Capítulo 1. El peor cumpleaños
Capítulo 1. El peor cumpleaños
“Dolor de cabeza”, pensó Gia al escuchar por enésima vez esa semana los gritos de su tío Vernon, mientras bajaba las escaleras. “Dolor de cabeza es lo que me da esta gente. Preferiría estar discutiendo con Malfoy 24/7”.
“También te encanta discutir con él”, dijo una voz en su cabeza.
“Es un pelma”
“Un pelma guapísimo”.
- ¡Es la tercera vez esta semana” - se quejó, sentado en la mesa. - ¡Si no puedes dominar esa lechuza, tendrá que irse a otra parte!
Gia contuvo las ganas de poner los ojos en blanco y trató de explicarse una vez más.
- Se aburre. Esta acostumbrada a dar una vuelta por ahí, si pudiera dejarla salir aunque solo fuera de noche…
- ¿Acaso tengo cara de idiota? - gruñó con trozos de huevo frito en el bigote. “Mejor no respondas a eso”. - Ya sé lo que ocurriría si saliera la lechuza.
“No, porque no tiene la suficiente fuerza para que me saque de este lugar”, pensó, mientras sus tíos intercambiaban una mirada. Gia quería seguir discutiendo, pero un eructo estruendoso y prolongado de Dudley, su primo, ahogó sus palabras.
- ¡Quiero mas beicon!
- Queda mas en la sartén, ricura. - dijo tía Petunia, volviendo los ojos a su robusto hijo -. Tenemos que alimentarte bien mientras podamos… No me gusta la pinta que tiene la comida del colegio…
- No digas tonterías, Petunia, yo nunca pasé hambre en Smeltings - dijo con énfasis tío Vernon. - Dudley come lo suficiente, ¿verdad que si, hijo?
“Lo suficiente para alimentarnos a los tres juntos, querrás decir”, pensó Gia, viendo como el trasero de Dudley colgaba por los lados de la silla. Hizo una mueca y se volvió hacia ella.
- Pasame la sartén.
- Se te han olvidado las palabras mágicas. - repuso de mal talante.
Parecía como si acabase de invocar al mismísimo Voldemort: Dudley ahogó un grito y se cayó con un batacazo que sacudió la cocina entera; la señora Dursley profirió un débil alarido y se tapó la boca con las manos, y el señor Dursley se puso de pie de un salto, con las venas de las sientes palpitandole.
- ¡Me refería a “por favor”! - aclaró rápidamente. - No me refería a…
- ¿QUE TE TENGO DICHO - bramó. - ACERCA DE PRONUNCIAR LA PALABRA CON “M” EN ESTA CASA?
- Pero yo…
- ¡COMO TE ATREVES A ASUSTAR A DUDLEY! - dijo furioso.
- Tampoco es…
- ¡TE LO ADVERTÍ! ¡BAJO ESTE TECHO NO TOLERARÉ NINGUNA MENCIÓN A TU ANORMALIDAD!
Gia mantuvo la mirada con su tío, mientras tia Petunia trataba de levantar a Dudley del suelo.
- Esta bien.- dijo Gia. - Esta bien.
Tío Vernon volvió a sentarse, resoplando como un rinoceronte, vigilandola estrechamente.
Desde que Gia había vuelto a casa para pasar las vacaciones de verano (ella hubiese preferido deambular por un bosque lleno de hombres lobo sola, pero era necesario según Dumbledore), tío Vernon la había tratado como una bomba a punto de estallar. Porque Gianna Potter no era una chica normal. De hecho, no podía ser mas especial.
Gianna Potter era una bruja… una bruja extraordinaria, procedente de uno de los linajes de brujos mas importantes de su mundo, que acababa de terminar el primer curso en Hogwarts.
Gia echaba muchísimo de menos Hogwarts. Echaba de menos el castillo y sus pasadizos secretos, esos que tan bien se le daba descubrir; las clases, incluidas las de Pociones (no todos los Gryffindor podían decir que se habían ganado el afecto de Severus Snape), los banquetes en el Gran Comedor, dormir en su cama con dosel en el dormitorio de la torre; visitar a Hagrid, a sus amigos Ron, Hermione y Blaise, el quidditch… pero sobre todo echaba de menos ese cosquilleo de felicidad cuando veía a Draco, aunque solo fuera para discutir con él.
En cuanto llegó, tío Vernon le guardó el baúl bajo llave, en la alacena, junto con los libros, la varita, las túnicas y la escoba, la Nimbus 2000. ¿Qué les importaba a los Dursley si perdía su media de sobresaliente por no haber hecho los deberes, o su puesto en el equipo? A ellos solo les importaba no aparecer convertidos en cucarachas como si se tratase de una novela de Kafka.
Gia no se parecía en nada al resto de la familia. Tío Vernon era corpulento, carecia de cuello y llevaba un gran bigote negro; tía Petunia tenia cara de caballo y era huesuda; Dudley era rubio, sonrosado y gordo. Gia, en cambio (y según decían), era muy parecida a su madre, Lily: era pequeña y delgada, pero esbelta y grácil, además de fuerte, y era sumamente inteligente, además de tener talento para los deportes y la música. Tenía el rostro en forma de corazón, muy hermosa, los ojos marrón verdoso y el cabello castaño rojizo, que brillaba al sol, además de una delgada cicatriz en forma de rayo en la frente.
Esa cicatriz era la causa de que viviera con los Dursley, consecuencia de que intentaran matarla cuando solo tenía un año de edad, después de que Lord Voldemort asesinara a sus padres. Y de que fuera tratada como un perro que se hubiera revolcado en estiércol.
Los Dursley ni siquiera se habían acordado de que aquel día Gia cumplía doce años. Tampoco les tenía ningún tipo de esperanzas (de hecho, pese a odiarla, tenía mas esperanzas de recibir un regalo de su enemigo, Malfoy, que de ellos), pero de ahí a olvidarse…
-Bueno, como todos sabemos, hoy es un día muy importante.
Gia alzó una ceja, incrédula.
- Puede ser que hoy sea el día que cierre el trato mas importante de toda mi vida profesional. - dijo tío Vernon.
“Otra vez esa puñetera cena”, pensó mientras miraba su tostada. “Preferiría comerme a bocados un bote de nueces que seguir escuchando hablar de esa puñetera cena (Gia era alérgica a las nueces)”. No había hablado de otra cosa en los últimos quince días. Un rico constructor y su esposa irían a cenar, y tío Vernon esperaba obtener un pedido descomunal.
- Creo que deberíamos repasarlo todo otra vez. - dijo tío Vernon. - tendremos que estar en nuestros puestos a las ocho en punto. Petunia, ¿tú estarás…?
- En el salón - respondió enseguida. - esperando para darles la bienvenida a nuestra casa.
- Bien, bien. ¿Y Dudley?
- Estaré esperando para abrir la puerta - Dudley esbozó una sonrisa idiota -. ¿Me permiten sus abrigos, señor y señora Mason?
- ¡Les vas a parecer adorable! - exclamó embelesada tía Petunia. “Si, hasta que abra la boca y demuestre que es idiota”, pensó Gia.
- Excelente, Dudley. - dijo tío Vernon, y se volvió hacia Gia. - ¿Y tú?
“Buscando una cuerda para ahorcarme en mi cuarto”, pensó con ironia. - Estaré en mi habitación sin hacer ruido, para que no se note que estoy. - dijo con una sonrisa torcida.
- Exacto. - corroboró con crueldad. - Yo los haré pasar al salón, te los presentaré, Petunia, y les serviré algo de beber. A las ocho y quince…
- Anunciaré que esta lista la cena. - dijo tía Petunia. - Y tu, Dudley, dirás…
- ¿Me permite acompañarla al comedor, señora Mason? - dijo, ofreciendo su grueso brazo a una mujer invisible.
- ¡Mi caballerito ideal! - suspiró tía Petunia. “Preferiría a Crabbe o Goyle”.
- ¿Y tú? - preguntó tío Vernon a Gia con brutalidad.
- Me quedaré en mi habitación, sin hacer ruido, para que no se note que estoy. - recitó, tratando de evitar poner la voz cansina.
- Exacto. Bien, tendríamos que tener preparados algunos cumplidos para la cena. Petunia, ¿sugieres alguno?
- Vernon me ha asegurado que es usted un jugador de golf excelente, señor Mason… Dígame dónde ha comprado ese vestido, señora Mason… - “Ni Malfoy aguantaría semejante peloteo”, pensó Gia.
- Perfecto… ¿Dudley?
- ¿Qué tal: “En el colegio nos han mandado escribir una redacción sobre nuestro héroe preferido, señor Mason, y yo la he hecho sobre usted”?
Eso fue mas de lo que Gia y tía Petunia podían tolerar. La mujer rompió a llorar y abrazó a su hijo, mientras Gia se escondía para que la vieran reírse.
- ¿Y tú, niña?
Gia se enderezó con gesto serio.
- Me quedaré en mi habitación, sin hacer ruido para que no se note que estoy. - repitió.
- Eso espero. - le dijo duramente. - Los Mason no saben nada de tu existencia, y seguirán sin saber nada. Al terminar la cena, tú, Petunia, volverás al salón con la señora Mason para tomar el café y yo abordaré el tema de los taladros. Con un poco de suerte, cerraremos el trato, y el contrato estará firmado antes de las diez. Y mañana iremos a comprar un apartamento en Mallorca.
“Emocionante”, pensó Gia con sarcasmo.
- Bien… voy a la ciudad a recoger los esmóquines para Dudley y para mi. Y tu. - gruñó a Gia. - mantente fuera de la vista de tu tía mientras limpia.
Gia salió por la puerta de atrás, hacia el día soleado y radiante, dejándose caer en un banco del jardín mientras canturreaba el Cumpleaños feliz entre dientes.
No había recibido postales ni regalos, y tendría que pasarse la noche fingiendo que no existía. Abatida, Gia apartó la vista en el seto. Nunca se había sentido tan sola. Echaba mucho de menos a sus mejores amigos, a Ron, Hermione y Blaise. Pero ellos no parecían acordarse de ella. Incluso había pensado en usar magia para abrir la jaula de Hedwig (Gia no necesitaba varita para emplearla) para escribirles una carta, pero sabía que no merecía la pena correr el riesgo. “Tengo que decirles a Fred y George que me enseñen a forzar cerraduras”, pensó. “Seguro que ellos saben”. Pero incluso pensar en los gemelos hacía que se le instalase una sensación de pesadez en el estómago.
Gia movió la cabeza. Se había quedado mirando fijamente el seto… y este le devolvía la mirada. Entre las hojas habían aparecido dos grandes ojos verdes.
Una voz burlona resonó detrás de ella.
- Sé que el día es hoy. - canturreó Dudley, acercándose con andares de pato.
Los ojos grandes se cerraron y desaparecieron.
-¿Qué? - preguntó Gia, sin apartar la vista del seto.
-Se que día es hoy. -repitió.
- Oh, enhorabuena. -respondió Gia. - Y solo has necesitado llegar a la secundaria para aprender los días de la semana.
- Hoy es tu cumpleaños. - dijo con sorna. - ¿Como es que no has recibido postales de felicitación? ¿Ni siquiera en ese monstruoso lugar has hecho amigos?
- Procura que tu mamá no te oiga hablar de mi colegio. - contestó con frialdad.
- ¿Por qué miras el seto?- preguntó con recelo.
- Me preguntaba que seria mejor, si prenderle fuego o cambiarlo de color. ¿Tu qué opinas?
Al oírlo, Dudley trastabilló hacia atrás.
- No… no puedes… Papa dijo que no harías magia… Ha dicho que te echara de casa…y no tienes a donde ir ni amigos con los que quedarte….
- ¡Abracadabra! - dijo Gi con voz enérgica. - ¡Bibidibabidibu!
- ¡Mamaaaaaaaa! - vociferó Dudley, entrando en la casa a toda pastilla - ¡mamaaaaaaa! ¡Gia esta haciendo lo que tu sabes!
Gia sabía que pagaría caro el instante de diversión, y no se equivocaba. Tía Petunia intentó pegarle en la cabeza con una sartén a medio enjabonar, y Gia tuvo que esquivar el golpe. Luego le dio tareas, asegurándose de que no comería hasta que hubiera acabado.
Mientras Dudley la miraba y comía helados, Gia limpió las ventanas, lavó el coche, cortó el césped, recortó los arriates, podó y regó los rosales y dio una capa de pintura al banco del jardín. Sabía que no tenía que haber picado, pero éste le había dicho exactamente lo mismo que él estaba pensando… que quizá en Hogwarts lo único que tenía era un enemigo.
“Le encantaría verme así”, pensó sin compasión, echando abono en los arriates, con la espalda dolorida y el sudor goteando la frente y el pelo.
Eran las siete de la tarde cuando finalmente tía petunia la llamó.
-¡Entra! ¡Y pisa sobre los periódicos!
Fue un alivio entrar en la sombra de la reluciente cocina. Encima del frigorífico estaba el pudin de la cena, y una pieza de cerdo asado chisporroteaba en el horno.
- ¡Come deprisa! ¡Los Mason no tardarán! - le ordenó con brusquedad tía Petunia, señalando dos rebanadas de pan y un pedazo de queso que había encima de la mesa. Ella ya llevaba puesto el vestido de noche color salmón.
Gia se lavó las manos y engulló la triste cena. No había terminado cuando tía Petunia le quitó el plato.
- ¡Arriba! ¡Deprisa!
Al cruzar la puerta de la sala de estar vio a su tío y a Dudley con esmoquin y pajarita.
- Recuerda, chica: un solo ruido y…
Gia entró de puntillas a la habitación, cerró la puerta y se echó en la cama.
El problema es que ya había alguien sentado.