Prologo
No pasa nada, cariño, solo debes esconderte hasta que los gritos paren.
Las palabras de su madre parecían tatuadas en su mente, ella cantaba en bajito al ritmo de la canción de cuna que desde que era un bebé la ayudaba a calmarse. Sus piernitas regordetes se apretaron aún más a su pecho y sus manos se aferraron alrededor de ellas mientras se llenaban de golosina por culpa de la piruleta a la que se mostraba reacia en soltar.
Gritos y clamores de dolor se mezclaban con el sonido de las balas, la pequeña niña no entendía lo que estaba pasando — aunque sabía de ciencia cierta que no se trataba de cosas buenas — pero no tenía ni una pizca de temor en su organismo. Su madre le había asegurado que todo terminaría y podría salir de su escondite para regresar a casa y ella confiaba fielmente en esa promesa.
Siguió cantando, su cuerpo se mecía de un lado a otro como un metrónomo, la escena parecía de película: mientras la dulce e inocente niña de rizos enmarañados se encontraba en completa calma bajo cubos de basura y cachivaches viejos perfectamente acomodados, afuera cientos de personas perdían la vida.
Pasaron horas antes de que la niña pudiera arrastrarse fuera de su guarida, tenía hambre y frío pero a pesar de ello había seguido al pie de la letra las indicaciones de su madre. Fuera del pestilente lugar se restiró como lo hacía cada mañana y después limpió las manchas de tierra de su vestido favorito, sus rodillas tenían pequeñas raspaduras y sus manos aún sostenían la piruleta glutinosa que comenzaba a perder su tonalidad roja por culpa del polvo.
Caminó cual guerrero a punto de enfrentarse al más temido dragón: llena de valentía y con la esperanza de volver a casa después de una pausa dramática. Su madre lo había prometido antes de abandonarla en su castillo improvisado de porquería y las promesas de madre jamás se rompían... ¿o sí?
La niña de menos de cien centímetros ni siquiera hipó cuando encontró la sangre corriendo cual canal por las calles de Tolentino. Los cuerpos se encimaban unos con otros y algunos aún conservaban aquella expresión de dolor en sus rostros, parecía como si un torbellino de masacre, muerte y destrucción se hubiese llevado todo lo que encontrase a su paso.
Ella miró a su alrededor, nunca en su vida había visto algo parecido y aun así, en su interior no se aglomeraban las ganas de llorar del miedo, todo lo contrario, solo pensaba en la hora de regresar a casa. Con la frente muy en alto buscó entre cuerpos tendidos algún rastro del paradero de su madre.
Tardó más en decidirse en salir de su madriguera que en encontrar el cadáver de su madre. Corrió hacía ella con su pequeño puño aferrado aun a la piruleta, se la había dado una señora en el mercado con unas palabras que ahora parecían demasiado vívidas para la situación:te hará fuerte en los tiempos más difíciles.
Se arrodilló frente al cadáver y la miró con atención, era muy hermosa pese a las pequeñas arrugas que comenzaban a amenazar su rostro además de las quemaduras del sol por culpa de las largas jornadas de trabajo como jardinera. Llevaba puesto un acicalado que le cubría hasta por debajo de la rodilla y que en algún tiempo había sido de un color hueso precioso. Ahora se encontraba lleno de sangre por culpa de la bala perdida que le había dado en la espalda.
La niña soltó la piruleta y dio un beso en la mejilla de su madre; posteriormente, peinó su cabello mientras cantaba aquella canción de cuna que no solo llenaba el perpetúe silencio que parecía hasta cierto punto incómodo sino que también aligeraba de cierta manera la cruda realidad: su madre estaba muerta.
Un hombre que se encontraba escondido en la oscuridad lo visualizó todo, no entendía cómo era posible que aquella pequeña se mantuviera fuerte frente a toda aquella situación que era nada más y nada menos que una masacre. No lloraba y tampoco berreaba, solo estaba ahí frente a un cadáver mientras solfeaba en bajito como si quisiese inmortalizar el sueño de la que supuso era su madre.
Siguió mirándola unos minutos más y finalmente se decidió. Dio una última calada a su cigarrillo antes pisotearlo para apagar la colilla, él necesitaba personas que fuesen igual de fuertes como aquella niña y que no tuviesen ni una pizca de miedo hacía la muerte. Ella era perfecta, lo suficientemente joven para moldearla y a la vez tan audaz como para utilizarla como su chivo expiatorio.
Se acercó a la niña con sigilo, debía de tener alrededor de cinco años — o menos — pero por lo que parecía, podía sin problema enfrentarlo como alguien mayor. Su diminuta presa lo percibió antes de que el hombre se hubiese acercado por completo, no hizo nada por alejarse pero tampoco se mostró ni en lo más mínimo contenta.
— ¿Tú has matado a mi madre? — preguntó, firmemente.
El hombre palideció.
La niña no debía de saber quién realmente era y qué hacía ahí, mucho menos el por qué el trágico final de su madre el cual era lo más lejano a ser una mera coincidencia de hechos desafortunados. La niña aguardó en silencio, aún junto al cadáver de su madre, no dejaba de mirar al hombre quien estaba lejos de asemejarse a un timador.
— Sería incapaz — contestó, al fin. El hombre cortó la distancia entre ambos y se arrodilló frente a ella como un padre, la niña como instinto buscó la piruleta —. Una pequeña como tú no debía estar tan sola en medio de este lugar tan feo. ¿Te gustaría venir conmigo?
Ella lo escrutó con la mirada, no debía de confiar en extraños, bien lo decía su madre pero prácticamente no tenía a nadie. Era solamente ella contra el mundo, contra personas que asesinan inocentes y hombres que te ofrecen ayuda sin que tú se los pidas y una intención oculta tras sus palabras.
Se aferró aún más a la piruleta y se aferró al dobladillo del pantalón de aquel hombre. No tenía a nadie, era solo una pequeña partícula en el mundo que su madre había dejado volando sin rienda suelta. El hombre sonrió y cargó a la niña como el más grande tesoro.
Todo estaría bien para él, para ella y para sus negocios. Todo iría acorde a sus planes siempre y cuando aquella pequeña niña que se aferraba a su piruleta que en algún tiempo había sido roja, no se enterase jamás que él mismo había acabado con la vida de su madre.
La dulce y tierna María.