1. MIRROR
Una joven mujer, de largos cabellos cobrizos y piel casi tan clara como la nieve en invierno, se encontraba caminando por un frondoso bosque solitario, a la luz de la luna llena.
Sus pasos la dirigen rápidamente por un sendero estrecho; con árboles alrededor, lo suficientemente altos como para evitar el paso de la luz lunar, sin embargo, por más obscuridad que la envolvía, ella nunca fue privada de su visión.
Podía ver, con esos ojos azul eléctrico, cada roca y cada uno de los troncos de los árboles en torno a su figura. Esto era normal debido a que, en sus venas, corría sangre pura de un cambia formas de lobo, un mutable u hombre lobo, como sea que le llamasen. Sin embargo, no era la única sangre que vibraba dentro de su ser.
Es por eso que Danae McNamara; Dana, como la llamaba todo el mundo, se encontraba en el bosque en ese momento. Acababa de cumplir dieciséis años. Era la edad tradicional en la que un mutable experimentaba su primera transformación; se convertía en un lobo novato, aún con instintos a flor de piel. Ella había escuchado que el primer cambio era involuntario y te confundía de tal manera que te volvías salvaje por unos instantes. Pero claro, eso jamás le iba a suceder a ella, al parecer. No es que le importase demasiado; desde que llegó a Irlanda con su padre, hace ya casi ocho años, nunca se había sentido parte de la manada, ni siquiera por ser la hija del gran y poderoso beta, un héroe que volvió a su hogar.
Todo ese cuento de que su destino, como hija del beta, era ser la pareja del próximo alfa era lo que había llevado a su padre a salir corriendo de Vancouver para reunirse de nuevo con su antigua manada, a la que tuvo que abandonar hace años a causa de un dichoso ‘peligro’ que nadie nunca mencionaba.
Cuando era pequeña y vivía junto a sus padres en una pequeña casa cerca de las afueras de un pueblo de Vancouver, su madre, la que ella creía que era una simple humana,
le contaba las antiguas hazañas de su padre como el fuerte beta y mano derecha del increíble alfa de la manada irlandesa. Ella decía que su padre era un sorprendente, enorme e imponente lobo gris y que, su fuerza y velocidad, eran tan buenas como las del alfa.
A pesar de haber vivido tan lejos de su manada, su padre siempre la educó conforme a las leyes que regían a los mutables. La madre de Dana también solía apoyar todas esas reglas que, en cada manada, eran supervisadas por los más ancianos de aquella raza, quienes formaban un pequeño grupo que fungía como consejero principal de las decisiones del líder. Sus reglas en general, podían resumirse en tres principales:
1. La palabra del alfa es ley
2. Siempre protege a la manada por sobre todo
3. Un verdadero compañero siempre estará por encima de cualquier orden, circunstancia o ley promulgada.
Los padres de Dana fueron parte de esa última regla; se dice que está prohibido dar a conocer a los humanos sus habilidades, a excepción de que, el humano en cuestión, fuera un compañero del destino, el cual tiene todos los derechos que tendría cualquier otro integrante de la manada, además de que, gracias a la conexión que se formaba con su compañero, adquiría algunas habilidades; longevidad de vida, una mayor rapidez al sanar, mucho mejor audición y vista, y fuerza.
Eso no ayudó mucho a que su madre siguiese viva. Los lobos y sus compañeros no eran completamente inmunes a todo, podían ser heridos con suficiente gravedad como para no poder recuperarse con la necesaria rapidez..., tal y como le había sucedido a Keira, la madre de Dana, en ese asalto.
No es que mi madre haya sido una simple humana como mi padre me hizo creer todo este tiempo...
Su madre era una bruja. No solo eso sino que era integrante de uno de los aquelarres más poderosos del continente europeo, si no es que del mundo. Así que todavía no comprendía como es que su madre había sido derribada tan fácilmente, mucho menos, el porqué es que su padre le había mentido sobre sus orígenes.
Aún recordaba la incómoda conversación que tuvo con su padre, después de estar sola casi una hora completa en la intemperie, con tan sólo una gran capucha alrededor de su cuerpo desnudo, y saber que el cambio esperado jamás iba a suceder:
Entró como un torbellino en la amplia sala de su casa, al lado del enorme lago, donde se congregaban la mayoría de las casas de los demás miembros de la manada.
- ¡Papá! - Gritó por toda la casa, buscando a su padre, algo asustada- ¡papá! ¿Dónde estás?
Su padre bajó corriendo las amplias escaleras que conectaban con el segundo piso. Era un hombre de casi cincuenta años, sin embargo, parecía tener apenas treinta, su cabello oscuro apenas y lucia unas cuantas canas. Tenía una estructura facial fuerte y atractiva; marcada con unos ojos azul eléctrico, una nariz recta y una boca grande y delgada. Su musculoso cuerpo estaba tenso, casi en posición de ataque, al escuchar los alaridos de su hija.
- ¿Que sucede Dana?- En un segundo saltó hasta la posición en donde se encontraba esperándolo su alterada progenie. - Me asustas... ¿qué te sucede?
-Tu deberías de saberlo papá ¿cómo rayos es que no pude transformarme en un lobo?
- ¿No..., no lograste pasar por tu primer cambio?- Su semblante estaba algo pálido
- no, y por tu rostro, sospecho que tú sabes la razón...-Dana se cruzó debrazos con la capucha a su alrededor
-Hija, lo mejor será que tomes asiento. Tenemos que hablar de tu madre...
Así que sí, Dana no era una cambiante pura, lo sabía, pero jamás se imaginó que su madre, su dulce madre fuera una bruja. Una de las más poderosas del coven al que pertenecía.
Era como una abeja reina...
Es debido a la magia única y poderosa que fluía por su cuerpo, que la magia del lobo no surgía como con los demás. Dana no sabía si alguna vez podría cambiar a lobo porque, la unión única de compañeros nunca antes había surgido entre lobos y brujas. Debido a que eran dos razas demasiado poderosas; la magia que los rodeaba chocaba entre sí, los instintos naturales de los lobos se descontrolaban al estar tan cerca de la magia tan cambiante de un brujo, provocando así que una conexión entre ambas especies fuera casi imposible. Casi...
Por lo tanto, su padre no tenía idea de cómo se mostraría el lobo en ella o si alguna vez, podría hacerlo.
-Es demasiado nuevo todo esto hija- Dijo cuándo Dana preguntó cómo podía hacer surgir el lobo en ella- Podríamos investigarlo dentro del aquelarre de tu madre. Ellas saben historias que talvez puedan ayudarte mucho más que las mías y, algunos de ellos, han vivido por más años que yo...- algunos brujos lo bastante experimentados adquirían mayor poder y longevidad que algunos de los lobos antiguos- sé que esto puede ser duro para ti pero, tu madre y yo sólo intentábamos protegerte. No todos los brujos son exactamente buenos...
La relación entre lobos y brujas siempre había sido tensa. Se soportaban, incluso algunas veces llegaban a coincidir dentro de los mismos terrenos. Pero nunca lograban estrechar su relación entre manada y aquelarre. Los instintos de los lobos los obligaban a guardar cierta distancia con los brujos y, por otro lado, los brujos subestimaban la magia que rodeaba a los cambiantes. Decían que era magia sucia, de baja categoría...
Más no todos los brujos pensaban así. Los coven más poderosos respetaban a los cambiantes, incluso algunos compartían el espacio y las decisiones cuando se acercaba algún peligro inminente. Esa era la postura del aquelarre al que su madre pertenecía.
Y ya lo conocía, sabía de la existencia de ese aquelarre de brujas, sin embargo, los que se mostraban reticentes en este caso, de aceptar a los brujos dentro de la comunidad en la que vivían, eran los lobos. Todo debido a que, hace muchos años, ocurrió un accidente que dejó muy mal herido a uno de los integrantes de la manada y muchos de los antiguos mutables culpaban a ese aquelarre.
Ahora bien, ¿por qué entonces habían aceptado la unión de su padre y su madre? La respuesta que le había dado su padre era que el consejo de los ancianos jamás se había enterado de que la madre de Dana era una bruja; les hicieron creer a todos que ella era una simple humana y, sólo el alfa conocía la verdad de la situación.
También fue a causa de eso que sus padres habían decidido que lo mejor para su familia era marcharse de Irlanda, lejos de la manada, a un lugar en el que pudieran vivir tranquilos.
Sin embargo, cuando la madre de Danae fue asesinada, al parecer por otro brujo, Arthur, el padre de Dana, tomó la decisión de volver a la manada para así poder protegerla de cualquier peligro inminente.
Él nunca le mintió a su hija, existía la fuerte posibilidad de que, al ser ella descendiente de un Beta, tendría el derecho legítimo de ser la próxima compañera del hijo del Alfa, a menos de que éste joven encontrase a su compañera de destino.
Las tradiciones exigían que, para preservar la sangre más poderosa, los descendientes de un alfa, beta, omega y el precedido en fuerza de estos tres poderosos líderes, se mezclasen y compartieran juntos, si se podía, un mismo destino. Sólo si existía la posibilidad.
Ese también era un problema en el que no deseaba pensar por el momento. Aún se sentía humillada al escuchar las palabras de Colin Brine, el hijo del Alfa, que hace unas semanas desertó de sus derechos y obligaciones y se había escapado con la que era su novia de secundaria con dirección a Estados Unidos.
Ella había estado totalmente flechada desde el primer día en que miró a Colin y a sus ojos color chocolate..., por desgracia, a él no le había pasado lo mismo. Debido a que él era mayor que ella por casi 5 años, siempre la había mirado como a una hermana menor, y no como la prometida que le habían impuesto los ancianos.
¿Que se escucha a lo lejos?
Antes de que tuviera oportunidad de comenzar a llorar por la mala suerte que tenía en su vida, un ruido lejano la despertó de sus volátiles pensamientos.
¿Agua?Se detuvo un instante.Es el sonido de agua cayendo...
Siguió avanzando por el sendero el cual comenzó a abrirse más y más hasta que dio paso a un pequeño prado; frente a ella se alzaba una cascada, que, al reflejar la luz de la luna parecía brillar como la plata.
Esto es tan mágico...,pensó admirada.
La noche era más fría de lo normal y, en el viento se sentía una brizna que auguraba tormenta. Arriba, en lo más alto de la cascada, Dana se dio cuenta que estaba parada una mujer de cabello obscuro rizado y, un vestido largo y blanco, más brillante que la luna misma. La mujer sonrió.
- He estado esperándote durante mucho tiempo- Dana podía escuchar su voz a pesar del ruido de la cascada y de que se encontraba a una distancia considerable- mi niña...








