Prologo.

La lluvia solía ser para mí un sinónimo de relajación. Sus gotas caían con un ritmo constante, como una melodía que calmaba mi mente y despejaba cualquier inquietud, por más arraigada que estuviera en mi cabeza. En muchos momentos difíciles, la lluvia fue mi salvavidas, un bálsamo que aliviaba mi alma y me hacía sentir en paz.
Ahí venían ellos, a quebrantar mi calma. Sus rostros incrédulos, consumidos por la negación, si supieran, si tuviera una pizca de conciencia del mundo, no estaríamos aquí hoy. Bajo la tormenta, dispuestos a morir de una u otra forma.
Todo puede cambiar en un instante. La vida, con su causalidad, nos lleva de la calma a la vorágine de la incertidumbre en un abrir y cerrar de ojos.
¿Es esto justicia poética, o simplemente un capricho del destino? A veces, parece que todo está bien cuando alguien está presente, pero la realidad puede cambiar en un instante.
Un cúmulo de malas decisiones me ha desviado del camino que deseaba seguir. ¿Es esta la justicia que merezco por mis acciones, o simplemente el resultado de una buena intención llevada al extremo? Me pregunto, ¿Qué es lo que realmente nos convierte en monstruos? ¿Es una mala situación, o nuestra reacción ante ella?
—¡Déjalo! ¡No sigas con la operación! —amenazó el inspector Iida.
—¡Lo ha arruinado! ¡No podemos hacer nada por él a estas alturas! —se reprochaba Bakugo, señalando el camino que indicaba el rastreador.
Giraron en una esquina, llegados a un callejón entre dos grandes bodegas. Al final, llegaron a encontrarse con una escena gris, agria, algo que jamás pensaron ver. Cerré la puerta de hierro, entonces le di la espalda para encararlos.
—¡Maldita sea! ¡Reporta tu estado inspector! —Me apuntaron con sus armas.
—Oh, Inspector Iida —dije, con los ojos cerrados, recibiendo la calma de la lluvia—. Creo que hice algo de lo que no puedo salvarme ahora…
—¿Qué has hecho? Por el amor de Dios, ¿Qué has hecho ahí dentro? —Iida se negaba a la realidad, con un atisbo de fe en quien conoció alguna vez.
—Deku —llamó Bakugo, por el contrario, expresó el dolor de realidad que ha procesado—. ¿Lo sabes? Lo que debo hacer, ¿verdad?
—Retírate, Katsuki, —me corregí—, quiero decir, Sabueso cuatro... Ya todo terminó ¿Cierto?
¿Qué soy ahora? ¿Están justificadas mis acciones? ¿Qué debo hacer al respecto? Son preguntas que me atormentan mientras reflexiono sobre mi papel en todo esto.
—Dime que no es cierto, no eres tan idiota como...
—Bakugo, baja tu Dominator ahora, ¡es una orden! —exigió Iida.
—¡No me grites cuatro ojos!... —Bakugo, dudoso, realizo el análisis—. Esto tiene que ser una maldita broma.
Somos guardianes de la justicia, pero ¿hasta qué punto estamos dispuestos a seguirla? ¿Realmente la impartimos con equidad, o simplemente la aplicamos según conveniencia? Quizás sea una combinación de ambas.
—Tus ojos, brillan, puedes escuchar al Dominator ¿No?
«Coeficiente criminal por debajo de 60, no son necesarias medidas disciplinarias, se trancará el gatillo».
Todos tenemos un punto de quiebre, un límite que no deberíamos cruzar. Pero, hay algo que nos ordena, que nos comanda hacia esa línea, ¿qué sucede si lo sobrepasamos y seguimos adelante sin mirar atrás? ¿Qué consecuencias acarrea seguir la voz del juez? ¿Quién debería devolvernos a la realidad y recordarnos las diferencias entre lo correcto y lo incorrecto?
Una maquina o un humano, ¿Cuál está capacitado para ser juez y verdugo?
—No puedes disparar... —Dejé escapar una risa entre dientes—, Debes cumplir tu deber, Katsuki ¿Esperarás a que Iida de la orden?
—¡CALLATE!
—¿Qué te parece, si tienes la justicia de tu lado? ¿Qué harás? Eh, Katsuki.
―Bakugo, baja el maldito Dominator ahora, no me hagas tomar medidas.
«Nivel de amenaza actualizado», analizó el Dominator. «Coeficiente criminal arriba de 300: Modo de ejecución- LETAL ELIMINATHOR...»
—¡Baja las manos o!...
«Apunte y elimine al objetivo», indicó el Dominator.
Es hora de recuperar nuestro libre albedrio.
Mi verdugo gritó desesperado, impotente, frustrado.
Me mofé de todo, me reí de todo, me liberé de todo, me desprendí de todo.
Así de simple es, solo debemos jalar el gatillo, e impartir la justicia.
De todas formas, los muertos no hablan.

Fin del prólogo.
Los muertos no hablan.
Próximo capítulo:





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