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Pecado Carnal

Summary

El juicio de Izuku se hace añicos. Su pene palpita dentro de esas cálidas paredes que se estrechan para él con una impudicia que le atribuye al mismo demonio.

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1
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n/a
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18+

Única parte

La melodía del piano y el violín compaginan armoniosamente, como un cálido abrazo al corazón que endulza el oído.


Izuku se remueve ansioso. La copa de champagne en su mano ya se calentó de tanto menearse. No es lo único ardiendo en la pupulante sala.

El par de ojos carmín que lo observan con descaro desde hace media hora son dos enormes brazas encendidas por donde asoma el infierno.

Deja la copa en alguna superficie. Pasa saliva mientras observa al rubio beber de golpe su quizá séptimo trago.

Entonces el rojo y el verde colisionan. Es una onda expansiva haciendo estragos por toda su columna vertebral; desde la punta de los pies hasta el último de sus cabellos.


—¿Me concedes esta pieza?—Deja que el pasmo consuma al pecoso; hala de él, sujetándolo con  firmeza y propiedad; antes que pueda negarse lo arrastra a una sutil y armónica danza.


Las dudas de su corazón se derriten en esa cálida mirada. Ni siquiera los ojos que juzgan desde fuera pueden perturbarle. Ni siquiera los murmullos hirientes que Katsuki sofoca con suaves—: Te extrañé—contra su oído al acercarse; pueden romper la magia de ese momento.


—Yo a ti—susurra Izuku su dolorosa confesión, dejando morir un suspiro junto a la banda sonora de aquella melancólica canción. Observa su alrededor. Hala de su mano y lo arrastra entre la multitud que no disimula su desagrado y cotilleo.


Una vez fuera del enorme recinto, y con la luna como único testigo, reúne el valor para tomar las mejillas ajenas y plantar un desesperado y desordenado beso.

Katsuki está listo para improvisar. Es descuidado, rudo,  necesitado y lleno de amor.

—Kacchan—llama el pecoso palpando el rostro que las lágrimas distorsionan—¿De verdad estás aquí?—


—Lo estoy—sujeta una de sus manos entre las suyas, la lleva hasta sus labios y deja un gentil beso en el dorso—. Ahora tú responde: ¿de verdad te casaste?—la tristeza le nubla los ojos—lo primero que me entero al volver es que mi familia recibió una invitación a tu fiesta de bodas. No iba a presentarme; sabiendo lo que siento por ti sería humillarme, pero tenía que comprobarlo, y mírame, siendo débil por ti como el mayor de los idiotas—. Izuku desvía la mirada. Katsuki le sujeta del mentón, obligándolo a dar la cara—. Aunque tú tampoco me olvidaste—


Se conocían desde niños. Sus familias eran cercanas, sus madres amigas. Era inevitable. Fue tan obvio desde el primer momento en que sus ojos se cruzaron.

La adolescencia fue la época más oscura, llegaron los gritos, las dudas, las peleas y el distanciamiento; pero como siempre volvieron a reunirse. Aceptaron que no era una etapa. Aceptaron que se amaban y se juraron hacerlo hasta el final de los tiempos,  claro que al crecer fueron despertados de ese dulce sueño.

Ninguna de las dos familias estaba de acuerdo. Era inmoral. Anormal.

La familia de Izuku lo había comprometido ya. Una mujer hermosa, inteligente, amable y carismática. Una mujer que sería buena esposa y que podría brindarle una familia: un hijo. Katsuki no podía competir contra eso.


Mitsuki tenía sus propios planes con la empresa de su esposo; pagando una licenciatura en el extranjero para su único hijo heredero.

Y con Izuku decidido a no contradecir a su madre y sobretodo no poner en evidencia a su amado Kacchan; Katsuki decidió tomar los estudios fuera del país y manejar la empresa desde allá, como un vago pretexto para olvidarlo; para asfixiar las abrazadoras llamas de ese amor prohibido que lo estaban consumiendo vivo.

Ahora estaba de vuelta, su amor intacto y aquella llama viva.


—No podría. Te amo. Y hubiera deseado ser junto a ti con quien caminara hacia el altar—se lamenta


—Imposible—


—Estás aquí ahora, yo podría—un suave beso lo interrumpe.


—Eres un hombre casado—


—Justo ahora soy un hombre débil—declara mientras bebe y se embriaga de sangría que la mirada ajena desborda.


—Tarde o temprano terminará y volveremos a nuestras miserables vidas, ¿aún así te quieres arriesgar? Echarás a perder tu matrimonio—


—Es el único riesgo que vale la pena correr; que estoy dispuesto a correr. Aunque sea solo esta noche, déjame amarte, mi bello angel—toma con firmeza la mano del rubio y besa el dorso—déjame tenerte—y otro beso—déjame adorarte, déjame cuidar de ti—


Katsuki siente que le pesan las copas que trae encima. Su respiración se vuelve pesada y caliente. Le tiemblan las piernas y cede; dejándose ahogar por esas burbujeantes aguas glaucas.




Ochako busca por todos lados. Desde que inició la fiesta no ha visto a su esposo.

Escucha ruidos sofocados por la música de afuera en su habitación. Su idea es que quizá se sintió indispuesto, hasta que se acerca y escucha una segunda voz. Desatranca la puerta y apenas deja una ranura para ver. La imagen  que halla le desgarra el alma de tal manera que inhibe cualquier reacción.


Su esposo engañándola en su propia cama matrimonial. Justo en su fiesta de bodas donde deberían estar juntos.

Mientras ella daba la cara sola, su marido se revuelca con su supuesto mejor amigo. Están tan ocupados comiéndose el uno al otro que ni siquiera se percatan de su presencia.

Katsuki se retuerce, se arquea y estremece con cada toque, con cada beso desordenado y con cada mordida de reclamo sobre su tersa piel.

—Izuku...—enreda el nombre en un suspiro mientras se aferra a las mantas. Le aturde el sonido que produce su piel al chocar, tan húmedo, tan caliente y sucio que le hace sentir pulsaciones en su propio pene, tan necesitado y chorreante mientras se balancea entre sus estómagos.

Izuku le llena demasiado bien. Encaja perfecto en él. Toca todos los puntos que Katsuki necesita. Empuja tan adentro que puede sentirlo sobresalir en su estómago.

Los ojos glaucos lo devoran. Le desnudan el alma y consume hasta sus huesos.

Le fascina la imagen, le excita y hace estragos la poca cordura que le queda. Lo amaba, lo deseaba, lo necesitaba.

Sentía que estaba siendo víctima de una alucinación, una trampa puesta por el mismo Asmodeo; donde tenía debajo al verdadero amor de su vida deshecho en placer, convertido en un desorden de gemidos y suplicas entrecortadas por su propia concupiscencia.

La sobreestimulación es tortuosa y malditamente exquisita.

—Kacchan—gime contra sus labios. Y como si Katsuki entendiera lo que eso significa responde.


—Dentro—suplica–por favor, correte dentro—


El juicio de Izuku se hace añicos. Su pene palpita dentro de esas cálidas paredes que se estrechan para él con una impudicia que le atribuye al mismo demonio.

El rubio se derrite y termina de rendirse en el placer cuando siente a Izuku llenarle descuidadamente. Tan profundo y delicioso que si tuviera útero estaba seguro que quedaría preñado.

Deja salir pequeños suspiros cuando los labios reparten sutiles besos de consuelo por toda la piel sensible y ardiente de su cuello y torso. Un choque eléctrico le recorre cuando la lengua de Izuku traza un camino por toda su clavícula; briago con la miel que derraman los poros de su amante.


Cuando abandona su interior, Katsuki se preocupa por mantener la mayor cantidad de su reciente liberación dentro.

Una áspera risa choca contra su oído. La vista es un deleite que incentiva sus sentidos. Lo toma de la cintura para acercarlo a su pecho y le roba un beso.

—Eres al único que amo. No importa donde esté mi cuerpo, mi alma es tuya—las palabras de impregnan de verdad y doloroso anhelo por permanecer a su lado.


Katsuki piensa igual. No lo dice, pero el perezoso beso que le da antes de quedarse dormido en sus brazos se lo confirma.

Al otro lado de la puerta, llora destrozada la que se supone es su esposa. Su dolor se transforma en rabia, despecho; veneno. A ella jamás la ha tocado. Ni siquiera le toma la mano. Y lo más íntimo que han tenido son besos que ella se ha encargado de iniciar y que a duras penas son correspondidos. ¿Cómo iba a darle un hijo si ni siquiera la miraba como mujer, como esposa?

Se había esforzado. Todo el noviazgo y matrimonio se había esforzado. ¿Y bastaba ver a ese hombre una vez para pisotear todo lo que le tomó años?

No lo iba a dejar así. No iban a pisotear más su orgullo. Ya estaba bien de burlarse en su cara. Una humillación de esta magnitud era imperdonable.




Llega el nuevo día. Ambos esposos en la cocina. Izuku toma el desayuno con el periódico en la mano, y ella observa desde la barra. Los ojos cafés son tan amargos y profundos que no soporta la pesadez de tenerlos encima. Por alguna extraña razón siente la vigilancia hostigante y la mueca curva burlona. ¿Qué es tan gracioso?

—Él no vendrá—comenta ella sin dejar su sonrisa. Izuku se tensa. Lo sabe. Ochako lo sabe. Da un sorbo del café para mojar la garganta que de repente siente seca.


La noche anterior había convencido a Katsuki de huir con él. Tomarían un barco y saldrían del país. Ese era el plan. Era.

Ochako había gastado la mitad de su herencia contratando a alguien para deshacerse del rubio. A estas alturas deberia estar dentro de una maleta flotando en algún canal de agua sucia.

Y la otra parte la había invertido en una especia venenosa que usó para endulzar el café de su esposo esa mañana.


Por más que trata de pasar saliva Izuku no encuentra descanso del amargo sabor y esa insaciable sed. Es cuando se levanta por un vaso de agua que siente la toxina destruir sus órganos. Cae de rodillas.


—Al menos podrás encontrarte con él en el infierno. Es ahí donde van los traidores impuros como tú—recalca ella con despecho al ver los ojos glaucos apagarse.

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