Pulchra Mortis

Summary

En un mundo asolado por un virus devastador que consume a la humanidad, el brillante pero siniestro Hannibal Lecter y el perspicaz investigador Will Graham se encuentran atrapados en un torbellino de caos y desesperación. Mientras el virus se propaga implacablemente, Hannibal y Will deben unir fuerzas para sobrevivir, enfrentando no solo la amenaza externa, sino también sus propios demonios internos. En medio del caos, surgen preguntas éticas sobre la naturaleza humana y el precio de la supervivencia. Atrapados en un mundo al borde del colapso, Hannibal y Will deben enfrentar decisiones difíciles y revelaciones perturbadoras mientras luchan por encontrar una salida a la oscuridad que los rodea.

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Complete
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1
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n/a
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18+

Capítulo Único

Los gritos de la gente, el horror de ser separados de los que más amaban, la piel que se desprende de los que portaban la enfermedad, el horrible hedor nauseabundo que emanaba por todas partes. Todo aquello era una mezcla pútrida y aterradora, la gente ya no sabía cómo reaccionar cuando todo eso pasaba delante de sus ojos.

Los gritos de la gente perforaban el aire, como lamentos desesperados en un paisaje desolado. El miedo y la desesperación se manifestaban en cada esquina, mientras los vínculos más íntimos se desgarraban por la enfermedad y el caos. La piel descarnada de los afectados era un recordatorio macabro de la fragilidad de la existencia humana.

No solo sucedía allí, en la ciudad de Baltimore, era en todo el mundo. La enfermedad aumentaba conforme pasaban los días, las personas morían, las naciones caían una, por una. Gente inocente, entre niños y jóvenes. Will Graham, afectado por la devastadora realidad post-apocalíptica, luchaba por mantener su cordura mientras se enfrentaba al horror que se desplegaba a su alrededor. Hannibal Lecter, sin poder asimilar completamente el alcance de la catástrofe, observaba con una frialdad calculada, intrigado por la oscura danza de la humanidad en su decadencia.

Todo lo que conocían se fue al caño, las cosas que alguna vez amaron o causaron interés, se perdió, Hannibal y Will estaban juntos, a lado de la moda de perros, que tenía el más bajo, estaban juntos, eso importaba, ¿No?

Por otra parte Jack Crawford observaba impotente cómo el virus consumía a su esposa Phyllis, conocida cariñosamente como Bella. La enfermedad había llegado sin piedad, desgarrando su cuerpo y robándole la vitalidad que una vez la había caracterizado. Cada día era una agonía insoportable para ambos, mientras Jack luchaba por mantener la compostura frente a la inevitable pérdida que se avecinaba. Bella, siempre fuerte y valiente, se aferraba a cada momento que le quedaba con una dignidad conmovedora. Sabía que su tiempo se agotaba, pero se negaba a rendirse ante el destino que les había sido impuesto. Jack, por su parte, se encontraba dividido entre el deseo de aferrarse a ella y el dolor abrumador de verla sufrir.

Al parecer el virus que contrajo su amada esposa, pronto lo terminaría consumiendo a él, tal vez, solo tal vez, irse ambos antes que el sufrimiento los envolviera, al parecer encerrarse en su casa, no funcionó, afuera, era un caos. Tal vez en la mente del ex agente del FBI su único consuelo fue llamar a la persona que consideraba un buen amigo, quien no dudo en ir hacia su hogar, y en un momento de desesperación palpable, Jack se volvió hacia Hannibal Lecter, quien acababa de llegar. Sus ojos reflejando la agónica lucha interna que lo consumía. Su voz, quebrada por el peso del dolor y la impotencia, apenas lograba encontrar el aliento para formar palabras coherentes. La mano derecha, desgastada por el tiempo y la enfermedad que la carcomía sin piedad, se aferraba débilmente a su cuerpo tembloroso.

A su alrededor, el aire estaba viciado por un aroma putrefacto, una amalgama nauseabunda que emanaba de las manchas oscuras que habían comenzado a propagarse alrededor de sus pies, una señal ominosa del avance implacable de la enfermedad. Jack sabía que su propia alma estaba siendo devorada por la misma plaga que había consumido a su amada Bella, quien yacía en un estado de desintegración física y mental irreversible. Con un corazón destrozado pero una determinación inflexible, Jack se atrevió a hacer la súplica más dolorosa de todas. Sus palabras, ahogadas por el torrente de emociones abrumadoras que lo envolvían, buscaron refugio en los oídos de Hannibal, el hombre al que había recurrido en su desesperación más profunda.

—Por favor, Hannibal—, murmuró entre sollozos entrecortados, —Pon fin a este tormento. No puedo soportar verla sufrir más, ni a mí mismo. La idea de enfrentar la vida sin ella es una tortura que mi alma no puede soportar.

En su voz temblorosa resonaba el eco de una agonía que trascendía lo físico, una angustia que había arraigado sus garras en lo más profundo de su ser. En ese momento desgarrador, Jack se aferraba a la última hebra de esperanza, confiando en que Hannibal, con su conocimiento y su oscura compasión, podría ofrecerle el alivio que tanto ansiaba.


Hannibal, siempre intrigado por las complejidades de la mente humana y las emociones extremas, consideró la solicitud de Jack con su característica serenidad. Aunque no sentía compasión en el sentido convencional, comprendía el tormento de Jack y la agonía de Bella. En un gesto inesperado de empatía, accedió a cumplir la petición de Jack, ofreciendo una salida final a ambos.

Con una mezcla de gratitud y dolor, Jack y Bella se despidieron el uno del otro, encontrando consuelo en el amor que compartían incluso en medio del sufrimiento. Y así, en un mundo devastado por la enfermedad y el dolor, encontraron la paz que tanto ansiaban, mientras Hannibal observaba en silencio, contemplando las complejidades de la vida y la muerte.

Después de cumplir con la solicitud de Jack y Bella, Hannibal regresó a su casa con Will, quien estaba ocupado acariciando a sus perros. Una atmósfera de tensión se cernía sobre ellos, palpable en el aire cargado de ansiedad debido al virus que se expandía fuera de las paredes de su hogar. Hannibal observó a Will con atención, notando el ligero nerviosismo que se reflejaba en sus gestos mientras acariciaba a los animales.

Con su típica calma y serenidad, Hannibal decidió no revelarle a Will lo que había hecho con Jack. Sabía que mantener ese secreto era crucial para preservar la frágil estabilidad emocional de su compañero. En lugar de eso, se acercó a Will con una suave sonrisa, buscando disipar cualquier rastro de ansiedad que pudiera percibir en él.

—Will—, comenzó Hannibal con voz tranquila, —La noche cae sobre nosotros como una manta oscura, pero aquí, en nuestro refugio, estamos a salvo. Mientras estemos juntos, enfrentaremos cualquier desafío que se interponga en nuestro camino.

Observó con atención la reacción de Will, asegurándose de que sus palabras calmaran las preocupaciones que lo agobiaban. Sabía que el tiempo sería su aliado mientras navegaban por las turbulentas aguas de la incertidumbre, y estaba decidido a ser el faro que iluminara el camino hacia la seguridad y la tranquilidad que tanto anhelaban.

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Mientras Will y Hannibal observaban las noticias que mostraban la devastación causada por el virus en la televisión, una ola de paranoia se apodera lentamente de Will. Cada imagen de sufrimiento y desesperación alimentaba sus temores más profundos, haciéndole cuestionar cada tos o malestar que sentía en su propio cuerpo. La idea de estar infectado se volvía una obsesión que lo consumía, llenándolo de ansiedad y miedo por su propia supervivencia.

Por otro lado, Hannibal observaba la pantalla con una indiferencia aparente, como si estuviera viendo una obra teatral en la que no tenía ningún interés real. Para él, el mundo exterior era simplemente un escenario en el que los demás actuaban con sus roles predestinados, mientras que él permanecía como un espectador distante y desapegado. Mientras tuviera a Will a su lado, poco le importaba lo que sucediera más allá de su pequeño mundo.

Sin embargo, en medio de su aparente indiferencia, Hannibal no se daba cuenta o no quería, de que Will también estaba infectado por el mismo virus que devastaba al mundo. La ironía de la situación pasaba desapercibida para él, cegado por su conexión con Will y su falta de preocupación por los demás. El virus estaba acabando al mundo, y no solo eso, muchos decían que una plaga era como un ser humano con facultades, por otro lado, los científicos afirmaban que era justa, pues no distingue de raza, posición económica, género o religión. Si aquel virus te atrapaba en sus garras no podías hacer nada más que pedir perdón.

No era un virus ordinario; era un agente patógeno ingeniosamente diseñado para socavar la integridad neuronal y disolver la cordura hasta sus cimientos más profundos.

Se infiltró silenciosamente en el cerebro de Will Graham, consumiendo sus pensamientos, sus recuerdos y, finalmente, su propia identidad.. Cada día era una batalla contra el dolor físico y la creciente sensación de desesperación. A pesar de su lucha, podía sentir cómo su humanidad se desvanecía lentamente, reemplazada por una oscuridad que amenazaba con consumirlo por completo. Por su parte, Hannibal, incapaz de creer lo que veía, se encontraba ante la realidad de que incluso él, el indomable psicólogo forense, no podía escapar del destino que acechaba a la humanidad. La ironía de la situación no se le escapaba; él, un hombre que había estudiado y manipulado las mentes de otros, ahora se veía impotente frente a una fuerza que ni siquiera él podía comprender.

A medida que Will se deterioraba, Hannibal enfrentaba un dilema moral interno. Por un lado, su instinto de supervivencia lo empujaba a alejarse de la enfermedad que consumía a su compañero. Por otro lado, una parte de él, una parte que apenas reconocía, sentía una extraña conexión con la lucha de Will. ¿Podría ser que, en medio de la devastación, encontrará una nueva forma de aprecio por la fragilidad humana?

Mientras observaba cómo las manchas negras del virus se extendían por el cuerpo de Will, Hannibal experimentaba una extraña mezcla de preocupación y fascinación. Se sentía atraído por la fragilidad de la condición humana, una vulnerabilidad que resonaba en lo más profundo de su ser de una manera que nunca antes había experimentado.

En medio de la oscuridad opresiva, Hannibal se acerca a Will, cuyo cuerpo está cubierto por las marcas del virus de necrosis. Sin temor, sin vacilación, sus labios se encuentran en un beso cargado de pasión y desafío al destino. Puede sentir el calor de Will, aunque su piel esté consumida por la enfermedad, y en ese momento efímero, el mundo se desvanece, dejando solo la intensidad del vínculo entre ellos.

El beso es un susurro en la noche, un pacto silencioso entre dos almas destinadas a encontrarse en medio del caos. Hannibal saborea el sabor de la fatalidad en los labios de Will, una mezcla de dulzura y amargura que lo embriaga, recordándole la fragilidad de la existencia y la belleza efímera de la pasión compartida.

Después del beso, se entregan uno al otro en un acto de amor que desafía las limitaciones del tiempo y la enfermedad. Cada caricia es un poema en sí mismo, trazando líneas invisibles sobre la piel marcada de Will, como si cada toque fuera un intento desesperado de capturar la eternidad en un momento fugaz.

En la unión de sus cuerpos, encuentran consuelo en la oscuridad, una luz efímera que ilumina el camino hacia la redención. Los susurros de amor se entrelazan con los gemidos de dolor, formando una sinfonía de pasión y desesperación que trasciende la realidad misma.

«En este lugar desolado y desolador, nuestro amor es la única constante, la única verdad que sigue siendo inquebrantable en un mundo que ha perdido toda esperanza»

A medida que Will perdía la capacidad de reconocer su entorno y sus seres queridos, Hannibal se aferraba a él con renovada determinación. En lugar de alejarse de la enfermedad, como su instinto le dictaba, se encontraba más cerca que nunca de Will, cuidando de él con una devoción silenciosa pero inquebrantable. En los momentos más oscuros de la noche, cuando el mundo exterior se sumía en el caos y la desesperación, Hannibal encontraba consuelo en la presencia de Will. Su amor por él crecía con cada día que pasaba, eclipsando cualquier preocupación por el destino del mundo que los rodeaba.

Esa extraña conexión que Hannibal comenzaba a sentir por la lucha de Will lo llevaba a cuestionar su propia naturaleza y sus motivaciones. Durante tanto tiempo, había considerado a los demás como simples peones en su intrincado juego mental, pero la presencia de Will despertaba una parte de él que apenas reconocía: la empatía.

A medida que contemplaba el deterioro de Will, Hannibal se encontraba luchando contra sus propios instintos egoístas de autoconservación. Siendo un ser tan intrínsecamente narcisista, la idea de sacrificar su propia seguridad por el bienestar de otro era casi antitética para él. Sin embargo, la presencia de Will en su vida había comenzado a erosionar las barreras que había construido a su alrededor, permitiendo que surgiera un nuevo sentido de conexión humana.

Mientras tanto, Will, perdido en las profundidades de la enfermedad, apenas podía reconocer a quienes lo rodeaban. Sus pensamientos se volvían cada vez más confusos, su cuerpo consumido por la enfermedad que lo había atrapado sin piedad.

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Mientras los perros de Will lo rodeaban, fieles compañeros que permanecían a su lado incluso cuando su visión se oscurecía y sus oídos quedaban sordos al mundo que los rodeaba, Hannibal luchaba internamente con sus propios demonios. La presencia de Will, aunque desvanecida y casi irreconocible en su estado deteriorado, seguía siendo un faro en la oscuridad de su propia existencia.

Hannibal, con su mirada fría y su semblante imperturbable, se esforzaba por mantener su fachada de indiferencia, como si ignorar la devastación que se desplegaba ante sus ojos pudiera cambiar la realidad que enfrentaban. Pero incluso él no podía escapar completamente de la dolorosa verdad que se cernía sobre ellos.

Los perros, sensibles a la angustia que emanaba de su amo, se acercaban a Hannibal en busca de consuelo, buscando en él la misma seguridad que Will una vez les había proporcionado. Sin embargo, Hannibal apenas notaba su presencia, perdido en una lucha interna que amenazaba con consumirlo por completo.

Entonces, en un momento de vulnerabilidad inesperada, una lágrima escapó de los ojos de Hannibal, traicionando la fachada de indiferencia que tanto se esforzaba por mantener. Era una lágrima solitaria, silenciosa como un susurro en la noche, pero llevaba consigo el peso de toda una vida de emociones reprimidas y deseos no expresados.

En ese instante, Hannibal se enfrentó a su propia humanidad, a la fragilidad que yacía oculta bajo su máscara de aparente invulnerabilidad. Y aunque la realidad seguía siendo implacable en su crueldad, la lágrima que rodaba por su mejilla marcaba el comienzo de una transformación, una rendición a la verdad que había estado tan desesperadamente evitando. Con la mirada fija en los perros de Will, cuyos ladridos llenaban el aire con una mezcla de tristeza y esperanza, Hannibal se permitió sentir, por un breve momento, el peso abrumador de la pérdida y la incertidumbre que los rodeaba. Y en ese precioso instante de humanidad compartida, encontró un destello de redención.

En medio de la devastación que los rodeaba, Hannibal se permitió sumergirse en un recuerdo que había mantenido cuidadosamente guardado en las profundidades de su mente durante tanto tiempo. Recordó el día en que conoció a Will, un encuentro que había cambiado el curso de sus vidas de formas inesperadas y profundas.

Era una tarde de otoño, cuando los colores dorados del follaje bailaban en el viento y el aire estaba impregnado con el aroma fresco de la naturaleza. Hannibal, siempre intrigado por la complejidad de la mente humana, había sido atraído por la reputación de Will como un talentoso investigador con una habilidad excepcional para empatizar con los criminales que perseguía.

El encuentro fue casual, un encuentro fortuito en el que el destino parecía tejer sus hilos invisibles. Hannibal recordaba la mirada penetrante de Will, llena de una intensidad que desafiaba su propia percepción del mundo. En ese momento, supo que había encontrado a alguien excepcional, alguien cuya mente era un laberinto tan intrincado como el suyo propio.

A medida que el recuerdo se desplegaba ante él, Hannibal se encontró contemplando la complejidad de su conexión con Will. Había sido una danza cautelosa de mentes afines, un juego de gato y ratón que había desafiado las convenciones de la moralidad y la ética. Pero a pesar de todas las pruebas y tribulaciones que habían enfrentado juntos, Hannibal nunca había dejado de admirar la singularidad de Will, su capacidad para encontrar la belleza incluso en los lugares más oscuros de la mente humana.

Con un suspiro melancólico, Hannibal regresó al presente, llevando consigo el recuerdo de aquel primer encuentro con Will. En medio de la desolación que los rodeaba, encontró consuelo en la certeza de que, aunque el mundo se desmoronaba a su alrededor, la conexión entre él y Will seguía siendo tan fuerte como siempre

Los días pasaban lentamente, envueltos en un manto de frío y desolación que parecía emular el estado interior de Hannibal. Su figura, una sombra de lo que una vez fue, se movía con torpeza por los pasillos de su hogar, cada paso marcado por el peso abrumador de la soledad y el pesar.

El rostro demacrado de Hannibal reflejaba el tormento interno que lo consumía, sus ojos oscuros, antes llenos de astucia y determinación, ahora vacíos y sin brillo. El cruel giro del destino lo había llevado a enfrentarse a una realidad que ni siquiera sus más oscuros sueños podían haber imaginado.

Con manos temblorosas y un corazón pesado de pesar, Hannibal había tomado la difícil decisión de liberar a los leales compañeros de Will de su sufrimiento. Uno a uno, había llevado a los perros al patio trasero, donde los había liberado de su angustia con un gesto final de compasión. El sonido de la tierra cayendo sobre las tumbas recién cavadas resonaba en el aire, una elegía silenciosa por aquellos que habían compartido su vida y su amor con él.

Y en el centro de todo, yacía el cráneo de Will, un sombrío recordatorio de la tragedia que había consumido sus vidas. Hannibal lo sostenía con reverencia, como si fuera el último vestigio de un pasado que ya no existía. Sus dedos acariciaban las cuencas vacías con una mezcla de nostalgia y desesperación, incapaces de aceptar la realidad que se extendía ante él.

El mundo exterior había sucumbido al virus voraz que había arrasado con todo a su paso, dejando a Hannibal solo en un mar de desolación y desesperanza. El amor que una vez había compartido con Will ahora yacía enterrado bajo capas de dolor y desesperación, un testamento silencioso a los horrores que habían presenciado juntos.

Hannibal se aferraba al cráneo de Will como si fuera su única conexión con la cordura que había perdido hacía mucho tiempo. Pero incluso en su desesperación, una pequeña chispa de esperanza seguía ardiendo dentro de él, una promesa de redención que, aunque débil, se negaba a extinguirse por completo.

Hannibal camina con paso firme por el paisaje desolado, mientras el sol se desliza lentamente hacia el horizonte, tiñendo el cielo de tonos rojizos y dorados. A su lado, lleva consigo el cráneo de Will, un símbolo tangible de su conexión perdida en un mundo que se desvanece ante sus ojos.

—¿Puedes sentir el susurro del viento, Will?— murmura Hannibal, dirigiendo su mirada hacia el cráneo que lleva en sus manos. —Es como si el universo mismo estuviera tratando de comunicarse con nosotros, recordándonos que aún estamos vivos, aunque el mundo a nuestro alrededor se desintegre.

A medida que avanza, los cadáveres de los caídos yacen dispersos por el suelo, una macabra sinfonía de la mortalidad humana. Hannibal los observa con una indiferencia calculada, su mente enfocada en la conversación que sostiene con el cráneo de Will.

—Sé que ya no estás aquí físicamente, Will, pero tu espíritu sigue acompañándome en cada paso que doy—, continúa, su voz resonando en el vacío del paisaje desolado. —Eres mi musa, mi inspiración, incluso en la oscuridad más profunda. Juntos enfrentamos el abismo, desafiando al destino mismo con nuestra determinación inquebrantable.

El sol comienza a sumergirse en el horizonte, pintando el cielo con tonos de naranja y púrpura mientras Hannibal sigue su camino hacia la playa, llevando consigo el recuerdo de Will y la promesa de que, aunque el mundo se desmorone a su alrededor, su amor perdurará más allá de la eternidad.

Hannibal tomó el cráneo de Will como un macabro recordatorio de lo que una vez habían sido. Con paso firme pero melancólico, caminó hacia el vasto abismo del mar, la última morada de sus sueños y sus pesadillas.

El sonido de las olas rompiendo contra la orilla era el único testigo de la trágica danza que se desplegaba en la penumbra de la noche. Hannibal, con el cráneo de Will en sus manos, se adentra en las aguas heladas, su figura solitaria iluminada por la pálida luz de la luna.

—En la danza de la vida y la muerte, querido Will, siempre hemos sido compañeros de baile. Ahora, en este último paso, encontraré consuelo en el abrazo del océano, sabiendo que nuestros destinos están entrelazados para siempre.


En un susurro mientras las olas lo envolvían, Hannibal cerró los ojos en un último acto de redención y desesperación. El agua salada llenó sus pulmones, ahogando los susurros de su mente torturada y los lamentos de su corazón destrozado. En ese momento final, encontró paz en la oscuridad del abismo, un destino compartido con aquel a quien tanto había amado y perdido.


La marea se llevó consigo los secretos y las tragedias de dos almas entrelazadas en un destino inexorable. Y así, en el silencio eterno del océano, se escribió el epílogo final de la historia de Hannibal Lecter y Will Graham.