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Debra
La noche comenzaba a hacerse presente, las calles se llenaban de personas a punto de dar la bienvenida al fin de semana. Y aquí estaba yo con mis amigas, rumbo a una de los antros más importantes de toda la ciudad, el Rome. El lugar favorito de algunos personajes importantes, sitio de la clase alta.
Rachel Cannagan, la mayor de nuestro grupo. Una pelirroja de esbelto cuerpo y ojos negros. La reina de ese antro. Cada vez que vamos allí se roba las miradas de los hombres de ese lugar. Difícil pasarla desapercibida. Hija de uno de los empresarios más importantes de la ciudad. Su familia lleva generaciones siendo líder en importaciones y exportaciones de diversos productos, Extern Company se ha mantenido en la cima por muchísimos años. El deseo sexual de cada uno de los hombres que recorren su figura en cuanto cruzamos por la puerta del Rome.
—Es exasperante pisar este lugar contigo.
—No es mi culpa que me deseen. —Respondió la mayor de todas.
—Quizás si no te excedieras en llamar tanto la atención… —Volvía a reclamar la segunda mayor del grupo, Mandy Cannagan.
A pesar de no tener nada que envidiarle a su prima, ¡bendita genética en esa familia!, Mandy no solía ser tan egocéntrica como Rachel. Ambas provenían del mismo linaje, pues los padres de ambas son hermanos y cuarta generación al mando del Extern Company, pero aún así la menor no podía evitar intentar mantener a su prima con los pies en la tierra al estar tan perdida en esta sociedad, adoraba romper las reglas y dejarse llevar por la locura.
—Vamos, primita. —Rodeaba el cuerpo de la morena para plantarle un beso en la mejilla entre risitas. —Solo relájate y disfrutemos la noche.
Mandy tan sólo rodó los ojos. Sabía perfectamente que su prima no tenía remedio a pesar de todo.
—¡Rachel tiene razón, Mandy! Relaja tu cuerpo y déjate llevar. Parece que el ambiente de esta noche promete.
—Tú incitas a Rachel a desbocarse más, Missy. —Alegó la morena. —Sois tal para cual.
Missy Newman, la menor del grupo. A pesar de tener dos años menos, parecía la réplica exacta de Rachel, pero en versión rubia. Daba la sensación de haber sido creada por la mayor. Ambas tenían la misma forma de pensar y de ver la vida, ambas apoyaban el estilo de vida extremo. Adoraban el libertinaje instaurado en nuestra sociedad y amaban formar parte de ello.
Missy era la segunda hija del Director General del Banco Nacional. La niña bonita de su padre y el tesoro mejor cuidado de su hermano mayor Drake, o al menos eso intentaba el chico, sin saber que su hermanita era una depredadora nocturna junto a la pelirroja. Desde que perdió a su madre hacía siete años, se apoyó en nosotras, cogiendo ilógicamente a Rachel como modelo a seguir, y a día de hoy era su versión 2.0.
—Sólo disfrutamos de nuestras vidas. —Inquirió la pequeña posicionándose junto a Rachel. —Deja que tu cuerpo se lleve las placenteras alegrías que estos hermosos chicos que nos rodean nos pueden proporcionar.
Tomó de la mano a la pelirroja y, sin esperar a que Mandy pudiese responder, se adentraron hasta la pista para comenzar la noche.
—No tienen solución.
Asentí entre leves risas a las certeras palabras de la morena mientras caminamos hacia el reservado.
—Al menos me queda la tranquilidad de que te tengo a ti, Deb. —Me sonrió tomando asiento. —Tú eres más cauta que esas dos locas.
Mandy no aborrecía del todo este sistema de libertinaje desmedido. Le gustaba la sensación de tener esa libertad plena en cada uno de los ámbitos existentes en el mundo, pero no veía necesario que todos pusieran en práctica su derecho de “libertad” sin ningún tipo de pudor. Era más, ¿cómo decirlo?, reservada con su vida personal.
—Aquí tienen, señoritas.
El mesero llegó con una bandeja con dos copas de Martini, pero no habíamos pedido aún nada. Acabábamos de llegar.
—¿Y esto? —miré a Mandy esperando una respuesta.
—Quizás Rachel y Missy…
—Son de esos chicos de allí, señorita.
Tanto la morena como yo miramos en la dirección donde apuntó el mesero y al otro lado del lugar, en otro reservado, vimos a dos hombres jóvenes. De primeras parecían bastante apuestos, pues sus sonrisas era lo primero que destacaba en ellos. Uno era castaño y con una perfilada barba, mientras que el rubio de su lado mostraba su rostro sin un mínimo vello en él. Alzaron sus copas en cuanto vieron que nuestros ojos chocaron con ellos tras el comunicado del mesero y volvieron a sonreír.
—Bastante monos.
Miré a Mandy tras oírle y comencé a reír un poco. No le agradaban ciertas libertades, pero no podía evitar sentirse tentada cuando un chico le parecía ‘mono’. A diferencia de Rachel, quien atraía con su sola llegada, Mandy llamaba la atención del resto por su porte neutro, a veces parecía alguien insensible, pero no era así.
Y ahora parecía tener nueva caza.
No me dio tiempo a tomar la copa de Martini cuando me di cuenta de cómo ella alzó su mano, y con un par de dedos les señaló a esos tipos que se acercasen hasta nosotras.
Acerqué la copa a mis labios y tomé un buen sorbo… Empezaba el espectáculo.
—Buenas noches, preciosas. —Muy caballeroso el castaño.
Apenas le quitaba los ojos de encima a Mandy. Quedaba claro que ella era quien le atraía, pero eso no significaba que se privase de verme de reojo de vez en cuando. Se le vio las intenciones.
—Gracias por esto. —Alzó su copa hasta brindar con la que portaba ese chico. —¿Estáis solos?
Rodé los ojos hasta perder mi mirada en medio de la pista. Vi a Rachel y a Missy bailando sensualmente al ritmo de la erótica canción que inundaba el local mientras cada una tenía a un hombre tras ellas sujetando sus caderas, restregando sus pelotas contra el trasero de cada una. Definitivamente ambas eran como dos gotas de agua. Como decía Mandy, tal para cual.
Me mantuve ajena a la conversación que tenía lugar entre la morena y ese tipo, que al parecer se llamaba Paul. Estaban bastante entretenidos, tomaron asiento, el rubio a mi lado…
—¿Y tú cómo te llamas, linda?
El calor de su aliento en mi oído me produjo repulsión y me alejé sutilmente.
—Debra. —Respondí sin darle demasiada atención y pareció molestarse un poco.
-Hermoso nombre.
Puse mis ojos sobre él. Detrás de su figura vi a Mandy, quien dejó la palabrería al parecer ya que ahora se encontraba besándose con ese individuo, Paul.
—Gracias. —Volví a soltar indiferente desviando mi mirada ahora hacia la de él.
Lo miré una y otra vez. Era apuesto, bastante atractivo. Sus ojos azules llamaban demasiado la atención, y su musculado cuerpo se dejaba notar a través de la fina camisa azul marina que llevaba puesta. Realmente tentador… pero no me producía nada. No llamaba mi atención.
Dejé de verlo y centré mi mirada en la copa de Martini. Aún quedaba un poco, de modo que tumbé el cristal y bebí el restante para luego ver de nuevo hacia la pista. Esas dos desaparecieron y era inevitable que una pequeña sonrisa pícara se dibujase en mi rostro al saber que ambas se llevaron a esos tipos aparte. Fueron presas fáciles por lo que se ve.
Perdida en los colores neón del lugar y la música a todo volumen, el mesero trajo otra ronda pedida por esos hombres que vinieron con nosotras. Rachel y Missy seguían perdidas con los chicos de la pista, y conociéndolas, era mejor no esperarlas hasta dentro de un buen rato.
El tiempo seguía pasando, y por mucho que Ray, el chico rubio intentaba sacarme conversación, seguía sin parecerme interesante. Mientras tanto, Mandy se encontraba sentada en el regazo de Paul, y éste, no perdía su tiempo, tenía su mano dentro del vestido de la morena. No hacía falta ser Einstein para saber que la estaba tocando aprovechando la leve oscuridad del antro, porque de no ser así, ella no se dejaría.
—¿Te apetece bailar?
El rubio continuaba en su intento de llamar mi atención, y probablemente fuese por la cantidad de copas que ya me tomé, pero terminé aceptando. Él se levantó primero y me ofreció su mano, la tomé y tiró de mí hasta llevarme a la pista. Eché un pequeño vistazo a Mandy y la encontré con sus ojos puestos en mí dedicándome una sonrisa que escondía el significado de ‘Disfruta baby’ y le devolví el gesto.
Sentí cómo rodeaba mi cintura suavemente y me acercaba a su cuerpo. La calor que desprendía él junto a la que envolvía al antro por completo debido al incesante baile de los presentes que aprovechaban para restregarse unos con otros en busca de presas con las que satisfacer sus deseos esta noche. Me dejé llevar por el ritmo de la música que sonaba, siendo Ray el que llevaba el control de nuestros movimientos debido a mi leve embriaguez.
Apoyé mis manos en sus hombros y con esa acción entendió que quería más cercanía, por lo que acortó el espacio entre nosotros dejándome sentir su pecho contra el mío al tiempo que ladeaba su cabeza posando sus labios en mi cuello.
—Eres realmente hermosa, Debra.
Sonreí por las cosquillas que me causaba su cálido aliento al golpear en mi piel, y ajena a mi cordura, mis manos ascendieron poco a poco hasta desaparecer en su pelo. Su lengua hacía acto de presencia humedeciendo la zona, haciendo que echase mi cabeza hacia atrás para darle más espacio a que siguiera, y lo hizo. Sus manos no perdían el tiempo y descendieron por mi cuerpo hasta llegar a mi trasero, donde pararon y agarraron sacándome un leve jadeo que le hizo sonreír, pues sentí su sonrisa en mi cuello y eso me dio satisfacción.
Él continuaba con su cometido cuando sentí a alguien acercarse por detrás de mí. Las manos de Ray seguían en mi culo, pero era consciente de la aparición de una tercera mano posándose en la parte delantera de mi pierna derecha y comenzando a subir por su interior perdiéndose lentamente bajo el vestido que llevaba puesto.
—¿No estabas con su amiga?
La voz del rubio captó mi atención y lo miré por un momento dándome cuenta de que su mirada pasaba por mi lado, hablándole al sujeto que al parecer estaba detrás de mí.
—Una pelirroja vino ofreciéndole un trío con un tipo.
Su voz me suena.
—¿Te dejó sólo? —Inquirió el rubio.
Sus manos seguían paseándose por mi trasero, mientras que la mano ajena llegó a mi entrepierna y comenzó a acariciarla sobre mis bragas arrancándome un leve gemido.
—Le dijo a la pelirroja que esperase. —Seguía hablando con el contrario sin dejar de acariciar mi entrepierna. —Me llevó al baño y follamos en uno de los cubículos…
Eché mi cabeza hacia atrás dejando ver el placer en mi rostro cuando ese tipo, el cual deduje que se trataba de Paul, presionó sobre mi intimidad sacándome un gemido más sonoro.
—…pero aún tengo ganas de más. —Susurró en mi oído para luego lamer mi lóbulo.
Lo siguiente que oí fueron las risitas cómplices de ambos mientras mi cuerpo completo era manoseado…
…
—¡Vamos, vamos, vamos!
Fruncí el ceño enseguida cuando oí las voces de Mandy rebotando contra las paredes de la habitación. Llevé mis manos a mi cabeza y presioné en un intento por calmar el horrible dolor que tenía. Ella continuaba gritando.
—Para ya, puta loca.
Agradecí mentalmente a Rachel por intentar callarla, pero al parecer no sirvió de nada. Eso hizo que la morena subiera a las camas y saltara sin control haciendo que mi cabeza se sintiera en una montaña rusa. Sólo tenía ganas de vomitar.
—¡Vamos, pequeñas zorritas! —Seguía intentando hacernos salir de la cama. —¡Ya es muy tarde para seguir durmiendo!
Eso quería, continuar durmiendo. Después de la borrachera que cogimos anoche en el Rome, era lo único que me apetecía.
Mientras Mandy continuaba en su empeño por sacarnos de las camas, mi mente intentaba organizarse y recordar lo que ocurrió la noche anterior, pues ni siquiera recordaba cómo demonios llegamos al hotel. Todo daba vueltas, lo único claro eran las imágenes que mostraba mi mente donde sólo veía a dos tipos, uno castaño y otro rubio. Recordé cómo ambos me incitaban a irme con ellos, incluso creo recordar que accedí… juro que ya no volveré a tomar. Si no llega a ser porque la lunática que ahora saltaba sobre mi cama al grito de ‘¡Vamos, mis putitas!’ no llega a aparecer en el momento adecuado, esos chicos se habrían salido con la suya.
Siempre agradecía que Mandy cubriese mi espalda en esos momentos.
Después de un buen rato, la morena se salió con la suya y nos sacó a todas de la cama. Y tenía razón, ya era demasiado tarde, estábamos a punto de perdernos la hora del almuerzo.
—¿Bajamos a la piscina? —Propuso Missy y Rachel la secundó sin dudar.
—Yo prefiero quedarme aquí.
—No, Debra. —Miré a la pelirroja a la espera de una explicación a su negativa. —Hemos venido a disfrutar.
—¿Y era necesario venir a un hotel teniendo nuestras casas a, literalmente, menos de diez minutos? —Tomé un sorbo del café bien cargado que pedí al servicio de habitaciones.
—Sabes que en casa están nuestros padres, Deb. —Apoyaba Missy a su compañera de locuras.
—Mi casa está libre. —Alegué comiendo fruta.
—No servía.
—¿Por qué no?
—Porque tú no dejas que en tu casa se folle. —La pequeña rubia se cruzó de brazos mostrando un fingido pucherito.
La miré de reojo, y tras dejar mi vaso de café sobre la mesa, eché una ojeada a la habitación donde habíamos pasado la noche.
—Pues no veo la diferencia, ya que aquí no hay ningún tío. —Y continué comiendo fruta.
—Porque Mandy es una aguafiestas. —Aportó ahora la pelirroja.
—No vas a follarte a nadie mientras intento dormir, Rachel. Olvídalo.
—¿Ves? —Señaló a su prima queriendo hacerme entender la situación, pero sólo me reí.
Tras terminar de desayunar y pasar algunas horas disfrutando de la piscina, que al final me arrastraron con ellas, recogimos nuestras cosas y regresamos a casa.
Cuando el chófer de las primas me dejó frente al edificio donde estaba mi departamento, bajé del coche despidiéndome de las chicas y subí en el ascensor. En cuanto crucé la puerta me deshice de la ropa que llevaba puesta, y quedando sólo en bragas, me tiré en mi cama dejando que el sueño me envolviese una vez más.
Debra Vanners, esa era yo. La misma que acababa de tirarse en plancha sobre su gran cama después de una noche de desfase con sus tres desequilibradas amigas… con esas tres amigas que eran su única familia desde hacía cinco años.
Conocía a las chicas desde mucho tiempo más atrás. Mandy, Rachel y yo fuimos juntas al instituto, y a Missy la conocí a través de ellas dos, sus padres eran amigos. Y bueno, tratándose de personajes importantes no era de extrañar.
A pesar de que yo no venía de casta rica, las chicas me acogieron enseguida, al igual que sus padres. Gente maravillosa a pesar de pertenecer a otra liga. Aún seguía manteniéndome en la idea de que me trataban bien por la clase de vida que había llevado, ¿Quién no sentiría lástima por una chica que perdió a su madre al dar a luz y cuyo padre murió hacía cinco años por un cáncer terminal?
Los padres de Mandy creyeron que era buena idea dejarme vivir con ellos tras lo ocurrido con mi padre, al menos hasta que pudiese mantenerme por mi misma… y en ello estaba. En cuanto cumplí los dieciocho años, me puse a trabajar de mesera en una cafetería, y contando también con los ahorros que mi padre me dejó antes de morir, pude dar el paso a la independencia.
El tiempo continuó pasando hasta que entramos a la universidad. Mandy y Rachel estudiaban administración y dirección de empresas, al ser las futuras herederas del Extern Company debían estar totalmente preparadas para cuando les tocase dirigirla. Será divertido ver a esas dos siendo las cabecillas de una empresa tan importante. Apuesto a que Mandy la mata antes de que se cumpla el primer año en la presidencia.
Missy estudiaba ciencias políticas y economía. Aún seguíamos intentando descifrar por qué tenía esa atracción hacia esa carrera, pero si era lo que le gustaba, no éramos nadie para opinar.
En cambio yo me decanté por las artes. Desde pequeña siempre me encantó dibujar, y por lo que me contó mi padre, a mi madre también le apasionaba, incluso me enseñó varias carpetas y archivadores donde mi madre guardaba dibujos y bocetos hechos por ella. Obras que mantenía guardadas para que acabasen en mis manos cuando fuese mayor. Y así fue. Crecí con la misma pasión que ella.
En el segundo año de carrera, mi profesor de dibujo quedó gratamente sorprendido por mis obras y me animó a exponerlas en el concurso anual de arte de la universidad. Fue una buena idea, ya que aquel día, un mecenas en busca de nuevos talentos vio mis obras y, al parecer, le gustó. Se interesó por mis pinturas, y tras varias reuniones, donde los Cannagan se encargaron de cubrir mi espalda con expertos y algún abogado, firmé mi primer contrato con ese hombre, y a día de hoy mis obras se exponían en galerías y se compraban dándome buenos beneficios, hasta el punto de poder dejar la cafetería donde trabajaba y poder invertir mis ganancias en comprarme este departamento.
A pesar de que la vida no me lo había puesto nada fácil al quitarme a dos grandes soportes como lo son unos padres, nunca estuve desamparada gracias a las chicas y sus familias, y hoy por hoy estaba agradecida de tener una vida medianamente estable mientras terminaba de especializarme en mi carrera.