— 01 —
Sira aflojó las riendas y las dejó caer sobre la cruz de la mula, acompasando sus propios movimientos a los del animal. Se estiró con pereza, recibiendo con placer los templados rayos del sol sobre la piel. El peso de la mochila tironeó de sus hombros cansados, sacándole un suspiro de resignación.
Una suave corriente de aire se le coló entre la ropa e hizo que se le erizase la piel; sonrió, frotándose los brazos. El otoño era la mejor estación: los frutos rojos entraban en pleno apogeo, el sofocante calor del verano por fin quedaba atrás… y empezaba la temporada de setas. Miró a Vicky, que iba de un lado a otro saltando entre la hierba alta del prado, preguntándose si la podenca podría entrenarse para encontrar trufas. Probablemente no.
El otoño también tenía su lado adverso, porque los bichos aquellos aumentaban su actividad. Como casi cualquier ser vivo sobre el planeta Tierra ellos también debían sobrevivir al invierno, y de la misma manera en que los osos empezaban a coger kilos, ellos salían mucho más a menudo para asegurarse la primavera siguiente.
Sira suspiró, haciendo visera con la mano y examinando el horizonte. Estaban cruzando un amplio prado de hierba alta que ofrecía una vista magnífica, sin apenas árboles que entorpeciesen la escena. No podían esconderse, pero la amenaza tampoco. A lo lejos, a su izquierda, se apreciaba el perfil roto de una ciudad. Los picos partidos de los edificios más altos ofrecían un espectáculo misterioso e inquietante. Frente a ellos, un bosquecillo se alzaba a los pies de un par de pequeñas montañas que tendrían que salvar para llegar a su destino.
—Oye abuelo, ¿te han dicho en el pueblo cómo llaman a los bichos?
—¿Qué bi…? Ah —el anciano se rascó la barba, pensativo—. Creo que los llaman “criaturas”. Yo los llamé monstruos todo el rato y nadie dijo nada.
La mujer dejó escapar un resoplido en tono divertido. Siete años después y todavía no tenían un nombre concreto. Bueno, a ella le daba igual mientras no los llamasen zombies. Era como llamar petardo a un misil.
—Éste se va a hacer muy grande, ya lo verás.
Detrás de ella Bruno examinaba minuciosamente uno de los cachorros, que se retorcía entre sus callosas manos con ansias de jugar. El resto de la camada se revolvía en las alforjas de la yegua que montaba, ladrando y gimiendo y en general montando un gracioso alboroto. La mujer se dio la vuelta para observarlos.
—Como sea más grande que el padre podrás ponerle la silla de montar —comentó señalando al mastín pirenaico del hombre que, fiel a su función, se mantenía vigilante muy cerca de ellos.
El hombre rió con estrépito sobresaltando al cachorro. Sira sonrió, cerrando los ojos y buscando de nuevo la calidez del sol. Apenas quedaban cuatro días de viaje y tenía ganas de llegar a la Fortaleza: en su mente ella ya estaba metida en una bañera de agua caliente, deshaciéndose de toda la suciedad del camino, descansando en una cama, despertándose al olor del café… Ya había decidido que pasaría el invierno allí, así que se estaba tomando las cosas con mucha calma. Escoltar al abuelo era su último trabajo serio de la temporada y eso la ponía de buen humor.
También estaba contenta por los trueques que hizo en el pueblo costero. No era un lugar que Sira disfrutase, pero debía admitir que tenían bastante variedad; daba gusto ver a esa gente aprovechar todo lo que el mar escupía y convertirlo en cosas útiles con las que comerciar. De hecho, Bruno llevaba a dos de los cachorros metidos en una marmita de hierro relativamente nueva que prometía durar años, y que juraba que había cambiado por una funda de cuchillo. Nadie le iba a creer esa historia.
—¿Te puedes creer que esos cabrones no querían darme a ninguna de estas preciosidades? —comentó el anciano, enterrando su rostro cuarteado en el suave pelaje del perrillo.
—Déjame adivinar, ¿les sacaste la navaja? —preguntó Sira con sorna.
—De verdad, Sira, sólo tú me tienes por un maleante —se carcajeó Bruno—. No, sólo hice un buen trato y más les valía aceptarlo. Joder, he estado un año ahí abajo tratando de enseñar a imbéciles que creen que saben más que yo, no me costó añadir éstos al acuerdo. Era una oportunidad de oro, ¿dónde voy a encontrar yo otros mastines tal y como está la cosa? Aunque la madre no fuera del mismo tipo…
—Menuda flor en el culo tienes, abuelo. Dame un poco de esa suerte…
Los primeros en darse cuenta fueron los perros, antes siquiera de que las monturas captasen que algo estaba mal: encontraron a sus respectivos dueños y montaron guardia frente a ellos, los dientes al descubierto y el gruñido presto. Después, tanto la yegua como la mula se detuvieron en seco con las orejas hacia delante y la cabeza alzada. Para cuando escucharon el grito rasgar el cielo de la mañana, Sira ya tenía el machete en la mano izquierda, sujetando con la derecha las riendas de la mula. A su lado escuchó cómo Bruno amartillaba la escopeta de caza, el cachorro que antes estaba en sus manos asomando la cabeza por la cremallera del abrigo.
—¿Eso ha sido humano? Sonaba humano —murmuró el anciano.
La mujer frunció el ceño, pensando rápido. El sonido provenía del bosque que tenían delante. ¿Los habían visto? No podía jugar con la posibilidad de que no los hubiesen visto, porque en medio de un mar de hierba dorada dos personas subidas a sus monturas destacaban como una hoguera en noche cerrada. Estaba claro que no podían permitirse pelear contra una manada… tendrían posibilidades contra un solo bicho, pero ellos nunca viajaban solos. Huir sería difícil, venían cargados con todo lo que habían conseguido en el pueblo costero y sólo podían alcanzar cierta velocidad.
Pasaron un par de segundos. El mastín del abuelo soltó un gruñido terrible, adelantándose unos pasos. Vicky la miraba, esperando cualquier señal. Los equinos resoplaron. En cualquier caso sólo tendrían que tirar la carga y galopar en dirección contraria, hasta donde aguantasen.
Sira fue a abrir la boca para decir algo pero la interrumpió el ruido de una carrera acelerada, seguida de gruñidos de esfuerzo. Ambos se miraron. Esos no eran sonidos humanos.
Del bosque frente a ellos salieron a la carrera dos figuras. Una, desesperada, huía. La segunda, grotesca y ruidosa, la perseguía. La primera no llegó a alejarse más de diez metros antes de que el bicho, impulsándose, diera un salto y se abalanzase sobre su presa.
La misión de Sira era escoltar al abuelo de vuelta a la Fortaleza. Ése era su único trabajo en este viaje, que el señor llegase intacto a casa con sus nuevos perritos y sus chismes de otro pueblo y sus nuevas recetas de cocina. Pero el asunto era más complicado, porque Bruno era en general mejor persona que Sira, y ésta no sería la última vez que ese hecho los metiera de cabeza en un problema. La mujer dejó escapar un gruñido de frustración cuando el anciano hundió los talones en la yegua, escopeta presta.
Se encontraban a unos trescientos metros. La persona ya había dejado de emitir cualquier sonido. En el prado sólo se escuchaban el galopar sobre la tierra, los ladridos desatados de los perros, el siempre desagradable chasquido de un costillar al ser partido en dos.
No les dio tiempo a llegar. Otro grito salió de las sombras del bosque, profundo, lleno de ira. Los dos azuzaron a sus monturas. El dueño del grito se abalanzó sobre la criatura en pleno festín con toda la furia que tenía, hundiendo en su espalda una espada que quedó ahí atascada. El monstruo soltó un alarido terrible de dolor, haciendo aspavientos que dispersaron sangre y vísceras por todos lados. El hombre no perdió la oportunidad y hundió, con la certeza que otorga la práctica, un cuchillo largo en el pecho de su enemigo.
Pero esas heridas no eran suficiente, Sira lo sabía con la certeza que otorga la experiencia. Esas cosas una vez fueron seres humanos, por lo que el cuerpo, tanto por fuera como por dentro, era igual a de cualquier persona no infectada. Tenían los mismos órganos en la misma posición, y probablemente cumpliesen la misma función… Pero la diferencia radicaba en su potencia: eran fuertes, más resistentes, con uñas y dientes más desarrollados y mucho, mucho más duros.
Ese cuchillo sólo se había clavado a la mitad. La herida era grave, no mortal. Y eso, oh, eso era un problema, pensó la mujer.
La criatura tardó en reaccionar lo mismo que el abuelo y Sira en llegar a la escena. La criatura se abalanzó sobre el hombre cogiéndole del brazo y lanzándolo contra un árbol, como quien lanza un saco de patatas. Corrió tras la nueva presa, las mandíbulas abiertas en un ángulo antinatural como si quisiera tragárselo entero, sin respirar. A esta distancia la mujer podía ver las babas que le resbalaban por la piel sucia.
Un único disparo se encargó de resolver la situación.