Abrazos gratis (te daré toda la vida)

Summary

Jiang Cheng, un híbrido de pantera, jamás imaginó que regalando abrazos en el centro comercial, conocería al que sería el amor de su vida, el lindo conejito camarero del café Gusu. De ser así, lo hubiera hecho mucho, mucho antes.

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La mejor de las coincidencias

—¡¿Quieres que haga qué?!

La voz de Jiang Cheng, ahogada por las sábanas que ocultaban su cara del mundo exterior, se elevó unas décimas cuando se incorporó rápidamente, un movimiento tan veloz que lo hizo marearse mientras parpadeaba en dirección al reloj digital de su mesita nocturna con ojos empañados de sueño.

Eran las 7:05 de la mañana.

Wei Ying, con una sonrisa angelical en su elocuentemente estúpida boca, no retrocedió por su arrebato exagerado, ya acostumbrado a la agresividad de su hermanito. En lugar de huir, como cualquier ser humano racional haría ante el peligro inminente, este se tumbó junto a él, abrazándose al cuerpo calientito como un pegajoso koala.

—Aiyo ¿por qué te sorprendes tanto? ¡Tú mismo dijiste que si conseguía las entradas al concierto de Harry Styles harias mi proyecto de psicología… así que mira lo que acaba de llegar!

Jiang Cheng gimió como si tuviera un malestar físico y rodo fuera de la cama, arrebatándole el sobre amarillo de la paquetería a su hermano. Con una expresión incrédula vio caer los dos pedazos de papel caleidoscópico ridículamente caros y cotizados, más difíciles de encontrar que agua en el desierto o un cajón de estacionamiento en Walmart los días de quincena. Los mismos boletos que eran su ensoñación desde que las fechas aparecieron en internet.

Y ahora eran suyos.

—Lo hiciste —susurró consternado, ya que cada una de sus neuronas murió al leer las letras negras impresas en los papelitos.

¡¡Maldita sea, vería a su artista favorito!!

Wei Ying hinchó el pecho orgullosamente y asintió, abrazándolo por detrás para tirarlos de vuelta a la cama.

—¡Lo hice! —celebró—. Ahora, respecto a mi proyecto…

Jiang Cheng todavía estaba a mitad de un cortocircuito cuando escuchó sus palabras ansiosas.

Vería a su artista favorito… ¿Pero a qué costo?

Mientras su hermano mayor parloteaba a una velocidad inhumana y evidentemente emocionado por safarse de su propio trabajo escolar, él se preguntó en qué demonios estaba pensando cuando le propuso aquel estúpido trato.

En qué… en qué… ¡En qué!

¿Tal vez en el ridículamente rico novio de su hermano y su absolutamente necesaria tarjeta dorada?

¿Podría ser en eso?

Tal vez fue en eso. Ya ni siquiera lo recordaba.

—... Song Laoshi recomendó hacer el proyecto en un lugar bastante concurrido. ¡Te juro que iba a hacerlo, pero esa misma semana es mi aniversario con Lan Zhan! ¿Cómo podría faltar a la romántica semana de aniversario de mi propia relación? ¡Lan Zhan me mataría! —se rió—. Por eso aproveché tu entusiasmada oferta. ¡Recuerda que solo tienes dos semanas para terminarlo!

WanYin frunció el entrecejo sin haber prestado la más mínima atención a la palabrería del mayor, demasiado ocupado dándose cuenta que la evidente semana libre que tenía no la usaría para su maldita tarea. Que imbécil. Dándole un rencoroso puntapié en las costillas a su hermano, volvió a ponerse de pie y arrastró su miserable existencia al baño. Era hora de iniciar el día.

—¿Qué dices que era?

—¡Ah, Jiang Cheng! —Wei WuXian gritó, siguiéndolo al baño con exasperación—. ¿Alguna vez harás caso cuando te hablo?

—Me exaspera tu voz, ¿cómo demonios crees que voy a querer escucharla a cada rato? —se burló cruelmente el menor, desnudándose para entrar a la ducha.

—¡Oh A-Cheng, estás rompiendo mi corazón en pedazos!

Para enfatizar su punto, WuXian se tiró dramáticamente encima de la tapa del váter, desparramándose como si hubiera sufrido un ataque a su débil corazoncito, murmurando cómo la luz de sus ojos lo despreciaba una y otra vez. Cansado del alboroto, Jiang Cheng abrió la puerta corrediza y salpicó a su hermano con la regadera corporal, haciéndolo levantarse de un salto.

—¡A-Cheng, esto es en serio! Mi calificación final depende de ese proyecto, y bien sabes cómo es Song Laoshi. No da segundas oportunidades ni aunque estés al borde de la muerte, es insensible —lloriqueó, soltando un montón de nerviosas plumas de cuervo por todo el azulejo del baño—. ¡Mira, estoy perdiendo mis preciosas plumitas por tu culpa! ¡Dijiste que lo harías!

—¡Ya lo sé, lo haré! —espetó el híbrido de pantera desde el interior. Aunque se maldecía por ser bastante estúpido con las apuestas absurdas, Jiang Cheng cumpliría su palabra porque no era ningún cobarde—. Solo recuérdame que es.

Nuevamente emocionado el chico cuervo se asomó por la puerta de cristal deslizante.

—¿Has visto videos en Weibo de experimentos sociales? Esos donde graban de encubierto a adultos sobornando niños con caramelos en los parques para llevarlos lejos de sus padres y ya después explicar en largos monólogos la importancia de enseñarles a no irse con extraños.

Jiang Cheng lo miró alarmado.

—¡¿Tengo que secuestrar a un niño?!

—¡No, no, es mejor que eso! Tienes que regalar abrazos en el centro comercial.

—¡¿Cómo eso puede ser mejor que secuestrar a un niño?! —chilló el menor, saliendo con una toalla colgando de sus caderas y la esponjosa cola de pantera balanceándose a su detrás.

Ahora ahora, una de sus actividades favoritas era escupir al cielo. Eso de cumplir su palabra porque no era ningún cobarde era bastante extremista y fantasioso. Podía ser un cobarde total cuando se trataba de involucrarse con extraños. O salir de casa por voluntad propia. Si había algo que Jiang Cheng aborrecía más que las parejas de sus hermanos o la fila interminable de estudiantes que esperaban en la facultad una porción de nuggets picantes, era que la gente se le acercara demasiado.

Y cuando decía demasiado era simplemente que respiraran el mismo aire que él.

Era lo que generalmente se describe como introvertido, el terror de todas las madres modernas. Apenas contaba con dos amigos y uno era su hermano. HuaiSang era el otro, pero hablaba lo suficiente para contarse por seis personas. Las fiestas eran una negativa rotunda y prefería que las chicas y chicos lindos huyeran de su periferia por el bien de todos.

Por supuesto que no todo se atribuía a su mal carácter, sino también a su condición felina. Las panteras son animales solitarios que desprecian las manadas y multitudes casi tanto como una cacería conjunta, así que podía permitirse ser selectivo con las personas que lo rodeaban.

Salir a regalar abrazos al centro comercial era un suicidio personal, por lo tanto era otro no definitivo.

Iba a comenzar su renuente negativa cuando Wei Ying, ese bastardo, lo miró con tristes ojitos grises de cordero a medio morir, agitando sus plumas con movimientos deliberadamente lentos.

—Son entradas V.I.P —le recordó sin dejar de chantajearlo con su carita adorable— Y lo prometiste.

Sí, lo prometió y su orgullo de felino era mucho más fuerte que su vergüenza. Además, de nueva cuenta, su lado animal tenía más jurisdicción en estas cosas que él, pues solo se necesitaba una mirada llorosa del joven cuervo para tenerlo rendido a sus deseos. Así de patético era. Él creía que se debía a que la pantera lo veía como una presa potencial, o bueno, un animal que necesitaba de su protección. Los felinos grandes como él eran protectores natos, entonces, se entendía el punto.

—Está bien —accedió finalmente, saliendo del baño—. Pero no abrazaré a más de una persona.

—¡Trato hecho! —aceptó Wei sin titubear—. ¡Solo no vayas a intimidar a las personas para que te abracen! ¿Me oíste? Ya te traigo el cartel que preparé hace unos días para que vayas hoy mismo.

Con un suspiro derrotado, Jiang Cheng se preparó para salir. Afortunadamente sus clases en la universidad ya habían acabado hace un par de días, por lo que su única forma de matar el tiempo era el proyecto de su hermano. Sin embargo, todavia seguia dubitativo sobre realizarlo o no, pese a su juramento. Las personas le disgustaban bastante; no comprendía sus matices y muchas veces (por no decir siempre), ellos tampoco lo comprendían a él, solo juzgándolo por lo que veían en el exterior: ceño fruncido y mal carácter. Siendo así, ¿cómo podría emocionarse por abrazar a quienes lo criticarían más tarde?

Después de su charla no-amistosa decidió bajar a desayunar, encontrándose con su linda hermana haciendo los últimos preparativos para su propio proyecto de repostería. La saludó con un beso en la frente mientras la muchacha le prometía que una vez recibiera su calificación final y fuera un elfo libre, cocinaría montones de pasteles para él y Wei Ying. Contento por la oferta, Jiang Cheng miró desde la ventana como Jin ZiXuan hacía malabares para sacar los múltiples recipientes de la casa hacia el auto. Minutos más tarde le deseó buena suerte a su hermana, enseñó discretamente el dedo medio a su cuñado y cerró la puerta para encarar a su hermano.

—¿Qué demonios traes puesto? —gorjeo el Jiang, ahogándose con su sándwich de la impresión.

Su hermano mayor bajó las escaleras vestido con una falda de colegiala a cuadros rojos y negros que apenas si cubría sus asquerosas partes privadas (¿cómo, en el nombre del infierno, Jiang Cheng podría seguir viviendo ahora que accidentalmente había visto la tanga roja que llevaba puesta el idiota. ¡¿CÓMO?!), un crop top diminuto que rozaba sus pezones, mallas largas de encaje y seda y sus pantuflas de ositos jugando ajedrez.

¿Por qué era el ser menos favorito de Dios, maldita sea?

Haciendo caso omiso de sus gritos internos, Wei Ying le palmeó la espalda con fuerza y tomó asiento en la mesa, bebiendo un gran trago del vaso de leche chocolatada de Jiang Cheng antes de arrebatarle sus galletas de almendras.

La pantera le regresó el golpe con fuerza triplicada por su osadía, dándose la vuelta para encontrar un nuevo vaso para servirse el desayuno. Dentro de su mente se despidió del vaso en manos de su hermano, ya que terminaría en la basura muy pronto. Quizás era una medida terriblemente exagerada, pero luego de encontrar a su hermano y novio haciendo ciertas actividades que involucraban la boca y el pantalón hasta los tobillos en el baño de la escuela, nunca volvió a beber del mismo vaso que ese cochino, y si sucedió por accidente, se encargaba de lavarse los dientes con tanta pasta dentífrica hasta perder los sentidos. Ese era su trauma que venía cargando desde hace tres endemoniados años.

—Te irás todo el día igual que A-Jie, así que le dije a Lan Zhan que viniera para que pudiéramos probar esto y otros nuevos juguetes que…

—¡Cierra la boca, maldito desvergonzado! —gritó sonrojado, volviéndole a dar un manotazo—. ¡Asegúrate de que todo permanezca en tu habitación o te romperé las piernas!

WuXian se rió y asintió con una expresión tan inocente que solo a un tonto podría engañar. Jiang Cheng se aseguraría de ponerle el seguro a todas las habitaciones y al baño de la planta baja, solo por si acaso.

Terminando de desayunar recogieron lo que ensuciaron. Llegando la hora de mostrarle al desafortunado hermano menor el cartel que llevaría, el cuervo saco de entre sus cosas esparcidas por su escritorio una lámina ridícula de un insoportable color amarillo neón, con tantas decoraciones que le ardían los ojos con solo mirarla de frente. Como era poco deslumbrante para los humanos, al parecer su estúpido hermano decidió pegarle un montón de animalitos de foami aquí y allá, la brillantina haciéndolo resplandecer cada dos por tres mientras las letras en caligrafía extraña se encontraban encimadas unas con otras.

En resumidas cuentas, era un desastre.

Su maldito desastre.

A-Xian, viendo que no salió sonido alguno de la pantera, canturreo felizmente:

—¿Verdad que es bonito? ¡Este es su complemento!

De una bolsa de papel marrón sacó una diadema con dos caritas sonrientes unidas con un resorte.

Jiang Cheng deseó la muerte en ese mismo instante.

Lo suplicaba.



Día 1

Cuando el felino arribó al centro comercial, hubo un mar de cabezas girando en su dirección, cada uno con una expresión distinta. Jiang Cheng intentó ignorarlos lo mejor que pudo, inconscientemente agitando su cola a modo de advertencia. Se paró a mitad del primer piso sosteniendo su cartel con una mano frente al pecho mientras fulminaba con la mirada a la chismosa multitud. Las caritas sonrientes en su cabeza y el llamativo letrero llamaban la atención de las personas, sin embargo, al percatarse de su ceño fruncido y evidente malhumor, se alejaban. Una chica hámster casi se arrojó por las escaleras eléctricas para no pasar frente a él.

Jiang Cheng exhaló con cansancio. Sería un largo día.

***

Lan XiChen era el barista de la cafetería familiar ubicada en el centro comercial así que estaba acostumbradísimo a las conmociones masivas, aunque pocas veces se unía. Imitándolo, Lan WangJi, su amado hermanito, permanecía ajeno a cualquier alboroto. Justo como el que estaban haciendo un par de señoritas sumamente exaltadas y emocionadas sentadas en las medialunas de su local, lanzando fragmentos de su conversación a diestra y siniestra mientras él les llevaba sus pedidos.

—¿Es que lo viste? ¡Es tan guapo! —la chica oculto su rostro detrás de sus manos— ¿Crees que quiera darme su número?

—Acaba de hacer llorar a un chico pato —apuntó su amiga, arqueando la ceja con incredulidad—. ¿Tú qué crees, A-Su?

—Rompiste mis ilusiones, Wen Qing. ¡Es que tan solo míralo!

Wen Qing lo hizo, todavía sin encontrar el encanto.

—Lo único que puedo ver es que lleva veinte minutos ahí de pie y nadie lo ha abrazado. ¡Pero ha ahuyentado a diez personas… no, once! Mira, allá va otro.

—Son tan insensibles con ese pobre gato —resopló A-Su.

—Si te parece tan injusto entonces ve y abrázalo tú.

A-Su negó vigorosamente, enseñando las palmas hacia arriba.

—Gracias pero no, prefiero vivir. ¡Oh, las bebidas llegaron!

—Aquí tienen, señoritas.

Lan Huan les sonrió mientras les pasaba sus bebidas correspondientes, sus lindas orejitas de conejo revoloteando con alegría encima de su cabeza. Luego de agradecerle por el excelente servicio, las dos jovencitas, quienes eran clientes frecuentes de los hermanos y podían considerarse buenos amigos, le preguntaron si conocía al chico que estaba regalando cariño afuera de su tienda.

—¿Qué chico?

—Ese de allá.

Siguiendo la trayectoria del dedo de Qin Su, Lan XiChen levantó la vista solo para encontrarse con el hombre más atractivo que vio jamás.

Era un joven caballero de piel tostada por el sol, cabello sujetado en un moño alto con un par de trenzas a cada costado y unos bonitos ojos azules que refugian como el cielo antes de una tormenta. Las esponjosas orejas felinas en su cabeza se movían al igual que su cola, latigueando a un ritmo impaciente pero hipnótico.

Todo una belleza.

Quedó ensimismado por la cautivante imagen, a tal grado que accidentalmente vertió la crema en la falda de Wen Qing en lugar de en su taza de café. La chica rió sarcásticamente, apuntando a su regazo manchado.

—¡XiChen, me estás mojando! —se quejó. Usando su místico ojo de halcón, Lan WangJi se cruzó de brazos desde el mostrador, negando hacia su hermano mayor.

Dicho hermano parpadeó un par de veces para salir de su aturdimiento y luego se alejó, profundamente avergonzado por el desastre que ocasionó debido a su descarada vigilancia.

—¡Lo siento mucho, A-Qing! Déjame ir por algo para secarte... ¡Ya vuelvo!

La chica apretó los labios para reprimir una sonrisa que pugnaba por salir a flote y lo despidió con un gesto de la mano.

—Bah, sé que fue un accidente. ¿Cómo podría no serlo si estás comiéndote al chico pantera con los ojos, pillín?

Qin Su se atragantó con su doble macchiato de la risa, mirando de reojo al joven estudiante de aura intimidante.

—¡Oh, así que ese es tu tipo ideal! —aulló Qin Su—. Alto, guapo y gruñón. Uff, qué delicia.

—Deberías acercarte a él, capaz y te pasa como en esos dramas donde luego de un milagroso primer encuentro sus vidas se conectan y acaban casados, con dos hijos y seis gatos —sugirió la Wen, checando su reloj de pulsera—. Bien, es hora de irnos, A-Su.

Ambas pagaron lo que consumieron, despidiéndose de los dos hermanos. Dejaron la cafetería y rodearon al huraño felino que seguía a la espera de ver quién sería el valiente que lo abrazaría para poder librarse de su promesa.

Mientras tanto, Lan Huan fingió ignorar su presencia (sin mucho éxito que digamos, ya que sus orejas estaban atentas a cualquier ruidito intrigoso del exterior) y limpió las mesas, asegurándose de que todo estuviera presentable antes de regresar al mostrador con su hermanito.

Lan WangJi acomodaba los distintos tamaños de vasos desechables cuando habló en voz baja:

—¿Has encontrado algo que te guste, hermano?

—No se de que estas hablando, WangJi —negó, girándose de espaldas para que el otro jade no viese su rostro avergonzado. Sin embargo, sus orejas atentas lo delataron.

—Sí, no lo sabes —aceptó el menor. La campana de la tienda timbró, anunciando un nuevo cliente y Lan WangJi volvió a hablar—. Que bueno que no es del gusto de A-Huan, porque viene hacia acá.

—Oh, Dios mío —gimió el mayor—. ¡Iré a revisar el refrigerador de atrás, ya vuelvo!

Lan WangJi vio a su hermano mayor haciendo uso de sus largas piernas, escapando por el corredor lateral y suspiró desganado. Definitivamente el chico, a quien reconoció como Jiang WanYin, el hermano menor de su amado novio, le gustó al jade o si no su comportamiento animal no hubiese salido a flote a esa hora del día. Y en público.

Negando imperceptiblemente con la cabeza, se dispuso a atender a su cuñado… cuando se dio cuenta de un detalle interesante.

Los depredadores ojos de la pantera siguieron el recorrido de Lan XiChen con interés brillando en sus irises azulados.

Wangji volvió a suspirar y mensajeó a su novio.

«Los perdimos»



Día 2

Si era sincero, Jiang Cheng no tenía ganas de perder otro día de su miserable vida fracasando en el centro comercial, o no lo tendría de no ser por el descubrimiento de ayer que le dio la suficiente motivación para levantar su trasero de la cama.

Aquel lindo camarero conejito del café Gusu.

Desde que tenía memoria, Jiang Cheng no era propenso a interesarse en nadie. Si milagrosamente lo hacía, el acercamiento no duraba mucho, ya que estos corrían despavoridos lejos de él al verlo en su forma animal o simplemente su boca soez y sarcástica hacia el trabajo sucio. Eran razones válidas para rendirse a temprana edad. Las conexiones no estaban hechas para el felino, o eso pensaba hasta ahora.

Incluso a metros de distancia la pantera olió el aroma azucarado y silvestre del conejito. Al principio lo ignoró, de la misma forma que estuvo haciendo con todos los metiches que no se atrevían a abrazarlo para liberarlo de su condena y solo estaban estorbando el paso, pero luego escuchó su cálida voz… y todo cambió.

Jiang Cheng, con las orejas alerta, desvió la vista de la chica que insistía en invitarlo a comer para, en su lugar, buscar al receptor anónimo de dicho sonido melodioso, encontrándolo en el camarero del local de enfrente.

Asombroso.

Quedó prendado del conejito, hechizado por su belleza que merecía ser contemplada y adorada; labios durazno, piel impecable y luminosos ojos cobrizos. Por un tiempo prolongado, Jiang Cheng se quedó mirando al chico hablar y hablar con unas clientas cerca de la ventana, cautivado por la preciosa sonrisa que lo hacía más resplandeciente.

El mundo entero se pulverizó en mil pedazos cuando el chico desconocido lo miró.

Se sintió como la típica descripción mágica de una película rosa, solo que un millón de veces mejor. Jiang Cheng no tenía idea de cómo describirlo, y no lo tendría nunca. Simplemente quedó hechizado por la lluvia de emociones que despertó en su corazón las brillantes y expresivas esquirlas de sus orbes infinitamente dorados, enternecido por la manera linda en que su naricita se movía para capturar resquicios de su aroma.

Entonces, cuando la sonrisa del adorable conejito se volvió más arrebatadora, la pantera supo que estaba irremediablemente jodido.

—Maldición.

Rió entre dientes al ver su metida de pata con la leche cremosa, y posteriormente, al huir cuando intentó acercarse. Lejos de sentirse decepcionado por el escape, despertó un interés más profundo en el felino. Él era un depredador, y después de todo, le gustaba salir de cacería.

Esa mañana decidió que tenía que ser un mejor día.

Mientras esperaba al afortunado ganador de su abrazo y lo que fuera, no pudo evitar agradecer que su expresión de mierda ahuyentara a todos, ya que no era un gran fanatico del contacto físico, y como felino salvaje, la única forma de estar con mas animales era para devorarlos. Luego recordó que tenía que terminar la tarea de su hermano a cambio de su amado concierto y refunfuñó en voz baja.

Conforme pasaban las horas, su mal humor iba incrementando, llegando al punto de gruñir entre dientes debido a la desesperación. ¡¿Quién quería un maldito abrazo, por Dios?! Presenciando su perdida de estribos, los transeuntes comenzaron a dispersarse, alejando sus visiones del cartel amarillo para rodear la jardinera artificial donde se instaló.

Jiang Cheng enseñó los dientes al percibir su temor de que fueran atacados. ¡Como si esa bola de imbéciles fueran tan afortunados de vislumbrar su majestuosa forma animal por una chiquillada!

Para tranquilizar sus nervios decidió tomar un descanso, respondiendo los mensajes del chat familiar sobre qué habría de cenar esa noche. Justo al enviar su propuesta a su madre, fue cuando vio al lindo camarero desde el escaparate de cristal de la cafetería, dando vueltas por las mesas saturadas de comensales con una sonrisa que iluminaba como el sol de mediodía mientras servía los numerosos pedidos aquí y allá.

Guardó el teléfono en su bolsillo delantero, preguntándose cómo demonios un adulto podía ser tan adorable.

No lo sabía.

Lo único que sabía es que quería conocerlo.

***

Lan XiChen se encontraba decidido a invitarle un mantou al chico de ayer.

Era un movimiento arriesgado que pensó a profundidad, ya que temía ser un rechazo más del montón. En el transcurso del día, había visto como algunas señoritas y caballeros eran despedidos tajantemente por el felino, por lo que sabía que no era una situación agradable ser corrido por una mueca mordaz o un palabras soeces a mitad del abarrotado centro comercial, por muy atractivo que fuera el chico.

Teniendo esa perspectiva en mente, decidió esperar a que la gente disminuyera para que nadie viera su patético intento de acercamiento.

Cerca de las 3:22 de la tarde llegó el momento ideal para llevar a cabo su misión.

—Tu puedes, Lan Huan —se convenció en el reflejo del refrigerador de acero inoxidable—. Tú puedes, solo tienes que ir y entregar tu regalo, eso será todo.

—Mnn, tu puedes Lan Huan —alentó Lan WangJi, remojando un cuernito relleno de chocolate en un vaso de café con leche—. Puedes, puedes.

—¿Qué no habías ido con tu novio, A-Zhan? —cuestionó XiChen, sobresaltado al ver la figura de su hermano recostado tranquilamente en uno de los sofás del rincón.

—Wei Ying vendrá en un rato, tiene que acompañar a su hermana al supermercado. ¿No ibas de salida, hermano? —le recordó, frunciendo la nariz hacia afuera con repugnancia—. Felino —escupió despectivamente.

XiChen le envió una mirada de reproche por su comentario desagradable.

—Se ve que es una buena persona, Lan Zhan, compórtate. Además, recuerda que nunca debemos juzgar un libro por su portada.

El segundo jade le devolvió la mirada inexpresivamente, sorbiendo de su taza.

—Esa portada luce como el psicópata asesino de una novela de terror.

—¡WangJi! —le regañó, caminando hacia la salida—. Deséame suerte.

El menor no respondió, viendo a su hermano dejar el establecimiento familiar con orejitas de conejo balanceándose con nerviosismo y anticipación. Lan WangJi dio una mordida final a su cuernito y luego se levantó de un salto, yendo a la cocina.

—No la necesitas, A-Huan.

***

Apenas dio un paso fuera de la tienda, Lan XiChen se sintió intimidado por aquella amenazante mirada felina y regresó a la seguridad de su madriguera apresuradamente.

Lan WangJi gimió de frustración detrás del mostrador.



Día 3

Lan XiChen nunca había sido tímido, al contrario, era un alma rebosante de bondad que disfrutaba relacionarse con los demás, siempre alegre y risueño. Jamás creyó que algún día temblaría con la sola idea de acercarse a alguien, sea felino, reptil o marciano (¿Existiría un híbrido de marciano? ¿Llegarían a existir alguna vez?), por lo que su reciente actitud era una novedad. Por primera vez desde que aprendió a coexistir con otro ser humano, Lan WangJi se tomó el tiempo de explicarle a su hermano mayor que el felino no lo dañaría o cazaría (algo que le preocupaba. ¡Él era una presa natural, por Dios!) por los pasillos del centro comercial, lo máximo que haría sería agradecerle el postre y ahí terminaría la historia.

Escuchó atentamente las palabras de su hermano menor, sin embargo, no estaba convencido de que fueran ciertas.

Caminó magistralmente entre los diversos clientes que frecuentaban el centro a esa hora de la mañana, bolitas mayormente conformadas por jóvenes que se ejercitaban en el gimnasio, señoras mayores con una posición privilegiada que se quejaban de las injusticias de su lujosa vida en las terrazas de los restaurantes y otros trabajadores que, igual que él, iniciaron la jornada laboral. Sonrió al ver que el chico felino todavía no llegaba a su parada habitual.

¿Cuántos días estaría rondando con su cartel en mano? ¿Por qué lo hacía? Esas preguntas no lo dejaban descansar, más al ver que aunque era buena persona, no parecía del tipo que disfrutaba siendo el centro de atención de una manada de desconocidos.

Por eso y más es que no quería incomodarlo. Sabía de primera mano que no era agradable cuando alguien que no conoces te ofrece un regalo espontáneo. No saber sus intenciones es de lo más extraño. Y si bien Lan Huan no pensaba con maldad, el mensaje podría no ser bien recibido.

Dejaría que el destino tirara la moneda.

Se apresuró a preparar la primera tanda de pastelillos al vapor dulces y cuando estuvieron listos, dejó uno en la banca de madera frente a su cafetería.

Era una propuesta de amistad.

***

Jiang Cheng trastabilló con el borde de las escaleras eléctricas del estacionamiento en un intento de llegar lo más rápido posible a su destino. Definitivamente su día no estaba siendo para nada bueno o gratificante. Era un completo infierno.

Olviden eso, toda su vida ha sido un infierno, y ese día no era la excepción.

Comenzamos en la madrugada cuando tuvo que lidiar con el alcohólico compulsivo de su hermano, sujetándolo en el baño de su habitación mientras vomitaba hasta su alma, cuidando que sus padres no escucharan el ruido de sus arcadas y los asesinaran a ambos. Le recrimino estar borracho entre semana ¡era miércoles, maldita sea! pero aun asi lo ayudo.

Luego su querida hermana los entretuvo con uno de sus desayunos estelares, mimando a sus dos polluelos domesticados con torres de comida deliciosa. De eso no se quejaba, y entre charlas y otras pláticas terminaron limpiando la cocina. Jiang Cheng agarro su cartel amarillo, su mochila y sus energias para salir disparado por la puerta cuando llego HuaiSang y lo arrastro al campus para firmar sus calificaciones finales.

Aprovechó la horda de cientos de estudiantes apilados en las listas colgadas en la enorme pizarra de corcho para desquitar sus frustraciones, dando codazos y patadas a mitad de odisea. HuaiSang fue pisoteado un sinfín de veces mientras la punta de su bolígrafo rayaba líneas desordenadas en el nombre de Wen Chao.

Una lástima… o quizás no.

Cuatro horas después finalmente salió del martirio escolar y prácticamente voló hacia el metro subterráneo, tomando el primero (aunque fuera lleno) que encontró en la estación. Sí, el karma hizo de las suyas ya que batalló contra codazos e invasión a la privacidad, pero a quién demonios le importaba eso cuando tenía prisa por ver al dulce conejito de la cafetería.

Estaba consciente de que unos días no eran suficientes para fantasear con una vida juntos llena de momentos felices y toda esa mierda, pero si para encontrar a quien pudiera ser tu persona indicada. Jiang Cheng no era un jugador, no tenía siquiera los requerimientos básicos para considerarse uno, así que no estaba en sus planes hacerlo. Ni tenía ganas, es más, lo repudiaba. ¿Cómo podría estar bien consigo mismo si tomaba a juego los sentimientos de los demás?

Y aunque no sabía si existía la posibilidad de que los sentimientos surgieran, como dice el dicho: intentar no cuesta nada.

Hay que intentar lo imposible, hasta que se haga posible.

Los pasadizos estaban abarrotados de personas que iban y venían de las múltiples tiendas. Jiang Cheng encontró la ahora conocida butaca de madera oscura completamente vacía. O casi vacía, ya que un pastelito de apariencia apetitosa envuelto en una bolsita de plástico con un lazo azul cerúleo descansaba a mitad del pulido asiento.

«Suerte con tus abrazos gratis»

Lan XiChen alzó una mano y lo saludó tímidamente desde el mostrador de la cafetería.

Jiang Cheng sonrió brillantemente.



Las notas continuaron durante seis días, y con cada una de ellas…

«¿Cómo haces para causar tanto miedo solo con tu mirada? Ojalá yo pudiera hacerlo, eres mi héroe»

«¡Tus orejas lucen tan adorables aunque estés enojado! Como un gatito huraño, me gustan mucho los gatitos»

«El azul de tus ojos es como una brisa de primavera, incomparable»

«La chica que corrió directo a la puerta cuando le gruñiste dijo que fue lo más genial que le pasó en su existencia. ¿Qué clase de embrujo utilizas? ¡Quiero saberlo! »

«Tiré las chispas de chocolate por tu culpa, sí, tuya, todo por estar pensando en lo lindo que eres»

«Ayer te vi sonreír y creo que tienes la sonrisa más bonita del mundo. ¿Me dejarías verla más seguido?»

… el corazón de Jiang Cheng se aceleraba.



Último día

Una semana.

Una semana entera le tomó a Lan Huan terminar la mudanza a la residencia que compartiría con su hermanito y que lo dejó extrañando la cafetería. Sin embargo ¡al fin era independiente! Estaba sumamente orgulloso de sí mismo, ya que vivir con su tío no era malo, pero también necesitaba su espacio alejado de tantas reglas, muchas de ellas sin sentido pero que respetaba profundamente.

Con la semana llegando a su fin, los numerosos estudiantes inquietos revoloteaban por las mesas del establecimiento con inquietud, emocionados por los divertidos planes que tramaban para su fin libre de responsabilidades. Lan WangJi permaneció alejado de las hormonas juveniles, resguardado como todos los días detrás del mostrador mientras él tuvo que hacerse cargo de los pedidos que entraban y salían a una velocidad vertiginosa.

Eran las 8:15 y todavía no había dejado el postre en la butaca de madera.

Con las ajetreadas personas entrando por montones al establecimiento, escaparse aunque sea un momento a la butaca afuera era una tarea imposible. Lan XiChen apretó los labios en un pequeño puchero frustrado, prometiendose que conseguiría un instante libre para llevarle el obsequio con sus propias manos.

Lan XiChen llegó a la conclusión de que no desperdiciaría la oportunidad de conocerlo solo por sus miedos animalescos o como sea que deba ser nombrado. Si, entendía que quizás era un extraño que al final podría (o no) resultar siendo un asesino en serie o un psicópata que pateaba gatos bebés, pero la curiosidad del conejito era mayor al razonamiento de supervivencia. La conexión que sentía hacia el chico era tremendamente irresistible.


Secretamente también lo admiraba por el tiempo y dedicación que tenía hacia su proyecto, con o sin voluntarios. Había presenciado desde el primer instante que se plantó enfrente de su local, secuenciando su desesperación y la frustración aplastando las esperanzas con cada día, hora, minuto y segundo que pasaba sin que nadie se acercara a cumplir su pedido. El camarero vio desfilar a tantas personas interesadas en la apariencia del felino, pero sin siquiera echarle un vistazo al letrero. Pocos fueron los que leyeron su pedido y ninguno dio el paso a intentarlo.

No comprendía su indecisión, pero la comprendía (no del todo). Él era intimidante y su aura hacía retroceder a la gente, pero eso no significaba que fuera malvado. Nadie tenía el derecho a juzgar a los demás basándose en una suposición.

Lan Huan confiaba sinceramente en el felino, además era un amante empedernido de los abrazos y los mimos. ¿Quién no los amaría cuando son suavecitos y cálidos? A Lan Huan le encanta acurrucarse entre los brazos de los demás, sintiéndose protegido y cuidado mientras se apretaba en una bolita de arroz esponjosa para dormir durante horas y horas.

Se abrazó a sí mismo, imaginando cómo sería acurrucarse con la pantera bajo un frondoso y fresco árbol una tarde calurosa de primavera, frotando sus aromas entremezclados en el cuerpo del otro, dormitando con el dócil y conciliador ronroneo de la pantera de fondo. XiChen se estremeció debido al pensamiento tan, pero tan acogedor.

Él lo quería.

Y él lo tendría.

—La pantera está por irse —su hermano lo sacó de su ensoñación apresuradamente. Lan WangJi señaló con la barbilla al chico que aventaba furiosamente el cartel aplastado al interior de su mochila y se disponía a marcharse—. Vete hermano, yo me encargo de…

Lan XiChen empujó a su hermano a un lado y corrió hacia la puerta de la cafetería. La campana de anuncio en lo alto vibró estruendosamente, atrayendo la atención de la totalidad de los comensales, pero al camarero le dio lo mismo. Una vez estuvo fuera del campo de visión de todos los presentes, Lan Zhan chasqueó los dedos, ganándose la ola de miradas perplejas.

—¿Quisieran una prueba gratuita de nuestro pastel de zanahoria y crema? —ofreció y añadió sin esperar respuesta—. Una fila ordenaba, por favor.

Rápidamente las personas dejaron sus mesas y comenzaron a formarse para recibir un trozo del exquisito postre. WangJi, con su expresión estoica e imperturbable, se dio la vuelta para abrir la nevera y comenzar a repartir, agitando el puño discretamente debajo del mostrador.

«¡Tú puedes, hermano!»

***

Jiang Cheng debió imaginar que la falta del habitual postre de bienvenida era un indicio de que algo estaba terriblemente mal.

Frunció el entrecejo, pensando en qué había hecho para molestar al dulce conejito.

Llámenlo extremista, pero el felino ha acumulado bastante experiencia con el alejamiento repentino de las personas cuando el interés o curiosidad se desvanece, muchas veces influenciado por su temperamento volátil o la pérdida del atractivo que la primera impresión genera. No es algo nuevo en su rutina, pero si pensó que sería diferente.

Pero ¿por qué pensó que lo sería?

¿Por qué se sentía desilusionado al perder su atención? No es como si pudiera culpar al conejito de algo, incluso si las notas coquetas y los dulces no significaban lo que él creía en un principio y siempre fueron una muestra de amabilidad y cortesía. Al final, quien se confundió era Jiang Cheng, el otro no era culpable de nada.

Exhaló forzosamente. Saber que el joven con rabo de conejito no tenía el mismo interés era deprimente.

Las cosas se volvieron lúgubres con el pasar del tiempo. Jiang Cheng quería pensar que esto era un malentendido, pero cada vez que los orbes de dulce caramelo del lindo camarero rehuían de su mirada, Jiang Cheng sabía que era una batalla perdida.

¿Qué hizo mal?

¿Cuál fue el error que cometió y que lo asustó al punto de alejarlo por completo?

Su reloj pitó. Eran las 6:00 pm, hora de marcharse.

Jiang Cheng se masajeó la sien con los dedos, pensando el la excusa que le daría a su hermano acerca de los resultados de su misión fallida en su proyecto final y cómo le ayudaría a estudiar para el examen de recuperación en unos meses. También considero las maneras de olvidarse de esa sonrisa encantadora y esos ojos luminosos.

Mierda, mierda, mierda.

Guardó con jalones violentos el estúpido cartel de mierda de su hermano, apretándolo junto a la barra de chocolate lechoso que había comprado como un regalo para el conejito y que nunca llegaría a su destinatario. Pobre iluso. El estudiante se colgó la mochila al hombro y se marchó de ese endemoniado lugar.

Iba en espectacular fuente de entrada cuando sucedió algo inesperado.

—¡E-espera, no te vayas!

Los pasos apresurados y una melodiosa voz gritó a su espalda, haciéndolo detenerse abruptamente con los ojos abiertos de par en par.

XiChen lo alcanzó con las piernas tambaleantes por el esfuerzo, la respiración entrecortada y las esponjositas orejas de color blanco níveo aplastadas a cada lado de su cara, intentando ocultar su creciente timidez. Resopló, apartándolas de un manotazo. ¡No era el momento de ser tímidos! No cuando la mirada afilada y depredadora del felino se concentró en él.

Guau.

Teniéndolo tan cerca, la belleza de la pantera era más dominante, acrecentando el nerviosismo del híbrido de mamífero, mismo que olfateó discretamente en su dirección en busca de indicios de incomodidad o amenaza, cualquier señal de alerta pero no encontró nada. Al contrario. Las feromonas del gran gatito eran reconfortantes y muy, muy cálidas, haciendo que XiChen se imaginase su fantasía de una siesta juntos con más ahínco.

¡Cuán cómodo sería acurrucarse en su madriguera, compartiendo el calorcito!

Si le ofrecía dormir una siesta juntos, ¿lo rechazaría?

Mientras el camarero divagaba en sus pensamientos, Jiang Cheng esperó pacientemente de pie frente a él, hipnotizado una vez más por el movimiento adorable de su naricita hurgando el aire y la sonrisa luminosa que estiró sus labios rojizos. Se dio cuenta de que estaba olisqueando su aroma, así que procuró no hacer ningún cambio repentino que pudiera asustarlo. No se dejaría llevar por algo tan ridículo cuando tenerlo así de cerca era lo que había estado esperando todos esos días.

El silencio se prolongó por un tiempo donde ambos permanecieron inmóviles, la mirada de Jiang Cheng suavizándose adorablemente cuando se percató de que el peso de sus amenazantes ojos hacían estremecer al conejito, una reacción instintiva de un pequeño mamífero que se encontraba cara a cara con un depredador enorme.

—¿Me dejarías darte un abrazo, por favor? —pidió amablemente Lan Huan y extendió los brazos al chico, sus ojos chispeantes de alegría.

¡Oh, por el santo cielo!

Conteniendo a duras penas su emoción, Jiang Cheng esbozó una sonrisa tierna y asintió.

Sin rastros de la vacilación previa, el conejito rompió la distancia que los separaba y, justo antes de escabullirse dentro de la amorosa burbuja de sus brazos, admiró la expresión del estudiante felino. La sonrisa le robó el aliento del pecho y encontró sus ocelos azules increíblemente radiantes y cariñosos. Él era hermoso y brillaba como un sinfín de estrellas en el cielo nocturno.

—Hola, lindo conejito —saludó el Jiang, acariciando tímidamente la mejilla ruborizada del más alto.

—Hola.

Finalmente, XiChen envolvió sus brazos detrás de la nuca del gatito y hundió su rostro en la curvatura de su cuello, el sonido de su risa amortiguada siendo la sinfonía del encuentro. Jiang Cheng, cautivado en más de un sentido, abrazó con ternura la cintura delgada del camarero, sus corazones latiendo a una misma sincronía, derrumbándose en granito mientras sus pechos colisionaban a la vez. La intimidad de la cercanía permitió que los labios del felino rozaran la mejilla derecha del chico, casi un beso que luego se convirtió en uno, inhalando el aroma azucarado impregnado en su piel.

Oculto en la seguridad de los brazos del otro y con la calidez de su aliento abanicando su oído sensible, Lan Huan ronroneo gustoso, una de sus orejitas esponjosas frotándose contra la barbilla del chico en un gesto de aceptación mientras el mundo a su alrededor se desvaneció como un suspiro olvidado en el tiempo, completamente intocable mientras abrazaba a la pantera.

La sensación era encantadora, y aún más cuando Jiang Cheng apretó el abrazo, balanceándose de un lado al otro en un vals de dos únicos pasos improvisados. La risa de XiChen se intensificó, hundiéndose más en el cálido pecho del felino, aceptando los mimos que los dedos traviesos de éste dejaban en su cabello revuelto.

A-Huan quería, con todo su corazón, tener más abracitos y mimos de él en el futuro.

Durante un tiempo considerablemente largo se quedaron asi, enredados en los brazos del otro como si su vida dependiera de ello, disfrutando del sentimiento que florecía a semejanza en sus corazones hasta que, repentinamente, XiChen se alejó unos centímetros, lo suficiente para mirarlo con bonitos ojos de cervatillo, resplandecientes y adorables. Apretó los puños en la parte trasera de la sudadera púrpura de Jiang Cheng y frotó su mejilla en la barbilla puntiaguda del felino, sonriendo como si el sol decidiera darle su luz.

—Hola, mi nombre es Lan XiChen.

El joven estudiante rió en voz alta por primera vez, rozando la punta de su nariz con la del conejito.

—Hola, soy Jiang Cheng.