a su caballo y tomó el abrigo que se había quitado cuando escuchó los gritos de la joven para poder cabalgar a galope, se lo colocó en los hombros y lo abrochó para sustituir el vestido roto de la chica. - Te ayudaré si así lo quieres.
Ella solamente pudo asentir, no lo conocía pero si la había salvado de su infortunado destino en manos de Bankotsu, estaba dispuesta a confiar ciegamente en su salvador. Después de sepultar el cadáver de su prima lejos de la escena de los bandidos, subieron al caballo y cabalgaron hasta el anochecer en completo silencio, el joven comprendía que era muy pronto para que ella quisiera hablar de lo sucedido y respetó su luto. Prendió una fogata y le pidió a la chica descansar durante la noche, seguirían su camino al amanecer, y lo intentó, de verdad intentó dormir pero a penas cerraba los ojos y las imágenes de tantas muertes, golpes y violaciones llegaban a ella haciéndola temblar. El ambarino lo notó y aunque lo dudó un poco se acercó a ella y la recargó en su pecho para intentar darle la seguridad que probablemente necesitaba después de tan traumática experiencia.
-Mi nombre es Sesshomaru y no permitiré que vuelvas a vivir algo similar. - Comentó él cuando la sintió tensarse con su cercanía.
Su voz le trajo la tranquilidad que su alma necesitaba y por acto reflejo se aferró a su ropa en un abrazo para evitar que durante la noche se alejara de ella, al poco tiempo se encontraba dormida sobre el pecho masculino.
A la mañana siguiente continuaron con su camino, después de varias horas llegaron por fin a una vieja construcción, elegante aunque algo descuidada. La casona era propiedad de Sesshomaru, pero para sorpresa de Kagome era el único que vivía ahí, incluso el pueblo más cercano estaba a un par de kilómetros de distancia.
Una vez adentro Sesshomaru le destinó una habitación y aunque le dijo que ella podía hacer y deshacer a su gusto, ella inmediatamente asumió el papel de moza, no era lo que Sesshomaru había pedido pero ella insistió en pagar con sus servicios tal acto de bondad. Después de un par de meses de pedirle que dejara de tratarlo como si fuera su dueño, se dio por vencido y se acostumbró a la compañía tan servicial de la joven que había ayudado.
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-¿Estás bien? - Preguntó sacándola de sus recuerdos no muy gratos.
-Sí, disculpe. - Respondió después de sacudir levemente la cabeza. - Solamente recordaba.
-No volverás a estar sola. - Dijo dándole un ligero apretón en la mano que descansaba sobre la mesa.
-Se lo agradezco, mi señor. - Respondió bajando la cabeza con respeto, ocultando bajo su flequillo el sonrojo que apareció tan inoportunamente.
Esto venía ocurriendo con más frecuencia cada vez, trataba de evitar verle a la cara e incluso sus pláticas habían pasado a ser más escasas y breves. La presencia del platinado la descolocaba y la volvía torpe.
-Subiré a mi habitación, quiero darme un baño. - Dijo él al notar la actitud evasiva de la joven.
Por la mente masculina cruzaban infinidad de preguntas respecto a la nueva postura de Kagome, ya no le sonreía o preguntaba por su día, ya no lo esperaba en la puerta con una sonrisa y aunque hacía todo por complacerlo como a un rey, no era lo que él quería, él no buscaba una esclava cuando la rescató. ¿Por qué había cambiado? ¿Qué hizo él para que ella se alejara? ¿Había conocido a alguien? ¿Se había aburrido de su compañía? ¿Estaba pensando en dejarlo? ¿O a caso había descubierto...?
No, era simplemente imposible.
Con ese pensamiento se puso de pie con el ceño fruncido.
-Solamente recojo la mesa y alistaré la tina para su baño, señor.
-Deja la mesa, lo haremos mañana. Si no te molesta quisiera que me ayudaras a tener el baño lo antes posible, me duele la espalda y necesito relajarme. - No era una orden y Kagome lo sabía, sin embargo ella haría todo lo que Sesshomaru le pidiera como si de cumplir una ley se tratara.
-Como usted diga. - Puso las manos al frente y comenzó a caminar delante de él hasta la habitación de Sesshomaru para preparar la tina, las esencias y los utensilios de aseo.
Una vez en la habitación mientras la chica hacía su labor, él se quitó la parte superior de su vestimenta quedando con el torso desnudo. La veía tan concentrada en lo que hacía y su mente viajó a aquel día que llegó a su vida.
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Los gritos desgarradores llegaron a sus oídos, olía a sangre, cúpula, miedo y desesperación.
Pudo haber seguido con su camino, pudo haber ignorado lo que sucedía porque la maldad siempre ha existido y seguirá hasta el fin de los tiempos, así que ¿para qué mover un dedo? No era su responsabilidad y tampoco se sentía de humor después de la incómoda y obligatoria visita a su medio hermano para evitar que siguiera cortejando a la hija del rey, si él se llegase a enterar lo mandaría matar inmediatamente, conocía perfectamente bien a Inuyasha y sabía que no le pondría las cosas fáciles al ejército, incluso era capaz de derrotarlo si utilizaba la espada de su padre pero eso no era una opción viable, aun si el rey aceptara la relación por su condición como mestizo ni siquiera la marca que realizara Inuyasha a la princesa Kikyo como su mujer le ayudaría a evitar la efímera vida de ella, lo que en algún momento levantaría la sospecha del por qué "el nuevo rey" no envejece como lo haría cualquiera, delatando así su verdadera naturaleza y eso era algo que tenía que evitar porque su padre antes de morir le ordenó protegerlo, sin embargo todo argumento que Sesshomaru intentó hacerle entender fue en vano, su medio hermano estaba loca y profundamente enamorado de aquella dama. Él no se quedaría a ver caer al último de los Taisho.
El caballo dio un par de pasos siguiendo su propio camino, pero el incesante llanto lo hizo parar apretando las riendas en sus manos. Retiró precipitado su abrigo y comenzó a cabalgar a galope sobre Ah-Un hasta donde se estaba llevando a cabo uno de los actos más cobardes. El hedor de la excitación era insoportable, miró como 5 hombres violaban a una mujer tirada en el suelo y a otro maldito forcejear con una joven desnudándola y cuando las asquerosas manos del bandido apretaron los pechos de la chica, una rabia inexplicable le invadió y su cuerpo se movió casi por sí solo sacando su espada y cortando de tajo la cabeza del infeliz. Un par de ojos azules se cruzaron ante sus dorados y algo en su pecho se estrujó al pensar que llegó a considerar dejarla a su infortunada suerte. Bajó de su caballo y sin ninguna dificultad acabó con todos los cobardes, después de comprobar el lamentable estado de la segunda mujer supo que había muerto incluso antes de ser violada.
Había liberado a la joven de mirada triste y aunque pudo no haberlo preguntado fue lo primero que hizo
-¿Cuál es tu nombre?
-Kagome. - Le escuchó decir con tono entrecortado sin dejar de derramar lágrimas.
Le dijo que fuera a casa con su familia pero pronto comprendió que ya no tenía tal cosa y por los rasgos de la occisa imaginó que su último familiar acababa de morir, cubrió su desnudo y hermoso cuerpo con el abrigo que se había quitado y pronunció unas palabras que jamás se imaginó decirle a una ningen.
-Yo te ayudaré si así lo quieres.
La llevó consigo sobre Ah-Un y cuando llegó la noche se detuvo e hizo una fogata, él podía continuar toda la noche pero sabía que el magullado cuerpo de la chica necesitaba descanso.
La vio recargarse en el tronco de un árbol para intentar dormir, pero escuchaba como su corazón se aceleraba y su cuerpo comenzaba a temblar mientras en su frente se formaban perlas de sudor. No estaba enferma y él lo sabía, era el más puro de los miedos lo que la tenía en ese estado. Su cuerpo siguió el de ella casi como por magnetismo para sentarse junto a Kagome y acomodarla sobre su propio pecho tratando de tranquilizarla entre sus brazos.
-Mi nombre es Sesshomaru y no permitiré que vuelvas a vivir algo similar. - Las palabras brotaron por sí solas formulando una promesa más para él mismo que para la chica.
Algo había nacido dentro de él desde que la escuchó llorar y gritar a lo lejos, reforzándose más al verla tan frágil e indefensa, más todavía con el delicioso aroma original de su cuerpo aunque era opacada por la esencia amarga de su profunda tristeza. Una vez en sus brazos deseo verla feliz y plena, quitar todo rastro de pena para respirar su fragancia natural.
Días después de haber llegado a su descuidada casona a la que Kagome poco a poco acomodó a su gusto dándole vida a la construcción anteriormente vacía, su semblante cambió y su dulce aroma lo guiaba cada tarde a regresar a esa propiedad abandonada que en su momento fue regalo de su madre. Ver sus ojos azules brillar con devoción cuando entraba en su campo de visión fue la respuesta que le dio nombre a ese sentimiento que nació aquel fatídico día; amor y protección.
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Pensaba en eso mientras el baño era alistado por esas manos que se habían vuelto un poco torpes cuando lo notó a medio desvestir, ¿a caso le temía?
No, en su olor no había rastro de miedo pero sí de nerviosismo.
Sería que...
Se acercó dudando si hacía lo correcto, pero no toleraba más la nueva conducta de la joven. Le tomó los hombros por la espalda sorprendiendola y evitando que se girara, por lo menos todavía no. La escuchó jadear cuando se atrevió a recargar un poco su peso sobre el de ella haciéndola apoyar el vientre en la tina que preparaba para el baño apretando entre sus manos el borde de la misma.
-¿Qué sucede, Kagome? - Preguntó con voz queda al tiempo que jugaba con sus hebras azabaches moviendo su nariz para aspirar mejor su perfume natural.
-N...no sé de qué habla... Señor Sesshomaru. - Contestó ella.
-Esta no eres tú, ¿en donde quedó aquella mujer alegre y extrovertida? ¿Qué pasó con la pequeña que me hablaba de todo y preguntaba de regreso? Aquella que me daba un abrazo si me veía serio y besaba mi mejilla antes de dormir ya no está. La quiero de vuelta. - Expresó él frotando sus delgados brazos.
-Nunca debí hacerlo, mi actitud no era apropiada y me disculpo por eso, yo le debo respeto. - Sesshomaru retiró su cabello haciéndolo a un lado para exponer su frágil cuello y dejó un lento y cálido beso en él. Aunque jadeo de nuevo, inclinó la cabeza cerrando los ojos, volvió a hablar. - E...esto no es... no es correcto.
-¿Por qué no? - Preguntó besando el lóbulo de su oreja. Se abría detenido desde que la tocó si hubiera notado algún tipo de reacción negativa en ella pero el dulce aroma de su excitación llegó a su nariz en cuanto hizo su primer pregunta, eso lo motivó a continuar y llegar hasta las últimas consecuencias.
-Yo solamente soy una humilde sirvienta y usted es mi amo.
-Eso no es verdad y lo sabes, sin embargo deseo serlo. - La hizo girar para verla a los ojos y continuó- Deseo ser el dueño de tu vida y de tu cuerpo. Confieso que desde hace tiempo deseo hacerte lo que le impedí a aquel bastado.
-Señor yo... - Sus grandes ojos azules viajaban de los dorados ojos hasta sus delgados labios.
-Pero no lo haré, no hasta que tú me lo pidas... Por favor, pídemelo. - Dijo lo último como una suplica susurrada cerca de sus labios casi rozándolos y cuando la chica cerraba lentamente los ojos y que esperando el tan ansiado contacto, él la soltó sin más dándole la espalda distanciándose de ella.
Kagome quedó sorprendida y confusa por lo recién ocurrido, su mano incluso intentó tocarlo.
-Tocame, no te detengas, - Dijo él aún de espaldas sintiendo el calor de sus manos a pocos milímetros de él. - pero hazlo cuando te sientas lista porque te quiero plena y completamente entregada a mí. - Kagome no supo qué decir o hacer y Sesshomaru suspiró al no obtener respuesta. - Gracias por el baño Kagome, puedes retirarte.
La chica aún atónita salió de la habitación dirigiéndose de nuevo a recoger la mesa, necesitaba la mejor distracción para después de lo sucedido y qué mejor que una de sus tareas que le recordaban su lugar en esa casa.
No, Sesshomaru no le dijo que sería la sirvienta de la casa sin embargo ella tomó ese rol por gratitud, después de todo tampoco tenía a dónde ir y Sesshomaru le brindaba techo, ropas, comida y compañía, convertirse en moza era lo mínimo que podía hacer.
"Confieso que desde hace tiempo deseo hacerte lo que le impedí a aquel bastado." Esas palabras llegaron a su memoria y lejos de causarle miedo, había sentido la humedad de su entrepierna aumentar porque era algo que ella anhelaba desde hacía tiempo.
Si tan solo él supiera que ella moría por él y cada noche soñaba con que la hiciera suya de mil maneras, se sorprendía a sí misma que incluso le excitaba más al imaginarlo tomándola con la misma rudeza y haciéndole esas brutales cosas que los bandidos les hicieron a sus compañeras, pero a diferencia de ellas Kagome no lloraba sino que gemía sin parar disfrutando ser poseída tan salvajemente por Sesshomaru.
¿Un trauma? Quizás, pero eso no frenaba el deseo de vivirlo solamente en las manos de ese hombre.
Ya se encontraba en su cuarto aún pensando en las diferentes posiciones que se había soñado en los brazos de su señor, excitada se miró al espejo y creyó que la vista no era tan desagradable, el camisón de dormir había sido un obsequio de Sesshomaru y en su delgado cuerpo lucía muy bien.
Pasó sus delgados dedos por el cuello dónde él la había besado, en una delicada caricia recorrió el mismo camino que marcaron sus labios subiendo hasta la oreja para al final descender poco a poco rozando los senos y erizando los pezones que la hicieron soltar un gemido cuando fueron tocados.
Por culpa de sus impuros pensamientos se sentía tentada a darse ella misma el placer que le negó a Sesshomaru darle.
¿Pero quién era ella para negarle tal cosa a su señor? Él deseaba una mujer que lo complazca y ella deseaba complacerlo en todo.
Con ese pensamiento salió de su habitación y se dirigió a la de Sesshomaru, se detuvo frente a la puerta dudando si tocar o simplemente entrar, al final decidió entrar con calma a pesar de que su corazón latía desbocado. Lo miró recostado en la tina con los ojos cerrados y la cabeza inclinada ligeramente hacia atrás.
-¿Sucede algo, Kagome? - Preguntó sin abrir los ojos.
-Yo solo... - No supo más qué decir y eso fue lo que llamó la atención del platinado provocando que por fin levantara la mirada hacia ella.
Frente a él estaba la joven, sus mejillas sonrojadas le decían lo apenada que se encontraba así que decidió hablar.
-No tienes que hacerlo. Lo sabes ¿cierto?
-Lo sé, pero quiero hacerlo si a usted no le molesta.
Dejó deslizar su única prenda hasta el suelo descubriendo así su desnudez. Los ojos de Sesshomaru brillaron al recorrer con la mirada su cuerpo detallando cada rincón, y las mejillas de ella se tiñeron aún más.
¿Cómo era posible que la mirada de Sesshomaru se sintiera tan caliente sobre su piel si ni siquiera la estaba tocando?
Sesshomaru se enderezó y Kagome encontró en sus ojos la orden muda de acercarse, así lo hizo y él delineo con el dedo índice aún mojado su cuello, descendiendo despacio por su pecho y debajo de los senos provocando que los vellos de su cuerpo se erizaran y los pezones se endurecieran nuevamente, Sesshomaru los vio contraerse y no se quedó con las ganas de tocarlos, añadió el dedo medio a sus caricias y Kagome cerró los ojos suspirando complacida por las nuevas sensaciones que conocía por primera vez. El ambarino tomó el pecho entero en la palma de su mano y comenzó a amasar despacio disfrutando de la suavidad de su carne.
Sus labios se abrieron ligeramente sintiendo como la boca se le hacía agua al verla con los ojos cerrados mordiendo su labio inferior con la clara expresión de placer. Se puso de pie sin importarle que su cuerpo empapado escurriera hasta el suelo y con la amplia palma de su mano la tomó por el cuello y el mentón obligándola a retroceder hasta chocar con la puerta. Su mojado cuerpo se apoyó sobre el tibio de Kagome recargando su ya erecto miembro en el abdomen de la joven.
-Tienes que pedir que me detenga ahora mismo si no estás segura porque una vez que te bese no podré detenerme. - Susurró jadeante a escasos centímetros de sus labios.
Aunque el miedo no la abandonaba por completo estaba más que segura que deseaba convertirse en un solo ser con su señor, así que dejando las dudas de lado y siguiendo sus propios deseos lo tomó con ambas manos del rostro y estampó sus labios con los de él en un beso torpe.
Sesshomaru tomó ambas muñecas y las sostuvo con una de sus manos por sobre su cabeza, tomando el control de dicho beso. Los cremosos senos de Kagome se tallaban en el fornido pecho del ambarino cuando él comenzó con un vaivén simulado frotando su cuerpo con el femenino, ya tendrían toda una eternidad para delicadezas, ahora lo que ambos querían era apagar el fuego que venía torturandolos desde hacía meses.
-No hay marcha atrás, Kagome, ni siquiera los dioses impedirán que te haga mía. Solamente mía. - Le expuso cuando soltó sus labios y los besos bajaron hasta su cuello. - Abre las piernas. - Ordenó y ella acató inmediatamente.
Chupó dos de sus dedos y los dirigió a su intimidad, ella estaba tan mojada que la exploración de Sesshomaru se volvió sumamente fácil, con ambos dedos comenzó a penetrarla mientras la palma frotaba el ya hinchado botón rosa que se encontraba tan sensible al ser tocado por primera vez.
La ojiazul no supó en qué momento comenzaron a salir esos vergonzosos sonidos de su boca, sin embargo no podía parar de gemir, menos aún teniendo a ese hombre chupando sus senos desesperado, ya habían marcas rojas que los adornarían por varios días, pero eso no podría importarle tan poco, menos aún cuando desde su vientre brotaba una sensación nueva que le hacía temblar el cuerpo entero, incluso quería llorar por el placer que la embriagaba en ese momento. Sesshomaru sentía como sus dedos eran estrujados y podía adivinar la razón, ansioso por saberse el primero en hacerla explotar, la besó y aumentó el ritmo de su mano traviesa, mientras con la otra amasaba uno de sus senos.
Sabía lo que hacía y sabía perfectamente cómo hacerlo, más aún con un cuerpo poco explorado como el de ella. Los fluidos y el grito qué salieron de la azabache lo llenaron de orgullo, pero su propio cuerpo le exigía más de Kagome.
-No puedo seguir esperando. - soltó de repente jalandola consigo hasta la cama, se sentó recargado en la cabecera y la hizo abrir las piernas para que se sentara sobre él. - Te penetrarás tú misma, dejaré que sea tan despacio como quieras, pero una vez que te acostumbres a mí, te haré mía como mejor me plazca ¿te quedó claro? - Susurró sobre sus labios tomándola de la nuca con una mano mientras con la otra no dejaba de amasar ese exquisito pecho.
Sí, era una advertencia pero su voz era tan sensual que Kagome solamente esperaba que su cuerpo le hiciera el favor de amoldarse a su tamaño lo más pronto posible. - Primero tendrás que humedecerlo.
La azabache se imaginó a qué se refería y la idea no le desagradaba para nada, estando de rodillas tomó el falo con una mano y bajó su pecho manteniendo las caderas elevadas, abrió la boca y lamió el glande para continuar con pequeñas chupadas aumentando la velocidad rápidamente al escucharlo jadear. Aunque era la primera vez haciendo esto, el dejarse llevar fue sencillo y ese hombre era delicioso, no deseaba parar de chupar pero Sesshomaru se lo pidió.
-Es suficiente, Kagome. - Él sabía que si no la detenía ya, lo haría terminar sin haber entrado en su cuerpo. Quizás la abstinencia de desearla y no tenerla le estaban pasando factura.
La joven se colocó con las piernas abiertas encima de él, Sesshomaru tomó su pene manteniéndolo recto apuntando a la entrada de su intimidad y poco a poco se fue deslizando hacia abajo, desde el pecho del hombre salió un sonido tan similar a un gruñido cuando ansiosa se dejó caer a medio camino rompiendo el himen ensartandose en el pene del platinado.
Kagome arqueo la espalda y jadeo fuerte clavando sin querer sus uñas en el pecho de Sesshomaru, extasiada al sentir la misma respuesta de su parte cuando el ambarino también clavó sus uñas en los glúteos de la mujer, pero la lujuria del momento le impidió notar que aquellas uñas romanas del hombre habían dejado su forma convirtiendose en afiladas y mortales garras que habían perforado un poco la piel que sostenían.
Se mantuvo quieta solamente los segundos suficientes para que su cuerpo aceptara al invasor, talvez era tanto su libido y el deseo de ser poseída por él que el dolor era bastante tolerable, comenzó a moverse lento de arriba hacia abajo sintiendo como sus piernas temblaban por el inmenso placer que experimentaba por primera vez.
Los jadeos se hacían más audibles en cada penetracion dándole a saber a Sesshomaru que Kagome estaba lista para él y con manos ansiosas cambió de posición sin salir de ella dejándola bajo su cuerpo y antes de que siquiera pudiera decir algo, la besó, la besó con tal pasión que a ella no le quedaron dudas de que era ese el hombre con quien quería estar para siempre, servirle hasta que el fin de los tiempos llegara.
Sesshomaru dejó de besarla para erguirse por un momento, tomó las piernas femeninas llevándolas a los costados de la joven dejando toda su intimidad a su merced y apoyando casi todo su peso en ellas comenzó con penetraciones lentas pero profundas que pasaron rápidamente a embestidas rápidas y duras.
Sus caderas afiladas se movían tan sensualmente que ver la unión de ambos cuerpos era todo un espectáculo erotico.
Kagome podía sentir todo el grueso y largo miembro de Sesshomaru entrar y salir de su húmeda y caliente entrada, podía sentir claramente los testículos golpeando sus nalgas en cada fuerte embestida, sentía sus pechos moverse al compas de las caderas masculinas de arriba a abajo cada vez que entraba y salía de su interior y ella no podía ni quería hacer otra cosa más que gemir de placer.
-Sostenlas. - Ordenó él con voz ronca y agitada entregándole las piernas que él sostenía.
Kagome las tomó y Sesshomaru sin más salió de ella ganando un jadeo de reproche, pero antes de que la chica pudiera recriminar, él metió tres dedos masturbandola con violencia.
-¡Aaahh! - el excitante grito de Kagome resonó por toda la habitación mientras sus jugos brotaban de ella como una fuente empapando la mano, el pene y las piernas masculinas de la misma forma que mojaba la cómoda cama debajo de ellos.
Apenas terminó el squirt de Kagome cuando Sesshomaru sin previo aviso la penetró de una estocada certera el orificio trasero ganando ahora un grito de dolor por parte de ella. Vio su pene cubierto de líneas rojas por la sangre que provocó un desgarre con su violenta intromisión.
-No las sueltes! - Ordenó más excitado que nunca cuando la vio soltar sus piernas para intentar quitarse. La sujetó de los pechos y los apretó sin delicadeza sin dejar de penetrarla.
En la misma posición la llevó a recargarse en el respaldo de la cama obligándola a mirar la unión de sus cuerpos.
-Mira Kagome. - Le habló mirándola a los ojos sin poder evitar jadear. - Te haré mía de todas las formas posibles y cuando eso pase inventaré otras tantas más, porque has decidido pertenecerme y no hay marcha atrás. Eres mía
-Sesshomaru... - Para este punto Kagome ya volvía a los gemidos de placer acalorada por las palabras de su amante.
El mencionado la tomó del cuello ejerciendo un poco de presión y lamió los labios femeninos hablándole a escasos milímetros.
-Allá afuera y frente al mundo entero serás mi reina, pero dentro de esta habitación yo soy tu Amo, ¿te quedó claro, Kagome? - La ojiazul sintió el dulce aliento de Sesshomaru acariciar su rostro dándole un delicioso escalofrío a la zona de sus labios cuando este chocó con la humedad de la saliva que dejó esparcida. No pudo más que asentir pero esa no era la respuesta que el platinado quería escuchar. - No te escucho. - le dijo en un tono ronco entre la excitación y molestia apretando uno de sus cremosos senos.
-Sí. - Dijo entre gemidos.
-¿Sí, qué? - preguntó apretando los agarres en la garganta y el seno de la mujer debajo de su cuerpo.
-Sí, Amo. - Contestó como pudo por la falta de aire y fue en ese momento que notó el cambio en Sesshomaru, habían aparecido unas extrañas marcas en su cuerpo, sin embargo las más llamativas eran las de su rostro comenzando por la luna menguante de color púrpura exactamente en su frente y las líneas magentas en sus mejillas más pequeñas que las que decoraban sus antebrazos y caderas.
Se suponía debería estar asustada. ¿Quién era Sesshomaru? O mejor dicho ¿qué era Sesshomaru?
Pero en su cuerpo no cabía el sentimiento del miedo, la excitacion y el placer la dominaban por completo, esa anormal apariencia le provocaba una sensación de atracción tan fuerte que no pudo evitar el impulso de tocar las cuchillas que se formaban alrededor de sus caderas.
-Mierda, Kagome!- Sesshomaru gruñó al sentir su suave tacto por el goce que este provocaba combinando con el de su pene siendo estrujado por ese apretado orificio. Se correría, estaba a punto de terminar así que sin previo aviso salió de su interior para darse un momento de respirar.
Kagome se quejó al sentir el vacío y cuando vió a Sesshomaru lamerse los labios con la mirada fija en su trasero estaba segura de que desde su altura alcanzó a ver las paredes de su anatomía cerrarse nuevamente.
La mirada dorada volvió a posarse en el rostro femenino y una sonrisa torcida adorno sus labios al ver a Kagome mirándolo con extrema atención. A la chica le parecía la criatura más magnífica desde su posición y a pesar de su deseo de continuar se tomó el tiempo de apreciar el cuerpo masculino a detalle.
Hermoso.
Fue la palabra con la que ella lo describiría, su cuerpo bien trabajado y perlado aunque no sabía si aún era por el baño o al igual que ella era por el sudor de su reciente actividad.
Sesshomaru con descaro tomó el falo entre su mano derecha y bombeó de arriba a abajo despacio sin perder de vista a Kagome que sin darse cuenta se mordía el labio inferior hasta dejarlo blanco por la presión de sus dientes.
-Date la vuelta, pequeña.- Ordenó con voz ronca pero gentil.
Kagome giró quedando en cuatro y Sesshomaru se posicionó detrás deslizándose dentro de ella, provocando un espasmo que la hizo arquear la espalda y doblar los brazos levantando así el trasero para él, y cuando sintió la pelvis del ambarino pegar en sus nalgas tuvo que ahogar un grito sobre la cobija.
Sesshomaru se quedó quieto por un momento apreciando la magnífica vista de las nalgas redondas formando casi un corazón con aquella estrecha cintura. Deslizó sus fuertes manos desde la cintura hasta esos perfectos cachetes y los acarició dando un profundo suspiro.
Por casi un año había querido hacer eso y la espera de poder hacerlo para él fué casi agonizante, lo único que lo compensaba eran los tiernos e inocentes besos y abrazos que Kagome había comenzado a negarle. Pero ya no más, esa noche ella se había lanzado a sus brazos, esa noche era suya y lo seguiría siendo por el resto de su longeva vida.
Kagome ansiosa por seguir disfrutando del maravilloso placer que producía la fricción de sus cuerpos unidos, comenzó a moverse de adelante hacia atrás con lentitud, los jadeos y gemidos volvieron a hacerse presentes en cada movimiento, poco a poco ella aumentaba la fuerza y velocidad de las penetraciones mientras Sesshomaru se deleitaba con las sensaciones que tal acción le provocaban, aunque sus caderas estaban estáticas, sus manos acariciaban toda la espalda, la cintura, las caderas y las nalgas de la chica, corrió el largo cabello azabache a un lado y sus caninos comenzaron a crecer cuando sus ojos enfocaron la blanca piel de su cuello. Sin pensarlo demasiado sus manos se dirigieron a esa zona y con la punta de su garra hizo un pequeñísimo corte que muy probablemente Kagome ni siquiera sintió, una gota de sangre emanó de la fina herida y Sesshomaru se inclinó sobre la chica abrazándola por la cintura para lamer la gota carmín, sintió sus pupilas dilatarse al distinguir el toque dulce entre el sabor metálico.
Sesshomaru se incorporó jalando ambos brazos de Kagome incitandola a seguirlo, sus ojos habían dejado atrás su habitual color dorado para darle paso a un color rojo sangre que delataba su estado más primitivo. Las caderas masculinas habían dado inicio a un vaivén rápido, las embestidas eran frenéticas y salvajes que provocaban un sonido obsceno de sus pieles y fluidos chocando y chapoteando.
Kagome gritaba extasiada entretanto su cabello y los pechos se movían al compás de cada brutal estocada. Sesshomaru sin perder el ritmo tomó ambos antebrazos con una sola mano mientras la otra volvía a liberar el hombro y el cuello de esas hebras azabaches que bailaban libres, algunos mechones ya húmedos por el sudor se adherían a la espalda y el rostro de la mujer.
Una vez la zona deseada estuvo libre de obstáculos, Sesshomaru corrió sus manos hacia adelante y tomó ambos pechos apretándolos levemente. Su orgasmo se aproximaba y los abundantes fluidos que salían de la apretada intimidad de Kagome que se le escurrían desde los testículos hasta las piernas, no ayudaban, así como tampoco lo hacía el dolor de ser exprimido por ese orificio caliente al que estaba seguro se volvería adicto. Estaba tan cerca de la cima.
-Eres mía, Kagome, MÍA - Brotó de su garganta con voz gutural.
Incrustó los colmillos en la blanca piel entre el cuello y el hombro de la joven justo al tiempo en el que se corría hasta lo más profundo de su interior.
Kagome no tuvo tiempo de reaccionar, el climax le llegó como un huracán apagando cualquier pensamiento, cualquier sentimiento que no fuera el placer y que ni siquiera el dolor punzante del hombro dónde Sesshomaru estaba mordiendo, lo minimizó. Le temblaba el cuerpo entero en espasmos que seguían provocando una deliciosa fricción entre ellos y prolongaba sus orgasmos.
Las fuerzas la habían abandonado y si no fuera por el fuerte agarre del platinado ella ya se encontraría tumbada boca abajo probablemente sin la fuerza suficiente de seguir respirando. Sentía la cálida lengua de Sesshomaru pasearse libremente sobre ella y una sensación de alivio la invadía. Se sentía caliente, débil, con un agotamiento extremo al punto de no poder mantener los ojos abiertos y sin poder luchar contra su cuerpo cayó dormida aún en los brazos de Sesshomaru que a pesar de saber el estado de Kagome, seguía lamiendo lo que de ahora en adelante la distinguía como su compañera.
Salió de su interior y lo embargó la satisfacción de ver su blanca escencia salir de su coño, ella no estaba en días fértiles pero gracias a su olfato podía saber fácilmente cuándo lo estaría y definitivamente no la dejaría salir de la cama, o si era demasiado necesario rompería cada una de sus prendas porque no se vestiría hasta que su heredero creciera dentro ella.
La recostó sobre su propia almohada, cobijó su cuerpo desnudo, besó sus labios una vez más y se frotó la cara tratando de acomodar todos los pensamientos que lo azotaban.
Sesshomaru notó como el cuerpo femenino comenzaba a temblar y no pasó desapercibido el ceño fruncido arruinando las finas facciones de la chica.
La marca está actuando.
Sabía que Kagome al ser humana reaccionaría diferente de lo que lo haría una yokai. Más aún peor por tratarse de un Inu Dayoukai, su veneno era más potente y lo único que podría disminuir los malestares que la asimilación de la marca provocaría es el contacto directo con su compañero.
Sin querer hacer sufrir a su mujer un segundo más, se metió junto a ella debajo de la cobija, la abrazó desde atrás para que la mayor parte de sus cuerpos se tocaran, la acurrucó y volvió a besar la marca que ya estaba tomando la forma de medía luna, símbolo distintivo de su linaje.
Tendría muchas cosas que explicarle al despertar, comenzando con la verdad sobre su raza y sus orígenes, aunque el hecho de que lo viera con su verdadera apariencia y no le afectara era una señal de haber sido aceptado, ella necesitaba una explicación. Otro punto que tenía que tocar era que tendrían que dejar este lugar y regresar al Sengoku, una vez que encontró a su compañera de vida tenía que volver para reclamar sus tierras, lo que lo llevaba al tema más importante que debía tratar con Kagome era el hecho de que a partir de ese momento se había convertido en Lady Kagome Taisho, Ama y Señora de las tierras del Oeste en un continente que ni siquiera conocía.
Pero no importaba, ahora que su vida estaba enlazada con la de él, ya tendrían siglos enteros para conocerlo y verlo evolucionar.
-¿Sesshomaru?- la tenue voz adormilada de la joven entre sus brazos lo sacó de sus cavilaciones.
-Aquí estoy, Kagome.- Respondió cerca de su oído.
-Te amo.
Escuchar su nombre en los labios de su mujer era simplemente maravilloso, pero escucharla decirle esas palabras fue como si todos los siglos de su existencia hubieran sido en vano hasta ese momento, su corazón latió con más ímpetu sintiéndose más feliz y pleno que nunca.
La abrazó con más fuerza pegándola más a él antes de responder.
-Yo te amo más, Kagome.- Él no podía verlo pero su pelinegra aún con los ojos cerrados sonreía por saberse correspondida.
Sin duda el complemento de su alma era ella... Por siempre ella.