La Promesa De Las Plumas Doradas

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Summary

Bajo los cielos embrujados de antiguas rivalidades, florece un amor prohibido. A través de sombras y secretos, dos almas se encuentran y luchan por su felicidad en medio de un mundo envuelto en el odio. Este cuento mágico narra la valentía y determinación de una joven y un cazador que desafían las barreras impuestas por sus tribus y se unen en busca de la paz. Descubre cómo su historia desafía las convenciones y enciende una llama de esperanza en medio de la oscuridad. ¡Adéntrate en un viaje de emociones y descubrimientos a medida que estos amantes enfrentan el peligro y encuentran el verdadero significado del amor y la paz!"

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

El canto del ave dorada

Cuentan las leyendas que, en tiempos remotos, al amor verdadero le nacieron plumas.


Desde que era una niña, Inti creció escuchando las historias de su madre sobre el Ave Dorada. Según la leyenda, aquel que lograra atraparla podría pedirle cualquier deseo, pero solo los de corazón puro podrían verla. Inti siempre quedaba fascinada por el relato, imaginando que un día podría encontrar al ave y pedirle un único deseo: traer de vuelta a su madre, quien había muerto cuando ella era muy pequeña.


Los años pasaron y la niña se convirtió en una joven fuerte, de largos cabellos negros y mirada decidida. Sus ropajes de tonos rojos y amarillos flameaban al viento mientras recorría los bosques, montañas y ríos, siempre en busca del destello dorado que jamás aparecía. La tribu Ígnea era conocida por sus imponentes rituales y tácticas de batalla, y aunque Inti era hábil en la lucha, su corazón anhelaba algo más que la guerra.


Como única hija del jefe de la tribu, era sobreprotegida, pero eso no la detenía. Cada noche escapaba a escondidas, adentrándose en la selva en busca del Ave Dorada.


Por otro lado, en el otro extremo del valle, la tribu Malek, temida por su brutalidad y rigurosos rituales, forjaba a los guerreros más feroces. Entre ellos estaba Muntuk, un joven que se había convertido en el favorito del jefe tras demostrar una destreza sin igual en combate. Huérfano desde niño, había encontrado en la lucha su identidad, y en la tribu su hogar. Con ropajes de tonos azul y blanco, Muntuk era el más ágil y letal de los guerreros, respetado y temido por igual. A pesar de ello, Muntuk no compartía completamente esa visión: en su corazón había algo más que ansias de guerra. Pero se mantenía firme en las tradiciones, ya que si se descubrieran sus verdaderas creencias, podría significar su muerte.


La noche en que sus destinos se cruzaron, Inti se había escapado una vez más para contemplar el cielo estrellado. Pero esta vez creyó ver una luz dorada entre los árboles. Sin pensarlo, la siguió, sin darse cuenta de que había cruzado al territorio de los Malekitas. Muntuk la vio primero. La joven, con su larga melena y sus vestiduras rojas, parecía una chispa perdida en la oscuridad de su mundo. Cuando ella se dio cuenta del peligro en el que estaba, intentó huir, pero él fue más rápido. Con lanza en mano, el joven guerrero se abalanzó sobre ella dispuesto a matarla.


—¡No me hagas daño! Te lo ruego, ten piedad —suplicó la intrusa, mirando aterrorizada al cazador.


—¿Eres una espía? ¿Qué haces en estas tierras? —interrogó Muntuk, sin bajar la guardia.


—Solo perseguía a un ave dorada —explicó Inti, con la esperanza de calmarse y calmar al extraño.


Extrañado por la respuesta, el guerrero creyó que mentía y apuntó su lanza hacia ella, dispuesto a terminar con su vida. Pero todo cambió cuando la muchacha levantó la mirada y, por primera vez, se vieron a los ojos.


El corazón de Muntuk quedó cautivado por esos ojos dorados como la miel, tan brillantes como el sol. Y ella quedó hipnotizada ante esa mirada intensa, de ojos negros como el anochecer, con un brillo suave como la luz de la luna.


—¿Quién eres? —preguntó él, curioso.


—Soy Inti de Ígnea.


Cuando se dio cuenta del peligro en el que estaban, Muntuk interceptó a Inti y la obligó a regresar.


—¡Ten piedad! —gritó Inti, asustada por la súbita reacción del cazador.


—Inti, estás en territorio Malekita. Tienes que irte, ¡ahora mismo!


Inti huyó rápidamente, pero en su prisa perdió una pulsera roja, que Muntuk encontró después.


Esa noche, ninguno de los dos pudo dejar de pensar en el otro.


Muntuk, intrigado por la extraña visitante, decidió devolverle la pulsera. Al amanecer, se infiltró en el territorio de los Ígneos sin ser visto. Mientras tanto, Inti estaba distraída, cometiendo torpezas en sus tareas diarias, incapaz de dejar de pensar en el guerrero de ojos oscuros. Muntuk la observaba desde el otro lado del lago. Sin dudarlo, Inti tomó una canoa y cruzó las aguas para encontrarse con él.


Se quedaron en silencio unos instantes. El guerrero sostenía la pulsera roja en la mano, observándola con una sonrisa desafiante.


—Perdiste esto anoche —dijo, extendiéndole la pulsera.


—Gracias... —respondó ella, sorprendida de que hubiera venido hasta allí. Pero cuando ella extendió la mano para tomar la pulsera, un roce fugaz entre sus dedos electrizó el aire. Se miraron, ambos conscientes de que algo imposible estaba sucediendo.


—Dime, ¿cuál es tu nombre, cazador?


—Soy Muntuk, hijo y defensor de las tierras de Malek —respondió con orgullo.


—Gracias, Muntuk de Malek —dijo Inti, sintiendo una mezcla de gratitud y confusión. Sin pensarlo, se acercó a él y le dio un beso en la mejilla como muestra de agradecimiento. Acto seguido, subió a la canoa y cruzó el río, dejando a Muntuk sin palabras y con una sonrisa en los labios.


A medida que el sol se ocultaba en el horizonte y la luna iluminaba el cielo estrellado, Inti se adentró en su choza, sintiendo una guerra interna. Se debatía entre la razón y el corazón, recordando el beso compartido con el guerrero. La culpa y la preocupación la invadían.


—No estuvo bien lo que hice —murmuró, consciente de que Muntuk solo había intentado evitar un conflicto mayor. Sin embargo, temía que sus acciones pudieran desencadenar una guerra entre las tribus.


Decidida a enmendar su error, Inti prometió disculparse con Muntuk y buscar una solución pacífica. Con valentía, se escabulló entre las chozas y se adentró en la selva, esperando encontrarlo. No tardó en dar con él.


—¿Qué haces aquí? —preguntó Muntuk, sorprendido.


La alegría del reencuentro dejó sin palabras a Inti. Pero pronto ambos se vieron interrumpidos por un destello entre los árboles.


—¡El ave! El ave de plumas doradas... creo que la he visto —exclamó Muntuk.


Inti volteó rápidamente sin encontrar al ave. Entonces le contó la leyenda: —Dicen que si la atrapas, puedes pedirle un deseo... pero solo los de corazón puro pueden verla.


Muntuk la escuchó con atención. —Entonces, si la encontramos juntos, podríamos pedirle algo, ¿no?


Esa fue su excusa para seguir viéndose. Usaban la búsqueda del Ave Dorada como pretexto, pero pronto dejaron de necesitarlo. Entre encuentros furtivos, risas y charlas bajo la luna, su amor floreció. Aunque sabían que ser descubiertos podría costarles la vida, no podían renunciar a lo que habían encontrado en el corazón del bosque.


Una noche, mientras compartían un momento de paz, escucharon voces. Eran guerreros de Ígnea. Habían sido descubiertos.


Muntuk se lanzó a proteger a Inti, pero eran muchos. —¡Inti! ¡Huye! ¡Corre! —gritó mientras luchaba contra ellos.


Inti, paralizada, no se movió. Entre los atacantes, apareció el líder de Ígnea.


—Me has decepcionado, muchacha —dijo, frío.


—Padre, por favor, déjalo ir. Te lo suplico —rogó ella, con lágrimas en los ojos.


—Lloverá sangre por esta deshonra. Serás testigo de la muerte de tu enemigo.


El bosque se llenó de silencio. Todos esperaban el desenlace. Inti, aterrada pero decidida, estaba dispuesta a darlo todo por amor.


Tal vez fue el miedo, o el amor, pero algo dentro de Muntuk se encendió. Con un último esfuerzo, derribó a cinco hombres, tomó la mano de Inti y huyeron juntos. Poco después, fueron alcanzados por los Malekitas, que ya sabían la verdad. Acusaron a Muntuk de traidor y comenzaron a perseguirlos. Ambos sabían que estaban acorralados.


Corrieron sin rumbo. La selva se cerraba a su alrededor. Inti sentía su corazón desbocado, el suelo resbaloso, las ramas golpeándola. A su lado, Muntuk respiraba con dificultad. El miedo era real, pero también lo era su amor.


Finalmente, los rodearon. Guerreros de ambas tribus los apuntaban con sus armas. Muntuk colocó a Inti tras de él. Pero antes de que pudiera actuar, Inti se lanzó frente a él.


Una flecha roja volaba directo hacia Muntuk. Inti la recibió en su lugar. Cayó al suelo, y en sus últimos instantes, lo miró a los ojos y lo besó por última vez.


Los guerreros Ígneos se detuvieron. El jefe de la tribu, padre de Inti, cayó de rodillas al ver que la flecha era suya. Muntuk sostenía a Inti mientras su sangre tiña su vestido.


—¡No, Inti! ¡Aguanta! —gritó el jefe, quebrado.


De pronto, un sonido ensordecedor resonó. Un batir de alas. Una pluma dorada cayó en la mano de Muntuk. Instintivamente, la apoyó en el corazón de Inti. Su cuerpo brilló intensamente y desapareció.


El padre de Inti alzó su arco, dispuesto a matar a Muntuk. Pero un ave dorada se posó frente a él. En su cuello llevaba atada la pulsera roja de Inti. Al reconocerla, el jefe bajó el arco y susurró:


—Somos uno.


Los guerreros arrojaron sus armas. La guerra había terminado.


El jefe alzó la voz:


—¡Que la paz nazca en nuestros corazones!


El Ave Dorada alzó el vuelo. Y la leyenda de Inti y Muntuk vivió para siempre.


Años después, Muntuk, ahora líder, caminaba por la colina. Veía a las tribus unidas, los colores rojo y azul ondeando juntos. Alzó la vista y vio una pluma dorada descender. La atrapó con suavidad, sonrió, y corrió entre los árboles.


Porque sabía que la historia... aún no había terminado.