El jardín de papá
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Yo vivo en este rancho con mi padre. Sé que soy ya una mujer adulta, hecha y derecha, que debería ser independiente, con una buena posición de trabajo y lista para iniciar su propia vida, pero simplemente no puedo dejar aquí solo a papá, en este solitario pedazo de tierra.
Hemos vivido aquí antes siquiera de que yo naciera, cuando aún no estaba ni pensada. Papá construyó la finca cuando recién se casó con mamá, él invirtió todo su esfuerzo y dedicación en levantar ésta casita y labrar su campo, para hacer un hermoso hogar en el que creciera nuestra familia.
Cada mañana cuando me levanto y bajo los escalones de madera me cruzo con mi padre, que de espaldas a mí mira hacia fuera por la ventana de la cocina, la que está encima de la canilla, observando su cuidado jardín, aquel que tanto ama, lleno de hortensias, flores de lavanda, pervincas, lilas y otras plantas de tonos orcela y mauveína pálido, los tonos favoritos de mamá. Él plantó toda aquella vegetación por ella, para deleitarla, e incluso después de que ella se fuera él siempre cuidó del jardín que con tanto esmero ideó para su amada.
La gente suele pensar que mi padre es un hombre malhumorado y huraño, siempre tiene ese semblante serio y apenas cruza palabra con nadie, permanece encerrado en casa y apenas sale de los límites más allá de la cerca del rancho, ni permite que desconocidos se adentren en su tierra. He de reconocer que a veces ha llegado a mostrarse ciertamente irascible cuando algún merodeante se ha acercado demasiado a sus delicadas orquídeas y peonías de color amatista, pero es que él realmente ama sus plantas y las trata como si de sus hijas se trataran, él solo quiere evitarles cualquier daño pues sus aterciopelados pétalos podrían estropearse por el tacto descuidado de aquellos que no saben tratarlas con la mesura que merecen.
En el fondo mi padre es un hombre dulce y cariñoso, y me trata como su rosa más preciada. A veces toma mi rostro entre sus ásperas manos y lo observa en silencio con detenimiento con una expresión que no comprendo. La gente dice que, si bien tengo sus ojos claros y serenos, el resto de mis facciones son las de mi madre; mi piel clara y cálida, las pecas que recorren mis mejillas como constelaciones en el firmamento y mi cabello del color de la madera de caoba recién cortada.
Yo sé que en realidad él es un romántico profundamente enamorado, pues aún cuando mamá se fue él nunca más rehizo su vida ni intenciones tuvo de hacerlo. Y no es porque le faltarán ocasiones, pues es un hombre bien parecido y muchas mujeres lo han pretendido. Pero él pareció pausar el tiempo, estancado en el recuerdo de mi madre.
Aún no logró entender por qué es que ella se fue. Mamá era una mujer, que si bien estaba más entregada al trabajo que a la familia, parecía amarnos genuinamente. Yo veía amor en sus ojos cada vez que nos miraba a mi padre y a mi, y de tanto en tanto trataba de pasar tiempo con nosotros apartándose del trabajo; a veces insistía en cuidar del jardín junto a papá, aunque éste no se lo permitía, así que nunca logré entender qué ocurrió aquella vez. Una noche de madrugada una sensación extraña me sacó de mi ensueño, me revolvía en la cama sin poder dormir y entre la oscuridad de la noche y el silencio pesado de la casa escuché el leve chirriar de la madera bajo unos pies ligeros. Me desprendí de las sábanas y bajé las escaleras para encontrarme a los pies de ésta, llegando a la puerta, a mi madre vestida con una pesada gabardina gris y una maleta a su lado, a punto de atravesar la entrada para irse.
Levantó la vista sobresaltada, como si se hallará horrorizada por lo que podía encontrar al final de los escalones, como si esperara ver a la más horripilante criatura sacada de una pesadilla, y es entonces cuando fijó su mirada en mí y su expresión cambió en un segundo al dolor más profundo y aún en la distancia y penumbra pude ver sus ojos volverse vidriosos amenazando con lágrimas tras de éstos.
──Oh... hola mi vida. ¿Qué haces levantada?¿Te he despertado? ──su voz, aunque dulce, sonaba trémula, como aquel que trata de ocultar el llanto, y algo preocupada. Claro que por aquel entonces yo era muy niña y esto no lo sabía.
Negué con la cabeza levemente, aún somnolienta.
──No podía dormir... ¿Dónde vas, mamá?
──Mamá tiene que salir, mi cielo, vuelve a la cama.
──¿No vienes a arroparme? No puedo dormir si papá o tú no me dan las buenas noches. ──comenté sin avanzar, arrastrando las palabras debido al cansancio.
Ella negó suavemente, antes de encontrar la fuerza para abrir los labios y seguir hablando con una sonrisa forzada. ──No puedo. Cariño, acuéstate, volveré en seguida ¿Sí? Entonces te arroparé. Solo espérame, espérame en tu cuarto, porque no tardaré nada, mamá estará contigo.
Sin esperar a que me moviera del sitio, apartó su vista de mí, como si verme le atravesara el corazón cuál daga ardiendo, y sin hacer ruido abrió la puerta de casa para salir, cerrándola tras de sí y no volviendo nunca más.
Supongo que al final el trabajo sí resultó ser más importante para ella que mi padre o yo, porque nos abandonó para irse a otro lugar y seguir haciendo su vida, siempre enfocada en su carrera. Si bien ella siempre conservó su alianza de matrimonio, la llevaba colgada de su cuello en una cadena de oro que nunca se quitaba, nunca jamás; siempre la veía colgando junto a su corazón cada vez que iba a visitarla, así que creo que de algún modo ella aún permanecía teniendo sentimientos por mi padre; o quizás era porque aquella sortija había pertenecido a mi abuela, quién sabe. El caso es que perennemente llevó ese recuerdo consigo y no se desprendía de él, así que era sumamente extraño que el día de su muerte aquel pequeño objeto no apareciera junto a ella. Quizás no quería llevarlo consigo cuando decidió terminar con su vida.
Nunca imaginé que mamá pudiera hacer algo así. Yo siempre la vi como una mujer llena de vitalidad y energía, salvo aquella fatídica noche en la que nos abandonó no recuerdo ni una sola vez que su sonrisa abandonara su rostro amable, así que fue para todos nosotros un auténtico shock cuando la encontraron años después en su departamento en la tina llena hasta arriba de agua teñida de un carmesí intenso, cuando su sangre había escapado de sus arterias femorales y había inundado la bañera. No dejó una nota, ningún mensaje o pista de por qué lo había hecho, dejándonos atrás no solo con la pena y el tormento, sino también con aquel misterio.
Oí que hay personas que atraviesan la depresión de una forma funcional, sin que nadie pueda leer qué es lo que les está ocurriendo. Le llaman "depresión sonriente", y es por este misterio, por el enigma que es la mente humana, e inspirada por el amor a la ciencia de mamá, que decidí estudiar psicología. A día de hoy soy una profesional bien cualificada y admirada por mis compañeros, amante de su profesión y muy entregada, y es por eso que decidí volcarme de lleno en la investigación cuando éstos extraños casos comenzaron a suceder.
Nadie recuerda exactamente cómo inició, no hay datación exacta de cuándo es que nos percatamos de este suceso, pero parece ser que apareció este movimiento alrededor del globo a la vez. No importaba el país, el sexo, la etnia, la edad, la condición social o educacional, éstas personas a lo largo y ancho del planeta comenzaron a hacer lo mismo casi simultáneamente.
Primero se pensaba que era una broma, alguna clase de protesta o una performance. Personas completamente distintas entre sí, sin aparente relación entre ellos,, empezaron a imitar la misma conducta; aparecían parados en algún punto aleatorio, fueran espacios públicos o viviendas, y así permanecían de pie sin moverse ni un centímetro, a veces en extrañas posturas, impasibles ante la mirada y sorpresa de los transeúntes.
Hoy día puedes encontrar su rastro en las calles, los parques, cerca de hospitales y comercios, sobre azoteas, en subterráneos... cada vez más y más de éstas estatuas vivientes se propagan por todo el país, por todo el continente, por todo el planeta. ¿Por qué hacen ésto? Nadie sabe, ni ellos dan respuesta. No importa cuánto preguntes, a veces no quieren hablar, otros dan respuestas escuetas o poco concretas, otros no parecen saber, pero se ven sumamente abatidos, como si un gran tormento les pesase.
Los gobiernos de todo el mundo trataron de tomar medidas. Primero la policía los detenía por estorbar el tránsito de vehículos y personas, por inquietar a los vecinos o escándalo público. Pero daba igual cuánto les insisteses, ellos no se moverían; no importaba que los detuvieras, movieras a la fuerza o incluso que los encerrases en una celda bajo llave, como por arte de magia siempre volvían al mismo punto, siempre encontraban el camino se vuelta. Se crearon leyes específicas para condenar ésta "práctica", se llamaron a expertos de todo el mundo: médicos, psiquiatras y psicólogos, sociólogos y antropólogos, biólogos, criminólogos... nadie conseguía dar explicación a lo que estaba ocurriendo. Al no encontrar explicación en la psique de los afectados se comenzó a pensar que se trataba de una enfermedad infecciosa.
La paranoia y el miedo se difundieron rápidamente como una gripe primaveral, los rumores, aún sin base alguna, se extendían sin control como una reacción química, imparable. La gente, ignorante, comenzó a evitar a éstos pobres condenados, que mortificados recaían sobre un punto de forma estática, dejándose morir lentamente, sin hablar, sin quejarse, con la cabeza gacha y aparentemente aceptando su terrible destino.
Yo formaba parte de un grupo sin ánimo de lucro, conformado tanto por voluntarios como por profesionales de la salud, que trataban de ayudar a éstos pobres desdichados, tanto a pie de calle, como a investigar el origen y la solución de este curioso y terrible mal.
──Buenos días, papá. ──saludé aquella mañana bien temprano al entrar en la cocina.
Mi padre como siempre, aún sin darse la vuelta para mirarme, y con su taza de humeante café en la mano, me contestó observando a través de su ventana preferida, la de encima del fregadero.
──Buenos días, Beth. ¿Hoy te toca ir a trabajar?
Aparté la silla de madera arrastrándola por el suelo y así hacerme un hueco en la vieja y pesada mesa de roble de la estancia, dónde ya me esperaba, aún caliente, el desayuno que papá me había preparado con tanto esmero.
──Claro. El mal nunca descansa. ──bromeé refiriéndome obviamente a aquella situación que vivíamos.
Rió para sí mismo sarcásticamente, llevándose a los labios aquel ardiente y oscuro brebaje que era su café bien cargado, amargo y reconfortante a la vez.
Comencé a comer de mi plato, el único que se hallaba servido, pues mi padre solía desayunar antes de que yo amaneciera y ya tenía los platos lavados y colocados en su sitio antes de que yo me alistara y bajara a la cocina. Consumí mis huevos revueltos y el beicon en silencio, antes de levantar la vista y posar mi vista en el calendario. Entonces recordé en qué mes nos encontrábamos y una sensación melancólica apretó mi pecho.
Cuando hube terminado mi desayuno me puse en pie y me acerqué allí donde mi padre permanecía parado divisando su paradisíaco jardín, colocando la vajilla en el fregador de metal, y quedándome brevemente a su lado, acompañándolo, antes de volver a dirigirle la palabra.
──Pronto es el cumpleaños de mamá. ──comenté tratando de no sonar triste──. He pensado que éste año por su cumpleaños podríamos traer unas nuevas dalias...
──Ya he ordenado campanulas. ──me interrumpió con un tono monótono sin mirarme, sin apartar la vista de aquello que contemplaba.
Dejó su taza sobre la encimera de madera que él mismo había pulido y por fin dirigió sus fríos y tristes ojos hacia mí. Me miró un instante en silencio, antes de posar su mano en mi mejilla izquierda, acariciando con su pulgar mi redondeado pómulo. Se acercó para besar mi mejilla contraria y sonrió.
──Ten un buen día en el trabajo. ──él me miraba como si aún viera a su niña pequeña. Un hombre que parecía duro por fuera, pero lleno de profundos sentimientos por dentro, demasiado intensos y secretos como para entenderlos. Mi padre era un hombre como el ancho y vasto océano, como una llanura abisal a la que miras y sólo puedes preguntarte qué misterios hay más allá de lo que ves en la superficie.
Asentí. Seguramente hoy sería un día duro como todos los anteriores, siempre sin pistas, andando en círculo, pero interesante y llenos de cavilaciones. Me preguntaba qué nuevas ideas cabrían hoy a discutir en las reuniones, aunque ciertas teorías ya rondaban mi cabeza, hipótesis que inundaban mi mente e invadían mis pensamientos a cada momento del día, tan fascinada por aquellos hechos insólitos y hasta ahora aparentemente inexplicables, de una forma terrorífica y perturbadora.
Aparcaba mi vehículo a varias cuadras de mi lugar de trabajo. Yo era psicóloga clínica y solía andar hasta el hospital, aquellos paseos matutinos me ayudaban a despejar la mente y a reflexionar. Durante mi trayecto pasaba cerca de varias víctimas de aquel mal y que vulgarmente llamaban "anclados", así podía dedicarme a observarlos e indagar en cómo iba siendo su evolución diaria. Había uno cerca del cruce de una escuela de infantil, era un hombre que rondaba los cincuenta y nadie le prestaba mayor atención. Alrededor suya la policía había colocado un cordón policial que señalizada su ubicación en un pequeño cuadrado de más o menos un metro cuadrado, pues al hallarse cerca de una intersección corría el riesgo de ser atropellado al no ser visto por lo vehículos que circulaban.
──¡No te acerques a ese hombre!──una mujer tomó la pequeña muñeca de su hijo de apenas cuatro años, que se había acercado curiosamente al extraño petrificado, y tiró del infante violentamente hacia sí, apartándolo del anclado. ──¡Podría contagiarte!
Me acerqué con tranquilidad a dónde se encontraba el hombre para revisar su estado. Comenzaba a hacer frío, pues ya había entrado el otoño, y los voluntarios a su cargo parecían haberlo vestido con algo de ropa de abrigo. A sus pies estaban colocadas algunas botellas de agua y alimentos energéticos de deportistas que usaban para mantenerlos.
──No son infecciosos. ──le comenté a la mujer amablemente──. La comunidad científica se ha pronunciado al respecto, y no hay evidencia alguna de que éste mal se contagie entre las personas. Por favor, no desinforme sobre este mal y no estigmatice a quienes lo padecen.
La mujer solo me miró con recelo, y sin mediar palabra y sin apartarme la mirada, como si yo estuviera loca y fuera peligrosa, se alejó de mí y del anclado, desapareciendo de mi vista antes de que retomara mi camino.
Llegando al hospital, junto a una vivienda que colinda con éste, solía encontrarme a un muchacho joven que llevaba ya más de una semana en la misma posición. Su brazos de curvaban en una postura ciertamente incómoda y su rostro gacho siempre apuntaba al suelo con los ojos cerrados y el semblante arrugado en un gesto de pura desazón. Mi corazón se encogía de sentimiento cada vez que veía a un crío tan jovencito marchitándose en ese estado, sin poder yo ayudarlo.
──¡Por favor, Daniel! ──la voz angustiada de su madre le suplicaba, como cada día. ──¡Vuelve a casa! ¡Deja esto! ¡Por favor, vasta, vuelve a casa!
Cada día, durante horas y horas, la mujer venía a llorar a su hijo, a rogarle, para que la acompañara de vuelta al hogar, pero él no parecía responderle, y lo único que lograba contestarle cuando le preguntaba eran leves sollozos.
Yo misma había tratado de entablar conversación con el adolescente, había tratado de sacarle una explicación sobre su conducta, pero mi esfuerzo había sido totalmente en vano.
Aquel día me acerqué como siempre a comprobar su estado, con una lata de café caliente que había sacado de una máquina expendedora. Le ofrecí la bebida a su progenitora para que ésta le ayudará a beber y le pregunté por su situación. Cómo siempre, parecía que el joven rechazaba cualquier ayuda y era forzado a consumir alimentos y bebidas, ante la desesperación de su madre, que veía cómo se iba apagando día a día, cómo si cada vez se convirtiera más en una estatua y quedará cada vez menos rasgos humanos en él.
Ella había colocado una bufanda de lana amplia y caliente sobre sus hombros y alrededor de su cuello, un gorrito negro tratapa de proteger su cabeza y orejas del frío, y cuando me alejaba aún con pesar en mi corazón podía ver cómo su madre trataba de hacerle beber el café caliente y arroparlo con un abrigo pesado.
Ya pronto empezaría la temporada de lluvias.
Me estiré tras mi escritorio, reclinándome en mi silla tratando de desperezar mi agarrotado cuerpo después de una jornada tan larga. En la pizarra teníamos apuntadas mil anotaciones tras cientos de reuniones, discusiones y videoconferencias. Ninguna idea en claro, nada de provecho. ¿Era un virus? ¿Una enfermedad mental? ¿Algo ambiental? Algunos hablaban de ideas sobrenaturales. Nada nos convencía, y acabábamos en el mismo punto.
De repente fui consciente de la hora que era cuando mi estómago se quejó después de tantas horas sin comer. Ni siquiera había realizado una pausa para almorzar. Por mi mente pasó la idea de qué iba a cenar aquella noche, recordando que papá me había prometido hacer asado y me había pedido hacer unos recados por él antes de llegar a casa. Sonreí levantándome de mi asiento y comenzando a recoger mis enseres, me despedí de mis compañeros mientras repasaba en mi cabeza aquello que tenía que comprar, aprovechando el trayecto que tenía que hacer daría un rodeo más largo de lo habitual, y eso me agradaba.
Ya caía la tarde mientras caminaba con mis pesadas bolsas de vuelta hacia mi vehículo por una calle amplia por la que no solía transcurrir. Normalmente el cielo ya estaría teñido de un intenso color hojarasca otoñal hacías aquellas horas vespertinas pero unos nubarrones gris oscuro amenazaban con romper a tronar y llorar en cualquier momento. Debía apresurarse a llegar a casa si no quería que en mi camino, pasando por el bosque de altas pinedas, me sorprendiera la tormenta.
En mi tránsito divisé algo que captó mi atención de inmediato. Aquella avenida transcurría junto a la rivera de un río, abajo, parados junto al curso del agua se hallaba una pareja joven. La mujer, con su cabello azabache apagado bajo la tenue luz de aquel sombrío atardecer, miraba la horizonte, totalmente inmóvil y quieta, totalmente absorta como si su mente no estuviera allí, mientras el hombre, arrodillado a sus pies, sollozaba y le imploraba, con un lamento que ascendía el desnivel donde estaban e inundaba la calle, cuál melodía tortuosa que te arrebataba el aliento en su pesar sin fin. Parecía que aquella escena hubiese sido arrancada de un cuadro de Goya en su etapa oscura, como un siniestro y horrido recuerdo que nunca viví, erizaba los cabellos de mi nuca.
Bajé de inmediato sin pensarlo dos veces, sospechando que la mujer se trataba de un anclado el cuál no había visto nunca antes.
──Jenna... ──se lamentaba el hombre.──. Para. Para ya, por favor. Déjalo ya, me estás asustando. Vámonos.
Sus ojos rojizos e hinchados de tanto llorar parecían no avisarme mientras me acercaba, demasiado cansados y secos ya de tantas lágrimas derramadas, pues ya las había gastado todas.
No quería molestar, pero realmente necesitaba despejar mis dudas y conocer al caso, así que de la forma más amable y prudente que pude, tratando de no alterar al hombre, me aclaré la garganta para empezar a hablar.
──Disculpe, señor. Buenas tardes. Soy Elizabeth Rice, psicóloga. ──dije en tono pausado y cordial──. Trabajo con personas que padecen este síndrome, aquí cerca en el Hospital Princeton-Plainsboro. Permítame ayudarle.
Su rostro se levantó del pasto para observarme sorprendido, como si en su cabeza no cupiera que otro ser humano existiera en esa orilla desierta aparte de ellos dos, y por un instante pensé que nunca abriría los labios para hablar...
Aquella velada hablé largo y tendido con mi padre. Bueno, yo hablé y papá escuchó. Yo solía hablarle del trabajo y le exponía mis teorías, mientras él asentía y me escuchaba con detenimiento, sin levantar su vista del plato.
Le relaté lo que aquel hombre, el que había que encontrado hoy ese día a la orilla del arollo, me había contado. Eran una pareja joven, llevaban poco más siete años casados pero habían sufrido diversas y dolorosas desdichas. Desde que iniciaron su matrimonio habían intentado por diversos medios quedar embarazados, en más de dos ocasiones que ellos supieran la mujer había quedado en estado de gravidez, pero para desgracia de ambos, el fruto de su vientre había sido malogrado al poco tiempo, resultando en abortos involuntarios, destruyendo paulatinamente la esperanza de ambos en ser padres, hasta que por fin, hacía como tres años, había ocurrido su pequeño milagro. La mujer por fin quedó en estado, y a pesar de ser un embarazo de riesgo, muchas veces pensaron que la perderían, acabó naciendo un pequeño ángel de salud algo débil a la que llamaron Mabel.
Mabel era una niña, que si bien no gozaba de un excelente estado físico, pues nació prematura y eso le dejó diversas secuelas, era la infante más feliz del mundo, de rostro regordete y sonrosado y rubios tirabuzones que coronaban su pequeña cabecita revoltosa. La pequeña era un deleite para sus padres, que la veían como su mayor obra de arte. Sin embargo, la dicha de este matrimonio no duró mucho tiempo.
Hacía menos de un año, paseando por aquel mismo lugar donde los encontré, había ocurrido la mayor desgracia que a un padre le puede acontecer. Esa tarde, Jenna, que así se llamaba la mujer, caminaba con su niña cómo cualquier otro día. La pequeña recién comenzaba a andar por sí sola, así que la madre nunca pensó que pudiera alejarse mucho de su lado; se agachó a recoger unas campanillas del lugar, cuyo tono violáceo había cautivado la vista del bebé, para poder regalárselas. Solo le dió la espalda un segundo, un breve instante, que para su agonía, recordaría con remordimiento el resto de su vida, pues a los breves segundos de haberse postrado escuchó a su espalda el chapoteo del agua. Se levantó apresurada, con el corazón latiendo con fuerza en la garganta, y para cuándo se hubo dado la vuelta, el agua arrastraba el cuerpo del bebé río abajo.
Ella se lanzó en su busca, pero ya no había nada que pudiera hacer, pues ya estaba muy lejos como para que pudiera alcanzarla. La perdió de vista, y a las breves horas un grupo de voluntarios y policías encontró el cuerpo sin vida de la bebé río abajo.
Papá escuchó con la cabeza gacha y expresión sombría todo aquello. Solo él podía entender con esa profundidad lo que aquel matrimonio estaba viviendo. El pesar y martirio que un corazón que ama debe vivir cuando lo que más aprecia se va para siempre, la culpa y remordimiento que se agarra a tu pecho y no lo suelta nunca más.
Terminé de exponer el hecho, y finalmente, tras una breve pausa en la que le dejé digerir la información volví a hablar.
──Tengo la hipótesis ──comenté esperando a que levantará la vista de nuevo para verme, sin poder ocultar la emoción que sentimos las personas de ciencia cuando nos vienen nuevas ideas y soluciones──, que puede ser que los anclados se encuentren atados a un lugar que presente una fuerte carga emocional para ellos.
Me observó de soslayo, sacando un cigarrillo de la cajetilla que solía guardar en el bolsillo izquierdo de su camisa.
──¿Eso crees?
──¡Claro! ──contesté casi de inmediato── Verás, aquel camino junto al río era el lugar favorito de paseo de la niña y además el último lugar en el que su madre la vió con vida ¿Qué lugar en el mundo puede haber con mayor vínculo para una madre? Solo tengo que indagar más en el transfondo de los casos conocidos. Mañana mismo expondré mi teoría en el trabajo.
Papá encendió el cigarro que ahora sostenía entre los labios con calma, como si meditar en lo que yo le contaba.
──Está bien. Pero no te sobreesfuerces demasiado, te veo demasiado volcada en el trabajo últimamente. Parece que te levantas pensando en eso, comes pensando en eso, cagas pensando en eso, te acuestas pensando en eso... no quiero que te enfermes de tanto esforzarte. Tómalo con calma.
──Está bien papá, no es para tanto. ──respondí divertida por la forma en la que lo había dicho. Mi padre tenía ese sentido del humor oscuro y extraño en el que a veces se le colaban detalles escatológicos. ──Bueno, cuando pueda me tomaré un descanso, al fin y al cabo pronto es el cumpleaños de mamá ¿Cuándo llegan las campanulas?
──Mañana, posiblemente. Tomaré la vieja camioneta para ir por ellas. ──comentó de forma casi meditativa.
──Iré por ellas yo. Es en la floristería de siempre ¿No? Puedo pasarme cuando vaya a trabajar. ¿Quieres que te ayude a plantarlas esta vez?
──Está bien, Elizabeth. Ya me encargaré yo de plantarlas, te encomiendo el resto a tí. ──papá siempre sonaba con ese tono tan distante y formal. Se levantó aún sosteniendo el cigarrillo a medio consumir.
──Es hora de acostarse ya. No te quedes dando vueltas en la cama pensando en eso ¿Sí?
──Eso intentaré. Buenas noches, papá.
──Buenas noches, pequeña.
Llegué al día siguiente al hospital muy emocionada, como si aquella pequeña hipótesis aún sin sustento firme fuese a solucionar todos los problemas del mundo. Dispuesta a acabar, gracias a mi mente brillante, con el mal que azotaba a toda la sociedad humana.
En mi camino al trabajo me paré a hablar con aquella madre que como cada mañana acompañaba a su hijo adolescente, quieto como siempre en el mismo punto geográfico. Quise indagar sobre su pasado y en su vínculo con aquel lugar, así que tratando de ser amable interrogué a la madre como pude, sobre cuál era la relación de su hijo con esa esquina; le costó trabajo y trató de hacer memoria. Según me pudo decir, aunque no estaba segura del todo, creía recordar que en aquella casa solía vivir una compañera de la escuela de su hijo, que alguna vez había ido a visitarla, pero que no creía que la familia de ésta niña viviera allí ya nunca más y que su hijo en su momento estaba muy prendado de la supuesta jovencita. Así que satisfecha con esta información, como si una sola anécdota corroborara todas mis ideas, las expuse en la reunión del medio día, muy contenta conmigo misma.
Terminada mi jornada laboral y de vuelta a casa, pasé por dónde había cruzado la jornada anterior. El cielo hoy parecía despejado, rojo escarlata como si lo hubieran barnizado con sangre humana, pero la desolación que el día anterior inundaba la travesía era incluso peor. Cómo había pasado el día de antes, la joven pareja, atada en el lugar, permanecía como dos espantapájaros abandonados esperando su fin. Yo andaba con una bolsa bajo el brazo, donde las brillantes campanulas asomaban tras las asas y contrastaban en su tono azulado vibrante con los tintes anaranjados y rojizos del atardecer, como una broma de mal gusto, como un lazo azul de nostalgia y esperando tras un fondo ardiente de apocalipsis, del final de los días. Como si el infierno hubiera invadido las calles del mundo y aquellas florecillas nos recordarán un frío y lejano trozo de cielo que aquellos condenados no podrían alcanzar. No me detuve junto a ellos está vez, seguí mi camino, apesadumbrada, sintiéndome culpable por mi buen humor, por mí entusiasmo, cuando tanta gente estaba sufriendo por ese mal en cada rincón del mundo, incluso a la vuelta de la esquina, a pocos metros de dónde yo disfrutaba de mi día a día.
Fue a los pocos días cuando la desgracia llamó a mi puerta.
Por fin las campanulas azules estaban instaladas en el extenso jardín de papá. Faltaban tres días para el cumpleaños de mi madre, y por la mañana cuando me desperté una espesa y pálida niebla se había instalado en el ambiente, tan densa, tan profunda, que me desconcertó cuando abrí los ojos y todo en mi pieza aún seguía oscuro como si ese día no hubiera amanecido, a pesar de la hora que ya marcaba el reloj, en brillantes números rojos, sobre la mesita de mi habitación. Era cómo si el sol hubiese decidido huir, cómo si hubiera decidido abandonar a la humanidad.
La humedad en el ambiente calaba hasta mis huesos y sentí frío en mi ser nada más deshacerme de las mantas que buenamente me abrazaban. Busqué mis pantuflas mullidas a tientas entre aquella oscuridad reinante, teniendo mal cuerpo por aquel ambiente tan desolador. Sin embargo, nada me hubiese preparado para lo que estaba a punto de ver cuándo bajé las escaleras aquella mañana.
La madera crujía como furiosa bajo el pasar de mis congelados pies, posiblemente por el frío reinante. No llegó a mi pituitaria como cada día el olor del desayuno que mi padre solía preparar y dejarme listo sobre la mesa, esa ya era la primera señal de alarma; las luces no estaban encendidas en el primer piso, y la penumbra consumía cada rincón de la casa, lo que me avisaba de que papá no se había levantado, eso era extraño ¿Estaría enfermo?
Abrazándome a mí misma para protegerme del frío me acerqué a la ventana que escogía mi padre todos los días para ver su jardín bañado por la luz del sol, para ver cómo estaba el paisaje fuera. Entrecerré los ojos un segundo, no entendiendo lo que veía, hasta que mi corazón se encogió en mi pecho con temor y sorpresa y del susto di un leve salto hacia atrás, ahogando un exclamación de terror en mi garganta. Afuera, sobre el llano del jardín había una figura oscura plantada.
Mi primer pensamiento fue que un extraño se encontraba rondando la casa y eso me asustó ¿Sería un ladrón? ¿Quién era esa persona? ¿Qué quería? Quise gritar y llamar a mi padre, pero pensé que el ruido alertaría a aquel que estaba a escasos metros de nuestro hogar, y que si sus intenciones era hostiles, posiblemente llegará a mí antes que mi padre; así que con cautela, esperando que aquella figura estuviera de espaldas a mí, o esa era la impresión que me daba, me acerqué con sigilo un poco más a la ventana para observar.
Efectivamente me encontré vigilando la espalda de aquel hombre, que permanecía muy quieto mirando al infinito. Por unos momentos no entendía qué es lo que estaba haciendo, poco a poco mi mente se fue despejando, y aún a pesar del miedo reinante en mi ser, comencé a analizar la situación, pero lo que descubrí solo hizo que mis entrañas se encogieran con mayor angustia todavía.
Paralizado con sus brazos extendidos hacia los lados, como si se hallará crucificado, aquel hombre era un anclado; pero lo que lo hizo peor fue reconocer aquellas ropas oscuras. La camisa azul marino y los pantalones negros, pues él nunca llevaba pijama para acostarse, era mi padre.
En seguida salí corriendo, tropezándome con mis propios pies, por la puerta de atrás de la casa. Lo llamé gritando, desesperada.
──¡Papá! ¡Papá! ──me sentía descompuesta por dentro y casi caigo a sus pies cuando traté de colocarme delante suya para verlo de frente. Tomé su pálido rostro entre mis manos, y no me devolvió la mirada, la cual parecía pérdida en algún sitio dentro de su mente muy lejano. Él no parecía estar allí── ¿Papá qué estás haciendo? Entra a casa ¡Aquí fuera está helado!
No obtuve respuesta alguna.
Lo contemplé durante minutos que parecieron eternos, conteniendo la respiración sin saberlo. Estudiaba sus facciones buscando alguna señal que me diera una pista, una respuesta, a por qué estaba haciendo aquello. No parecía real, no podía estar pasándonos a nosotros ¿por qué?
Traté de juntar las fuerzas y el aire que aún quedaba abajo en mis pulmones, la sangre fría recorría mi sistema; escalofríos bajaban por mi columna como si un jarro de agua helada fuera derramado por mi espalda. Mis piernas me fallaban y el valor me faltaba, horrorizada. Lo llamé, le supliqué, le preguntaba y sollozaba. "Papá, vuelve a casa" aquellas palabras las repetí una y otra vez, taladrando sus oídos y los míos, mis susurros se oían como lamentos que viajaban como malos augurios por todas las curvas sinuosas del valle, de las tierras de aquella casa que compartíamos y las cuales nadie rondaba. No sé cuánto tiempo permanecí allí petrificada junto a él hasta que caí a sus pies, en una mezcla entre desesperación e incredulidad, aquello era una mala pesadilla, y aullidos suaves de agonía que escapaban de mí se elevaban entre la niebla, si hubiera alguien entre los pinos aquella mañana que pudiera oírlos seguro se estremecería y pensaría que era el fin pues estaba siendo maldecido por una banshee.
──Zo... ──su voz era débil, pero clara entre el eco de la neblina── entra en casa...
Aquello me imploró mi padre. Lo miré, su rostro se veía sumamente compungido como si algo lo atormentara y conmoviera en su interior. Un profundo dolor y sentimiento que yo no podía entender.
──¿Por qué estás aquí? ──pregunté tratando de racionalizar lo que estaba sucediendo. Quise ser fuerte, quise ser lógica. Si en vez de ser una hija mortificada era una científica entregada a su labor a lo mejor encontraba una solución que pudiera salvar a mi padre. ──Es tu querido jardín ¿es eso?
De nuevo mi padre cayó en un profundo silencio. ¿Qué significaba aquel lugar para mi padre? El recuerdo del cumpleaños de mamá y las bellas flores de colores azules y finos violetas aparecieron en mi cabeza.
──¿Es porque lo plantaste para mamá?
Siguió sin decir nada, sus ojos contemplando lastimosamente sus preciadas hortensias, como si viera algo que yo no, como aquel que entra en trance, en una ensoñación.
──Papá, encontraré una solución a ésto. Te lo prometo. ──me levanté, enjuagandome con la tela de mi húmedo pijama las cristalinas lágrimas que se acumulaban en el rabillo de mis ojos y levantándome al fin lo miré directamente a los ojos. ──Voy a esforzarme más que nunca, y te sacaré de aquí. Pronto, muy pronto, aguanta papá.
Ahora tenía más motivos que nunca para continuar con mi investigación. Cada día, cada hora y minuto de mi vida tenía que estar enfocado en destapar este misterio y salvar a mi padre, para devolverlo a mi lado y sacarlo de ese martirio y crucifixión.
El día del cumpleaños de mi madre cayó una lluvía demencial. El agua caía como si entre las nubes negras hubiese personas con cubos llenos de agua de deshielo que arrojaban sin piedad a la tierra. Caía y caía como si el agua pretendiese borrar la existencia de la civilización, como si se la fuera a tragar y el día era negro como boca de lobo. No podía cambiar a papá de lugar, por supuesto, así que lo abrigué como pude y le puso encima un impermeable de color oscuro, arrastré una de las sombrillas que protegían el jardín y lo coloqué junto a él; al menos así no se mojaría de pies para arriba y por suerte nuestra casa se encontraba en un colina en alto, así que no temía que el agua subiera lo suficiente como para ponerlo en riesgo. Suspiré antes de irme y darle un beso en la mejilla, rezando porque estuviera bien.
Pasé como siempre en mi trayecto junto a la mujer que custodiaba a su muchacho. El chiquillo, después de tantos días en esa situación, había alcanzado un estado deplorable. Estaba pálido y demacrado, con la piel reseca pegada sobre los enjutos huesos y su figura ahora se veía diminuta. Seguía sin querer comer, aun cuando su madre trataba de obligarlo y las ojeras oscuras se hundían en la cuenca de su calavera. Era un ser miserable.
La progenitora ya no rogaba, ya no sollozaba, ni siquiera hablaba. Solo lo acompañaba en silencio, como una mártir, a su pequeño. No prorrumpí palabra, no hice contacto visual con ella, solo agaché la cabeza y continué mi camino, apesadumbrada por lo que veía, atormentada temiendo que mi padre alcanzara semejante estado.
Durante las últimas semanas se había alcanzado un punto crítico desde que se inició este mal, pues el estado de muchos anclados había llegado a ser deplorable debido al descuido al que se sometían, y muchos familiares y allegados de éstas personas se preguntaban si no era mejor acabar con el sufrimiento de éstos y si lo más misericordioso sería eutanasiarlos, así que en muchos países la población le pedía a los gobiernos el derecho a poner fin a la vida de las víctimas cuando ya su estado pasaba el punto de lo razonable, para no prolongar más su dolor. Por supuesto, un debate encarnizado se había generado entre la población, entre aquellos que estaban a favor de esta petición y los retractarios. Dicen que los problemas llaman a más problemas.
Cuando llegué a casa, para mi alivio, papá se encontraba sano y salvo. Sus pies estaban mojados, a pesar de las botas de montaña, la humedad había calado; pero por suerte nada más le había ocurrido, y a pesar de la lluvía su estado era bastante bueno. Mi padre no se vería en una situación tan horrible, no, yo no lo permitiría, yo no dejaría que se malograse así.
Sequé sus pies y le coloqué unas nuevas botas, sonriendo para mí misma porque la tormenta había menguado y ahora una suave llovizna regaba las campanillas, lilas y hortensias del jardín.
──Abre la boca. ──dije acercando un pedacito de pastel a sus labios. ──He comprado el pastel favorito de mamá. Es tarta de limón, anda, come. Vamos a celebrar el cumpleaños de mamá.
Ninguna respuesta de nuevo. Sus pensamientos seguían perdidos en algún sitio en su interior que yo no conocía. Si tan solo pudiera leer su mente en aquel momento y comprender qué es lo que pasaba.
Aparté algo decepcionada el pedazo de pastel de sus labios, dándome por vencida, cuando algo a nuestros pies llamó mi atención. La tierra se había vuelto blanda a causa de la lluvia y ahora se encontraba removida, haciendo que algo aparentemente enterrado a los pies de mi padre surgiera a la superficie. Me agaché de inmediato a comprobar de qué se trataba.
Era un objeto de pocas pulgadas de forma rectangular, envuelto en una bolsa de plástico cerrada herméticamente, de éstas que se usan para conservar los alimentos. Pronto escarbé un poco y conseguí desenterrar del todo el objeto, pude apreciar por fin que se trataba de una cajita de madera barnizada de blanco.
Fruncí el ceño extrañada, no comprendiendo qué hacía aquello allí. ¿Sabía mi padre que aquella caja estaba a sus pies? Él pasaba horas y horas escarbando y removiendo las tierras de su jardín, era imposible que no conociera cada uno de los centímetros del mismo y sus secretos. Levanté la vista para mirarlo, desconcertada, esperando que me dijera de qué se trataba, pero permanecía estático, con los ojos cerrados como si le doliera.
Sin levantarme saqué el diminuto cofrecito de la bolsa y con curiosidad lo abrí, desencajando su levemente oxidada cerradura de latón. Lo que encontré en su interior me dejó perpleja, pues lo primero que llamó mi atención era algo que a simple vista no reconocí. Lo tomé entre mis dedos, pequeño, pero en seguida los recuerdos invadieron mi mente. Era un delicado mechón de cabello castaño, concretamente de un tono caoba, longitud media y ligeramente ondulado, atado con un lacito de satén blanco, y de inmediato prorrumpí a llorar.
──Oh, papá...
Reconocería ese cabello en cualquier sitio. Era un mechón cortado del cabello de mi madre. Aún podía ver en mi memoria el suave y revoltoso pelo de mamá, que siempre recogía para que no le estorbara en el rostro. Cuánto amaba acariciar el cabello de mi madre cuando era niña, y cuánto parecía amar mi padre peinar cada mañana a mi mamá, un ritual que no se podían saltar. Los recuerdo sentados en la alcoba, junto al tocador; papá la hacía colocarse delante del espejo, y con un cepillo peinaba cada hebra de su pelo con delicadeza, una y otra vez, hasta dejarlo bien pulido y brillante.
Junto al mechón mocca, reposando en el fondo del cofrecito, encontré un anillo de oro envejecido con una pequeña perla color crema y poco lustre. La ya descuidada alianza de mi madre.
Sendas lágrimas bañaron mis mejillas, cayendo al pasto y el barro sin nada que las frenara.──Oh papá... ────volví a sollozar, desolada. Lo repetí, más y más, no sabiendo qué decir, conmovida de que el recuerdo de mi añorada y pérdida madre fuera lo que ataba a mi padre a la tierra.
El día siguiente se sintió extraño. Había cesado la lluvía y me movía como si flotara sobre el pavimento. Todo me parecía irreal.
Aparqué donde siempre y comencé a andar; mi cuerpo se movía de forma automática y me sentía fuera de él. Casi podía observarme a mí misma desde fuera de mi ser ¿Era posible que el amor nos condenase de esa forma? Mis pasos me guiaron hacia el hospital, pero algo me sacó de mi ensoñación. Donde siempre se encontraban la madre y el joven hoy había un tumulto de personas, había bullicio esa mañana gris y me percaté de un coche de policía parado justo al lado. De repente los alaridos de dolor de la mujer me sacaron completamente de mi sopor y la vi, arrodillada en el suelo, con su frente contra el piso, gritando de forma desgarradora de puro lamento. Dos policías parados a ambos lados de ella, mientras la figura impasible de su hijo, aún de pie, estaba cubierta por una bolsa negra, de las que se usan para conservar los cadáveres. Un escalofrío azotó mi columna. El chico había fallecido, aún estático en su pose. Era como si finalmente se hubiera convertido en una estatua inerte. Apreté el paso y me alejé de la escena, sintiendo gran malestar en el estómago, como si una banda elástica lo apretase, amenazando con hacerme vomitar.
Las náuseas me acompañaron el resto del día y mi mente se agitaba mareada. Me sentía apresurada, de una forma u otra tenía que acabar con esta plaga antes de que ésta acabara con mi padre, la persona más preciada en el mundo para mí.
Dos días más pasaron y un nuevo evento vino a sorprenderme. El lapso entre esas jornadas había transcurrido largo y sin novedad, como si más que cuarenta y ocho horas hubieran pasado catorce días; ya no pensaba en la mujer y su hijo, a pesar de ser un evento cercano, pues me hallaba enajenada en lo que aconteciera con mi padre y en cómo solucionarlo, tan ofuscada me encontraba en ello que me clavé horrorizada en el sitio cuando justo en el punto donde solía hallarse el joven ahora estaba su madre retorcida en extraña posición y un terrible presentimiento se apoderó de mí. Tal evento me había resultado incluso más improvisto que esa mañana en la que encontré a mi padre inmovilizado en el jardín de casa, y tras la sorpresa inicial me saqué a mí misma de mi estatismo para acercarme a la señora, cuyas lágrimas discurrían por su rostro mientras se lamentaba.
──Di-discúlpeme... ──dije, pues mi mente no procesaba que aquella buena mujer de repente padeciera de aquel mal. ──¿Está usted bien?
La pregunta era completamente absurda, obviamente, pero es que en mi incertidumbre no era capaz de expresarme mejor ni concretar palabras más locuaces.
Solo leves quejidos padecía emitir la infeliz señora. Alrededor mía comenzaron a llegar murmullos, murmullos que traían rumores. ¿Cómo no iban a pensar todos ahora que resultaba ser una enfermedad contagiosa si una madre que visitaba cada día a su hijo ahora resultaba presa del mismo padecimiento? La gente se apartaba, la rehuía. Yo me quedé inmóvil, asustada; tan quieta que yo misma podía parecer un anclado.
Durante un minuto mi cuerpo no reaccionaba, es entonces cuando una vecina que regularme observaba aquella situación durante aquellas interminables semanas se me acercó.
──Es increíble que esté aquí ya. ──en su voz me percaté que había un leve tono de incredulidad y a la vez de indignación. ──No puedo creer que la policía ya la haya soltado. Después de lo que hizo...
Me volví desconcertada, sin entender a qué se refería ¿Qué podía haber hecho aquella pobre madre que cada día acompañaba a su hijo, tronase o lloviera?
──Disculpe, pero ¿a qué se refiere usted? ──pregunté desmontada.
──¿Pues cómo? ──exclamó sorprendida. ──¿No sabe usted? Si pensaba que la conocía. La vi a usted hablando con ella más de un día.
Negué con la cabeza, esperando que la vecina siguiera con su soliloquio.
──¡Pues que ella mató a su hijo! ──exclamó como si aún no saliera de su asombro. Mis ojos se abrieron de par en par, al principio sorprendida; luego pensando en qué situación tan horrible debía verse una madre para cometer un acto tan atroz. Es por eso que tanto clamaban porque legalizaran la eutansia para los afectados.
La mujer no esperó respuesta y continuó hablando. ──Aunque no me extraña ¿qué clase de madre sería si su hijo hizo lo que hizo? Ese desgraciado. Merecido tiene lo que le ha pasado.
Mi ceño se frunció con desconcierto, no entendía realmente nada de lo que estaba diciendo ¿cómo iba a merecer un chiquillo morir de semejante forma tan espeluznante? La metiche vecina pareció adivinar en mi rostro mi falta de entendimiento, y tras abrir su boca en una "O" de sorpresa, que parecía esconder detrás un "ahora entiendo", volvió a su perorata.
──Claro, es que usted no sabe ¿cómo le iban a contar este par de sinvergüenzas? En esta casa vivía una compañera de clase del difunto. Lo que no cuentan es que la muchacha se suicidó. Sí, ella se quitó la vida. Yo la conocía desde bien niña. Lo hizo porque el desgraciado ese la acosaba; él y sus amiguitos le hacían bullying en el colegio. Tanto la hostigaron que ella no encontró más remedio que tirarse por esa ventana que ve ahí, sí, sí, la que da a donde esta mujer está parada. Su hijo estaba bien obsesionado con ella. Con lo buena qué era esa niña ¡Dios mio! y tan guapa... Dicen que el último empujón que le llevó a cometer algo así fue que ese miserable la agredió sexualmente, y luego la chantajeó con ello. Nunca se tomaron represalias porque el colegio lo encubrió... poco después la familia se mudó a otra parte, no podían soportar estar aquí nunca más.
Cuanto más escuchaba más enferma me sentía. Un horror indescriptible se apoderó de mí. No sabría siquiera cómo describirlo... era como un mareo que te hace sentir que tu cuerpo ya no pisa más el suelo, el aire te falta y notas cómo si de repente te hubieran soltado al vacío desde un edificio a veinte metros de altura sin previo aviso. No sabía cómo digerir aquello, cuando yo cada mañana hablaba con la madre como si de un crío inocente se tratase, cómo si una condena injusta, una condena de muerte, hubiese sido impuesta injustificadamente sobre el adolescente.
Retrocedí, como asustada; me dí la vuelta, y sin mediar palabra con la vecina seguí mi camino al hospital, con un susurro dentro de mi propia cabeza que sonaba como una voz tras mi oído que decía "Y sí..."
Permanecí callada todo el día en mi puesto, muda, ida, perdida en mis propios pensamientos, sin hablar con mis compañeros ni los voluntarios ni participando en las conferencias, sin prestarle verdadera atención a los papeles acumulándose en frente mía sobre mi mesa de trabajo. Una idea se arremolinaba en mi cabeza, crecía y ganaba peso cuánto más pensaba en ella.
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Cuando salí del trabajo, mis pies me guiaron solos, como si la idea en mi cabeza hubiera plantado un sendero que me llevó a quienes en primer lugar hicieron surgir en mí mi primera hipótesis firme: el matrimonio junto al río.
Las nubes volvían a juntarse en el cielo, negras y amenazadoras, como el primer día que les vi. Un viento fuerte azotaba el cabello azabache de la joven, lo sacudía con rabia, y si no fuera porque era una anclada casi parecía que del suelo la podría arrancar y hacer volar. Su marido estaba sentado en el suelo a su lado; las rodillas flexionadas y la cabeza escondida entre sus manos en gesto depresivo. No sabría decir, daba igual cuánto me reclamasen la respuesta, cuál de los dos se veía más miserable. Tampoco sabía cómo era que iba a iniciar aquella conversación.
Me acerqué a ellos tratando de no sorprender al hombre, pues sabía que la mujer no reaccionaría.
──Discúlpeme ──empecé con un sonido que se escuchaba casi avergonzado. ──¿podría hablar con usted un momento?
Sus ojos castaños y ojerosos se levantaron muy lentamente a verme. Nadie podría negar, aún sin conocerlo, que estaba hasta el extremo extenuado.
──Ah, es usted. ──respondió sin ánimo alguno. ──Debo agradecerle por lo del otro día. Realmente nadie se interesa hoy día por nosotros, es cómo si fuéramos invisibles. Solo usted nos ha tratado como personas...
Aquello estremeció mi corazón de sobremanera. Es común en esta sociedad que hagamos la vista a un lado, no queriendo ver a aquellos que sufren, no queriendo ver cuán vulnerable es el ser humano, pues no queremos imaginarnos a nosotros mismos en esa situación, o simplemente porque si hacemos que no vemos nuestra conciencia parece estar más tranquila. "No hay nada que yo, una simple persona, pueda hacer" ¿no es así?
Me acerqué un poco más, tratando de sonreír amablemente, no sabiendo si eso era lo apropiado.
──Quería hacerle unas preguntas. Verá... el caso de su esposa, fue mi inspiración para mi hipótesis en su momento. Yo creía que las personas como su mujer se encontraba vinculados a un lugar porque el espacio donde se encuentran tiene algún significado especial para ellos, porque les genera alguna clase de lazo emocional. Esa era mi teoría, que se encontraban atados a la tierra por sentimientos de amor, quizás a un ser querido.
El hombre me observó durante unos segundos en completo silencio. Yo le devolví la mirada, sin sabe cómo continuar, cuando él por fin decidió hablar con media voz casi trémula.
──¿Y ahora? ──me quedé callada, no entendiendo su pregunta. ──¿Cuál es su hipótesis ahora? ──reformuló la cuestión.
──Creo que me equivoqué en el sentimiento... creo que no es el amor o la nostalgia lo que genera esto en los anclados, sino la culpa.
Y esa sentencia sonó más como una pregunta que como una afirmación.
──¿La culpa?
──Sí, bueno. He comenzado a pensar, tras un caso reciente del que he tenido noticia, que es quizás la culpa lo que genera este estado. Que las personas afectadas se vinculan a un lugar que les trae recuerdos de gran remordimiento y pesar.
El hombre pareció al principio extraviado, luego sumamente trastornado, y perdiendo toda su atención en mí se puso de pie y tras colocarse en frente de su mujer la tomó por los hombros y casi pareció que quería sacudirla.
──¡Jenna! ──exclamó como quién parece va a empezar a regañar a un crío desobediente. ──¡Jenna, te lo dije mil veces, esto no es tu culpa! ¡Fue un accidente! ¡Un accidente! ¿Me oyes? Tú no podrías haberlo previsto, no hay nada que puedas hacer. Deja de hacerme sufrir, por favor, deshazte de ese dolor de una vez y vuelve a casa.
Bajo los mechones de un profundo negro obsidiana que le cubría la cara podíamos escuchar leves sollozos que parecían emanar de sus agrietados labios, como si fuera a prorrumpir en llanto en cualquier momento. Pero aún así no contestaba a su marido que desesperado no le apartaba la mirada.
──Doctora. ──dijo volviéndose a mí, obviamente confundiendo mi profesión. ──¿Cree usted que mi mujer puede recuperarse con tratamiento?
Un leve rayo de esperanza se coló en mí. Si esto era así, si el pesar era el que llevaba a la gente a ésta situación tan límite, quizás la terapia psicológica y los medicamentos, como ante cualquier persona con depresión u otra enfermedad mental, lo podía solucionar.
──Es posible. ──mascullé, no queriendo apresurarme a afirmar semejante cosa, pero en el fondo sintiéndome esperanzada.
──¿Has escuchado eso, amor? Vas a curarte ¡Vas a curarte y por fin vamos a volver a casa! Seremos felices, tendremos más hijos.
En plenas exclamaciones entusiastas el hombre se detuvo, cuando un murmullo escapó de los labios de su esposa. Y entonces se detuvo. El ruido se repitió; pero yo estaba demasiado lejos para entender lo que decía. Él se inclinó hacia delante para escuchar mejor lo que ella decía.
──¿Cómo has dicho? ──su voz ahora apagada sonaba como ida.
──Fui yo.
Esta vez sí alcancé a escuchar su voz ronca, pero era cómo si hablara otro idioma, pues no llegaba a comprender a qué se refería.
──Fui yo ¿no entiende? Fui yo ¡Yo maté a Mabel!
Mi corazón se detuvo. Él la soltó y casi trastabilla al andar dos pasos hacia atrás, apartándose cómo si delante suya más que a una mujer estuviera viendo un lobo salvaje, asesino y peligroso. Ambos nos quedamos petrificados, con lo ojos bien abiertos, tanto que cualquiera hubiese pensado que podrían salirse de las cuencas.
──Yo nunca quise hijos. ──gimió con dolor. ──¡Yo nunca quise! Pero tú... tú me obligaste a esto, tenía miedo de que me abandonases si decía que no. Me provoqué todos esos abortos, cualquiera habría cedido, pero tenías que seguir insistiendo... nos pusiste en esa situación ¡Y luego nació la niña! No podía ni verla, no estaba bien, no nació bien... Era un tormento verla sí y día también...
Eso no podía estar pasando. No creía lo que estaba escuchando. Cómo algo tan horrible podía ser cierto.
Solo quise huir, cuando vi al marido caer sobre sus rodillas. No sabía qué iba a pasar a continuación, pero yo no pertenecía a ese lugar, yo no debía estar en ese sitio. No recuerdo muy bien cómo es que salí de allí, pero no quise intervenir. Me fuí, sin mirar atrás, dejándolos a solas; lo que él hiciera a continuación no era algo sobre lo que sintiera yo debiese actuar. Solo recuerdo el aullido de sus llantos acompañándome mientras andaba mi camino de vuelta, queriendo esconderme de éste horrible mundo. Si los lobos se lamentaran con es angustia, con ese sonido hórrido que te penetra en los huesos y taladra tu columna hasta la médula espinal, seguro sonaría de esa forma.
Ese evento pareció confimar mis sospechas, y cuánto más me acercaba a casa por la serpenteante ruta entre las pinedas, alumbrada en la más impertérrita de las penumbras solo por los faros de mi vehículo, más creía en ello.
De nuevo volvió la lluvía torrencial, me acosó todo el trayecto, haciendo que mi coche casi quedara varado en el barro cuando aminoré el ritmo al llegar hacia camino de tierra en la entrada del terreno que nos pertenecía. Lo aparqué allí mismo, desesperada por llegar a papá y corroborar que se encontraba a salvo, no queriendo desperdiciar ni un minuto para arribar a él.
Como era de esperarse, lo encontré justo en el punto exacto donde lo había dejado. El viento huracanado se había llevado la sombrilla que buenamente coloqué para protegerlo en esos días y el viejo chubasquero no había servido para mantenerlo del todo seco. Me dejé caer a sus pies con una sensación agridulce en mi interior. Aquel sentimiento era una mezcla entre una absoluta tristeza provocada por su estado, por ser por fin consciente del martirio por el que pasaba, y el alivio de verlo allí a salvo, junto a mí, que no me lo había arrebatado nada ni nadie; feliz pensando que por fin tenía un remedio, la solución definitiva para su mal y que yo, su abnegada hija, por fin iba a salvarlo y a devolverlo a la normalidad.
Comencé a llorar tontamente abrazándome a sus piernas como hacía cuando solo era una niña, conmovida.
──Papá, papi, por fin he encontrado una solución a ésto. Ya no tienes que sufrir más. ──gemí entre hipidos, sintiéndome tan pequeña. ──No fue tu culpa, de verdad que no lo fue. Mamá decidió terminar con su vida ella misma. Ya no tienes que sentir remordimiento, vamos a salir de ésto.
Mi corazón casi explotaba, inundado por las emociones. Unas gotas cálidas que no parecían de lluvía cayeron sobre mi rostro, y al elevar la vista vi a mi padre deshecho en lágrimas. incapaz de mirarme.
──No sientas vergüenza, yo sé que tú eres un hombre bueno, y que amabas a mamá. Por eso te sientes así. Pero tú no provocaste aquello. Mamá te amaba, seguro lo hacía, te amaba enormemente y no te culpa.
Aquellas palabras hacían eco en mi mente. "Mamá te amaba. Mamá te amaba".
De pronto, algo desconcertante me hizo mirar hacia las casi inundadas hortensias. Por el rabillo del ojo atisbé, entre la tierra removida por la tormenta, bajo las oscuras hojas del arbusto y sus brillantes y melancólicas flores azúleas, que sobresalía un objeto liso de color blanco sucio, casi amarillento, pero sumamente apagado por el día gris y su oscuridad reinante. Eso que observaba se me hacía similar y sentí la fuerza de mi voz abandonarme, cómo si fuera a hacerlo por siempre, lo que me hizo sorprenderme cuando las palabras salieron de mis labios de forma automatizada, más nítidas de lo que nunca podía imaginar y de una forma casi automática.
──¿Qué es aquello? ──pregunté como ida, cómo si no fuera yo quien lo dijera, sino que era mera espectadora de una película de terror que me estaba poniendo la piel de gallina. ──Papá ¿qué es eso? ──repetí antes de ponerme en pie torpemente y deambular hasta la vegetación, inclinándome incrédula a desenterrar aquello. Cuando por fin su forma se presentó nítida ante mí caí de espaldas chillando, horrorizada hasta la médula; mis pulmones se quedaban sin aire por los gritos incesantes que propugnaba, la espeluznante visión ante mis ojos me hizo querer desmayarme y no despertar, quería creer que era una pesadilla, y que cuando todo acabara levantaría en mi cama. Pero aquello era cierto, y yo estaba muy despierta, víctima de un terror inenarrable.
Cuando la policía llegó, levantaron todo el suelo del jardín, de toda la finca. Las luces rojas y azules se colaban por la ventana de la cocina, aquella por la que mi padre miraba cada mañana, bañando con su fantasmagórica luz cada rincón de la estancia, mientras yo en auténtico estado de shock permanecía muy quieta, muy MUY quieta, en una silla sentada. Yo no escuchaba lo que los oficiales me decían, me parecía que me hablaban desde algún punto muy lejano, y yo estaba encerrada en un profundo, muy profundo, pozo tapiado; demasiado inalcanzable para ellos. Quería consumirme en mi oscuridad y desaparecer para siempre.
Diecisiete cadáveres encontraron en total, o eso me dijeron los agentes; no presté demasiada atención. Diecisiete cadáveres que mi padre había enterrado por todo nuestro terreno, en aquella que yo consideraba mi casa, y que parecían datar de diferentes años. Yo había crecido allí, sintiéndome segura, siendo feliz, y a mis pies se pudrían aquellas personas, presuntas víctimas de aquel hombre al que solía amar y yo llamaba padre. Mientras yo aprendía a andar, a hablar, mientras comenzaba la escuela, terminaba el instituto, la carrera y comenzaba a trabajar, su carne se desprendía de sus huesos y los gusanos devoraban sus tejidos y se derramaban por las cuencas de sus ojos.
La policía sospechaba que esas no eran sus únicas víctimas, así que pidieron una orden y comenzaron a registrar la casa. Yo no puse muchas pegas al respecto.
Encontraron el diario de mi padre, en él se describían diversos hechos y varias confesiones. Yo no quería saber, de verdad que no quería, pero inevitablemente y de cara a un juicio, debía ser informada e interrogada. Es por éste hecho que finalmente supe la verdad, la verdad sobre absolutamente todo; por qué nos abandonó mamá y la verdad tras su muerte.
Mi madre lo sabía todo, sabía que mi padre era un monstruo. Descubrió los cadáveres poco antes de abandonarnos; era el amor que sentía hacia mi padre y a mí el que la hizo callar y no delatarlo, pues no quería verme sufrir y destruir nuestra pequeña familia. Pero tampoco podía soportar aquello, tenía terror, el miedo la consumía, y no sabiendo qué más hacer decidió huir. Finalmente fue mi padre el que terminó con su vida años después, cuando el remordimiento que mamá sentía la llevaron al borde de la depresión y amenazó con contarlo todo.
Mis teorías resultaron erróneas. No era el amor, tampoco la culpa la que condenaba a los que quedaban atados a la tierra, era algo más profundo, era un castigo ante lo más horribles y abominables pecados, aquellos que te harían estremecerte y revolverte en el sitio de pura inquietud.
Ya no sentía lástima, ya no sentía nada, ni siquiera repulsión. Quedé vacía y temerosa, y aprendí, de la peor forma posible, que si bien la superficie cristalina del lago parece pacífica y segura, en las profundidades, en lo más fosco y tenebroso, el peligro y el mal habitan; y que nunca, nunca jamás, debes confiarte de lo que parece inocuo y vulnerable, ni siquiera de aquellos a quienes más amas.
Cʀᴇ́ᴅɪᴛᴏs﹕ Iɴsᴘɪʀᴀᴄɪᴏ́ɴ ﹣ Eᴀʀᴛʜʙᴏᴜɴᴅɪɴɢ ᴘᴏʀ Jᴜɴᴊɪ Iᴛᴏ