Capítulo 1
Manigoldo:
El hombre estaba jugando el blackjack, a cien mil dólares la apuesta. Junto a él había una mujer, pero no había ningún otro jugador sentado en la mesa. Era una mesa reservada para su uso particular, separada de las otras por un cordón.
Un grupo de curiosos se había congregado al rededor de esta, mientras los ganetes de seguridad trataban de obligarlos a circular.
—Esta perdiendo —observo un turista— Ha perdido diez manos seguidas.
Un millón de dólares.
Andaba buscando una mesa de tres dólares la apuesta.
En primer lugar me sentía atraído por el grupo de curiosos, y luego me fije en el. Era un individuo espectacular. Tenía el pelo platinado e iba vestido de negro. Era alto y bien plantado, un personaje digno de ocupar un trono.
Por su aspecto adivine que se tratabade un Noruego, un príncipe, un miembro de la realeza de un reino en un país nórdico; y supuso que debía valer cientos de millones de dólares.
Se trataba sin duda de un personaje de alcurnia. Tenía un aspecto distante, seguro de sí mismo, imponente.
— Circule, no se detenga —dijo un agente de seguridad.
Pero yo permanecí inmóvil, fascinado, cautivado por el espectáculo que se ofrecía a mis ojos. Era un homenaje al exceso, el triunfo de la la opulencia. Era la primera vez que contemplaba a un personaje como el, capaz de jugarse unas cantidades fabulosas de dinero.
Acababa de perder un millón, pero empezó a recuperar lo con creces. Incluso hizo blackjack dos veces consecutivas.
—Buen <<zapato>>* —observo con admiración el croupier. En el juego, la suerte se considera una habilidad.
El hombre asintió con indiferencia. Supuse que no hablaba Griego, o bien era demasiado arrogante para aceptar un elogio. Nada podía afectar a un individuo como el. Disponía del dinero suficiente para comprar lo que deseara, incluso a seres humanos. No tenía nada común con el resto de los mortales éxcepto la mortalidad, e incluso eso era discutible.
El Noruego seguía ganando, pero tanto si ganaba como si perdía permanecía impávido. Su rostro era como el de un príncipe, varonil y al mismo tiempo refinado, con unos rasgos muy marcados, como esculpido por la helada nieve del norte. Tenía unas manos largas y expresivas, acostumbradas a dar una orden con un simple gesto de muñeca.
Yo, que era modesto escritos de discursos que percibía treinta y un mil dólares al año antes de pagar impuestos, me sentía fascinado por aquel increíble espectáculo.
Una sola de las fichas que cambiaban rápidamente de mano entre el jugador y la banca me habría permitido dejar mi trabajo y dedicarme a buscar la ciudad de David, o costearle a mis hijos una carrera universitaria, o regalarle a alguien un pulmón, un riñón, un corazón, ¡la vida! Sin embargo, no sentía envidia ni rencor, tan solo un gran respeto hacia ese hombre que los dioses habían concediéndole fortuna y poder.
¿Pero que clase de hombre era este que podía permitirse el lujo de trivializar las cosas más seria y profundas, dilapidar en un instante lo que otros no conseguían acumular en toda su vida? Una cosa es ser rico, pero esto rozaba lo divino.
Cien mil dólares la apuesta representaba algo más que un juego. Era como la creación, unas montañas y unos mares que se removiendo y agotaban disputándose el derecho de proclamar soberanía.
¿Quien era ese hombre?
— Esta ganando —observo un turista.
La mayoría de los curiosos lo observaban en silencio, atónitos ante el espectáculo que se desarrollaba frente a sus ojos, hipnotizados por el poderoso Noruego.
No era la primera vez que yo acudía a un casino, y conocía perfectamente los juegos de azar. Había visto apostar mucho dinero, pero jamás había visto a alguien como el. Me sentía fascinado, lo mismo que ne habría fascinado beethoven en su época.
Ese hombre era el dinero lo que Beethoven a la música. Si antiguamente predominaban los valores de la música, la literatura y la pintura, en la actualidad primaba el dinero. Jugamos millones a la bolsa, a la lotería y en los casinos, y al hacerlo hemos definido nuestra cultura. Nuestra cultura es el dinero. Nuestros héroes son los millonarios y los multimillonarios.
No es una critica; a fin de cuentas, yo también estaba allí.
Solía frecuentar los casinos con la esperanza de ganar una fortuna, cosa que hasta ahora no había sucedido; pero siempre existía otra oportunidad , y otra más, y entre tanto me divertía observando a el Noruego.
Aunque estaba situado al fondo, detrás de un muro de gente, sentía una curiosa afinidad con ese hombre. Quizá se trataba del deseo de estar allí con él, en el centro de acción.
O quizás habíamos establecido una especie de contacto, pues cada vez que yo retrocedía para sentarme en una de las mesas de juego, el volvía la cabeza hacia mi, como ordenadome que no me moviera.
Estas soñando, me dije. ¿Que tienes en común con ese hombre? Ni siquiera habitan en el mismo planeta. Puede que se haya fijado en ti, pero te observa como a los demás, como si fueras un saltamontes.
Sin embargo, el Noruego hizo de nuevo un gesto imperceptible con la cabeza, como una leve inclinación o algo parecido. ¿Parecido a que? ¿Que pretendes de el?, me dije. ¿Que te unja? Tu procedes de otra dinastía de reyes. Ya estás ungido. El no es tu hombre.
Al cabo de un rato me aparte del grupo y me puse a jugar en las máquinas tragaperras, a la ruleta y a los dados, ganando y perdiendo. Pero ese hombre me obsesionaba; era como si representará una posibilidad de conseguir algo importante.
El mero hecho de estar junto a él eliminaba la maldición del tedio. Lo malo de la vida es que nunca pasa nada. Todos los días son idénticos.
Estaba convencido de que si permanecía junto al Noruego me sugería algo inesperado. No sabía exactamente qué, pero sabía que la grandeza produce chispas y que esas chispas pueden iluminar a un hombre. También podía salir chamuscado, por supuesto.
Así pues, resistí la tentación de retroceder y, después de dar unas vuelvas por el casino, me senté en a una mesa de blackjack cerca de donde se hallaba el Noruego.
Era una mesa de tres dólares la apuesta y la señora que repartía las cartas me cambió cuarenta dólares en fichas. Estaba distraído, jugaba sin fijarme apenas en lo que hacía, no cesaba de pensar en el Noruego y de preguntarme: ¿Que pretende alcanzar un hombre después de ganar sus primeros mil millones? ¿Con qué sueña una vez que lo ha conseguido todo?
De improviso me acorde de los héroes de guerra de mis tiempos de periodista —entre ellos uno a quien le habían concedido la Medalla de Honor —y de su tristeza cuando se estableció la paz. No es que fueran partidarios de la guerra, pero sabían que jamás tendrían oportunidad de repetir una hazaña semejante. Me preguntaba si los héroes de la fortuna sentían también esa extraña desesperación.
—¿se ha fijado en esa mesa? —preguntó una mujer que estaba sentada junto a mí a la señora que daba las cartas.
—Es un jeque —respondió esta.
—Creí que era Omar sharif.
—Es muy guapo.
—¿Guapo? ¡Es divino!
—Aparte de ser divino —dijo la mujer que daba las cartas—, Esta forrado.
—Era imposible sustraerse a su poderosa fascinación.
Todo el casino comentaba con extinción su presencia y su audacia. Jugué unas cuantas manos, recupere lo que había perdido y regrese junto a la meda donde se hallaba el jeque. Mientras me dirigía hacia su mesa recordé las palabras del midrash*: <<los pies de un hombre lo conducen a su destino>>
Me reincorpore de nuevo al grupo de curiosos que rodeaban al Noruego.
—¿Has visto alguna vez fichas de oro? —pregunto un hombre a otro que estaba a su lado.
—¿Fichas de oro?
—valen diez mil dolares.
—Ni siquiera dabia que existieran.
—pues ahora ya lo sabes.
Me abrí paso entre la multitud hasta situarme en primera fila. El Noruego tenía ante sí varios montones de fichas de oro, que aparecían y desaparecían a una velocidad pasmosa. ¿ganaba o perdía? Que te importa, me dije. Al fin al cabo, tu no eres el.
Además, es Noruego ¿acaso es amigo tuyo?
En 1967, cuando formaba parte de la brigada de paracaidistas número cincuenta y cinco, me disparaban desde los tejados de Jerusalén; actualmente no puede decirse que la situación hubiera mejorado mucho.
La diferencia destribaba que ese hombre pertenecía a la realeza. La realeza es algo muy distinto; y debo reconocer que yo experimentaba ciertas sensaciones. Estaba sucediendo algo mágico y yo me sentía atrapado. Quiero decir que la suerte de ese hombre empezaba a preocuparme. Deseaba que ganara y permanecer junto a él durante unos instantes para averiguar lo que sienten los ricos.
Era como estar en la gloria.
Permanecí sin moverme por espacio de varias horas. Y depronto note que me miraba y volví la cara hacia otro lado, avergonzado por el y por mi. Sobretodo por mi. Me avergonzaba estar allí hombro con hombro con una multitud de mirones y buitres.
Me avergonzaba participar en el pasatiempo favorito de los americanos: observar a los demás.
Basta, me dije. Pero cuando disponía a alejarme, el Noruego alzó la mano e hizo una seña. Pensé que quizá la reina de Inglaterra estaba detrás de mí, pero no pensaba que me saludaria a mí.
—¡Usted! —exclamó
—¿yo?
—Usted.
El Noruego asintió y sonrió, agitando la mano como si quisiera convencer a un cachorro rebelde a que se acercara
—si —dijo—. Usted. Le ruego que me haga el honor de ser mi convidado. Acérquese.
Esto es sencillo, pensé pasando una pierna sobre el cordón que rodeaba la mesa. A veces la vida es muy sencilla. Sin embargo, sentía una especie de premonición, una sensación difícil de describir. En ocasiones las cosas pareces demasiado buenas para ser ciertas.
¿Y ahora que? Me encontraba en este recinto alfombrado con moqueta roja, donde todo relucia, junto a este hombre. Ahora le correspondía a el dar el primer paso, pero ni se inmutó. Nisiquiera me miró ¿había cometido yo alguna torpeza?
Durante un instante me sentí avergonzado, humillado y desconcertado. Era consiente de que iba vestido como un turista, con unos vaqueros,unas sandalias y un jersey blanco y rojo.
El croupier llevaba un esmoquin, lo mismo que los otros cinco empleados del casino. Todos se comportaban de forma elegante de exquisita, no como en la vida real. Apenas hablaban, sino que expresaban de guiños y gestos con la cabeza, un lenguaje que yo desconocía. Bastaba con que el Noruego alzará el meñique para que enseguida apareciera sigilosamente una camarera con bebidas y comida.
De pronto el Noruego dijo algo que causó unos murmullos entre los empleados del casino. ¿Que habría dicho? Solo capte la palabra "uno"
—Desde luego, señor —respondió el el croupier —. Un momento, señor.
Luego recogió las fichas, las contó y guardo.
Tras unos instantes de silencio, el Noruego se volvió hacia mi y se presento:
—Me llamo Minos Olsen
Yo conteste que me llamaba Manigoldo Di Fiore
—Siéntese junto a mí, Manigoldo Di Fiore.
Me senté a su lado y le observe de reojo. Era un hombre que poseía rara intensidad; sabía perfectamente quién era. Más que confianza en sí mismo, emanaba poder. Tenía una presencia imponente.
Su mujer era otra historia. Había algo en ella que no encajaba. Era una belleza morena y llevaba un vestido amplio, de muchos colores; pero a diferencia de su hombre, no parecía estar allí.
Había visto a muchas mujeres como ella en oriente medio. Eran "Las mujeres", sencillamente. En cambio jamás había visto a alguien como Minos Olsen, residían allí recorriendo frías calles.
—Le debo una explicación —dijo
—No es necesario —conteste
—Me ha traído suerte
—¿Cree usted en la suerte? —pregunte
—La suerte lo es todo —dijo sonriendo—. ¿No lo sabía?
En efecto, pense, la suerte lo es todo. Siempre lo había sabido pero nunca me lo había planteado en unos términos tan sencillos.
—Quédese un rato —me rogó—. Le recompensare. ¿Se siente cómodo?
—Si
—¿Le apetece una copa?
—Una Pepsi
Mi respuesta le desconcerto. Era Noruego por lo que estaba en el probar el alcohol. Claro venía de la tierra de los vikingos.
Por algún motivo que no acertaba a explicarme, yo estaba inquieto, asustado. No sabía que hacer.
Recordé que años atrás no les había tenido miedo. Sea lo que fuera lo que esperaba, todavía no se había producido.
—Esto requiere tiempo —dijo el Noruego
¿A que se refiere?, me pregunte.
—Tenga paciencia. Se lo ruego.
Al cabo de unos minutos, un empleado del casino le entregó un montón de papeles que parecían recibos. Minos coloco un papel en su rectángulo y otro en el mio. El papel llevaba escrito las palabras "Un millón de dolares".
Yo lo mire con indiferencia, tratando de disimular mi estupor.
El croupier repartió las cartas con celeridad. Minos respondia con los gestos tradicionales del blackjack, señalando con el dedo hacia abajo para indicar que quería carta y colocando la mano con la palma hacia abajo para indicar que se plantaba. Su forma de jugar no me impresionaba, sobretodo cuando recibía dos dieces y hacía dos apuestas separadas. Ni siquiera conocía las normas más elementales del blackjack.
Pero yo no tenia control sobre sus cartas, ni siquiera sobre las que la banca me daba a mi. Me limitaba a traerle suerte. ¿Suerte? Le estaban machacando.
Perdía millones. Era demasiado imprudente.
Yo trataba de proteger mi rectangulo y me enojaba cuando Minos daba un paso en falso; como por ejemplo cuando perdió carta sobre "mis" trece, teniendo la banca seis, y perdió. Yo sacudí la cabeza.
El Noruego soltó una carcajada.
—¿Le apetece jugar?
Yo me encogí de hombros.
—Adelante —dijo
Aunque supuse que me lo propondría, su invitación me pillo desprevenido.
Para empezar, tenía que hacer algo drástico para ayudarle a ganar.
Mis primeras cartas eran un as y un siete, o sea que tenía dieciocho, puesto q el as representa uno u once. La carta de la banca era un ocho, de modo que, suponiendo que hiciera diez, estaríamos igualados. Lo más prudente era plantarme.
No obstante, me lance y pedí carta. Era un tres
—¡Ah! —exclamó Minos com tono triunfal.
Eso no fue más que el principio. Empecé a ganar todas las manos mientras la banca no hacía más que perder. Según las normas del blackjack, la banca tiene que pedir carta cuando tiene dieciséis, y cada vez superaba los veintiuno. Yo tenía una suerte tan extraordinaria que cuando tenía catorce recibía un siete; cuando tenía dieciséis recibía un cinco. Al final acabe ganando a la banca por un punto; diecinueve contra dieciocho, veinte contra diecinueve.
Tenía una racha increíble y gane un montón de dinero. En cierta ocasión recibí dos ochos y separe las apuestas. Pedí carta y recibí un tres sobre la primera, un dos sobre la segunda y doble la apuesta sobre ambas jugadas, lo que equivalía a cuatro millones de dólares. Recibí dos figuras contra el dieciocho de la banca y gane cuatro millones de dólares.
Mejor dicho, los gane para Minos.
Aunque perdi algunas manos, no tuvo importancia.
El lugar que ocupaba, a la izquierda de Minos, determinaba la siguiente carta que daba la banca,y utilice unas tácticas bastante astutas. Me plante con un nueve (un pecado) cuando la banca tenía un tres, suponiendo que no conseguiría a tener un diez y acerté.
Por medio de estas tácticas, algunas de ellas contrarias a las reglas más elementales del juego, conseguí salvar a Minos. Era un momento sublime donde todas las jugadas me salían bien. Me dejaba guiar por mi intuición, convencido de que esta no me fallaría.
Ante el asombro de los espectadores y del propio croupier, pedí carta con dieciocho mientra la banca tenía nueve. Era algo que nadie jama hacia, excepto quizás los jugadores profesionales
—¿Carta? —pregunto el croupier, perplejo.
Yo asentí
Minos sonrió satisfecho.
La banca anunció mi decision:
—El jugador pide carta sobre dieciocho —dijo el croupier, para que no existiera duda de que era yo quien había tomado esa decisión y no se trataba de un error de la banca. Recibí un as y gane.
Minos me vio sonriente, con expresión paternal.
Tenía aproximadamente mi edad, quizás unos años menos. Mostraba una dentadura perfecta, blanca y reluciente como si acabará de pulirla. Sus uñas eran impecables. Tenía el cabello platinado y espeso. Sus ojos cambiaban continuamente de expresión; a mi me miraba de una forma, al croupier de otra, y al grupo de curiosos con fastidio.
—Debe vivir estupendamente —soltó de pronto.
Su comentario me sorprendió, puesto que podía interrumpir mi buena racha.
Pero al Noruego ya le aburría el juego.
Es posible que uno se aburra de todo, pensé, incluso de las cosas buenas.
Dicen que no se puede ser demasiado delgado ni demasiado rico. No se si se puede ser demasiado delgado, pero quizás uno pueda ser demasiado rico. Quizás existan personas tan guapas y tan ricas que todo acabe por aburrirlos.
Tal como me había temido, mi suerte cambió inopinadamente.
Comprendí que había llegado el momento de abandonarlo cuando hice blackjack y la banca también lo consiguió.
Era señal de que las cosas empezaban a cambiar.
Minos a pesar de ser un jugador mediocre, también se dio cuenta.
Se levantó apresuradamente de su trono, dando por finalizada la partida.
—Gracias —dijo. Los empleados del casino se inclinaron ante el.
—Ha sido un placer, señor minos — respondió uno.
Yo deseaba permanecer un rato más, bajo ese hechizo, aunque no jugaramos, gozando del resplandor de su fortuna y su poder. Pero la partida había concluido.
El Noruego volvió a ignorar me olímpicamente, tal como había hecho al principio.
Al parecer, se había olvidado de mi recompensa. Me sentí como un zorro ansioso de hincarle el diente a las frutas del jardín. Tras pasar hambre durante unos días, el animal consigue deslizarce debajo de la cerca, se da un festín, y luego tiene que volver a ayunar para salir del cercado.
Entras desfallecido, comes hasta reventar, y sales con la tripa vacía.
Según había aprendido, era una parábola de la vida. Pero no me arrepentía. El dinero no era mío, ni tampoco lo eran las frutas del jardín. Me había divertido, había vivido un sueño, y me contestaba con ello. Aunque tal vez me hubiera ganado el derecho a recibir una recompensa.
Pero Minos Olsen no opinaba como yo. Se había olvidado incluso de mi existencia. Más de improviso se aparto del grupo que lo rodeaba y se dirigió a mi.
—Gracias, Manigoldo Di Fiore — dijo, estrechandome la mano—. Creo que usted y yo haremos negocios.
Seguro, pense.








