El Televisor que Ríe y el Ciervo que Sueña

Summary

Relatos cortos con temática Vox x Alastor. Escrito derivado de la serie animada: Hazbin hotel. Los personajes utilizados en esta historia pertenecen a la creadora Vivziepop y a su maravilloso equipo. Algunos extras fueron creados para darle más cuerpo a la trama. Historia hecha solo por el gusto de escribir.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: La Máscara




— ¿No estoy tan loco, o si?.


Preguntó aquel hombre llamado Vox. Esperando una respuesta que no lo hiciera sentir como si fuera el mayor loco del mundo por hacer una cosa así.


— Eh...mmm...— Su amigo Valentino pensó, más bien, buscó las palabras para decirle con tacto que en realidad lo era, en todas sus palabras. — No. En absoluto. — Dijo mintiendo, con un tono de voz tan obvio que Vox solo pudo rodar los ojos. — Solo por que vas a casarte con una persona que jamás has visto a cambio de dinero para financiar tu empresa. No, no lo eres.


— Viejo, me harás estresarme aún más. — Se llevó las manos al rostro. Algo inquieto sacó un cigarrillo de entre sus cosas y lo encendió, salió al balcón de la habitación para poder fumar y también tomar algo de aire fresco ya que se hallaba hecho un lío de pensamientos. Después de todo, su boda era en quince minutos.


Había visto el anuncio apenas si hace un par de semanas. "Se busca hombre soltero, para trabajo a tiempo completo. " en uno de los encabezados del periódico, en el área de empleos. El anuncio era grande, a color e inspiraba en Vox un aire de curiosidad a su desesperación por dinero así que llamó al numero disponible y cuando menos lo notó ya se hallaba aquí.


Se ubicaba en medio de los empleos ya que eso era en esencia, un trabajo. El trato era simple, él debía comprometerse con alguien que buscaba pareja, como en una de esas novelas de bolsillo. Había escuchado de esos empleos antes y sabía que la paga era buena así que aceptó cegado por su necesidad. Su empresa de electrodomésticos no se financiaría sola. No lo vio tan malo a fin de cuentas, después de todo las únicas personas que deseaban servicios como el de tener un novio eran solo mujeres de edad que buscaban alguien joven para pasar el rato.


Solo había tenido encuentros con el representante del empleador. Un hombre viejo al que le solían y pidió llamarle Husk, él le contaba en reuniones sobre lo que debía hacer una vez comenzara a trabajar. Cada palabra que decía aquel hombre le parecía más importante y estupenda que la otra pues él le aseguraba ganancias bastante grandes, como nunca las imaginó. Un sueldo bien remunerado, acorde a lo que haría.


No le dieron muchos detalles sobre la persona que sería su pareja. Para él entonces se convirtió en un proveedor de dinero nada más pues le hacía llegar para todas y cada una de las necesidades que tuviera. Todas las comodidades que una vez pudo haber soñado Vox, el empleador las cubría. Con su modesta vida de empleado de clase media con aires de querer emprender, se vio cegado por todo.


Un hermoso traje blanco en la boda, para simular su pureza (La cual era nula, pero nadie preguntaría por ello), él sería al parecer la novia pues incluso fue asistido por un conjunto de sirvientes que le ayudaron a vestirse, cosa que incluso Vox agradeció pues la ropa que le habían dado no era simple, era un conjunto de accesorios y prendas con las que él jamás había tenido contacto, como lo era el corset o las ligas para poder fajarse la camisa.


Zapatos lustrados, una corbata cuidadosamente anudada y un gran ramo de flores blancas, eran los últimos detalles antes de estar totalmente listo. Pareciendo un novio sacado de sueños, todos los sirvientes le veían de esa forma pues parecía un diamante puro y hermoso, un digno acompañante para su amo.


Le dejaron solo los últimos minutos antes de la celebración, por ello Valentino había aprovechado para infiltrarse hasta la habitación donde estaba Vox, para burlarse de su aspecto y también para asegurarse de que las cosas iban bien.


— ¿Te duele?. — Preguntó Valentino al tocar la cintura de Vox, pues toda esa forma tan estilizada le parecía antinatural en un hombre que normalmente usaba ropa holgada la mayoría del tiempo.


— Claro que no. Incluso si fuera así debo permanecer con esto. — Se sentía sumamente incomodo pero lo dejaba pasar al pensar en la paga. — Lo único en lo que debería preocuparme es en si el novio no caerá en la desesperación al querer desatarme el nulo del corset, al querer despojarme de todas estas cosas. — Todos los accesorios que usaba pues calculaba que había subido varios kilos de peso solo por usar estos.


— Me pregunto como será. Un hombre tan rico no podría pasar desapercibido ante el ojo de los negocios. — Una duda que ambos habían tenido desde que comenzó el trabajo.


— No lo sé, no tengo idea de como sea. — Habló irritado.


— Pronto lo sabrás.


— Estoy, — Hecho un manojo de inquietudes, eso era lo que estaba. Antes de que pudiera expresar eso la puerta de la habitación se abrió de par en par, Husk entró y al ver a Valentino ahí no pensó exactamente que las cosas iban bien. — Yo, puedo explicarlo. — Intentaba excusarse ya que le habían dicho que ninguna persona ajena podía estar presente en el evento nupcial.


— Está a punto de unir su vida con la de su empleador. Es bueno saber que se está despidiendo de su vida de pecado. — Miró despectivamente a Valentino un segundo, después volvió la mirada a Vox. — Por favor, que su visita se retire. No sé como entró aquí, pero no es bienvenido.


— Lo sé, lo sé. — Valentino le dio unas cuantas palmadas en la espalda a Vox, en signo de apoyo, después de eso se fue por exactamente donde vino, el pasillo de afuera, había llegado gracias a un guardia distraído en la entrada de la casa.


— En tanto a usted, — Vox atendió. Husk le había indicado que le siguiera. — Por favor, acompañeme.


— ¿Ya es hora?, ¿Tan rápido?. — Tragó saliva. Hasta ese momento lo único que había pensado era en los beneficios económicos y todo lo relacionado, pero en un momento de revelación se dio cuenta de la verdad, del hecho de que iba a casarse con alguien. Un compromiso donde tal vez debería adoptar un papel para el que no había pensado y por tanto no se había preparado ya que lo tomaba como un juego simple. "¿No podemos tomarnos un poco más de tiempo?" pensó meramente en su cabeza, las palabras no salieron en absoluto, su cuerpo fue el que se ocupó de atender las ordenes y caminar junto a Husk.


Tuvo que adaptarse para poder andar, aprendió sobre la marcha. Sin demorarse en absoluto llegaron a la capilla privada del enorme hogar, un sitio hundido en la calma, con cientos de flores adornando, dando un aroma que junto con la madera del piso y bancas hacían una inesperada armonía.


Un piso en el que los pasos resonaban en el sitio entero, haciendo notar la presencia de cualquiera. El altar era suntuoso, una abierta invitación a perderse para Vox y aceptar con esto los sentimientos del generoso empleador.


Husk lo escoltó, como si de un padre se tratara. Al final del camino no había nadie en particular además del sacerdote que oficiaría la ceremonia. No había invitados, mucho menos músicos o damas de honor. Era la máxima expresión para el concepto de evento intimo, privado y lejano del saber general.


— Espera aquí. — Le ordenó una vez Vox estuvo en el altar. Husk se retiró del lugar, salió de la capilla sin pena ni gloria, apresurado de ir a buscar algo. El silencio generado después fue incluso aterrador, no se entendía lo que ocurría pero al menos el sacerdote se veía tranquilo así que Vox imitó lo que vio, suspirando varias veces, dejando escapar casi su alma en cada uno.


Esperó algunos minutos que a su percepción fueron horas de incesante aburrimiento. Contó las baldosas en el piso cerca suyo, las velas dispuestas, el numero de flores incluso, no llegando por supuesto a contarlas en su totalidad ya que mucho antes de poder hacerlo llegó la persona por la que había estado pensando tanto, el tan hablado empleador.


Imponiéndose al primer segundo, con pasos certeros, fuertes, en un andar agraciado, como si esto fuera toda una ciencia que solo él conociera. Tenía el porte de un hombre de los grandes negocios, era castaño, alto y delgado. Su ropa era fina, un traje tan negro como aquella oscuridad del espacio, misteriosa, aterradora. Una corbata tinta que le adornaba el pecho, dándole presencia a su ya de por si llamativo ser.


Características que llamaron la atención de Vox al primer segundo, por supuesto, sin embargo, lo que predominaba ahí, en esa persona que pronto llegó al altar junto a Vox fue, aquel rostro inexistente, o al menos eso pensaba la novia ya que el futuro esposo llevaba puesta una máscara. Blanca y lisa la cual le daba razones de mas para preguntarse el con qué cosa estaba casándose.


No fue una ceremonia larga, todo lo contrario, apenas si Vox se percató cuando era la hora de aceptar su unión. En el evento de celebración no hubo invitados pero los empleados se movilizaron como si hubiera. Sillas vacías, platos servidos y copas llenas con costoso licor. Vox fue el único asistente en ese lugar, el novio no se hizo presente en ningún momento pero a pesar de lo solitario que eso era Husk le indicó permanecer en la "fiesta" por términos de su contrato y protocolo simple. Al terminar estaba suficientemente aburrido de beber y de comer pastel así que lo único en lo que pensó una vez estuvo en su habitación fue echarse sobre la cama y mirar el techo.


Los sirvientes ayudaron poco después a despojarse de su ropa para usar el piyama, de nuevo tela suave y cómoda al contacto con su piel, era mucho más holgada así que pudo descansar a sus anchas, profundamente hasta el día siguiente.


Con algo de jaqueca y el estomago revuelto terminó despertando. Aturdido pero con ganas de iniciar su nuevo trabajo así que tan pronto como se vistió con las nuevas prendas que le habían otorgado salió. Perdiéndose un poco por la infinidad de pasillos pero a fin de cuentas llegando al comedor guiado por el aroma de pan recién horneado y huevos con algún embutido, además de panqueques con miel y chocolate caliente.


— Buen día, señor Vox. — Husk estaba supervisando el acomodo de los servicios en la mesa así que al notar la presencia de Vox no dudó en saludar, sobretodo con el nuevo honorífico que ahora tenía y el respeto conllevante a ello.


— Buen día. — Respondió sorprendido por el cambio de actitud.


— Por favor tome asiento, hemos servido el desayuno para usted.


— Está bien. — Se sentó en el lugar más cercano que encontró, a mitad de la mesa. — Y, ¿Donde está él?. — Exactamente la persona para la que estaba trabajando justo en ese momento.


— ¿Él?. — Husk se destanteó al escuchar aquella forma de referirse a su amo. — Habla, ¿De su esposo?.


— Si, si, él. — No le vio mucha importancia aclarar ese asunto si de todas formas sabía a quien se refería. — Quiero decir, ¿No es normal utilizar el servicio para el que está pagando tanto dinero?.


— El amo se encuentra indispuesto en estos momentos. — Husk rodó los ojos, Vox al instante notó la burla.


— ¿Acaso no puede presentarse ni siquiera para desayunar?. Anoche, — Se detuvo un momento de hablar, le resultaba un poco bochornoso. — ni siquiera acudió a dormir conmigo. Y si no mal recuerdo, en el contrato estaba escrito aquello de tener sexo.


— Oh, eso. — Sonrió en burla disfrazada de iluminación. — No se preocupe, el amo le solicitará esos servicios después, no se apresure.~ — Susurró detrás de él, provocando que Vox se estremeciera. — Por ahora disfrute de las comodidades de esta casa. Está en su derecho como nuestro trabajador.


— Si usted lo dice. — Aceptó, de cualquier forma planeaba hacerlo.


Aún así, la espera fue desesperante.


Le daban tres comidas al día, tenía todos los lujos disponibles para su uso personal, con filas de sirvientes que obedecían a sus ordenes y no le permitían hacer ni una sola cosa por su cuenta, salir al mundo exterior era algo prohibido pero bueno, Vox lo había aceptado. En ese lugar era un amo que no tenía como obligación hacer las tareas domesticas así que por el mismo hecho de no estar haciendo nada relacionado exactamente con su trabajo era que se sentía incomodo. Solo después de medio mes decidió hacer algo al respecto.


— ¿Para que demonios contratas a alguien si no vas a usarlo?. — Ya que no tenía nada que hacer como en todas las tardes se encerró en su habitación y decidió telefonear a Valentino. — He estado todo el día cómo imbécil vagando. Me siento como un maldito muñeco.


— Piensa en el objetivo. ¿Por qué molestarte?. Si no te pide que hagas nada mejor aún. Querías dinero fácil y abundante. — Y por ello consideraba no tenía derecho a quejarse.


— Lo sé, lo sé. Pero es taaan aburrido. — Apenas siendo sus primeras semanas ya estaba ansioso, no se imaginaba como sería el demás tiempo ya que aún si le estaban pagando mucho le faltaban varios meses para poder comenzar a echar a andar su empresa.


— No te preocupes. Más pronto de lo que piensas tendrás el dinero suficiente para dejar ese trabajo y mandar al demonio a esa sarta de locos. Sobre todo a tu esposo. — Vox sonrió al escuchar eso, le venían bien ese tipo de palabras de consuelo.


— Aguardo con ansias. — Soñaba despierto con esa idea.


— Cuando menos lo esperes iré a recogerte. — Suspiró por aquellas palabras, a pesar de todo lo malo, Valentino era su única compañía real.


Después de ese día, por extraño que pareciera, Valentino no volvió a llamarlo. Él lo intentó por su cuenta en múltiples ocasiones pero no logró nada. Aquel sonido de timbre estaba presente cada que deseaba llamar, pero nadie cogía el teléfono. Era un vacío interminable, donde solo estaba él y nadie más, aún así lo seguía frecuentando ya que estando totalmente por su cuenta pensaba se volvería loco. Al menos la esperanza de que alguna vez la llamada sería totalmente bidireccional estaba presente.


La razón no la entendía pero se encogía de hombros cada que trataba de pensarlo, pues con una vida como la que solían tener era posible cualquier cosa. No se molestó mucho por ello, solo se limitaba a imaginar las conversaciones que no estaba teniendo, para poder usarlas después.


Su esposo era como un mero concepto para él. En mucho tiempo no tuvo noticias sobre su paradero hasta que una vez, había amanecido fuera de su puerta, un obsequio, el cual consistía en una canasta con dulces variados, todos de lo más sabrosos. Vox los comió mientras miraba la nota que venía con estos, la cual estaba firmada meramente por el apodo "Al" que si no mal recordaba era un trozo del nombre de su esposo.


Todas las mañanas desde ese entonces tuvieron un sistema similar. Eran colocados diversos regalos, desde retratos pequeños de su persona hasta cartas escritas a mano, todo aquello con ese aire de cortejo, por que claro, viniendo de un esposo a otro, no había mucho más que interpretar.


Nunca lograba verlo cuando dejaba los obsequios, pues era sumamente silencioso, casi como un fantasma. Su presencia era tan delgada como la de esa brisa suave que acariciaba las mejillas al pasear. Vox apenas si lograba escuchar en sueños aquel andar afuera de su puerta, sentía la presencia, pero su cuerpo prefería dormir en vez de salir a investigar.


Los regalos eran hermosos a la vista de Vox, una novedad que quisiera o no le gustaba, incluso con el tiempo, las palabras de las cartas ganaron su corazón. Afectuosas cartas, todas dirigidas a elogiar sus atributos físicos y personales, también las dulces piezas musicales dadas, eran sublimemente románticas. Ya que Vox podía entendía un poco sobre música lograba interpretar todos aquellos sentimientos que se le eran entregados.


Un inicio inusual, pero que despertó el interés de Vox en gran manera, la semilla fue dada con éxito, entonces comenzó a crecer y no se detuvo en absoluto. Por eso mismo, su curiosidad de descubrir aquel enigma con el que se había comprometido.


Por ello intentó dormir más tarde, para pillarlo en el acto, sin embargo esta medida solo le causó desvelos infructíferos ya que en ninguno tuvo éxito, al contrario, le trajo mucho más enojo ya que todas aquellas noches justamente cuando estaba cediendo a su sueño, sin importar que hora era, escuchaba los pasos de su nuevo amado. No sabía cómo lo hacía, pero justamente cuando iba a dormir, era cuando pasaba. Él luchaba por salir de su sueño, siempre deseando poder levantarse e ir hasta la puerta, pero su sueño era mucho más fuerte, que gracias a su humor le causaba despertar frustrado y molesto al día siguiente.


Preguntaba por el paradero de su esposo, pero la respuesta era siempre la misma. Husk solo podía negar ante cualquier cosa relacionada con ese asunto, pues comentaba que el señor de la casa no se encontraba dispuesto. Aquella rutina de charlas fue generando en Vox un sentimiento de desesperación e ira aún más de la común, la cual solo afectaba a su hambre por saber.


Entonces, aquella noche, se decidió. Fuerte y emocionado, bebió todo el café que pudo y salió a la casa.


— ¿Donde está él?. — Vox preguntó claro y nítido a Husk, este se encontraba cerrando puertas y ventanas de la casa, para evitar el frío.


— ¿Su esposo?. — Ambos se miraron despectivamente. — No son horas,


— ¡Han pasado siglos desde que lo vi !. — Estaba por ser reprendido verbalmente, él exclamó molesto.


— Él no se encuentra disponible. Es un hombre que está atendiendo asuntos importantes en su despacho. — "Al menos se encuentra aquí" pensó Vox. — Debería retirarse. El amo tiene un compromiso mañana y no soporta el ruido mientras trabaja.


— Bien, bien. — Vox siguió la corriente, fingió un largo suspiro de dama triste. — Lo que sea por mi, esposo. — Hizo una pequeña reverencia, subiendo y bajando con gracia las manos. Después de ello se dio la vuelta y volvió por donde vino, desviándose un poco luego de estar lejos de la vista de Husk, para perderse a buscar entre los pasillos. Habiendo confirmado que su objetivo estaba en esa enorme casa, comenzó su búsqueda.


Había llegado ahí desde hace tiempo, pero aún así no se sentía cómodo mientras los sirvientes lo miraban explorando, por lo tanto en ese momento que se encontraba solo era cuando apenas sentía se encontraba descubriendo de verdad todo. Caminando con calma para no levantar las sospechas y ojos de nadie. Al día siguiente su cuerpo le reprocharía por la falta de sueño pero en ese instante no le importaba, habían prioridades más importantes en ese momento. La salud sería atendida después.


Una, otra y seguida. Ir tras ir de las horas y minutos. En un laberinto que a sus ojos notaba era la casa y probablemente representaba la desesperación de su espera, él era sin duda en ese y muchos casos, el más impaciente hombre.


Iba y regresaba, andaba y andaba, mirando en cada habitación que encontraba sin la llave echada, aún así eran cientos. No sabía cual era la correcta, por tanto probó más veces de las que se pudo haber imaginado. El instinto no ayudaba mucho en estos casos, pues todas las puertas eran iguales. El sonido, la sensación de las perillas, cualquier cosa la tomaba en cuenta para poder seguir.


Llegó a oír la llamada de aquel misterioso pero familiar sonido musical. Él lo había escuchado con anterioridad pero no sabía completamente como tomarlo, sin duda, por aquel impulso salió detrás de ello, agudizando su escucha. Entre la oscuridad que era salvada solamente por la luz de la luna que se filtraba por debajo de las puertas y ventanas de las habitaciones notó luz artificial al final del pasillo, sintió un leve pinchar en la nuca al verla pero siguió con seguridad hasta llegar a la puerta de donde provenía la señal, la tocó con sus grandes y largos dedos. No se molestó en llamar, solo entró, abriendo de par en par aquel acceso al lugar que con tanto esmero buscó.


Entró seguro y confiado, abierto a cualquier cosa que ocurriera. Nadie lo esperaba ahí, por lo cual no lo encontró extraño. Un despacho como cualquier otro, solo el tamaño cambiaba pues era obscenamente grande y espacioso, habiendo un poco de todo ahí, libros, instrumentos para pintura y también instrumentos musicales como lo era un piano y lo que parecía ser un theremin. Los cuadernos abiertos predominaban, mostrando bocetos de diversos rostros, con plumas encima que acompañaban a los frascos de tinta.


Observó los anteriores objetos, todo más bien. Levemente confirmando la autenticidad de los regalos que había recibido. La habilidad para crear musica, ejecutarla, pintar, todo estaba ahí y reafirmó las ganas de Vox por saber el trasfondo de ello.


— ¿Hola?, — Preguntó algo tímido, por si no encontraba respuesta sentía quedaría como un tonto que hablaba solo, un loco en pocas palabras. — yo, no podía dormir y, pensé que podríamos...charlar un poco.


Miró el lugar de pies a cabeza, del techo hasta el suelo. Su vista se centró en el techo donde descansaba un vistoso candelabro de cristal, el cual con cientas de velas brindaban una funcional y clara luz. Un cálido lugar de creación, que lo envolvía a él, lo hacía sentirse cómodo e invitaba a quedarse. Era de los pocos lugares de la casa donde no se sentía observado, incomodado.


— Podría quedarme aquí varias décadas. — Pensaba maravillado por todo. En ese sitio, estaba lejos de cualquier problema, incluso sus preocupaciones. Afuera estaba el trabajo, el contrato, las reglas. Pero ahí, era solo él. Le traía una calma enorme.


Algo terminó cayendo detrás suyo, así que atento y por reflejo miró de inmediato. El causante del ruido fue una pluma la cual rodó hasta donde estaba Vox. Él la recogió, la miró y fue tras una explicación. De no haber señal alguna de vida pronto logró notar algo más ahí, algo que predaba por entre los estantes de libros, cuya mirada siguió y encontró como origen debajo del escritorio principal, el que estaba dispuesto para las atenciones y actividades. En ese lugar debajo de la mesa y para colocar las piernas, estaba aquel hombre tan solicitado por Vox. Ambos se observaron por un momento corto, muy pequeño antes de que Vox lo señalara, causando los nervios y pánico por parte de su esposo.


— ¡Tú!.


Gritó, exclamó Vox ante el hombre, este respondió saliendo de inmediato a buscar otro sitio para esconderse, siendo detenido y sometido a la presencia de la entonces otra parte del matrimonio.


— Vienes a estremecerme y luego te marchas así sin más.


Un silencio incomodo se formó luego de esa declaración, pues eso no era en absoluto lo que Vox quería decir. Las palabras salieron por su impulsividad.


— ¿Yo?. — Habló después de tanto tiempo de no escucharse su voz, la de aquel hombre misterioso.


— Yo, hablaba de, me refería a...— Vox negó rotundamente lo que había dicho. No quería exponerse tan fácil. Ya que notaba que su contrario quería irse lo tomó con fuerza del brazo. — No, ¡No vas a irte!. — Le hizo quedar a la fuerza.


— Es que, yo...— Aquel hombre tan pequeño personalmente le intentaba hablar, sin embargo Vox ocupaba de lleno la conversación.


— No tenías una pareja y por eso me has solicitado. Ahora la tienes y no lo aprovechas. — Hizo una pausa, esperando que el esposo identificara el problema.


— Tú no deberías estar aquí. — Comentó el hombre, escudándose con un libro cercano. Vox estaba por responderle pero fue interrumpido. — Pero, a fin de cuentas...Estás aquí. — El esposo se mostró emocionado por ello. Un sonroso poco más imaginario que literal se le hizo presente, pues seguía utilizando la mascara y se le era imposible mirar el rostro.


— ¿Y eso qué?. Estaba aburrido y decidí salir. — Mencionó por el recordatorio de que no debía salir a deshoras. — Además, leí el contrato y este dice que debo desempeñar un papel importante aquí. — Y por tanto se sentía sin propósito. Su definición de trabajo (actividad en la que se invertía la vida y fuerza) no le quedaba muy clara.


— Y lo tienes. Es muy importante tu papel. Lo estás desempeñando ahora.


— ¿Lo estoy?. — Ambos se miraron, Vox estaba confundido.


— Lo estás. — Afirmó. — Comes, duermes y disfrutas la casa. Eso es todo lo que necesitas para obtener la paga. — Explicó eficiente.


— ¿Eh?. — Río de mala gana.


— Es un poco tarde. ¿Que cosa te impidió dormir?. — Preguntó atento, interesado. — ¿Hubo algo más?.


— Que?, no, todo estuvo bien. — No sabía por donde comenzar a hablar, pero el problema sin duda no era la casa. — Solo, quería hablar contigo.


— ¿Conmigo?. ¿Que asunto podrías querer tratar conmigo?. ¿Acaso Husk no está disponible?. ¿Le ha ocurrido algo?. — Se escuchó preocupado.


— No, no es eso. — Negó con la cabeza. La casa era simple, como cualquier otra. — Lo que yo quiero saber es, ¿Por qué estoy aquí?, ¿Que es todo esto?.


— ¿Todo esto?. — Divagó en ello. Parecía una pregunta demasiado larga y complicada de responder, por ello quiso cambiar a decir otra.


— Reformularé, ¿Para que demonios querías una pareja si no vas a usarla?, ¿Que sentido tiene pagar por ello, mantenerla?. ¿Por que estuvo bien ser yo?, ¿Por qué estuve solo todo este tiempo desde que llegué a la casa?, ¿Que son?, ¿Quien eres?. — Muchas menos preguntas, pero mucha más cantidad. Se tuvieron que poner mucha atención para poder recordar todas, el esposo lo logró con éxito.


— Yo, soy tu esposo. — Respondió con calma. — Simplemente, requerí una pareja por qué, sentí era necesario.


— ¿Y por qué yo?, ¿Acaso no tenías el criterio para elegir una?.


— Cualquiera está bien si me lo preguntas. — Dejó el libro que tenía cargando sobre el escritorio. — No importa la raza, si se trata bien. — Acarició la mascara, se dirigió a los estantes de nuevo, pasó los dedos por encima de los miles de libros ahí.


— ¿Raza?, — Ladeó la cabeza ofendido. — ¿Que estás tratando de decir?, — Lo volvió a tomar del brazo, lo giró e hizo mirarlo. Por entre la mascara notó unos tétricos ojos. Algo rojo lograba visualizarse, que en una pupila era sumamente aterrador. Al instante de verlo le soltó.


— Tal vez me he expresado con las palabras equivocadas, mi error. Por favor disculpadme. — Sintió que sonrió, después caminó hacia él. — No debería de hablar de esta forma tan grosera frente a, mi esposo. — Se tomó de las manos, tarareó dulcemente.


— Eso no responde a lo que pregunté, no muy bien al menos, incluso hace mucha más duda. — Continuó. — ¿Quien demonios eres en todo caso?. Nadie paga tanto por tener un esposo, nadie en especial. Las personas con dinero se casan con personas plásticas y vacías, ¿Por qué no simplemente sigues la corriente?.


— No creo pueda entenderlo. Mi situación, no es apta para salir a buscar una pareja.


— ¿Tal vez por que sea endemoniadamente tímido?. — Sonrió para darle ánimos. — ¡Vamos, no seas modesto!. — Le palmeó el brazo. — Eres todo un sujeto millonario, cualquiera caería ante ti. Aunque, ya que estás casado no necesitas de esos cuidados. — Aclaró.


— Me halagas. Lo tomaré en cuenta de todas formas, aún si no lo llevo a cabo. — Notó que el hombre parpadeó, en ello logró notar de nuevo lo raro de sus ojos. — Me gusta el actual sistema. Estoy cómodo en casa, y la comida llega sola.


— Eres un poco tímido. — Actualmente lo notaba de diferente modo pero aún así, para él le gustaba fuera de esa forma. — ¿Es por eso que utilizas esa mascara?. — Relamió sus labios, se acercó para tocar la mencionada pero el hombre retrocedió algunos pasos.


— Si, es por ello. No me agrada quitármela. No es, correcto. — Meneó coqueto su cuerpo, Vox lo interpretó de la manera evidente. Una invitación a un jugueteo, a acercarse de todas formas.


— Con que no...— Lo tomó del brazo, el hombre quiso retroceder de nuevo pero Vox fue tras él, en un intento de baile incluso, de ir y venir. En un tosco luchar, que aún pareciendo dos gatos en pleno pelear, Vox se divertía con ello, no era partidario de la delicadeza al fin de cuentas.


Un momento que no quería terminar. Se movía en un gracioso forcejeo. Para algunos un momento vulgar y sin sentido, pero para Vox, era su primer baile decente junto a alguien.


Ahora él era el tímido, pues sus movimientos intentaba asemejarlos a lo más cercano de una danza nupcial correcta. Daba algunos giros a su pareja, los daba él, también tomaba sus manos y las sostenía con cariño pues aunque le dieran miedo sus ojos, no lo juzgaba por ello, el enamoramiento que sentía le daba fuerzas para afrontarlo.


Se movía con emoción y su esposo fue contagiado por eso. Como niños bailaron, con fuerza, con movimientos rápidos y graciosos en su totalidad, era un baile más destinado a hacer reír que a cualquier otra cosa. Su propósito lo cumplía, a la perfección, sacando risas en ambos, que compartieron como si se conocieran de siempre. La risa del esposo era inusual, como si no fuera una sola persona quien se riera en él, varias cosas se lograban escuchar, como si estuviera oyendo a toda una calle llena de personas riendo. Eso sin duda inquietó a Vox, provocando que no pusiera atención exacta al baile, tropezara y cayera sobre su amado.


— Fue una caída dura. Bailar no es uno de tus fuertes. — Comentó su esposo, aún ambos estando en el suelo.


— Lo siento. — Habló el otro hombre, sobre el cálido pecho de Al. Por un momento se olvidó del por qué había caído, tan pronto como pudo volvió en si y se levantó, mirándole con horror.


— ¿Pasa algo?. — Preguntó el esposo ante el silencio del contrario.


— Donde...— Vox estaba tan sorprendido que no podía decir las palabras correctamente, su boca se había trabado por completo, tartamudeaba a cada intento por hablar. — Que demonios, — Retrocedió hacia cualquier lugar lejos de su esposo, lo cual ya ni siquiera le pasaba por la cabeza que era eso.


— ¿Por qué actúas tan extraño?, ¿Te sientes bien?. — Al se levantó y sentó sobre el suelo, le dirigió la mirada y entonces notó el problema. — Oh, lo siento. A veces se sale de su lugar. — Con cuidado volvió a acomodarse la mascara, después de todo no le gustaba tenerla salida a medio rostro. Una acción que sin dudarlo dos veces Vox le impidió, abalanzándose sobre suyo, arrebatando la mascara, descubriéndole el rostro por completo y entonces viendo, aquella cosa que con tanto recelo escondía su esposo.


No era por su timidez, tampoco por una enfermedad grave. Aquello era lo que era, pero por razones más allá de su entendimiento.


— Que...¿¡Que mierda eres!?. — Lanzó la mascara lejos, como si esta le asustara más que el origen de su terror. — Por eso, por eso...¡Ahora entiendo todo!. — La razón de que siempre estuviera en la casa, de que no le gustara salir.


— Es muy grosero gritarle a alguien después de bailar tan cariñosamente. — Se levantó, encaró a Vox y sonrió, una fila de dientes puntiagudos y afilados se notaron en su curveada boca. Él era algo que los ojos de Vox no lograban comprender. Su cabello había cambiado, era rojo. De piel gris, ojos rojos y boca anormalmente curvada, un hombre extraño y más que eso, le infundía un inexplicable miedo más allá de su apariencia. — ¿Por qué no lo intentamos otra vez?.


— ¡Vete al diablo!. — Gritó y se levantó, corrió por su vida una vez salió al pasillo. Torpe pero con el sentimiento a flor de piel, el cansancio no estaba permitido en ese momento. No podía quedarse más en esa casa, aún si rompía el contrato, era lo menos que le importaba.


— Vooox, — Entre los pasillos oscuros lograba escuchar sus pasos, secos y que resonaban por todas partes. La madera crujía, como si algo demasiado pesado le pasara encima. Al escuchar aquella voz entró en la primera habitación que vio, esta cedió con facilidad. — Sé que puede parecer un poco aterrador pero, ninguno de mis esposos se quejó de mi apariencia hasta antes de degollarlos. — Cosa que para nada sirvió como algo tranquilizante, al contrario, asustaba más saber que hubieron otros esposos antes que Vox, y sobretodo, que ninguno sobrevivió para contarlo. — Eres muy divertido. Nunca antes había bailado con nadie vivo. — Siguió avanzando, Vox por obvias razones simplemente se abrazó a sus piernas y fingió no existir, no escuchar nada de lo que oía, a pesar de estar a punto de dejar salir sus maldiciones y lloriqueos sin control. — Sentir el calor de tu cuerpo, me hizo sentir...con hambre. — Vox tragó saliva al escucharlo, pues las ultimas palabras las había dicho con un tono de voz distorsionado, de nuevo manifestaba las múltiples voces dentro de si. — Mandaste lejos mi mascara. Ahora, me siento muy hambriento. No puedo controlarme sin ella...Era de huesos exquisitos. — Se maldijo vez tras vez por ello. Ahora entendía la verdadera esencia de la tan famosa mascara. Ahora no tenía manera de ir a buscarla. — Este sentimiento por tenerte dentro mio, no puedo evitar querer hacerlo mio ya. ¡YA!. — Vox apretó los dientes, quería asegurarse de no emitir ningún sonido y ser descubierto. Al sentir el piso estremecer a lo lejos se sentía más seguro, pero no por eso dejaba de oír los jadeos de excitación de Al, pues hacía muy notorias sus ganas por estar con su esposo.


— Estaremos juntos por siempre. Nunca más te sentirás solo...Voxi...— La ultima palabra, solo esa ultima palabra le fue suficiente para poner mucha más atención. Alzó la cabeza, miró a donde venía el sonido, como si eso le fuera a otorgar respuesta.


— Él...Valentino. — Cubrió su boca lo más que pudo, aún así quejidos se escapaban de entre sus labios. No quería imaginarse lo que Al le había hecho a su compañero.


— No te preocupes. Todos estaremos juntos una vez vengas. Tú, yo, también tu amigo. — Negó a si mismo para hablar, enserio no quería hacerlo. — Él luchó mucho por no estar aquí, al igual que tú. No fue fácil traerlo. — Un fuerte golpe se hizo presente, algo azotó contra la puerta de la habitación. Ya que el tema estaba presente no dudó en ir a revisar, pues Valentino para él era una persona mucho más importante que su propia seguridad. Por eso, al ver la cabeza sangrante de este afuera de la habitación, casi vuelve el estomago entero al mismo tiempo que sentía el corazón desgarrársele.


— Muerete...— Se echó a llorar entre rabia, suplicando la ayuda de cualquier cosa, lo que sea le venía bien, incluso aquel dios en el que no creía. — ¡MUERETE HIJO DE PERRA! — Gritó totalmente enardecido, enrabiado hasta la cabeza.


— No soy un perro. — Lo escuchó tan cerca como para que esconderse no fuera una opción. Se tragó el corazón de nuevo y esta vez lo encaró, Vox se levantó y lo hizo, topándose con aquella entidad, que no era un animal en efecto, ni tampoco humano.


Solo pudo escuchar su cabeza rodar después de eso. El suelo nunca fue tan frío como aquella vez.


Nunca amó tanto el sonido de estática de la radio. Pues este le impedía escuchar sus huesos crujir.


Sus lágrimas le hicieron ciego del horror, cosa que agradeció. Pronto vino la oscuridad, sin embargo, en esta...Aún se encontraba Al.