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Azúcar, por favor vecino | RadioApple

Summary

Tras su divorcio, Lucifer Morningstar se muda a Nueva Orleans para iniciar una nueva vida junto con su pequeña hija Charlie de 6 años de edad. Pero su vida seria todo menos normal cuando se diera cuenta al día uno, que su vecino es el locutor mas famoso de la ciudad y tomaría como costumbre, pedirle una taza de azúcar todos los días.

Genre
Romance
Author
LunaSaori
Status
2yrs ago
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

Acercamiento

Cuando se mudó a Nueva Orleans, fue por una razón de mucho peso, pues lo único que buscaba era alejarse de todo aquello que le recordara a su ex-esposa, Lilith.


Lo único bueno que trajo la separación fue el hecho de que ella no objetara acerca de su petición: quedarse con la custodia total de su única hija, Charlie.


Gracias a esto, todo el papeleo que conlleva cambiarse a otra ciudad no fue tan estresante, al menos no como lo fue la mudanza.


Después de todo, era el comienzo de una nueva vida, no solo para él, sino también lo era para su pequeña manzanita, de apenas seis años de edad.


 


Luego de un par de días de cruzar el océano, aquella embarcación donde padre e hija viajaban, arribó a tierras americanas.


Al llegar a la ciudad en el barco y tomar un taxi para que lo llevara a su nuevo hogar,


 


Su mente divagaba, hundiéndose en sus propios pensamientos...


¿Realmente creyó que mudándose al primer lugar que se le viniera a la mente, dejaría atrás todo aquello que le aqueja? Pues no fue así.


Su cabeza recargada en el asiento, mientras sus párpados se mantenían cerrados, negándose de momento a admirar la vibrante atmósfera que le rodeaba. No, el no estaba para eso ahora, su dolor de cabeza era mayor.


Sin embargo, no podía evitar enternecerse cada vez que a su hija se le iluminaba la mirada al observar tanto como podía desde la ventana de aquel vehículo, como si intentara grabarse todo aquello que le era nuevo.


Su emoción se fijó en aquellos grupos de músicos que tocaban y bailaban al ritmo del Jazz, mientras recorrían y alegraban las avenidas principales.


Nada desagradable a su parecer.


Por su parte, Charlie ahora tarareaba aquella nueva melodía que escuchó de los músicos. Podría ser físicamente muy parecida a el, pero su pasión por todo lo que tenía que ver con la música y la danza era la herencia por parte de su madre.


 


La pequeña se sentó sobre su regazo para poder asomarse mejor por la ventanilla del auto. Se exaltaba con prácticamente todo lo que veía, para luego señalarle a su padre aquello. El no hacía mas que conmoverse cuando esto ocurría. La envolvió en un abrazo, mientras empezaba a tomar interés por esta animada ciudad, al fin y al cabo, esta ciudad sería su hogar de hoy en adelante.


 


Su atención se desvío hacia aquellos afiches pegados a las paredes de algunos edificios, así como en algunas farolas. En estos anuncios se podía ver a un personaje que llevaba un par de anteojos sobre el puente de su nariz, una intensa mirada de color marrón, que hacia juego con su cabello. Si se le tuviera que describir con una palabra esa sería: Elegancia.


No obstante, lo que más sobresalía aquel hombre era su amplía sonrisa, muy forzada a su parecer, muy superficial.


Parecía ser alguien importante, por toda la propaganda que había de el. Le restó importancia en cuanto su hija clamó por su atención nuevamente.


 


La casa que compró tras el divorcio, no era tan opulente, no como la anterior, pero si contaba con todo lo necesario para vivir tranquila y cómodamente; una sala que era lo suficientemente grande, claramente separada del comedor, en este último, había el suficiente espacio para que cuatro personas se sentasen a la mesa.  La cocina no era lujosa, pero recordaba mucho a aquellas que pertenencia a la época victoriana. Un modesto cuarto de baño, nada del otro mundo; y dos habitaciones, de las cuáles, la mas amplia, por supuesto, la dejaría para su pequeña manzanita, él no necesitaba de aquel espacio y en cambio, quizá Charlie al crecer podría necesitarlo.


 


 


—¡Papá! ¡El jardín es muy grande, estoy segura que a Razzel y Dazzel les va a encantar jugar aquí!


 


 


Exclamó, a la vez que volvía de aquel patio trasero del cuál hablaba.


Lucifer sonrió con ternura ante las palabras de su hija y antes de que este pudiese responder, se escuchó claramente un sonido desde afuera, dejando en claro que había alguien parado detrás de la puerta, con un pequeño suspiro fue hasta allí para ver quien era, tal vez eran los de la compañía de logística que contrató para la mudanza, entregando el resto de sus pertenencias. Él solo llevaba consigo sus maletas llenas de ropa junto con las de su hija, nada más.


Pero al abrir la entrada de su casa, no pudo evitar quedarse estático ante la sorpresa y mirar aquellos ojos castaños que estaban detrás de unas antiguas gafas; aquella sonrisa que antes había juzgado, ahora se mostraba diferente, era mas genuina, nada que ver con los afiches que estaban colocados por toda la ciudad.


 


 


—Muy buenos días, vecino. Supe que acaba de llegar, quise pasar a saludar y brindarle una cordial bienvenida a este, su vecindario.


 


 


No sabía que pensar al respecto, no le daba buena espina desde el principio y esa no es la mejor impresión que alguien pudiera ofrecer. Estos pensamientos se disiparon cuando su hija se acercó para ver a la persona que estaba al otro lado de la puerta, aunque no era muy necesario, debido que aquel hombre era más alto que su padre. Cómo muy buena infante que siempre había sido, le saludó con una sonrisa dibujada sobre sus pequeños labios mientras se presentaba, siendo acompañada de su progenitor.


 


Hubo un instante en el que a Lucifer le dio la impresión que aquel mirar cambió ligeramente y que aquella sonrisa se descompuso por tan solo milésimas de segundo.


El presentador de la radio, Alastor prosiguió con su presentación, al mismo tiempo que parecía de no tener la intención de irse. Fue por ello que estiró su brazo pretendiendo estrechar su mano, presentarse y finalmente, poner de excusa que, debido al lo agotador que había sido el viaje, ahora mismo no podía darse el lujo de invitarlo a pasar y ofrecerle algo de comer o de beber. Al  haber dicho todo aquello, de nuevo pudo percibir aquel cambio en los ojos del castaño, aunque en esta ocasión, no estaba tan seguro...


 


Aquel hombre se disculpó por las molestias y se pasó a retirar, manteniendo su tan característica sonrisa.


 


Los días transcurrieron  con normalidad desde su punto de vista, al menos, en las mañanas no veía por ahí al extraño locutor.


Los otros vecinos fueron mas considerados desde su criterio, pues se acercaron a darles la bienvenida una semana después de haber llegado.


 


Si bien, era cierto que no se encontraba con Alastor a primera hora del día, eso no significaba que no escuchara su voz. Esta se hacia escuchar todos los días gracias a la radio, era como si todos alrededor se hubieran puesto de acuerdo para escuchar dicha estación, era imposible no oírla. Parecía una clase de hechizo si se lo preguntaban, aunque había que tener en consideración que los demás locutores carecían con creces de aquello por lo que Alastor era muy conocido; su carisma y amor hacia su trabajo, su voz estaba simplemente hecha para la radio.


 


En una ocasión en donde fué por su hija a la escuela -y de paso al mercado para comprar los víveres de la casa-, coincidió con Alastor, quién  regresaba de su trabajo.


Y su hija, sin notar nada malo de aquel peculiar vecino, lo saludó con inocencia. La atención del locutor se desvío un momento a la bolsa, que esta siendo sujetada por Lucifer, en el brazo que no estaba tomando la pequeña mano de su hija, y fue a partir de ese momento, de ese justo momento, del que comenzaría aquella extraña rutina...


 


Todos los días, a la misma hora, aquel vecino de perpetua sonrisa tocaba la puerta de su casa para pedirle una taza de azúcar, por lo cuál, no podía explicarse del todo el porqué de ese repentino cambio; el pedir algo tan básico como la azúcar.


 


Pedía lo mismo cada bendito día, había llegado un punto en que estaba dispuesto a preguntarle porque no se compraba su propia azúcar y no iba a creerle que, por su trabajo, no tuviera tiempo para comprarla por si mismo. El también tenía trabajo y no por ello le faltaba la canasta básica, al notar la hora, faltando quince minutos para las diez y pretendiendo romper el récord de su vecino de pedir azúcar, dobló el periódico que leía y lo dejó sobre la mesa, al levantarse, la puerta fue golpeada sutilmente por alguien desde afuera y al abrir, su impresión fue tanta que no la supo disimular, mucho menos sabía que decir.


 


 


—Vecino, ¿Me regala un poco de azúcar, por favor?


 


 


Lucifer no lograba expulsar las palabras de su garganta, Alastor mostraba su característica sonrisa, no obstante, sobre su cara, sobre su piel se encontraban algunas manchas de sangre. Sus inquietudes acerca de él y del porqué todos los días iba a la puerta de su casa a pedir azúcar crecieron de manera alarmante, así que lo único que su cerebro pudo ordenar al resto del cuerpo, fue azotar la puerta abruptamente y cerrarla con llave. Momentos mas tarde, se dirigió y abrió la puerta del jardín, para que Razzel y Dazzel pudieran entrar a la casa y descansar una noche ahí.


La imagen de aquel locutor de radio con el rostro ensangrentado se negaba a abandonar su mente y mientras trataba de dormir, se preguntaba a si mismo que tan factible sería mudarse de ahí y buscar un lugar más tranquilo...


 


Y de nuevo la misma rutina volvió a la normalidad, todas las noches, a las 8:30, antes de acostarse, Alastor tocaba la puerta de su casa. Aún así, había excepciones; cuando se quedaba en casa con su hija o en los días en los que no iba a trabajar, las visitas del castaño no se limitaban a la hora de siempre, sino que eran todavía más frecuentes.


A la cuarta vez, mientras volvía a ver aquella sonrisa de siempre y siendo perturbado bajo la sensación de que, al igual que aquella vez, estuviera manchado de aquel líquido carmín.


Ya era demasiado y se estaba hartando...


 


 


—Muy bien, Alastor. Hablemos de una vez.


 


 


Cerró cuidadosamente la puerta detrás de sí, pues que su hija saliera de la casa era lo último que quería en estos momentos. Por ella, por Charlie era por la que confrontaría a ese locutor de falso acento Tras Atlántico que solía usar en sus transmisiones de radio.


 


Largó un suspiro para poder tranquilizarse y preguntarle al fin:


 


 


—¿Qué es lo que quieres?


 


—Conocerlo mejor vecino, ¿Eso tiene algo de malo?





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