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A salvo

Summary

Por mucho que quiera seguir con su vida, nada vuelve a ser igual para Bill después de ser atacado por Greyback. ¿Lo peor? que por mucho que quiera negárselo, todo en él quiere volver al lobo. Regalito en forma de Fenbill para nuestra @saramedina35 Los personajes de esta historia no me pertenecen, yo solo les doy otra vida diferente a la que planteó JK. Y por supuesto no me lucro escribiendo esto.

Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

A salvo

Los celos son una enfermedad terrible. Sobre todo cuando un accidente te quita la belleza que era el pilar fundamental para la seguridad en ti mismo. Te carcomen desde dentro y arrasan de paso con tu relación de pareja.

Ella se quedó con él tras el accidente. Le dijo a todo el que quisiera escuchar que lo amaba con cicatrices y todo. Y era verdad, lo amaba con verdadera devoción y se iba a casar con él sin dudarlo.

Las dudas las tenía él. Ella era hermosa, muy hermosa, y podía tener a quien quisiera, ¿por qué iba a quedarse con él? Daba igual que ella dijera amarle, eso podía cambiar.

Entonces comenzó a mirar a su alrededor, buscando a alguien que la mirara con ojos enamorados. Y la encontró, claro. Allí estaba ella, en las reuniones de la orden, comiendo en casa de sus padres, en las misiones. Ella no sabía que Bill la observaba estrechamente, que analizaba cada gesto, cada mirada, cada palabra. Tampoco Fleur. Ellas eran amigas, claro que sí, lo habían sido desde que Bill la trajo el primer día a una reunión familiar.

No podía resistirlo, esa horrible sensación de que ella se quedaba a su lado por piedad, aunque realmente la que le hacía brillar era otra. Eso era lo que se decía a sí mismo en bucle aquella noche, refugiado en una taberna que escandalizaría a sus padres, olvidadas todas las precauciones, encadenando una jarra tras otra de hidromiel hasta apenas tenerse de pie.

Era ya de madrugada cuando el tabernero, deseoso de irse a casa y olvidar las penas de borrachos que le tocaba aguantar en esos días, le echó con cajas destempladas a la calle. Gruñendo, caminó haciendo eses por el estrecho callejón, hasta darse de bruces con una farola y acabar apoyado contra la pared de cualquier manera, con el pelo por la cara y haciendo inútiles esfuerzos por encender un cigarrillo.

— Eso no puede ser bueno —le dijo una voz ronca entre las sombras.

Estrechó los ojos, tratando de discernirlo. Esa voz... cuando el viento cambió y le trajo el olor del hombre sintió como se le ponía el vello de punta y el instinto le decía “Levántate y corre”. Pero el alcohol impidió una reacción rápida y lo último que vio fue un fuerte pecho y unos brazos que le alzaban antes de desaparecerle.

Un par de horas después despertó con una arcada. Intentó abrir los ojos, luchar contra el mareo y el malestar. No consiguió mucho, en cuanto abrió la boca para intentar respirar hondo, su estómago decidió que era el momento de vaciarse.

Sintió una mano cálida sujetarle la frente y el cabello mientras vomitaba hasta las entrañas. Entreabrió los ojos y apenas distinguió una silueta grande, agachada junto a él con un cubo.

Cuando el aspersor se convirtió en una serie de arcadas secas, escuchó el sonido del cubo al ser dejado en el suelo y sintió esas fuertes manos ayudándole a tumbarse. Le limpió la cara con un paño húmedo y le volvió a tapar. A pesar del olor a vómito, terrible para su fino olfato, percibió de forma sutil de nuevo el olor del hombre. Y sintió a su instinto tratar de despertar. Forcejeó unos segundos, desesperado por huir, pero las manos cálidas sólo le apartaron el pelo de la frente antes de que la voz ronca hablara de nuevo.

— Cálmate, descansa. Estás a salvo, William.

Y algo dentro de él, no supo porqué, le creyó.

Un mes después

La prensa estaba volviéndose loca hablando de la ruptura. William Weasley había sido abandonado por su prometida cinco días antes de la boda. La familia estaba perpleja, el novio no había dado ninguna explicación y lo siguiente que había hecho había sido aceptar un trabajo en la sede de Gringotts de Edimburgo.

Trabajo que le costó conservar, porque se pasó la primera semana allí borracho. Porque finalmente había tenido razón y Fleur había elegido a Tonks. Y porque llevaba un mes que si no se iba borracho a dormir, soñaba con él. En el fondo sabía quien era y se reprochaba a sí mismo no poder sacar de su mente al monstruo que le había destrozado la vida. Aunque hubiera cuidado de él, aunque le hubiera hecho sentir bien y seguro las horas que durmió en una anónima habitación de un humilde hostal. No quería soñar.

Llegó el sábado y supo que iba a necesitar mucho alcohol para pasar el domingo encerrado en el pequeño apartamento que el banco le había incluido en el notable sueldo. No estaba de humor para tabernas, directamente buscó una tienda muggle y compró todo lo que pudo con las libras que tenía. Lo cargó todo con cuidado hasta el edificio en el centro del barrio mágico y, justo cuando sacaba la varita para abrir la puerta, lo sintió: el olor y, por encima de todo, la presencia que le ponía la piel de gallina y hacía gritar a su instinto.

— ¿Vas a beberte todo eso tú solo? —le preguntó con su voz grave, pero sin acercarse.

— No es asunto tuyo.

Lo escuchó perfectamente soltar aire por la nariz, como el adulto que pide paciencia para tratar con un niño contestón, y acercarse un par de pasos.

— Beber no va a solucionar nada, William —insistió, dando un paso más hacia él.

— No te acerques —se giró mientras le advertía, varita por delante.

Parpadeó un par de veces. Ese no era el monstruo que recordaba, el animal a medio transformar que le rajó la cara. Era un hombre alto y fuerte, de brazos musculosos y nariz de boxeador. Llevaba el pelo recogido en una coleta en la nuca y tenía los ojos del mismo color que recordaba haber visto en Remus Lupin. Nadie diría que era guapo, pero a él le atraía con una fuerza a la que solo podía resistirse apretando los dientes y pensando en beber.

Fenrir Greyback levantó las manos, libres de varita, en señal de paz, y dio otro paso.

— Solo quería saber si estabas bien. Leí la prensa.

— ¿Y me has seguido hasta aquí para eso?

El hombre sonrió un poco y le brillaron los ojos.

— Quizá no tengo nada mejor que hacer.

— Pensaba que eras el perro de presa de los mortifagos.

La sonrisa se borró y el brillo de los ojos dorados desapareció.

— Era. Me he cansado de seguir las órdenes de la loca de Lestrange.

Bill levantó una ceja, incrédulo.

— No estoy marcado, William. Voy a donde me place y ahora mismo Edimburgo es perfecto.

— ¿Por qué? —no pudo evitar preguntar.

— Porque tengo que evitar que te hagas paté el hígado, niño.

— No soy un niño.

— Para mí lo eres. Un niño que ha huido de mí, y no puedes escapar de un perro de presa.

El tono duro de las últimas palabras hizo que Bill temblara. Sin perderle de vista, apuntó a la puerta a sus espaldas y desapareció dentro de la casa. Subió las escaleras a toda prisa, abrió la puerta y la cerró tras él con su mejor repertorio de hechizos de protección. Jadeando, dejó las botellas sobre la mesa de la cocina y miró por la ventana. Allí estaba, apoyado contra la casa de enfrente, los musculosos brazos cruzados sobre el pecho y la vista fija en su ventana.

Ni siquiera se molestó en disimular, total no había nadie que lo juzgara, así que tomó la botella de vodka, la abrió y bebió a morro mientras se dejaba caer en una de las butacas del pequeño salón. Solo se levantó para encender la luz y coger una segunda botella, pero no pudo evitar mirar por la ventana. Como casi siempre en Edimburgo, llovía, pero el lobo seguía ahí, con los brillantes ojos fijos en su ventana, el pelo pegado al cráneo y la camiseta mojada marcando sus abultados músculos.

Bill suspiró, se frotó la cara y se aferró a esa segunda botella de camino al salón. En el silencio de la noche, el repiqueteo de la lluvia le recordaba todo el rato a su... su ¿qué? ¿Su acosador? ¿Su salvador? Dio un largo trago y se riñó a sí mismo entre dientes.

— No es tu nada, Weasley. Es un perro bajo la lluvia nada más.

Pero el sonido de las gotas en las ventanas le susurraba: él no tiene varita, no puede hacer un hechizo. Y se contestaba: que se vaya, que cojones cree que hace ahí. Cuidarte. Yo no necesito que me cuiden. Pero estás tirando tu vida por el retrete.

— ¡Él me hizo esto! —gritó, borracho ya, tirando la botella contra la chimenea apagada.

Se levantó, furioso, y levantó con un solo movimiento de varita los hechizos. Bajó las escaleras ruidosamente, con el ceño fruncido y la varita fuertemente sujeta. Salió a la calle y ni tan siquiera fue consciente de la lluvia, simplemente se abalanzó sobre el hombre que le seguía con la mirada.

— ¡Tú me jodiste la vida! —le gritó apenas a dos palmos de la cara, clavándole la varita en el pecho.

— William...

— Me hiciste esto, —Se señaló la larga cicatriz en la cara y siguió gritando— y ahora todos me tratan con pena, el pobre Bill, perdió su belleza, su novia le dejó por otra y no es capaz de...

— ¿No es capaz de qué? —preguntó con voz calma Fenrir cuando Bill se calló de golpe y cerró los ojos.

— De olvidar al monstruo que le destrozó la vida —respondió con un sollozo, agarrando su camiseta mojada fuerte, avergonzado de sí mismo— . ¿Por qué me haces esto? ¿No era suficiente?

Fenrir no contestó, se limitó a abrazarlo y el pelirrojo odió por un momento que tuviera la capacidad de consolarle solo con su presencia.

— No puedo dormir sin verte —lo escuchó decir contra su pecho— y quiero que desaparezcas, que se acabe esta horrible sensación de que puedes destrozarme todavía más y aún así seguirías en mi mente.

— No quiero dañarte, William. Quiero cuidar de ti y conseguir que olvides lo que hice —le dijo por fin con voz aún más ronca, sin dejar de abrazarle.

— ¿Por qué? —susurró.

— Porque soy un monstruo, un animal, y yo tampoco puedo dejar de soñar contigo.

Bill se apartó y se frotó los ojos con los puños, como un niño pequeño. Era increíble como, a los ojos de Fenrir, cualquier mínimo gesto como ese era atrayente. Jamás había pasado antes, nunca había sentido esa presión en el pecho mientras pasaban los días y solo podía pensar en desertar para saber que estaba bien, que se había recuperado de sus heridas. Y ahora lo tenía ahí, mojado, con el pelo caoba suelto sobre los hombros y los ojos azules mirándole con un desamparo y una confusión que le recordaron que, a pesar de todo, aún tenía corazón.

Estiró una mano tosca y apartó con cuidado el pelo mojado de la cicatriz. La repasó con los dedos despacio, sin perder de vista los gestos de Bill, viendo como se encogía de autorrechazo. Despacio, abrió la mano y metió los dedos entre su pelo, acercándolo a él, llenándose de su olor a pesar de la lluvia.

— Quiero que estés a salvo y que dejes de odiarte porque lo que te está pasando no es nada malo. Lo que ocurrió no puedo remediarlo ya, tampoco tú, pero puedes vivir el aquí y el ahora, William. Lo que sientes es tu animal y el mío que se llaman.

— No soy un animal —respondió Bill, negando con la cabeza para librarse de su mano.

— En el fondo todos lo somos —replicó Fenrir.

Volvió a negar con la cabeza, pero el instinto, ese que en otros momentos le había dicho “corre”, le estaba traicionando de una manera terrible y lo único que quería era volver a ser abrazado y llenarse del olor del hombre mayor. Algo debió de ver en su cara, porque eso fue lo que hizo Fenrir, abrazarlo con fuerza, pasando las palmas de las manos de un modo muy reconfortante por su espalda. Pasaron un par de minutos así, bajo la lluvia, hasta que comenzó a tiritar.

— Vas a enfermar, será mejor que subas —le dijo, apartándose un poco y empujándolo hacia la casa.

— ¿Y tú? —preguntó sin pensar, con la nariz aún llena de él.

— ¿Yo qué?

— ¿No quieres subir? encenderé la chimenea.

— Quizá podría. ¿No más vodka?

— ¿Cómo sabes...?

Por primera vez el lobo sonrió abiertamente y se rozó la nariz con el dedo.

— Nada de vodka. Ahora mismo una sopa caliente igual es una buena idea.

— ¿Es una invitación entonces?

Bill se limitó a caminar y sujetar la puerta para él, dándole la bienvenida.

Seis meses después.

Bill gimió, fuerte. Colocó las manos sobre las que le abrazaban el pecho y enlazó sus dedos mientras, tras él, Fenrir empujaba con firmeza.

— ¿Bien? —preguntó, mordisqueando su nuca y sus hombros.

— Sigue, por favor.

Era su diálogo habitual, desde que en la primera noche juntos habían cedido a su parte más animal y acabado llenos de rasguños y marcas de mordidas. Aquella madrugada, Bill había encontrado a Fenrir vistiéndose en la oscuridad para marcharse, sintiéndose como la mierda. Habían discutido, claro, porque Bill no entendía que después de tantas bonitas palabras, Fenrir le abandonara a la primera de cambio.

— Dije que quería cuidarte. Mírate, William, —Señaló con la mano las marcas en su pecho y muslos— apenas puedes caminar.

— ¿Y marcharte es la solución? llevas días hablándome de lo que implica ser un lobo, de autocontrol, de conocer a tu animal. ¿Se te ha ido de las manos? hemos sido los dos igual de culpables, aprendamos juntos a controlarlo.

En esa ocasión Fenrir lo había mirado de una manera diferente, sorprendido por sus palabras.

— ¿Aún hay un juntos?

Bill le había abrazado. Y besado, y llevado a la cama de nuevo para que volviera a abrazarle como había hecho las últimas noches.

Eran animales, eso es lo que habían aprendido juntos, y que la cosa podía ponerse más ruda alrededor de la luna, y estaba bien, y ser más dulce y tranquila, como en ese momento, cuando Fenrir se estaba recuperando de la transformación. Y la convivencia era igual, marcada por la luna, los avatares del trabajo y las exigencias de la familia, pero suya. Así que en ese momento, sintiéndolo muy adentro, su corazón latiendo fuerte contra su espalda y sus dedos unidos con fuerza, lo dijo, porque estaba a salvo y era feliz.

— Te amo, Fenrir.

Sintió tras él, aún sin verla, una sonrisa, y como su compañero lo sujetaba más fuerte contra él mientras se quedaba clavado en su interior, llenándole con su humedad.

— Yo también te amo, William.

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1. A salvo
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Good Writing

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Great Character

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Strong Dialog

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author

Aghh! solo puedo pensar que cuando todo parece acabar bien, hay un segundo capítulo y empiezo a temblar 😂😂😂

2 years
1

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