Los Traductores de Dayrd

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Summary

Niree Yárchik iba a ser la próxima Señora del Nido Alto, en el poderoso Reino de la Montaña, y su padre estaba a punto de convertirse en rey. Pero todo cambia cuando los enemigos del Señor Niree descubren el secreto más oscuro de su familia: Yárchik, su heredera, es una bastarda y una mestiza, una portadora de la Maldición. Una Sangre Roja. Obligada a exiliarse para salvaguardar el buen nombre de su familia, Yárchik se traslada a la mágica Universidad de Dayrd, donde espera iniciar una nueva vida como estudiante de la Escuela de Traductores, donde se forman los diplomáticos, mensajeros, intérpretes y espías de todo el planeta. Allí, descubrirá que no es tan sencillo dejar atrás sus problemas y maldiciones, y que la prestigiosa Universidad guarda sus propios secretos. Yárchik deberá formar equipo con otros exiliados e indeseables si quiere no solamente graduarse sino sobrevivir a despiadados enemigos que desconocía, escapar de las garras de una conspiración que parece abarcar todo Dayrd y desentrañar los misterios de un mundo que creía conocer. -- Los Traductores de Dayrd es una novela fantástica ambientada en una universidad mágica. Se tratan temas como el racismo, la discriminación, la esclavitud, la depresión clásica de la universidad y hay cantidades moderadas de violencia en el texto. La novela se encuentra en proceso y será revisada. Todos los derechos reservados.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Una nueva tierra en un mundo lleno. ¡Tal milagro hizo Kindred!

De su palacio, una biblioteca; de ella, una Universidad.

Educación para todos. Nueva oportunidad.

Un lugar donde a nadie importa

cuál era antes tu identidad.

Grabado anónimo en el muro interior de la Ciudadela.



Las centelleantes torres de la Ciudadela de Kindred fueron visibles por primera vez un día después de cruzar el Dameres.

Había sido un cruce penoso, en las últimas horas de la tarde, con poca luz y tan cerca de la desembocadura que el río fluía lento y plácido pero ancho como una ciudad y tan profundo que las bestias de carga se negaron a continuar y el carruaje hubo de ser reconducido orilla arriba hasta que, ya casi en completa oscuridad, el cochero encontró un vado que los animales juzgaron apropiado. Afortunadamente, una vez al otro lado del Dameres, las bestias habían tomado el rastro de un camino transitado y, obedientes a su naturaleza, se habían dirigido hacia su destino con paso tranquilo pero seguro. Y, al fin, los viajeros habían podido dormir unas horas.

Solamente había sido el último acontecimiento de un viaje que había estado lleno de problemas desde el principio. Los viajeros habían querido evitar el Imperio de Hayne, pero aquello los había obligado a elegir entre penetrar en el Yahaizar y dar un largo rodeo a través de Nyrat o someterse a las penurias del camino que atravesaba el Dameres y Ryarchi, dos regiones desérticas que sin embargo les permitirían ahorrarse semanas de camino. Habían decidido finalmente tomar la ruta que bordeaba el desierto por el Este, un camino peligrosamente cerca de la frontera de Hayne pero que no les forzaba a adentrarse en las arenas. Y lo que era más importante, no les obligaba a dar un rodeo por medio continente.

Y aunque no habían estado errados en sus cálculos sobre la seguridad del camino, pues no hallaron rastro de patrullas haynesas y si las tribus del Dameres se percataron de su presencia escogieron no hacerse ver, sí habían sobreestimado su nivel de preparación. Las bestias de carga montañesas, fiables en los ascensos a las cumbres escarpadas, se agotaban rápidamente respirando el aire seco de las tierras bajas y no estaban adaptadas a las plantas que podían ofrecerles sustento en las regiones que bordeaban el desierto. En consecuencia, su temperamento era peor que nunca. Los viajeros habían sufrido de mal de bajura, y aunque habían sido advertidos de que aquello ocurriría, los dolores de cabeza y las náuseas que los acompañaban desde que habían dejado atrás las montañas habían hecho el trayecto aún más penoso.

Así que, cuando el despiadado sol de mediados de primavera de Ryarchi al fin le arrebató a lo lejos reflejos dorados a las cúpulas de la Universidad, Yárchik del Nido Alto no pudo sino sentirse llena de alivio. Incluso superado el mal de bajura, había terminado por aborrecer las decoradas cuatro paredes del carruaje y a las personas con las que lo compartía, su nana y uno de los guardias de su padre. Había tenido todo tipo de conversaciones y todo tipo de discusiones, había memorizado los patrones geométricos del techo del carro, había compuesto para sí melodías en el ritmo de las pezuñas de las bestias de carga, había empezado una docena de cartas y otras tantas entradas de diario y nada, nada de todo aquello había logrado paliar su intenso, inconmensurable, incapacitante aburrimiento. Solamente una disciplina de hierro le había impedido abrir el pergamino sellado, guardado en un tubo de cuero, con el que había cargado desde el día de la salida.

Fue por ello que el gradual ensanchamiento del sendero, el lento aumento del número de viajeros con los que se cruzaban y la proliferación de lugares visiblemente habitados junto al camino supusieron para Yárchik un alivio y una alegría tan grandes que, durante gran parte de las largas horas que restaron hasta las puertas de la Ciudadela, la joven alcanzó a olvidar que debería estar aterrorizada.

Lo recordó gradualmente, sin embargo, cuando las ocasionales granjas que rodeaban el camino dieron paso a viviendas y a talleres, cada vez más cerca unos de otros, hasta que los pasos rítmicos de las bestias de carga dieron paso al chirrido de la grava. A través de la ventana a la que Yárchik se había asomado con tanta emoción, decenas de rostros empezaron a devolverle miradas primero curiosas y luego, hostiles. Intimidada, se dejó caer de nuevo en su asiento, pero no pudo apartar la vista.

―Nana, ¿por qué están tan sucios los ciudadanos de Kindred? ―se atrevió a preguntar, avergonzada de repente por su propia riqueza. El carruaje en el que viajaba no era el más lujoso del Reino, más bien lo habría descrito como simple, pero Yárchik alcanzaba a comprender que la mayoría de aquellas personas jamás podrían permitirse viajar en coche con conductor. Debía de resultarles ofensivo que se paseara frente a sus casas en lo que para ellos seguramente era un gran lujo. Pero ¿cómo podían ser tan pobres los habitantes de la ciudad más famosa del continente?

―Aún no estamos en Kindred, joven ama―respondió amablemente la anciana, sin levantar la mirada de su bordado. Yárchik la miró en busca de más respuestas y solamente cuando se dio cuenta dejó la mujer su costura sobre su regazo―. Estas no son más que las barriadas que los más pobres construyen junto a las murallas. Existen en todas las grandes ciudades del continente.

―No existen en el Reino―replicó, pero volvió a fijarse en el exterior del carro. El calor se estaba volviendo agobiante, pero no deseaba abrir la ventana. Algo le decía que el olor al otro lado la asfixiaría aún más―. ¿Por qué no amplía Kindred sus murallas para acoger a estas personas, nana?

―Quizás lo haga algún día―reconoció la mujer, que había empezado a doblar su labor y recoger sus agujas e hilos en una caja metálica con decoraciones de flores nivales―. Las ciudades crecen, pero ampliar murallas es caro, joven ama. Pero sí, claro que lo hacen. Sin ir más lejos, las Cuatro Murallas de Katari Darchi son famosas por…

―Gracias, nana―la interrumpió suavemente Yárchik, que no estaba de humor para una lección de historia. Se sintió estúpida por no pensar antes que las Cuatro Murallas no eran alguna clase de monumento, sino testigo del crecimiento gradual de una ciudad. De cualquier modo, trató de consolarse, nada como aquello existía en casa. Ni siquiera la gran ciudad de Cuchillos de Piedra tenía muralla alguna levantada por los humanos.

No, se dijo. Tenía que dejar de pensar en el Reino como su casa. Malhumorada de nuevo, cerró las cortinas. No quería seguir viendo a aquella gente. Ni siquiera quería estar en aquel lugar. Frente a ella, saeth Karlách la miraba con ojos intensos pero inescrutables. Yárchik miró al suelo.

―Joven ama―su nana insistió en llamar su atención. Cada vez de peor humor, Yárchik alzó la mirada y esperó en silencio a que continuara―, debemos hablar de lo que debéis esperar cuando lleguemos.

―Hace días que debisteis hablar de ello―la voz grave de saeth Karlách era un reproche. Yárchik no lo negó; había evitado por todos los medios tener aquella conversación durante el largo y tedioso viaje, por mucho que la pobre anciana tratara de sacar el tema. Su nana solamente hacía su trabajo, por supuesto, pero a Yárchik la habían invadido el terror y la vergüenza cada vez y se había cerrado en banda. Era como si, en secreto, esperase que en cualquier momento apareciera alguien para rescatarla, para decirle que su padre había cambiado de parecer.

Pero la muralla de Kindred se acercaba inexorable y ella ya no tenía forma de escapar.

―Está bien―concedió con un gesto cansado y se dejó caer en su asiento.

El alivio de la anciana fue palpable.

―La rectora ya ha sido puesta sobre aviso de vuestra llegada, como ya sabéis…

―Sí. Padre envió un mensajero saethir.

Pero ellos habían tenido que venir por carretera. La rabia le encendía las mejillas cada vez que pensaba en ello.

―En las puertas de la muralla deberían estar al tanto de nuestra llegada y como es acorde a vuestra cuna, es seguro que os asignarán una escolta hasta la Universidad, donde, si no me equivoco, debería recibiros la rectora en persona junto al vicerrector Lykol…

Yárchik sintió ganas de recordarle a la mujer que ya no había ninguna alta cuna que respetar asociada a su nombre, pero logró contenerse. La nana era vieja y le costaba soltar sus usos y costumbres. Corregirla habría sido cruel. Quería a aquella mujer y no deseaba hacerle daño, aunque estuviera a punto de abandonarla para, probablemente, no volver a verla jamás. Trató de evitar pensar en ello.

―Dudo que malgasten esfuerzos en ofrecerme una escolta, nana―dijo suavemente en su lugar.

―¡Pues claro que lo harán, si tienen una pizca de decencia en este reino! En la Montaña, siempre mostramos la debida deferencia a aquellos de sangre noble, ¡por muy exiliados que estén!

Y resopló con indignación. Yárchik no tuvo fuerzas para discutírselo, ni para protestar el uso de aquella palabra.

―Claro, nana.

Atravesaron la barriada en silencio. Las miradas de los viandantes, sucios, cargados y vestidos de harapos, la atravesaron como agujas. La miraban cautelosos, algunos incluso asustados, pero todos compartían un profundo desprecio hacia ella, hacia lo que significaba. Yárchik quiso protestar que no era culpa de ella que ellos fueran pobres, pero frunció los labios en su lugar y se arrebujó más en su sitio. Volvía a dolerle la cabeza. ¿Cuánto podía faltar? ¿Cuánta humillación podía restar? Solamente quería averiguar en qué clase de aposentos pretendían alojarla y dormir durante días.

El carruaje finalmente se detuvo, como respondiendo a su súplica, en lo que Yárchik supuso que era la fila para atravesar las murallas.

―Iré a ver―anunció saeth Karlách adelantándose a sus preocupaciones. El caballero saethir abrió la puerta, dejando entrar un torrente de luz que cegó por un momento a la joven. Yárchik escuchó el crujir de los guijarros del camino y gruñó en agradecimiento cuando la sombra del hombre al salir del carruaje le permitió abrir los ojos de nuevo.

En pie y envuelto en su decorada armadura de cuero y coloridas plumas de saethir que reflejaban los rayos del sol, el caballero tenía un aspecto espléndido, incluso después de tantos días sentado en aquel carro. Las cuentas multicolores de su pelo y extremidades tintineaban y centelleaban con sus movimientos. Las placas rectangulares de su armadura, ligera y flexible, habían sido envueltas en cuero teñido con inscripciones de runas montañesas y, en el centro, un saethir rugiente encaramado al pico de una montaña. No se veía desde donde estaba Yárchik, pero el frente de la armadura estaba igualmente decorado como correspondía al rango de su portador: el primer caballero saethir del Señor del Nido Alto. De debajo del cuello y el ancho cinturón de cuero reforzado se asomaba el pelaje gris del que estaba forrado el interior de la prenda. Debía de estar pasando un calor terrible, pero su expresión no daba muestra alguna de ello. Su rostro se mantenía firme, serio, impasible. Escaneaba el entorno con unos ojos gris claro, casi plateados. Su pelo castaño oscuro caía liso y corto, apenas más allá de las orejas. Lo llevaba decorado con cuentas de colores trenzadas, al estilo montañés. De hecho, no había nada en saeth Karlách que no gritara a los cuatro vientos que era montañés.

Yo podría ser como él, pensó amargamente, llevándose la mano a la única trenza con cuentas que había sobrevivido en su pelo. Un caballero saethir.

Pero incluso aquello le habían quitado. Se obligó a bajar la mano y a colocarla sobre su regazo, junto a la otra sobre el tubo de cuero que había sostenido durante todo el viaje, en una postura perfecta, elegante, propia de su estatus, mientras esperaba un informe de su guardaespaldas.

No pudo evitar, sin embargo, seguirlo con la mirada hasta donde el ángulo de la puerta se lo permitió, y después, con un chasquido de desaprobación de su nana, hasta donde buenamente pudo asomándose al exterior. Saeth Karlách caminaba con pasos seguros hasta un guardia que llevaba una pechera de metal y se protegía del sol a la escasa sombra de un árbol raquítico. Yárchik observó a los dos hombres intercambiar palabras y no pudo evitar pensar que el montañés tenía un porte mucho más elegante que el kindreño. De inmediato, se preguntó si solamente lo veía así porque había decidido de antemano despreciar todo cuanto veía en aquel lugar.

No, decidió, volviendo a reclinarse en su asiento. Es porque voy a echar de menos a saeth Karlách, y a la Montaña.

―Os noto nerviosa, joven ama―Yárchik parpadeó y volvió a mirar a la anciana que tenía enfrente. Había empezado a morderse el labio sin darse cuenta, y sintió vergüenza. Aquello no era digno de ella.

―Lo lamento, nana. No volverá a ocurrir―prometió automáticamente.

―No seáis necia―resopló la mujer y se inclinó hacia ella. El movimiento arrancó destellos a las cuentas firmemente entretejidas en su denso moño blanco. Al contrario que el caballero saethir, Yárchik se había fijado, su nana había adoptado ropas más frescas y simples, acordes a la situación. Pero la nana no tenía apariencias que mantener―. Seríais estúpida si no estuvierais nerviosa. Los montañeses no salimos del Reino, y cuando lo hacemos rara vez regresamos victoriosos.

Yárchik era dolorosamente consciente. Había leído todo lo que había en la biblioteca del Nido sobre viajeros montañeses famosos antes de salir. Había habido exasperadamente pocos.

―¿Hay siquiera montañeses en este lugar? En la Ciudadela de Kindred―gruñó con frustración.

―Oh, algunos, no lo dudo. De baja cuna, sobre todo. La Universidad les ofrece una forma de mejorar su estatus social. Pero puede que te encuentres con el tercer o cuarto hijo de algún que otro Señor.

A Yárchik se le hacía difícil creer que ningún montañés de alta cuna escogiera vivir en las tierras bajas por voluntad propia, pero no replicó. Mente positiva.

―Será fácil evitar las miradas, entonces.

―Hasta que se extienda el rumor, me temo.

Cerró los ojos con fuerza y respiró para alejar las ganas de llorar. No era el momento, ¡ni de lejos! Concéntrate.

¿Cómo ha podido Padre hacerme esto?

Lo sabía, por supuesto, claro que lo sabía. Incluso había estado de acuerdo con el plan en un inicio, hasta que el plan se había convertido en una realidad. ¿En qué momento había accedido a abandonar su hogar, todo cuanto conocía, en favor de una Ciudadela lejana, desconocida y llena de peligros donde no tendría a nadie para cubrirle las espaldas? Por primera vez en su vida, volaba sin arnés de seguridad. Si cometía un error, y lo cometería, en aquellas tierras extrañas llenas de desconocidos cuyas intenciones le eran ignotas… ¿Qué sería de ella? ¿Qué sería de cuanto quedaba de su nombre? ¿Y qué sería de aquellos a los que dejaba atrás, arriba en la Montaña? ¿De Jahla y de Naách?

―Yárchik.

La sorpresa la sacó de su espiral. La anciana la estaba sosteniendo por los hombros y la miraba fijamente a los ojos.

―¿Cómo me habéis llamado? ―fue todo lo que pudo balbucear.

―Escúchame, mi niña―ignoró su pregunta. Hablaba con urgencia. Yárchik no pudo sino mirarla sin comprender―. Eres hija de tu padre. Mantente firme y no habrá tormenta que pueda derribarte. Ten fe: los dioses te traerán buenos vientos.

Yárchik asintió débilmente y la mujer soltó su agarre parcialmente. No volvió a inclinarse hacia atrás hasta que la joven hubo respirado profundo y recuperado la postura correcta.

―Los dioses…―musitó para sí, esforzándose por hallar un tema que ofreciera distracción a su mente turbulenta― Apenas he rezado desde que salimos de casa.

No se había sentido apropiado hacerlo lejos de los riscos, pero ahora se percataba de que no iba a tener elección.

―Los dioses son sabios y benevolentes. Estoy segura de que te perdonarán… por una buena ofrenda―Yárchik estaba casi segura de que los acólitos no aprobarían que su nana hablara por los dioses o pretendiera saber lo que querían, pero la broma logró consolarla.

―Ni siquiera sé si habrá un santuario en Kindred.

―Entonces deberéis levantarlo.

El tono resolutivo que la anciana había recuperado consiguió arrancarle una sonrisa a Yárchik. Quizás sí que podía enfrentarse a las tierras bajas al fin y al cabo. Quizás Yárchik podía levantarles un santuario a los dioses, y quizás ellos le darían fuerzas para ser digna hija de su padre en la misión que le había sido encomendada.

El carruaje se tambaleó cuando saeth Karlách volvió a tomar asiento dentro de él. Fuera, el cochero chasqueó la lengua y las bestias de carga se pusieron pesadamente en marcha.

―¿Y bien? ―preguntó Yárchik en dirección al caballero, que se limpió el sudor de la frente con un pañuelo que la nana tuvo a bien ofrecerle. Se dio cuenta un instante tarde de que, en su esfuerzo por recuperar la firmeza, había sonado cortante en exceso. El guardaespaldas, sin embargo, no mostró ofensa alguna:

―Están haciéndonos saltar la cola. Llegaremos a la Ciudadela en pocos minutos―informó el hombre, diligente. Pero algo lo turbaba―. Dama Yárchik, creo que ocurre algo. Nos envían a una entrada lateral y se niegan a darme más información. La rectora Tokla le prometió a vuestro padre discreción, pero…

Yárchik se tensó.

―¿Creéis que es una trampa?

―No creo nada, Dama Yárchik. Pero quedaos cerca de mí y estad preparada.

No había mucho que pudieran hacer si se dirigían hacia una emboscada, por muy valeroso que fuera su caballero, de modo que Yárchik trató de razonar que un ataque era improbable. ¿Quién querría hacerle daño? Ya les habían dado a los enemigos de su padre todo cuanto deseaban. No se le ocurría nadie que ganara más matándola que dejándola pudrirse abandonada en una Ciudadela de las tierras bajas. Por no hablar de que la reputación de Kindred se hundiría si sus alumnos de linaje noble comenzaban a ser asesinados a sus puertas. Pero, bien pensado, ella no estaba matriculada aún…

Resolvió mantenerse digna y serena, pero, por si acaso, se guardó el tubo de cuero endurecido en un bolsillo interno de las ropas.

La grava bajo las pezuñas de las bestias de carga se convirtió de pronto en el claqueteo de adoquines de piedra y Yárchik tuvo que reprimir sus deseos de asomarse a la ventana. Desde donde estaba, solamente podía ver lo que parecían unos jardines y una alta pared de bloques de piedra caliza de colores cálidos.

El carruaje tomó un giro brusco y se detuvo, y se hizo un silencio en el que Yárchik pudo escuchar su propio corazón durante los momentos que tardó la puerta en abrirse. La luz del sol volvió a cegarla, pero no aprovechó el momento ningún asesino para abalanzarse sobre ella. En su lugar, cuando pudo abrir los ojos, Yárchik se encontró con una nana complacida, un saeth Karlách tenso, pero que no había desenvainado, y el rostro sonriente y medio cubierto por una espantosa cicatriz de un hombre canoso y bajo que tenía la mano sobre el pomo de la puerta del carruaje. La miraba fijamente.

―Dama Yárchik, ¿no es así? Bienvenida a la Universidad de Dayrd. Soy el vicerrector Lykol de la Escuela de Traductores. Os estábamos esperando.

La gigantesca quemadura no dejaba lugar a dudas sobre su identidad. Yárchik apartó la mirada, avergonzada, al darse cuenta de que se había quedado mirando. ¡Por todos los dioses de la Montaña!

Trató de reunir las palabras para construir un saludo formal mientras se levantaba, pero se le atragantaban. Afortunadamente, saeth Karlách se le adelantó, impidiéndole el paso con un gesto:

―Debía recibirnos la rectora Tokla. ¿Dónde podemos encontrarla?

La sonrisa de Lykol se desvaneció. Parecía desconcertado.

―Ah, ¿no lo sabéis? Debo disculparme. Lamento informaros de que la rectora Tokla se ha, hum, esfumado.