Prólogo
La vida de Rashta ‘la esclava’ no era la más bonita, había sido abandonada (o vendida) al Vizconde viviendo en su finca desde su tierna infancia, y entonces sucedió.
Tenía 16 años cuando todo fue a picada.
Dieciséis malditos años cuando ese desgraciado se atrevió a tocarla. Recordaba como el señor de la finca había pensado que era su derecho como su dueño el poder hacer lo que quiera con ella.
Recordaba la sensación brutal que había sentido, el como ese hombre decidía hacer con su cuerpo lo que se le antojará ¿Podían culparla por lo que pasó después?
¡Lo hizo para defenderse de que ese hombre metiera su asquerosa estremidad en ella!
Y ahora estaba huyendo de la finca, su boca saboreaba la sangre de su labio y el polvo que venía por el viento, su cabello se movía por el mismo mientras trataba de correr con todas sus fuerzas.
Ella corría con rapidez, saltando cada cuánto conciente de las trampas de oso ocultas entre las hojas secas, corrió lo más rápido que pudo escuchando los ladridos a los lejos.
Las piedras se encajaban en la planta de sus pies causando heridas que seguramente más tarde sentiría más a fondo.
La adrenalina se encontraba completamente en ella, solo eso podía explicar que ella tuviera tremenda fortaleza después de no comer bien durante días.
Corrió hasta que no pudo más mientras el bosque se hacía cada vez más difícil de perder y llegó un momento en que dejó de escuchar el sonido de los perros, pero llegó algo mucho peor. Silenció.
Aún así no dejo de avanzar, parecía que daba vueltas, entonces escucho el sonido de un caballo y lo siguiente que sintió fue un golpe y luego nada.
Su familia era comerciante, y gracias a eso tenía dinero y una posición, gracias a eso pudo gozar la vida de un noble aún que había quienes seguían pensando que su sangre solo era corriente, ¿Y qué?
El nació gracias a un esfuerzo y el mismo estaba haciendo alarde de ese esfuerzo. Dispuesto a demostrar su valía y que merecía ser el Duque Krytiel de Arbezela y el futuro esposo de la única princesa del imperio.
Oh su princesa, cómo amaba a esa bella dama, la más refinada de la alta sociedad y la más hermosa de todas seguramente. Deseaba tener su corazón, y haría lo que fuera por el.
Por eso estaba haciendo ese viaje, ahora mismo iría a las tierras orientales, el reino de Darhan ya era aliado a Arbezela Pero uno de los imperios que no lo eran era el Oriental.
Iba en su carruaje, después de un viaje por barco ahora debía soportar estar sentado en un lugar incómodo por quien sabe cuánto tiempo, ojalá los Emperadores aceptarán hacer un trato o el viaje hasta este lado del mundo sería un desperdicio.
"¡¿Qué está sucediendo?!"
Exclamó al sentir el movimiento brusco del carruaje, el sonido del caballo al estar inquieto y como sus caballeros parecía conmocionados.
"¡Es una mujer excelencia!"
Contesto uno de sus guardias o tal vez el cochero, no sabía por qué estaba dentro del carruaje.
No sabía de la ubicación geográfica del lugar y cuál finca o territorio de noble estaba, pero suposo que la mujer podría no ser de por ahí.
Bajo del carruaje para ver el estado de la situación, ahí tirada se encontraba una mujer sucia, vestía con un trapo que parecía saco de papas.
Pero a pesar de eso, de la suciedad y la sangre que escurría del golpe de su cabeza no dejaba de mostrarse la belleza que poseía.
El no cayó enamorado como sus caballeros parecían mientras estaban auxiliando a la bella mujer, por qué el ya tenía alguien en su corazón, aún así tenía ojos y podía notar la belleza que irradiaba.
"Shuden, Riftan lleven a la mujer a un medico en el pueblo, y asegurense que este bien, los demas seguiremos con el plan"
Ordenó. Volvió a entrar al carruaje una vez que sus caballeros hacían lo que se le ordenó.
Su instinto como comerciante que reconocía un buen trato le decía que esa mujer sería un gran negocio para el, no por su belleza, sino que creía que podría tener algo en su interior capaz de ayudarle a conseguir su objetivo.
Y no se equivocó del todo.