Entre el cielo y la tierra

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El destino de un Reino al borde de la destrucción, mientras que un ángel y un humano se enamoran Notes: Esto es lo que pasa cuando lees Trono de Cristal.

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"Entonces lo perdí todo. Marchito y roto"


Los gritos del príncipe se escuchaban en todos los rincones del castillo. Reverberaban en las frías paredes de piedra y teñían el aire con una extraña quietud, como si el acostumbrado ajetreo del lugar se hubiera detenido ante tal agonía.


En la más alta torre de aquel castillo rocoso, donde se alzaba un orgulloso balcón, desafiando a las mismas nubes, el príncipe sollozaba sin control. Se retorcía y gritaba con más fuerza que la de un prisionero sometido a las peores torturas; pues su dolor en aquel momento era muchísimo más intenso.


‒Los están matando, Stiles. No puedo soportarlo... Los siento morir. ‒Repetía una y otra vez, como una letanía atrapada en sus labios.


‒Derek. ‒La desesperación asomaba en la voz de Stiles, tan conocido por su jovialidad y su sarcasmo. Pero en aquel momento no encontraba nada capaz de calmar sus nervios, ni su miedo. Y cada grito de Derek resquebrajaba un poco más su cordura. La capa de tela negra y pesada ondeó cuando cruzó la habitación y se inclinó junto al príncipe, poniéndose de rodillas para estar a su altura. ‒Derek, quédate conmigo. Por favor, quédate conmigo.


Tenía que proteger al príncipe, y a su pueblo, como Capitán de la Guardia Real ese era su cometido, pero no podía, no podía moverse de allí, no podía dejarle solo sabiendo que poco a poco, moría. ¿Por qué habían terminado así? ¿Por qué vivían en aquel caos? Y por más que se lo preguntaba no encontraba respuesta.


Sólo podía mirar a Derek; su mejor amigo, su príncipe... su ángel.


A simple vista Derek sólo era un hombre. Aunque era el hombre más guapo que Stiles había visto jamás. Con su pelo corto, negro como las pupilas de un ciervo; su piel bronceada como la arena del mar; una barba de tres días que le hacía parecer mayor de lo que realmente era y una sonrisa capaz de alumbrar hasta la más oscura de las cuevas y de derretir hasta el más frío corazón. Alto, fuerte. Y sus ojos... Oh, sus ojos. Sus ojos eran de fuego . Jamás se habían visto ojos iguales, pues ningún mortal podría poseer tal belleza. Dos grandes esferas como dos grandes soles, capaces de contener el mayor secreto del universo y a la vez, mirar en lo más profundo de tu ser y derretirte como mantequilla. Resplandecían fieros cada vez que Stiles hacía bromas a su costa, como una fogata en plena noche. Y eran capaces de infundir tal calidez como chocolate caliente en una fría mañana de invierno. Pero en aquel momento estaban vacíos, turbios, incapaces de emitir algo que no fuera desesperación. Y a su espalda, ahora visibles como cada vez que se quedaban solos y Derek podía ser libre, dos orgullosas alas que demostraban que no era un humano corriente. Dos alas en llamas, doradas como el amanecer y cálidas como los rayos del Sol.


Derek era, literalmente un ángel.


La única criatura jamás conocida del Cielo y la Tierra.


Y por ello, la ignorante humanidad y sus sedientos enemigos habían decidido que debía morir.


‒No quiero que estés enfadado. ‒Derek le sacó de sus pensamientos, mirándole fijamente mientras intentaba mantener bajo control su expresión, trastornada por las oleadas de dolor. Stiles le secó el sudor de la frente con las palmas.


‒Y yo no quiero que sientas lo mismo que yo. Ya tienes bastante...


‒No puedo pararlo, sabes que no puedo.


Y era cierto. No podía.


Las antiguas leyendas escribían que los ángeles habían poblado la Tierra antes de que existiera cualquier memoria humana. Y que fueron ellos mismo quienes utilizaron parte de su propia existencia para crear algo más. Un ser diferente. Un ser efímero que encontrase la perfección en esa misma esencia. La mortalidad.


Los ángeles, atrapados en el tiempo como seres eternos, estaban fascinados con aquello que poseía la fragilidad de la posible destrucción, pues la intensidad del momento, la consciencia del tiempo, era algo que ellos jamás tendrían.


Serafines. Guerreros. Hijos de la tristeza. Congelados en el infinito.


Lo que no conocían era que, con el tiempo, aquel ser se rebelaría contra su creador, forjaría su propio mundo, su propia historia y su propia fortaleza.


¿Y dónde quedaban ellos?


¿Habían creado lo único capaz de destruirles?


Habían jugado a ser dioses y la vida se descontrolaba ante ellos.


Y huyeron, ascendieron de nuevo a ese cielo del que jamás debieron descender. Donde no podían hacerles daño y donde jamás podría alcanzarles la oscuridad a la que ellos mismos habían dado vida.


Al menos eso fue lo que ocurrió con la mayoría de ellos...


Pero no con Talia.


Ella no. Ella había cometido el peor de todos los errores, y al mismo tiempo, había corrido la mayor de las suertes. Talia se enamoró. Talia cayó. Talia perdió sus alas.


Y de ella, de su último aliento, nació Derek.


Príncipe heredero del Reino del Sur. Hijo de la Tierra y del Cielo. Nacido del amor y la tragedia.


Derek estaba condenado a ser diferente, a ser un intruso en la historia. Algo que no debía haber existido y como tal, se le condenaba por ello. Se había declarado la rebelión. La guerra contra el Ángel. Y su único final, era la muerte.


"Los leones que custodiaban el castillo ahora vienen a destriparme"


Su pueblo moría. Sangraba y caía en el olvido. ¿Por qué todo un Reino luchaba por su vida? Mientras que el resto del mundo pedía su destrucción...


¿Por qué querían morir por él? ¿Por qué sacrificarse cuando él sólo era... una aberración, una abominación en la historia?


Y lo único que él podía hacer era retorcerse de dolor. Porque podía sentir cada muerte en su nombre. Podía sentir el peso del sufrimiento, de las espadas desgarrando la carne, los huesos romperse, los golpes, la sangre...


Todo el dolor se clavaba en él. Y moría mil veces, sin hacerlo realmente.


Esa era una de las cosas que más hacían especial a Derek: podía sentir todo aquello que sentían quienes le rodeaban. No importaba si era física o psicológicamente. Y al mismo tiempo podía inculcar calma, paz y felicidad en los demás.


Pero no ahora. No en mitad de una guerra.


No podía luchar contra la muerte y lo sabía.


Él sólo quería dejarse ir.


Entregarse a ellos, romperse y ponerle fin a todo.


Y por eso mismo estaba allí encerrado. Presa de su dolor, tembloroso y convertido en un mar de ruinas. Gritando, como si con ello pudiese librarse de aquel horror y de aquella agonía.


Stiles era el único capaz de estar a su lado en aquel momento.


Oh, Stiles.


Su mejor amigo, su alma gemela y quizás, la mitad misma de su propio corazón. Siempre había sido más fuerte cuando estaba con él. Más valiente. Más... humano .


Ojalá pudiera sentirse humano en aquel momento.


El mismo Stiles que había sido toda su alegría, en aquel momento suplicaba, aferrándole la mano para que luchase contra el dolor. Para que soportase sólo un poco más.


‒Puedo verlos morir si cierro los ojos...‒Arrancó de sí mismo las palabras, cubriendo su propio cuerpo con sus alas, que empezaban a decaer, apagándose...


Empezaban a morir.


Sus alas, como todo él, se marchitaban.


‒No cierres los ojos entonces. Mírame a mí. ‒Stiles se arrodilló junto a él, buscando sus ojos, acunándole la cara con ambas manos. ‒ Derek mírame, sólo a mí.


Sus miradas se encontraron; olvidando que existían las palabras apoyaron la frente del uno en la del otro.


Había algo especial en el compás de sus latidos, en el aire que flotaba a su alrededor, suave y palpitante gracias al calor de sus alas. Y en aquella forma que siempre tenía Derek de acariciarle simplemente con la mirada.


Y Stiles sintió que se derretía ante aquellos ojos. Tan frágiles como la llama de una vela a la tempestad. Tan tristes. Tan perdidos. Tan llenos de culpa...


‒Cómo quisiera quitarte un poco de lo que sientes... ‒suspiró Stiles, enjuagándole las lágrimas con sus pálidos dedos. No soportaba verle sufrir y no poder hacer nada para evitarlo.


‒Cuando te miro no duele tanto. Cuando te miro... casi nada duele.


Aquella voz, firme y profunda, le susurraba las palabras más hermosas que jamás hubiera escuchado.


¿Cómo proteger de ellas su corazón? ¿Cómo levantar un muro ante aquello? Si un solo roce de aquel serafín podía desintegrarle y al mismo tiempo, hacerle sentir inmortal.


¿Cómo negarse a aquello que le hacía sentir?


Mirar a Derek era desgarrador. Siempre. En todo momento. Cuando estaba enfadado; cuando estaba aburrido; cuando se concentraba al leer; cuando estaba triste... Pero sobre todo, era desorbitante cuando estaba feliz.


Porque, oh, cuando estaba feliz ... reía risueño, se hinchaba de felicidad, asomaba su blanca dentadura y le brillaban como nunca los ojos...


Derek poseía una belleza de esas que duelen en lo más profundo del alma y te encogen el corazón.


Y Stiles no podía soportarlo. No podía seguir negándose aquello que en tantos sueños había anhelado... Un beso. Un sólo beso de aquellos finos, pero suaves labios y volvería a la vida.


Se inclinó hasta respirar su aliento y un poco más hasta posarse sobre su boca, rozando con los dedos, sin poder evitarlo, su barbilla; buscando el contacto de su áspera barba que le hacía cosquillas en las yemas.


Por fin.


Derek notó su corazón detenerse. Sus alas, sus manos y el resto de su cuerpo se tensaron por la sorpresa y tardó unos segundos en darse cuenta de que aquello no era un sueño.


Stiles le estaba besando de verdad.


Abrieron los ojos, después de cerrarlos instintivamente al sentirse, y se encontraron más cerca de lo que jamás habían estado.


Al momento de verse volvieron a cerrarlos, y empezaron a besarse antes de que la razón hiciese acto de presencia y redujese a polvo la magia de aquel momento y la sensación eléctrica que les sacudía por dentro, desde el estómago hasta la punta de los pies.


Se besaron sin descanso, pasando de la tímida dulzura a una casi violenta desesperación. Buscando quizás ahogarse el uno en el otro para no sentir nada más. Sus labios se acariciaban, encerraban los labios del otro entre los dientes con una fuerza estrepitosa.


La respiración ni siquiera importaba.


Derek sentía que si se separaba de aquellos labios se derrumbaría de nuevo y el torrente de dolor volvería a arrasarle. Stiles era su bálsamo de alivio. Su ancla. Su flotador en medio de un vendaval. Y la desesperación era tal que se abrazó más a él, clavándole los dedos en la cintura.


Había crecido como un error ante la visión de la humanidad.


Él, un guerrero nacido para la batalla, había reinado y protegido a su pueblo a capa y espada.


Ese mismo pueblo que ahora estaba siendo abrasado y reducido a cenizas ante sus pies. Y había sido odiado por los hombres, despreciado y repudiado de la sociedad hasta no quedar nada en él que destruir...


Pero ahí, justo en ese momento, había un humano que se había atrevido a amarlo. Y estando tan cerca de Stiles, todo lo demás se eclipsó y solo pudo sentir lo que él sentía. Dejándose engullir por todo lo que aquel frágil y delicado ser estaba sintiendo por él. Hacia él. Abrazó esas sensaciones mezcladas con su propio corazón, que se volvía loco con tan sólo mirarle. Stiles le anestesiaba por dentro y drogaba sus sentidos, tiñéndolos de una pasión jamás vivida. Algo que jamás se había atrevido a concebir por vergüenza al posible rechazo.


Y aunque había sentido más de una vez la timidez del muchacho, sus rubores mal disimulados y su rápido palpitar cada vez que el príncipe reía sus gracias, nunca había osado otorgarse a sí mismo la esperanza de que tal vez, y sólo tal vez, Stiles pudiera pensar en él de esa manera.


¿Cómo siquiera desear algo tan descabellado?


Stiles era el Capitán de su Guardia, un soldado hábil con la espada y de sonrisa fácil. Con unos enormes ojos color caramelo que demolían todo a su paso.


Y aunque era cierto que había estado a su lado desde que Derek tenía uso de razón, no podía visualizar la imagen de él y de Stiles juntos ¿Por qué alguien como Stiles querría estar con... con un monstruo como él? Stiles era encantador, alegre y puro como una mañana de navidad. Encontraría una dulce doncella, casi tan dulce como él, y se casarían y tendrían hijos y vivirían la vida que Derek siempre deseó para él. Los celos lo ahogaban al pensar en un futuro así; en Stiles pudiendo ser feliz sin él en su vida... Y luego venía la repulsión hacia sí mismo al sentirse de aquella manera. Ser tan egoísta cuando Stiles le había dado todo, le había aceptado y él... él tan codicioso al querer también su amor.


Tímidos jadeos se escapaban de los rojizos labios del Capitán, dedos curiosos que se perdían por su cuello, rodeándole con sus delgados brazos para tenerle más cerca, si es que se podía.


Y el serafín no pudo reconocerse a sí mismo mientras se deshacía la camisa negra que cubría el cuerpo de Stiles. Y con sólo mirar la curva de sus hombros al descubierto, todo su cuerpo tembló.


Si había un momento en el que podía permitirse ser egoísta, era aquel.


Ahora o nunca.


No me sueltes Stiles.


Por muda respuesta Stiles le levantó por los hombros, conduciéndole hacia la cama y sentándole sobre el mullido colchón, observando cómo sus alas, ahora más encendidas, cubrían casi todo su alrededor.


Oh, Derek.


Tan hermoso y a la vez tan roto...


Se tragó el nudo que se le hizo en la garganta y, desvistiéndole poco a poco, le libró de las espadas que tantas vidas habían quitado por orden del Conde Hale. Se sentó a horcajadas sobre su regazo, pegándose a su cuerpo una vez más; suspirando de alivio al volver a sentir el calor que desprendía. Derek era siempre tan tibio, como dormir bajo la sombra de un árbol. Le acarició la frente con los labios al inclinarse sobre él, para luego bajar y besar sus párpados, recorrer con la punta de su nariz respingona su mejilla y aspirar profundo.


La tormenta de sensaciones dentro de Derek poco a poco dejaba paso de nuevo al dolor, que tomaba intensidad y luchaba contra la pasión que desataban los besos de Stiles.


Y le mareaba. Le partía en dos sin piedad y casi lo sentía desgarrarle bajo la piel.


Jadeó inclinándose hacia delante, aplastando a Stiles contra él. Y ese sonido se confundió con un gemido de dolor que Stiles se tragó, pidiéndole con caricias tumbarse sobre la cama.


Y Derek obedeció, se llevó con él el cuerpo de Stiles, que gimió al encontrarse encima del serafín.


Hacer aquello no estaba bien, pero necesitaba de Stiles como no lo había necesitado nunca. Y cuanto más dolor sentía el ángel, más desesperado estaba el humano por curarle.


Ninguno de los dos había estado antes en aquella situación, tan entregados a alguien, tan perdidos en nada más que instintos y sensaciones, tan ahogados por dentro.


Y Derek sabía que aquello estaba mal. Que no tenía derecho a sentirse así cuando se estaba librando una guerra por él, por su vida. Pero no tenía fuerzas para alejarse de la única persona en el mundo que le había hecho sentir algo . Algo propio; que nacía, florecía y moría con él, y no sentimientos prestados. Lo que sentía por Stiles le pertenecía y nada podía romperlo. Era más fuerte que su misma persona y podía sobrevivir a su agonía, aunque él mismo no lo hiciera.


"Sólo trato de respirar. Sólo trato de entenderlo"


La noche empezaba a caer, el sol quemaba sus últimos rayos en el cielo y lo teñía todo con una luz casi dorada, que luchaba contra la impenetrable oscuridad que se cernía sobre él. Y allí, en lo más alto, ya brillaba la impaciente luna. Como una brillante moneda de plata.


No tardaron en estar solos con las estrellas, ocultos bajo las sábanas y con la única luz de las alas de Derek creando sombras juguetonas en las paredes.


‒Te oigo pensar, Stiles. ‒Musitó Derek, mirándole en aquel momento a los ojos con una intensidad comparable a la de una supernova.


Aquella intensidad encogió el corazón del humano.


Asintiendo, Stiles reposó la cabeza sobre su gran pecho, sintiendo los fuertes latidos del príncipe martillear sus tímpanos. Vivo .


Derek estaba vivo. Era real.


De un segundo a otro el miedo se convirtió en puras partículas y flotó lejos de ellos, desapareciendo en el aire.


Las manos del uno se perdían en la piel del otro y Stiles notó como la musculosa espalda de Derek, propia de un soldado, daba paso al nacimiento de sus alas. Y al notarlo el ángel se removió, sorprendido por aquel contacto.


Nadie, nunca, había tocado sus alas y le resultaba algo más íntimo incluso que el hecho de hacer el amor. Más que cualquier secreto, más que cualquier otra cosa en el mundo.


Cuando Stiles iba a retroceder, Derek le detuvo.


‒No, tócalas... ‒susurró con voz grave, e inclinó la cabeza.


Stiles se mordió el labio y con una mano recorrió, casi con timidez, la punta de sus alas incandescentes. Brillaron y refulgieron ante sus caricias, como los restos casi marchitos de una hoguera ante el soplo de la brisa.


El serafín sintió que, en aquel momento, estaba siendo tocado en el mismo centro de su ser y contagiado totalmente por Stiles. Como si algo dentro de ellos se entrelazase, y el vínculo que les unía se hiciera todavía más fuerte.


La quietud de aquel instante era tan frágil como un cristal bajo los pies de un gigante.


‒Te quiero, Derek. ‒Fueron las simples palabras del humano y el ángel las sintió capaces de abrirle en canal el alma.


Por toda respuesta Derek le besó, una y mil veces, consumiéndose entre sus brazos, como una mecha encendida consume el oxígeno. Quería demostrar con su cuerpo lo que con su voz no podía. Porque no existían palabras, ni idioma en la tierra ni en los cielos, con los que pudiera explicar lo que estaba viviendo en aquel momento. Era como intentar coger una estrella con los dedos: imposible y doloroso. Como sobrevolar las nubes en medio de una tormenta eléctrica: magnético y fascinante.


Y Stiles, cuanto más miraba a Derek, más deseaba borrar toda la culpa y el dolor que ardía en sus pupilas. Sintiéndose inútil por no poder salvarle.


La luna observó silenciosa, como los restos de su ropa cubrían el suelo de la habitación, mientras ellos jugaban entre las sábanas, entrelazando sus piernas, cubriendo con los labios cada rincón de piel.


Derek temblaba con el cuerpo de Stiles bajo el suyo. Sus incesantes besos, caricias y movimientos los sumían a los dos en un completo caos que ojalá no terminase nunca. Por favor .


El humano gemía, descontrolado, aferrado al cabecero de la cama, enredando los dedos en el fino cabello del príncipe y arañando la suave madera al intentar sujetarse sin caer rendido sobre la almohada.


Y Derek. Oh, Derek . El serafín había consumido cualquier pensamiento racional y toda culpabilidad, dando paso a una furia descontrolada que amenazaba con hacerle añicos los huesos. Las lágrimas se hicieron presentes una vez más en sus doradas mejillas, y Stiles las limpió con sus labios, asustado, intentando encontrar el porqué del llanto de su príncipe.


‒Deja de llorar, por favor, Derek...


‒Ni siquiera sabía que lo hacía. ‒Se disculpó el ángel, con el rostro teñido por la sinceridad de sus palabras.


‒¿Te duele? ‒preguntó, acariciándole las densas cejas de su rostro, con los pulgares.


‒Creo que ya no duele nada. Hay tanto que sentir que ya no siento nada.


Derek cerró los ojos y Stiles juntó sus frentes, deslizando las palmas de sus manos por los fuertes brazos del serafín.


‒ ¿Y a mí... me sientes a mí?


Antes responder, Derek frunció el ceño y alzó la mirada. Al encontrar el rostro de Stiles, salpicado por sus lunares, con el rubor en sus mejillas y el cabello despeinado, levantó las alas y su luz eclipsó el resplandor pálido de la luna.


‒Más de lo que he sentido nada en toda mi vida. ‒Y Stiles contuvo el aliento. ‒Si esta es nuestra última vez, no lo olvides nunca. Por favor .


Oh, no. ¿Por qué dueles tanto?


Stiles apretó la mandíbula, intentando disimular su miedo.


‒No lo será, no te irás a ninguna parte. ‒Contestó decidido, aterrado pero deseando poder creerse sus propias palabras sobre todas las cosas.


‒Soy un soldado. Es mi deber.


‒Tu deber es vivir. Tu deber es...


‒Proteger al Reino.


‒Y también a vivir.


‒Eso es lo que haré. ‒Contestó el ángel, besándole con devoción los nudillos.


‒ No ... Si te pasa algo, yo.. No puedo ni pensarlo. No puedo, Derek.


Ahora el que sentía las lágrimas acudir a sus ojos era Stiles. Aunque no quería, ni se permitiría llorar, su repentinamente feliz corazón se estaba rompiendo, y clavándole los pedazos.


‒Viviré. ‒Dijo simplemente, sin atreverse a prometerlo.


¿Cómo prometer algo de lo que no estás seguro?


Derek se forzó a creerlo, ignorando el terror de pensar que quizás, terminaría sintiendo la muerte de Stiles en su propia carne. Porque sin duda, aquello terminaría también con él; quisiera o no, lo haría.


‒Nadie más debería morir por mí.


‒Yo moriría por ti.


Los besos supieron a dolor, a rabia, a necesidad durante el resto de la noche. Los abrazos se vistieron de despedida y, por mucho que lo desearon, poco a poco la oscuridad se fue quemando, convirtiéndose en amanecer.


Conocieron la devastación del amor en sólo una noche; lo compartieron todo y lo vivieron todo, mientras el tiempo corría sin piedad, y el destino avanzaba imparable hacia ellos. Dispuesto a destruirlos a su paso.


Se quedaron dormidos frente a frente, cubiertos sólo por una sábana blanca. Con Derek era imposible conocer el frío...


Así, en perfecta simetría, podían parecer dos mitades de un mismo todo. Dos caras de un mismo mundo. Cielo y Tierra. Y entre medio, ellos...


Pero su primera noche, fue también la última.


"Porque construí estas murallas para verlas derrumbarse"


Cuando el sol se alzó sobre la oscuridad nocturna y calcinó los últimos restos con su luz, Derek abrió los ojos, y buscó con los dedos a Stiles, dudando en si aquella noche no había sido más que el más grande de los sueños.


Y sus dedos no hallaron nada.


La cama estaba vacía.


Se levantó de golpe, ignorando el repentino pinchazo que sintió en el pecho. Se vistió con sólo unos pantalones, cogió las espadas tendidas en el suelo, y sin apenas mirar lo que hacía salió.


Continuara


Solo diré está historia no es mía es de


rreptar


Sale en fanfiction AO3 está en español yo solo la muevo aquí y la pongo en dos partes porque es demasiado larga