01
Recuerdo que mi vida era distinta cuando no tenía idea de la existencia de Mike...
Estaba cursando el segundo año de preparatoria y era tan invisible que a duras penas había conseguido hacerme de un amigo: Juan José o Juanjo, como suelo llamarle de forma cariñosa. Lo conocí el primer día de clases; él no llevaba ningún bolígrafo y me robó uno cuando me descuidé; nos fuimos hasta los golpes y estuvimos un par de horas en la oficina del director hasta que llamaron a nuestros padres.
Los míos nunca llegaron y los suyos se aparecieron en ese preciso momento. A mí me reprendieron el doble y a él le levantaron el castigo porque yo logré abrirle una ceja de un certero puñetazo.
Me preguntaron por mis viejos y les dije que ellos no asistirían ni aunque les dijeran que yo estaba en peligro de muerte; entonces me enviaron con un psicólogo porque ellos creyeron conveniente ese tipo de apoyo para mí.
Mi padre está en prisión porque el muy tonto intentó cruzar dieciséis kilos de cocaína por el Puente Internacional I, cuando yo tenía la tierna edad de ocho años; y mamá nos dijo, la última vez que llamó, que estaba trabajando en Estados Unidos, en el norte para ser exactos, en un rancho como veterinaria de mulas y caballos.
Mi tía Justina se encargó de recogerme cuando me quedé solo en casa, después de que papá fue arrestado. Yo pensé que el mundo, en ese preciso momento y siendo tan pequeño, se me vendría encima con todo y edificios, porque mamá no estaba y papá tampoco estaría para mí desde ese instante.
Ella me dijo las cosas tal y como eran, sin endulzarme nada. «La vida no es color de rosa, Adrián; mejor no te ilusiones y no esperes gran cosa porque terminarás decepcionado, tarde o temprano»; solía decirme cada vez que me entraba una tristeza profunda en medio de aquella soledad que no podía evitar sentir.
Mi vida siempre fue triste. Mi padre se dedicaba al narcomenudeo y mi madre siempre estuvo ausente en mi vida; bueno, ella se despegó de la familia cuando mi hermano mayor murió por sobredosis de anfetaminas en una fiesta a la que asistió con su novia cuando tenía diecinueve años, la misma edad que tengo ahora.
Sin embargo, no fue difícil adaptarme a mi nueva vida en casa de mi tía. Mi prima Gabriela es diez años mayor que yo y ya trabajaba en ese entonces; solo quedaba en casa mi prima Brenda de cuatro años, la pequeña que yo cuidaba con mucho gusto mientras su madre y su hermana laboraban en una fábrica de refacciones para autos
—Siéntate, Adrián —me pidió el psicólogo y yo lo saludé con una sonrisa antes de tomar asiento en uno de sus cómodos sillones—. ¿Cómo te has sentido últimamente? —cuestionó mientras encendía su ordenador portátil.
Suspiré y asentí con la cabeza.
—Estoy, creo... ¿obsesionado? O algo así... —Solté una risita nerviosa y me froté las manos cuando obtuve su mirada.
—¿Obsesionado con qué o con quién?
—Su nombre es Mike —respondí sintiéndome intranquilo.
Recuerdo que siempre ocurría a las afueras de la prepa donde estudiaba el segundo año. Él solía pasar en su auto, un Ford Mustang de reciente modelo en color rojo. Solo sabía que era un hombre quien lo conducía. Un hombre en apariencia rico, con mucha plata y buen gusto.
Nunca lo había visto bien. Jamás se había detenido, por lo que fue fácil deducir que no se trataba del padre o el hermano de ninguno de mis compañeros. Pero, instintivamente, cuando lo veía pasar, sentía que el tiempo se detenía al instante, que todo a mi alrededor se congelaba y que solo existíamos yo, el Mustang y aquella silueta masculina que me hipnotizaba.
—¿Quieres hablarme de Mike? ¿Es un compañero de la preparatoria en la que estudiabas o lo conoces de otra parte?
Aquel día llegó Juan José a visitarme mientras yo cuidaba de Brenda que, en ese momento, estaba haciendo su tarea del jardín de niños. El muy lelo traía consigo un porro de marihuana y lo llevaba encendido cuando llamó a la puerta con los ojos enrojecidos y una risita de estúpido.
—Apaga eso si quieres que te deje entrar —le advertí—. Sabes que mi tía Justina tiene olfato de sabueso y, si se entera de que alguien estuvo fumando hierba en su casa... Mejor no te cuento.
Juan apagó el porro contra el piso; lo recogió y lo guardó dentro de su chaqueta antes de insistir en que deseaba entrar. Lo dejé pasar después de revolearle los ojos y lo vi sentarse en el sofá en el que Brenda trabajaba con colores y dibujos garabateados. La niña lo miró sin mucho interés y él se dedicó a tocarle la cabeza con un par de palmaditas, como si fuese un pequeño perrito. Después me miró, y soltó:
—El sábado, o sea mañana, habrá una fiesta muy buena en casa del tío de Alejandra. No estamos invitados, pero podemos colarnos, ¿qué te parece?
Bufé.
—Nunca estamos invitados porque eres un marihuano y yo un invisible —espeté de malhumor—. Además, ¿a qué quieres ir? Nadie nos habla y nadie nos quiere ahí.
—Quiero ir a cogerme una morra. No sé tú, pero a mí ya me salieron pelos en la mano de tanto jalármela. ¿No quieres que te desvirguen?
—¡Shht, cállate, marrano! —exclamé apuntando a mi sobrina, pero ella estaba inmersa en su tarea. Juan José se echó a reír—. Si vuelves a decir algo como eso...
—Pinche mojigato, güey. —Se rio—. ¿Entonces qué, te animas o culeas?
El caso es que no pensé que me encontraría nada interesante en la fiesta de Alejandra, pero cuando me animé a ir y vi el Ford Mustang aparcado junto a la acera, sentí que iba a cagarme de la emoción. Y era el mismo, ese que paseaba por mi escuela, porque tenía una placa con la palabra DICK. “Diego Ignacio Cázares Klein”, porque tenía plata y debía ser familiar directo del diseñador.
Me había puesto mis mejores trapos para la ocasión: unos vaqueros nuevos, unos converse negros para no romper el cliché de adolescente, y una chamarra arriba de mi playera de los Thunder Cats.
Por fortuna no había algún guardia en el portón. La reja estaba abierta y la gente entraba y salía con bebidas y cigarrillos. En dos segundos perdí de vista a Juanjo, el muy cabrón se esfumó en cuanto vio a Alejandra y sus amigas pasear en sus narices con faldas cortas como si estuviéramos en pleno verano.
Yo me quedé embobado mirando el bonito jardín y la piscina que, aquella noche, estaba cubierta por ser invierno. Jamás había visto una de cerca, por lo que estaba pasmado imaginándome en sus aguas cristalinas cualquier tarde de agosto.
—¿Me dejas pasar? —Oí aquella voz y volteé a verlo. Era el hombre del Mustang, pero traía un par de cajas de vino entre sus brazos y no pude ver bien su rostro—. Estás bloqueando la entrada, niño.
—No soy un niño, tengo dieciséis años.
Soltó una risa nasal, antes de pedirme:
—Bien, entonces,señor adulto me limpio la colita solo,ayúdame con una caja.
Aunque me dolió en el orgullo, le quité una de las pesadas cajas y así aproveché para conocer su rostro. Descubrí que sus ojos se achinaban un poco cuando sonreía; eran unos ojos coquetos, chispeantes y marrones. Cejas gruesas, pero bien recortadas; nariz recta y una boquita como para estármela comiendo todo el día.
—¿Dónde la meto? —pregunté embobado en sus labios.
—¿Meter qué? —Se rio.
—La caja.
—Sígueme.
Lo seguí dentro del apartamento y me di cuenta de que le había prestado el jardín a su sobrina, pero no le permitió la entrada a nadie porque, en cuanto estuvimos adentro, rápido cerró con llave para evitar que otro intruso se colara a su sitio de pijo minimalista.
Era un monoambiente con paredes de roca y cristal. Se apuró en cubrir las ventanas con las cortinas después de dejar la caja sobre la barra de desayuno. Luego me quitó la caja de las manos y la colocó encima de la mesa de café que estaba al centro de una bonita sala con sillones de cuero en color negro.
Nos quedamos mirándonos un ratito, pero a mí me pareció como media hora. Quería decirle algo astuto o divertido, pero me quedé mudo ante su sonrisa y su cabello brilloso. Parecía un gato de pelaje sedoso, de esos que viven en las casas de la gente rica.
—¿Te llamas Diego? —le pregunté.
—No.
—¿Daniel? —adiviné.
—No.
—¿David, Demetrio, Dylan?
—Mi nombre es Mike. —Me tendió la mano y rápido la estreché.
—Yo soy Adrián.
Me alzó una ceja luego de esbozar una sonrisa apenas perceptible. Pensé que empezaríamos a charlar de nuestras vidas con tal de conocernos un poco, pero él extrajo su billetera; sacó un billete de quinientos pesos y, tendiéndomelo, dijo:
—Lárgate, Adrián. Gracias por la ayuda,chiquillo.
Miré al psicólogo con una sonrisa tonta después de haberle contado un poco del relato. Era estúpido pensar tanto en una persona que no conocía, pero no podía evitar sentirme atraído por ese hombre que parecía inalcanzable para un chico sin demasiadas pretensiones y cero popularidad.
El psicólogo me dijo que era peligroso que me relacionara con adultos desconocidos. Me habló de los pederastas y me lanzó un sermón acerca del abuso sexual y cosas del estilo. Yo pensé que, de haberme querido hacer algo malo, Mike habría aprovechado cuando nos quedamos solos en su apartamento. Probablemente estaba cegado o ya deliraba, pero en el fondo sentía que era un buen hombre y no estaba dispuesto a quitar el dedo del renglón con el tema de Mike; quería, de no lograr una relación sentimental con él, al menos ser su amigo, su confidente.
—¿Te tiró tu mamá de chiquito? —me preguntó Juanjo cuando le dije que no dejaba de pensar en el tío de Alejandra—. Tiene como cincuenta años, ¿no? ¿Te gustan los ancianos?
—No tiene cincuenta, no llega al tostón porque tiene muy pocas canas. Tendrá treinta y cinco bien vividos —lo defendí cruzándome de brazos.
Juan sorbió de la pajilla hasta terminarse su Coca-Cola. Me veía con una mirada acusadora y al mismo tiempo negaba con la cabeza.
—Bien, suponiendo que tiene treinta y cinco años... Tú tienes dieciséis, idiota.
Suspiré.
—De todos modos jamás se fijaría en mí —acoté con resignación—. Debe tener mujeres hermosas a sus pies... Se le nota que es de los que se acuestan con supermodelos famosas.
Me recargué en la baranda del segundo piso y observé hacia la explanada con aires de tristeza. Sentí la mano fría de Juanjo en mi frente y volteé a verlo cuando, con una sonrisa burlona, me preguntó:
—¿Estás hablando en serio, Adrián? ¿Es en serio que te gusta ese señor? ¿Te sientes bien?
—Sí. —Me deshice de su mano y volví mi vista hacia abajo—. Cuando entré a su apartamento para ayudarle con la caja de vino... No sé, pero sentí que no quería despegarme de su lado. Quería conocerlo bien, en buena onda —aclaré antes de que se le ocurriera hacer un chiste de mal gusto—. Pero me bateó muy rápido y no conseguí su número.
—Alejandra debe tenerlo —murmuró acomodándose a mi lado, mirando hacia donde la presumida estaba rodeada de algunas chicas—. ¿Por qué no vas y se lo pides?
Solté una carcajada falsa.
—Ni siquiera sabe que existo. ¿Por qué me daría el número de su tío
sexy?
Juanjo se rio ante mi comentario, pero se limitó a encogerse de hombros y no me dijo nada; tampoco le importaba, porque lo conozco lo suficiente como para saber que el tema de Mike era algo estúpido para él.
—¿Vas a cuidar a Brenda esta tarde?
—Sí, ¿por qué?
—Porque quiero ir a comprarme ropa y necesito que me acompañes.
—Podemos llevar a Brenda.
De pronto se abrazó a sí mismo y resopló como si fuese un caballo.
—¿Con este puto frío, mamerto? ¿Quieres que coja pulmonía tu primita?
—Entonces olvídalo y ve solo —espeté y cogí mi mochila del piso antes de que el timbre anunciara la última hora.
Dentro del aula me senté junto a Alejandra porque en clase de inmunología estábamos en la misma mesa. La miré de soslayo y quise hablarle, pero ella siempre me ignoraba y solo cruzaba palabra conmigo si el profesor nos encomendaba alguna tarea en grupo.
—La fiesta estuvo genial, Ale. —Oí que le comentó otra chica antes de irse a su mesa.
—Lo sé —vociferó—. Y el sábado habrá otra porque es el cumpleaños de mi tío Mike, pero me temo que solo podré invitar a unas cuantas personas porque él es muy especialito.
—¿Cuento con ello? —le cuestionó la chica y ella le dijo que, al día siguiente, llevaría unas invitaciones para entregar a sus más allegados.
O sea, eso me dejaba fuera.
¿Qué podría hacer para que me invitaran? No era posible hacerme el mejor amigo de Alejandra de la noche a la mañana; ella no me lo creería y tampoco parecía importarle mi presencia.
Miré su teléfono con detenimiento; lo había dejado sobre la mesa y cada tanto parpadeaba una luz blanca porque lo tenía en vibrar. En determinado momento y sin que lo notara, miré que lo desbloqueó con un código:6790.
Pensé en hurtarlo, pero jamás había robado nada en mi vida. Era más sencillo intentar pedir el número que cometer tal delito. Negué con la cabeza porque no me atrevía. Ella me miró un momento y me dedicó una sonrisa tan falsa como un billete de dos pesos.
—E-escuché lo de la fiesta y... —tartamudeé.
—¿Me hablas a mí? —Frunció el ceño en un gesto de asco.
—Yo sé preparar cócteles y puedo ayudar si lo necesitan —intenté, mostrándome un poco más seguro.
—Mi tío contrató un barman de Manhattan, un amigo suyo —presumió—; pero puedes ir a limpiar al día siguiente —se mofó.
Sonreí cuando me dio la espalda. Sonreí porque, de alguna manera, aquella era una invitación y yo no pensaba desaprovecharla.
—Iré —le dije.
—Pobrecillo —se burló—. Te daré la dirección para que te presentes por la mañana. Eso sí, debes portar uniforme de gato si quieres que te paguen.
—¿Uniforme?
—Ajá, si no, olvídalo.
Me pareció algo humillante, pero la tentación fue más grande que mi orgullo; si para acercarme a Mike tenía que usar un uniforme, sabía en dónde podía conseguir uno.
—Cuenta conmigo.








