Capítulo 1

—¡Es horrible!
JiHoon se sobresaltó con el repentino grito de su profesora de arte, hace cinco horas había comenzado la tarea que le dejaron, la cual consistía en pintar las flores que estaban frente a él y le había puesto toda la atención y esfuerzo posible.
—Las manos, príncipe JiHoon —Dijo la señora tomando la regla de la mesa. JiHoon obedeció y estiró sus brazos.
Tres golpes hicieron que sus manos se enrojecieran de inmediato. Cualquier niño de doce años hubiese llorado o al llegar a casa le diría a sus padres que su profesora lo golpeó.
Pero él no podía.
Estaba acostumbrado a ese estilo de vida, siendo el hijo único de los reyes de un país pequeño pero progresando, sabía que no tenía una vida normal sino una llena de protocolos y órdenes, estaba creciendo rodeado por ancianos los cuales les iban inculcando los valores que hasta el momento tenía muy bien adquiridos.
Desde que tenía memoria la relación con sus padres nunca fue cercana, las únicas personas que siempre estaban a su lado eran los tres hombres altos de traje que eran sus guardaespaldas.
Pero estuvo agradecido de que su madre, la Reina Lee HyoJoo, le leyera cuentos al caer la noche, eso ocurrió hasta que cumplió ocho años, en una noche la estuvo esperando despierto hasta tarde, con el delgado y colorido libro en sus manos pero jamás llegó, desde entonces no volvió a hacerlo y sabía que era por el cansancio que aparecía luego de todas las reuniones importantes que tenía junto a su padre.
Por otro lado, el Rey Lee JongSuk era querido por todas las personas, reconocido por su amabilidad y su disponibilidad para escuchar nuevas ideas o quejas de su pueblo, su función principal era actuar como símbolo de la unión nacional y después de muchos años lo consiguió.
Además de ser generoso ayudando a quienes más lo necesitaban, desde que tomó el reinado utilizaba los fines de semana para realizar obras de caridad a orfanatos y centros de salud, también visitaba los pueblos más alejados de la capital, ayudaba con aportes de dinero, construcción o comida, era algo que sobraba en el palacio, era lo justo, y creía que la gente a veces necesitaba un solo pequeño empujón para surgir.
También agregó más trabajos en el palacio para así ayudar a los nuevos jóvenes que salían de los institutos, como más guardias de seguridad, sirvientas y jardineros que pasaban por una prueba para su discreción y compromiso.
Pero no todo podía ser perfecto para él.
La primera vez que recibió una amenaza hacia su hijo tomó la decisión de contratar tres guardaespaldas, los cuales no podían despegarse del pequeño en todo el día.
Tres hombres que se intercalaban para quedarse fuera de la habitación del príncipe durante la noche.
Debía proteger al único heredero de la corona, muchos enemigos lo veían como el punto blanco para hacerlo sufrir, no todos estaban felices con los cambios que él dictó, algunos se molestaron cuando aumentaron los policías en las calles bajando los robos considerablemente.
Protegerlo de la prensa y paparazzis fue su objetivo.
Y JiHoon se acostumbró a estar con tres guardaespaldas siguiéndolo para todos lados, dando el mismo número de pasos que él daba, muchas veces les hablaba y ellos considerando que era un pequeño que no podía tener amigos y que prácticamente vivía aislado lo seguían en sus juegos infantiles pero muy divertidos para el príncipe.
Con el tiempo esos hombres se volvieron sus únicos amigos.
JiHoon siempre disfrutó del gran jardín del palacio, de los numerosos obsequios que recibía para sus cumpleaños y de las capas con la más suave y fina tela que tenía gracias a su madre.
No podía dimensionar aún de que en unos años más debería ocupar el lugar de su padre y tomar decisiones importantes que mejorarían o perjudicarían al país.
Muchos podían creer que la vida en el palacio era de ensueño, llena de lujos y felicidad pero JiHoon sabía muy bien que no era cierto, le faltó el amor de familia, siempre hubo una línea que lo separó de sus padres.
Comprendió que ellos eran importantes para muchas personas.
Tanto como lo eran para él.
A su padre siempre lo vio como su rey más que como un papá cariñoso y atento. Uno al que muchas veces quiso pedirle que jugasen o que lo cargase en la espalda para llevarlo a dormir pero jamás lo pudo hacer.
Lee JongSuk cometió ese error, olvidar a su hijo por su puesto de rey, aún embargo, sabía que JiHoon en un momento lo entendería, al crecer.
Esa tarde se dirigieron hacia un pueblo no tan lejano, JiHoon se bajó del auto dando un salto y arregló la capa roja que tanto le gustaba usar.
Miró la colina con ovejas y varios animales los cuales dibujaba en su habitación, logró distinguir a cada uno de ellos. Había tres casas pequeñas y muy mal construidas, JiHoon pudo suponer que su padre se quedaría un largo tiempo allí.
Miró hacia un lado y el rey conversaba con los dueños del lugar, decidió caminar un poco y un gallinero le llamó la atención.
Un chico pelinegro y un poco más alto que él lanzó un poco de comida al suelo, las gallinas corrieron y aprovechó el momento para sacar los huevos que vendía en la capital los lunes y miércoles.
—¿No se enojaran si les robas a sus hijos? —Preguntó JiHoon con inocencia y aquel chico desconocido salió del gallinero para quitarse su sombre y bajarlo hasta su abdomen.
—Alteza —Murmuró nervioso el mayor, a pesar de que sabía y había visto a JiHoon en los anuncios que daba el rey, jamás imaginó estar cerca de alguien tan importante.
—No has respondido a mi pregunta —Insistió JiHoon mirando a las gallinas —¿No se enojan?
—Han sido criadas para esto, su alteza —Contestó el mayor levantando la cabeza. JiHoon era un chico de tez blanca, tan blanca como la nieve que los torturaba en invierno, pero que a él le encantaba, su color de cabello hacía un perfecto contraste con su piel, tenía los ojos pequeños pero puros y alegres.
En resumen, era alguien precioso y perfecto por ser de la realeza.
—¿Puedo entrar a jugar con las gallinas? —Pregunto entusiasmado JiHoon.
—Claro que sí pero ¿No se ensuciará su ropa si lo hace? —Preguntó cuidadosamente, JiHoon estaba vestido con la ropa más cara de todo el país pero parecía no tomarle la importancia suficiente.
JiHoon abrió la rejilla y comenzó a perseguir a las gallinas tratando de agarrar una mientras que los guardaespaldas estuvieron atentos a cualquier accidente. Su camisa blanca y perfectamente planchada se ensució cuando finalmente pudo tomar una de ellas.
—¡Qué linda es! —Chilló JiHoon tratando de que no se le cayera de los brazos.
—Si quiere puede llevársela al palacio —Sugirió el pelinegro acercándose lentamente hacia el pequeño príncipe.
—No —Respondió JiHoon sonriéndole y dejando a la gallina en el suelo —Les debe servir mucho más a ustedes que a mí. ¿Cuál es tu nombre?
—Choi SeungCheol y tengo catorce años —Respondió el mayor.
—¿Trabajas aquí?
—Junto a mi padre, todos los días.
—¿Y no vas a la escuela? —Preguntó mirando los zapatos del chico, estaban rotos y muy sucios pero aun así sintió un poco de envidia porque él estaba junto a todas esas gallinas.
JiHoon las quería de amigas también.
—En la mañana —Contestó SeungCheol —Por las tardes me quedo aquí.
—Que envidia —Musitó JiHoon con tristeza en su mirada.
SeungCheol lo pudo notar y comenzó a negar efusivamente con la cabeza, se tomó el atrevimiento de dar un paso más hacia JiHoon, invadiendo su espacio personal y tomó sus manos sorprendiendo al pequeño por aquel acto, la gente no se acercaba a él si no pedía permiso antes.
—No debe sentir envidia por mí, no lo vale, usted tiene una vida perfecta y única, muchos estaremos en sus manos cuando reine. Es nuestra luz al igual como lo es su padre ahora.
Aquellas palabras horrorizaban a JiHoon; reinar, ¿Por qué lo debía hacer él, cuando nadie le preguntó si sólo quería ser un niño común y corriente?
Un chico que pudiese tener amigos y asistir a la escuela como todos, nadie le preguntó si quería profesores particulares.
Si quería que unos hombres lo siguieran cada segundo del día.
Nadie le preguntó si quería vivir en un palacio o en un gallinero porque sería más feliz allí, justo donde estaba ahora, como estaba ahora.
Con un chico que fácilmente podría ser su amigo, sin guardaespaldas, sin órdenes, ni clases de pintura o piano, sin quedarse horas de pie junto a su padre para dar una buena imagen.
Nadie le preguntó si quería ser un príncipe.
JiHoon desató el listón de la capa en su cuello, estiró los brazos y la colocó en la espalda de SeungCheol —Cuando crezcas, ocupa mi lugar porque yo no quiero reinar, sólo quiero ser yo.
—No puedo aceptar esto —Tomó las manos de JiHoon las cuales aseguraban la capa en su cuello —No soy merecedor de llevarla, no soy nadie.
—Lo harás porque te lo estoy pidiendo —Lo miró fijamente a los ojos —Es un obsequio, tómalo como una muestra de que en un futuro serás alguien importante en la vida, como un rey.
JiHoon dijo esas palabras sin saber en que SeungCheol no sólo sería alguien importante en la vida.
Sino que también lo sería en su vida.
