Capitulo 1
Becky
Un lugar oscuro, así era donde me encontraba, un lugar donde no podía salir, gritaba y gritaba pero parecía no hacerlo porque nadie me escuchaba. Mis manos golpearon la madera, la madera que estaba sobre mi cabeza pero esta sólo crugía más no se rompía. Mi sueño iba de sueño en sueño, y me volví a detener en esa casa, ¿por qué siempre aparecía aquí? intenté escapar pero no pude, estaba parada frente a esa casa, yo no quería volver a ese lugar. Aquel hombre grande volvió a aparecer, robándose mi paz. Cerré mis ojos con fuerza, rogando porque mis pies se despegaran de aquella superficie plana.
—
¿Papá! —llamé su nombre, con la esperanza de que él viniera a salvarme.
—No, tu papi no vendrá, tu papi está muerto —y su asquerosa respiración chocó contra mi nuca, robándome más de una arcada—. Lo sé, pequeña, sé que deseas esto.
—
No, suélteme, no me toque —empecé a gritar, pero una de sus grandes y asquerosas manos cayeron sobre mi boca.
—No grites, porque sino, te mataré. Hoy vas a disfrutar, porque eres una pequeña zorra —me zarandeó como le dio la gana.
Unas lágrimas empezaron a salir por el miedo. No quería que me volviera a tocar, ¿dónde estaba mi papá? no quiero. Lloraba y gritaba en silencio. No me podía mover, no podía escapar, no podía hacer nada. Me sentía encerrada. Él me asfixiaba de una manera sobrenatural. Por un momento, quitó su mano de mi boca, y como si no midiera su fuerza, rasgó todo mi vestido azul.
—¡No! ya, pare, no me haga nada —rogaba, pero él no parecía escucharme.
Se colocó frente a mí, con esa sonrisa de dientes chuecos y amarillentos por el cigarro. Desprendía ese mal olor, asqueroso, me reproducía repulsión.
—No pararé hasta verte gritar, mocosa, no pararé, tu padre me debe muchas. Tú me las pagarás todas, eres una niña perfecta... es tu hora...
—¡¡¡No!!! —me senté de golpe en la cama. Mi corazón latía como desquiciado y parecía querer salirse de mi pecho. Me quedé con las manos apoyadas detrás de mí, sosteniendo la parte superior de mi cuerpo.
La puerta se abrió de golpe, dejando entrar a mi hermana, la cual se sentó a mi lado y me tomó de ambos lados del rostro, ya que yo estaba perdida sin saber ni siquiera a donde mirar. Buscaba no sé qué con la mirada, asustada, con mi pulso a punto de enloquecer y con mi garganta reseca. Los sudores caían por mi frente, y sentía estos molestarme; Irin me hizo mirarle, no me habló, sabía que eso sólo lograría alterarme más.
—¿Dónde está ese hombre? —pregunté alterada.
—No hay nadie, no hay nadie, Becky —me llevó a su pecho y me abrazó contra este, me refugié entre sus brazos—. Ya es de día, no hay nadie, te prometo que no hay nadie —susurró buscando calmarme.
Sentí unas lágrimas resbalarse por mi mejilla, y es que, Irin era mi hermana, y era a la única que le permitía tocarme. Después del accidente con mi padre y de mi pasado, jamás le permití a nadie pasar más allá de la puerta de mi casa, nunca le permití a nadie tocarme, nunca le permití a nadie entrar más allá de donde era requerido. Odiaba la sola idea de que alguien ensuciara, entrara e invadiera mi espacio personal.
—No está —me repetí—. No está, no está.
—No, cariño, no está —besó la corona de mi cabeza—. Ven, ¿quieres ir a la empresa?
Me separé de su abrazo, miré por toda mi habitación y seguía igual. Era mi casa, la cual tenía todas las medidas de seguridad requeridas, era mi hogar, mío. La habitación amplía con tan sólo unas cortinas azules cubriendo el ventanal de piso a techo, dos puertas, una al baño y otra al closet, una televisión, una cómoda debajo de esta, una mesa de noche a cada lado de la cama y por supuesto donde estaba acostada yo, una cama cómoda, matrimonial con sábanas de satén blancas. No había nadie, era una habitación minimalista, la cual yo misma había decorado. No tengo porqué tener miedo.
Tragué saliva, Irin me sonrió y se paró, sabía que no faltaría al trabajo por algo que me pasaba todos los días. Y es que por más que fui a Psicólogos, ninguno de ellos había podido ayudarme como se debe, y temía no poder sanarme nunca, el miedo a nunca poder salir a la luz del día sin el miedo a ser tocada estaba ahí. Me fui de Londres por lo mismo, porque las calles muchas de las veces estaba abarrotada de personas; y resulta que Seúl es peor.
Suelo ir siempre con guantes y todo lo que tocan las personas debe ser examinado primero por Irin si está a mi lado o le tengo que echar alcohol, no permito que nadie se sobrepase del límite, es necesario mantener el orden en mi vida, no ha llegado la persona que lo descontrole. Me senté en la cama, colocándome mis sandalias, troné mi cuello y estiré mis brazos y piernas, y cuando me paré, el robot aspiradora, chocó contra mi pie. Sonreí y seguí caminando. Es un: Ecovacs Deebot Ozmo 900, recuerdo la navidad que Rosé me lo regaló, fue el mejor regaló que me hicieron aquel día.
Me detuve frente al espejo. Buscando calmar mi corazón el cual por alguna razón, cabalgaba cual caballo. Me adentré a la ducha, la encendí y mi cuerpo se relajó completamente. El agua tibia, más el gel en mi cuerpo; erizó mi piel. Solté un suspiro agotador.
Finalicé mi ducha. Y fui directo a mi habitación para vestirme. No sin antes echarle un vistazo al reloj y asegurarme de la hora. Aunque Irin me avisaría de todos modos.
Irina Armstrong en realidad no es mi hermana de sangre, sino que fue adoptaba por mi padre cuando aquella sólo tenía siete años, sus familiares provenían de un pequeño pueblo el cual se estaba cayendo a pedazos, mi padre como nunca tuvo más hijos, yo fui la única, decidió adoptarla, veía necesario a alguien más en la familia. Irin ha sido mi compañera desde que tengo memoria y cuando entró a la casa, vi a mi alma gemela en una hermana. A la única persona que he dejado entrar en mi vida con tanta confianza, no puedo pedir más.
Una chica hermosa, con un futuro espectacular; y aun así, no me ha dejado a un lado. Me terminé de cambiar mirándome al espejo. Mi traje de lino con mis tacones iban en cojunto, y es que, Irin sí tenía un gusto inigualable. Me terminé de colocar mi perfume, arreglé mi flequillo junto a mi pelo negro azabachado y me dispuse a salir tomando mi cartera en mano. Cuando cerré la puerta de mi habitación y bajé las escaleras, Irin ya me esperaba con un café en mano.
—¿Estás lista? —preguntó mirándome fijamente y buscando algo que dijera que hoy de mi casa no quería salir.
—Estoy bien, hermanita, y también estoy lista —le sonreí.
—Es raro verte sonreír —expuso.
—Contigo siempre lo hago —dije.
—Conmigo, quisiera que lo hicieras con las demás personas también.
Cerró la puerta de nuestro departamento detrás de ella y empezamos a caminar directo al ascensor.
—Que no se te olvide que hoy tienes cita con la nueva Psicóloga —mencionó recordándome que tengo que pasar otra vez por el mismo calvario—. Por favor, no seas grosera, y ten un poquito se empatía —Irin presionó el número uno en el ascensor—. No quiero que me digan que te comportaste como una niña malcriada, porque ya no eres una niña Rebecca.
—Eso lo sé, carajo, no me tienes que estar regañando —mascullé saliendo junto a ella del ascensor—. Y bien sabes que todas las malditas psicólogas no han sido sino mujeres tontas, hombres incapacitados y... soy yo la que termina escuchando sus problemas.
Desbloqueé mi coche y entré en el después de Irin. Lo encendí y lo puse en marcha.
—¿Contrataste a mi nueva secretaria? —inquerí.
Tomé el alcohol cuando entramos en un semáforo y le eché al coche.
—¿Podrías... no echarme eso en la cara? joder —agitó su mano al aire, apartando el alcohol—. Y sí, respondiendo a tu pregunta: sí, contraté a tu nueva secretaria.
Irin abandonó todo lo que tuviera que ver con la empresa pero lamentablemente tuvo que volver porque después de mí ella es la presidenta y era necesaria. Mis secretarias sólo duraban de uno a dos meses y hasta menos; ella era la que se venía encargando de seleccionarlas ya que a mí se me hacía imposible.
—Dijiste que se llamaba Noey Natnicha, ¿cierto?
Asintió, —Por favor, se amable, no busques problemas y trata, por lo que más quieras, de no hacerla enojar.
Fruncí el ceño, —Se supone que yo soy la jefa, es ella la que no me tiene que hacer enojar a mí.
La rubia negó, medio riendo, —No quieras saber como fue mi entrevista con ella.
Sonreí, —¿Tan mala fue?
—La chica tiene carácter —inclinó la cabeza hacia un lado.
—Algo me dice que alguien fue puesta en su lugar —me burlé.
—Las Armstrong siempre tienen un punto débil.
Ladeé la cabeza, —Sí, se puede decir que sí. Todavía no llega la persona que haga eso conmigo, y dudo que aparezca —estacioné el coche en el parqueó privado de la empresa. Ambas bajamos de este.
—Esta psicóloga te ayudará, dicen que es la mejor —palmeó mi espalda—. No te preocupes, que pronto superarás tus miedos. Esa mujer es lo mejor que pasará por tu vida.
Riendo, negué con la cabeza y seguí, entrando a la empresa. Veremos si es tan buena como dicen.
La hafefobia:
es un trastorno de ansiedad. Concretamente es una fobia específica basada en un miedo irracional a tocar o ser tocado por otras personas. Genera un gran sufrimiento en la persona que lo padece y tiene un gran impacto negativo en las relaciones sociales.