Sinópsis
La florzapatito de muñecano se adapta a cualquier jardín.
Es una flor que aprende a esperar, que se toma su tiempo. Crece despacio, casi en secreto, bajo sombras suaves y suelos estables. No tolera los cambios bruscos ni los climas extremos; cuando el ambiente no es el correcto, no se marchita de inmediato, simplemente se guarda, como si entendiera que florecer también es un acto de confianza. Su forma, parecida a un pequeño zapato, no es un capricho: está hecha para proteger lo más delicado que tiene. Florece pocas veces, pero cada una es única, irrepetible y silenciosamente hermosa.
Siempre se ha dicho que es una flor difícil, cuando en realidad solo es específica. No pide demasiado: pide cuidado, paciencia y un lugar donde no tenga que defenderse para existir.
Siempre me sentí como una flor zapatito de muñeca.
Creciendo en espacios donde debía esconder mis colores, cerrando pétalos para no incomodar, adaptándome a tierras que no estaban hechas para mí. No era falta de ganas, era falta de suelo. Aprendí a sobrevivir sin florecer, a conformarme con estar viva, creyendo que no encajar era un defecto y no una señal.
Hasta que llegó Yael.
No intentó cambiarme ni apresurar mis tiempos. No me arrancó de donde estaba ni me prometió jardines eternos. Fue la mano que no asfixia, el amor que no exige, el silencio que acompaña. A su lado entendí que florecer no siempre significa quedarse, pero sí atreverse a abrirse, aunque duela después.
Hay flores que solo florecen una vez, y, aun así, transforman el jardín entero.
Eso fue lo que me pasó con Yael.