Capítulo 1
—Si se vende, lo habremos conseguido, Alex. Camila Cabello examinaba una enorme foto de una rubia bien dotada; sus curvas estaban enfundadas en un body negro, decorado con corazones de raso rojo. En un extremo de la foto, habían imprimido las palabras: “Con todo mi amor, en el día de San Valentín”.
—Liv ha sido muy amable al posar para nosotros —añadió Camila, colocando la foto en un caballete del escaparate del estudio que compartía con Alexandra Montimer.
Un letrero negro lo identificaba como el Estudio Fotográfico de Camila y Alex y otro cartel más abajo anunciaba “Fotos calientes para el día de San Valentín”.
—Todavía pienso que deberíamos haber utilizado la que te sacamos a ti —dijo Alex, desde detrás del mostrador.
—No —Camila se apartó para observar el escaparate, decorado con corazones de encaje blanco bordeados de terciopelo rojo—. Las rubias llaman más la atención que las castañas y, además, sería poco profesional lucirse de ese modo. Algún cliente podría hacerse con una idea equivocada de lo que ofrecemos.
—¿Como ésa, tal vez? —preguntó Alex, mirando hacia la calle.
—¿Quién?
Camila se volvió y se vio inspeccionada por un par de ojos verdes. La mujer estaba de pie delante del escaparate con las manos en los bolsillos de su abrigo de cuero. Se había levantado el cuello para protegerse del frío viento de Chicago. Observó las decoraciones de San Valentín, detuvo un momento los ojos en la foto de Liv y luego volvió a mirar a Camila.
La joven pensó que sus altos pómulos y su mandíbula cuadrada debían ser muy fotogénicos. La cara de aquella mujer resultaba muy femenina y firme. La miró a los ojos y se sintió inmediatamente atraída por la intensidad de la mirada de ella. La desconocida mantuvo el contacto visual un momento más y después se dirigió a la puerta del estudio.
Con el corazón palpitante, Camila deseó que aquel día le hubiera tocado a ella atender y a Alex trabajar en el laboratorio. Su compañera llevaba un vestido color jade que realzaba de maravilla su cabellera pelirroja. La sudadera y los jeans raídos de Camila no hacían nada por favorecerla, pero aquello no le había importado hasta ese momento. Se tocó sus ondas marrones y se detuvo a pensar si aquella mañana se había acordado de pintarse los labios.
La mujer abrió la puerta, miró un segundo a Camila y avanzó hacia el mostrador.
—He visto esa foto del escaparate —le dijo a Alex con un profundo tono de barítono—. Necesito una foto inmediatamente.
“Maldición”, pensó Camila.. Seguro que ya tenía novia y estaba impaciente por ver un póster de ella en camisón. No le costó trabajo imaginársela como una amante ardiente; la pasión se adivinaba en todos sus poros. Tal vez fuera eso lo que había leído en sus ojos.
—Bueno, por supuesto, estamos muy ocupadas —mintió Alex, en tono profesional—. Cam, ¿hay, algo que podamos hacer por la señora...?
—Lauren Jauregui —dijo ella, volviéndose hacia la joven—. Así que usted es Cam. ¿Quién es Alex?
—Soy yo —repuso la aludida, sonriente.
—Yo creía que Cam y Alex serían hombres.
—Pues no lo son.
La mujer las examinó un momento.
—Supongo que eso no importa.
—Al contrario, señora Jauregui —repuso Camila—, Como las dos somos mujeres, las clientes se sienten más cómodas cuando les sacarnos fotos románticas. Además, Alex hace milagros con el maquillaje. Creemos que estamos mejor dotadas para este negocio que cualquier hombre.
—No dudo de que eso sea cierto, pero yo no quiero una foto de una mujer.
Camila tosió para ocultar el respingo de sorpresa de Alex. Lauren Jauregui las miró sorprendida a las dos. Luego, se puso roja como un tomate.
—Permítanme explicarme antes de que saquen conclusiones erróneas. Quiero una foto de un toro.
Camila se echó a reír y después murmuró una disculpa.
—¿Un toro? —preguntó Alex, abriendo mucho los ojos—. ¿Para San Valentín?
Camila miró a su compañera.
—¿Lo quiere vestido con lencería roja o negra? —preguntó, haciendo un esfuerzo por no reírse.
—Olvídenlo —musitó Lauren. Se volvió hacia la puerta.
—No, no —Camila se acercó a ella y la sujetó por un brazo—. Lo siento. Por favor, no se vaya. Ha sido una grosería por mi parte. Por favor, estoy segura de que usted tendrá muy buenas razones para desear por San Valentín una foto de... —suprimió una carcajada—, una foto de un toro. Dígame —carraspeó—, háblenos más de ello.
La mujer vaciló.
—Le prometo que no volveremos a reírnos, señora Jauregui —dijo Alex.
La aludida suspiró.
—En primer lugar, no tiene nada que ver con el día de San Valentín. No me van esas tonterías. He visto su póster con el mensaje de ese día y me ha dado una idea. Pasado mañana tengo que hacer una presentación. ¿Podrían sacar una foto esta tarde y tener listo un póster con una inscripción en cuarenta y ocho horas?
—Sí —le aseguró Alex.
—¿Dónde está el toro? —preguntó Camila, haciendo esfuerzos por no reírse—. Quiero decir que si lo traerá usted aquí o...
—Evidentemente no.
Observó el área de recepción, con sus paredes claras y sus sillas rojas de tela y las pequeñas mesitas negras. Muestras enmarcadas del trabajo del estudio colgaban en las paredes y Camila las había intercalado con corazones de cartulina de distintos tamaños. También había colocado Cupidos rojos en el techo. Uno colgaba sobre la cabeza de Lauren Jauregui y parecía apuntarle directamente con su arco.
—Llevaré a una de ustedes a la granja de investigación —continuó ella—. ¿Puede ir alguna ahora mismo. No creo que tardáramos más de dos horas.
Camila miró a Alex. La sudadera y los pantalones de mezclilla habían pasado de ser un inconveniente a convertirse en una ventaja.
—¿Puedes prescindir de mí un rato? —preguntó.
Su compañera pareció decepcionada.
—Supongo que sí.
—En ese caso, estaré lista en cuanto coja la cámara —miró hacia la calle—. Tenemos suerte de que el tiempo no esté mal.
—Fotografiará usted al toro dentro del establo. Casi nunca sale.
—¿De verdad? —la joven frunció el ceño—. Es una lástima. Tal vez deba preguntarle para qué la quiere. Ha dicho que quería letras en el póster.
—Sí. Quiero que escriban: “La ingeniería genética es la base del futuro”. Ese toro es uno de los principales ejemplares de un laboratorio de investigación genética al sur de Chicago. Tengo acciones en esa compañía desde hace unos años y ahora creo que Magnitech debería comprarla. Tenemos que diversificamos.
—¿Usted trabaja para Magnitech?
Camila miró a Alex, que le guiñó un ojo con satisfacción. El edificio de Magnitech ocupaba un bloque entero de oficinas al otro lado de la calle. Un contrato con ellos acabaría con las preocupaciones financieras del estudio.
—Sí.
—¿En qué puesto?
—Directora ejecutiva.
A Camila le daba vueltas la cabeza. Con sus bromas, había estado a punto de echar de allí a la directoa ejecutiva de una de las corporaciones más importantes de Chicago. Ya no importaba que fuera tan atractiva ni que ella no dejara de descubrir cosas nuevas en ella, como la enorme longitud de sus pestañas o el modo en que se curvaba su cabello en el cuello. Tales detalles habían pasado a ser secundarios.
—Me siento halagada de que haya recurrido a nosotras, señora Jauregui —dijo.
—Normalmente, no lo habría hecho. Tenemos un departamento de relaciones públicas que se ocupa de esto, pero ha sido su escaparate el que me ha dado la idea y, además, nuestro departamento de relaciones públicas está ocupado ahora con otros proyectos. ¿Están seguras de que pueden entregarme el póster en cuarenta y ocho horas?
—Trabajaremos como esclavas para que esté satisfecha, señora Jauregui —le prometió Camila.
—No creo que eso sea necesario —dijo ella, mirándola con expresión ligeramente divertida.
La joven notó que sus ojos verdes eran muy claros, pero todavía no sonreía abiertamente. Era increíblemente atractiva, pero un poco demasiado seria. Le hubiera gustado verla reír aunque sólo fuera una vez. Tal vez las personas que alcanzaban el estatus de directora ejecutiva no tenían tiempo para reír.
—Voy por mis cosas —musitó, saliendo de la recepción.
Metió todo rápidamente en la bolsa, incluyendo distintas clases de carretes por si podía convencer a Jauregui de que le dejara sacar fuera al toro. Ya tenía alguna idea sobre cómo fotografiaría a un toro, pero no saldría tan bien en el interior de un establo. Un animal como ése parecería más real en un marco natural.
Se puso su anorak de color azul, se colocó la pesada bolsa de la cámara al hombro, cogió los focos y el trípode con la otra mano y salió fuera, donde encontró a Alex inclinada sobre el mostrador y mirando a su nueva clienta con ojos de ternera degollada. Camila frunció el ceño, pero Jauregui no pareció darse cuenta de que Alex intentaba flirtear con ella.
—Bueno, señora Jauregui— dijo Camila—. ¿Qué le parece si nos vamos a ver a ese toro?
Se acomodó en el Mercedes negro y la mujer puso el coche en marcha y marcó un número en el teléfono portátil con una mano, mientras evitaba con la otra a dos taxis y un camión. Camila dio un respingo y se agarró al borde del asiento.
—¿Nayson? Necesitamos una foto del toro —anunció ella en el teléfono—. Limpíalo, por favor. Llevo conmigo a una fotógrafa. Llegaremos en unos cuarenta minutos. Bien —y colgó.
—Podría poner el manos libres o haber llamado desde el estudio —dijo la joven, soltando el aire que había retenido hasta entonces—. A decir verdad, hubiera preferido que lo hiciera.
Sonó el teléfono y ella lo cogió.
—Jauregui al habla. Sí, Mike. Bueno, negocia con ellos. Estoy segura de que puedes arreglártelas. Intenta conseguirlo por medio millón. De acuerdo.
Acababa de dejar el dispositivo en su sitio cuando volvió a sonar. Lo cogió mientras intentaba evitar una limusina que llegaba en dirección contraria.
Camila cerró los ojos y rezó todas las oraciones que sabía. Hubiera dado cualquier cosa por estar de vuelta en su estudio. Tal vez hubiera pasado una tarde aburrida, pero su vida no habría corrido peligro. Jauregui siguió conduciendo con una mano y sujetando el teléfono con la otra.
—Me encantaría hacer una de las dos cosas en su lugar —se ofreció ella después de la cuarta llamada—. Soy una conductora asombrosa y también sé hablar por teléfono.
—¿La he asustado?
—Sí. La próxima vez deje que conteste yo al teléfono.
La mujer pareció divertida.
—No sabría qué decir.
—Claro que sabría. ¿Qué le parece esto? —se puso una mano en la boca—. Buenas tardes, compañía Magnitech, división móvil. La gran jefa está en estos momentos al volante, asegurándose de que su valiosa pasajera, Camila Cabello, fotógrafa extraordinaria, pueda sobrevivir un día más. Por favor, deje un mensaje cuando oiga la señal.
El mujer sonrió por primera vez. Camila pensó que, en otro momento, hubiera disfrutado de aquel logro, pero estaba demasiado asustada para disfrutar de nada.
—Bueno, ¿cree que puedo hacer de recepcionista en su coche?
La mujer negó con la cabeza.
—Estoy muy ocupada y el único modo de poder disponer de tiempo para llevarla allí es trabajar en el camino.
—En ese caso, puedo conducir yo. A decir verdad, me sorprende que no tenga usted chófer.
—Me aburriría. Esto me estimula más.
Camila abrió la boca para decirle que no le parecía bien que se divirtiera poniendo en peligro la seguridad de otras personas, pero el teléfono volvió a sonar y Lauren Jauregui adoptó de nuevo su tono profesional.
La joven había oído hablar de personas así, pero nunca había conocido a ninguna de carne y hueso. Procuró no olvidar que una mujer como aquella podría abrirles muchas puertas a Alex y a ella, si es que vivía para verlo.
Privada del placer de conversar con ella, se dedicó a escucharla. Muchas de las transacciones no tenían sentido para ella, pero suponía que todas envolvían enormes sumas de dinero. Habló varias veces con una mujer llamada Emma y la joven concluyó que debía ser su secretaria. Sólo una vez, en una de las ocasiones en que habló con Emma, cambió el tono de su voz.
—¿Cómo está Jayson? —preguntó.
Camila se sintió tan sorprendida por la ternura de su voz que se volvió a mirarla.
La mujer estaba concentrada en la carretera y no notó su escrutinio.
—Así que era la varicela —murmuró—. ¿Estás segura de que está bien en casa de tu hermana? Sí, lo sé, pero puedes tomarte unos días libres si los necesitas. Después de todo, Les está fuera y tú... —hizo una pausa para escuchar—. Está bien, pero lo más importante es que ese niño se ponga bien. De acuerdo. Manténme informado.
Camila lo miró de nuevo cuando colgó el teléfono. Después de todo, aquella mujer no era una autómata. Esa idea le gustó. En medio de un trato de millones de dólares, se había interesado por el hijo enfermo de su secretaria. La joven podía ver lo ocupada que estaba y, sin embargo, le había dicho a su empleada que se tomara tiempo libre si lo necesitaba. Sonrió en su interior.
El tráfico disminuyó al salir de la ciudad y Camila se relajó un poco. Quizá llamara a un taxi para volver, pero Jauregui podía sentirse insultada y ella echaría a perder aquel encargo y todos los demás que esperaba conseguir en el futuro. Tendría que arriesgarse a volver con ella. Esperaba que Alex apreciara los sacrificios que hacía por el estudio.
El Mercedes dejó la autopista principal y enfiló por una carretera de dos carriles que circulaba entre los campos. La joven se recostó en el asiento y empezó a sentir la magia de un coche potente conducido por una mujer potente. Si pudieran seguir siempre fuera del tráfico, podría ser divertido, excepto por el hecho de que. Jauregui seguía hablando por teléfono. Ella, por su parte, empezaba a odiar aquel aparato.
—Ya hemos llegado —anunció ella, después de una de sus llamadas.
Un pequeño indicador blanco anunciaba que se encontraban en Granjas McCabe, Investigación Genética. Detrás, había una puerta de seguridad. Jauregui apretó un botón para bajar su ventanilla, habló con el guarda y la puerta se abrió.
El camino de piedra llegaba hasta una serie de edificios blancos, colocados geométricamente. Unas vallas de metal dividían el terreno que rodeaba a los edificios en rectángulos perfectos y los animales encerrados en cada una de ellas parecían haber sido agrupados por colores. Camila no vio hierba allí. Al parecer, los alimentaban con grano y no les permitían pastar. El aparcamiento contenía coches último modelo y furgonetas caras.
—¿Por qué tengo la impresión de estar en alguna película de James Bond? —preguntó.
—Esa es precisamente la reacción que temo que esto produzca en los directores —dijo ella, aparcando delante del edificio de administración—. Uno pronuncia las palabras Investigación Genética y todo el mundo empieza a pensar en ciencia ficción y novelas de espías.
—El guarda de la puerta de seguridad no hace nada por borrar esa impresión —dijo ella—. Y nunca he visto una granja como ésta. ¿Dónde están los tractores? ¿Dónde están las gallinas y la anciana que les echa de comer con su delantal?
—Los tractores los guardan cuando no los usan y esta gente no trabaja con gallinas. Se concentran en vacas.
—Se han concentrado tanto que parece que todas hubieran salido del mismo molde.
—Esa es precisamente la idea —apagó el motor.
—No sé qué pensarán sus directores, pero a mí esa idea me pone nerviosa, señora Jauregui.
—Lauren.
Aquello la agradó. No todo el mundo tuteaba a la directora ejecutiva de Magnitech.
—Camila —dijo a su vez.
—Muy, bien, Camila, vamos a empezar.
Abrió la puerta y una ráfaga de viento enfrió el interior del coche.
La joven salió del vehículo y empezó a descargar su equipo. Lauren la ayudó con una eficiencia que ella encontró vagamente irritante. Normalmente, las personas solían dar ciertas atenciones cuando alguien visitaba un lugar por primera vez, pero aquella parecía no darse cuenta de nada que no tuviera que ver con sus negocios. Con excepción de la vez en que había preguntado por el niño de Emma.
Se esforzó por concentrarse en el proyecto que tenía entre manos. Los alrededores la decepcionaron un poco, había esperado encontrarse en un ambiente rural más natural, pero la granja McCabe tenía tanto encanto como el quirófano esterilizado de un hospital. Lauren la condujo al interior del edificio de administración, hasta un despacho donde les dieron placas de identificación a los dos.
—¿Es necesario tanto secreto? —preguntó ella, cuando se dirigían al establo, precedidos por Joe.
—Desde luego. Los descubrimientos que realizan aquí pueden valer millones de dólares.
—Guau. Ahora comprendo por qué quieres que Magnitech invierta en esto.
—Espero que resulte tan fácil convencer a la junta directiva como a ti. Son bastante conservadores. Por eso he pensado que, si veían un póster de Champ, al menos eso sería algo concreto, un símbolo.
—¿Champ?
—El toro. Ese es su nombre. A causa de la superioridad de sus genes.
Camila se echó a reír.
—Al fin veo un rayo de sol en este lugar. Genes superiores. Me encanta. Me gustaría conocer a la persona que le puso ese nombre.
—Ya la has hecho.
—¿Tú?
—Sí.
Aquello fue una sorpresa y las sorpresas siempre la hacían querer saber más sobre la gente. Mientras avanzaba hacia el establo, tomó una decisión. Encontraría un modo de que Lauren se fijara en ella, no sólo como fotógrafa, sino también como mujer.