Prólogo
Aproximadamente tres mil años atrás, hubo un conflicto constante entre el clan de los demonios y el clan de las diosas debido a la feroz rivalidad entre los dos gobernantes. El mundo de los demonios era gobernado por el rey demonio, un ser gigantesco que parecía llegar a los cielos, llevaba una armadura negra y una capa parcialmente rota, también tenía cuernos largos y una barba larga de color claro.
El nacimiento de Meliodas fue diferente a cualquier criatura que utiliza la intimidad para procrear, pero su madre soportó un parto doloroso. Aunque no era reina, era respetada como "la mujer que llevaba en su vientre al próximo sucesor".
Una mujer de baja estatura y hermosa fue la encargada de cuidar a Meliodas. Al poco tiempo se enteró que ella no era un demonio, sino un hada con un ala dañada, pero aun así no la despreciaba como a otros demonios. Su admiración por ella creció cada vez más y, finalmente, resultó que ella se veía a escondidas con un hombre alejado del mundo de los demonios.
Sabía que ella era mayor que él, pero eso no impidió pensar que algún día sería su mujer. Una palabra que soltó cuando le reclamó porque veía a otros hombres, sin saber el significado de ese hecho, era patético. Solo era un niño que se dejaba llevar por sus emociones negativas y no podía ver la realidad; era comprensible, al ser solo un niño, ella no podía verlo como a un hombre o tal vez él no quería que se fuera de su lado.
—No seas tonto, cuando una mujer ama de verdad es muy difícil que sus sentimientos cambien.
—¿Y si mis sentimientos son verdaderos?
—¡Basta! —ella soltó como un regaño y él agachó su cabeza sintiéndose frustrado, pero su mano acarició su cabeza; su toque se sentía cálido y cariñoso, sus corazones latían por ella y era algo que no podía controlar, deseaba que esta mujer sintiera lo mismo que él- Aún eres joven, cuando seas un adulto podrás entender mis palabras, cariño.
—Hasta que ese día llegue... —susurró y ella lo miró curiosa— ¡Quiero que estés a mi lado!
Ella pareció sorprenderle su demanda y sus mejillas se sonrojaron. Era la primera vez que se sentía nervioso, sus corazones latían a un ritmo diferente y sus mejillas tenían el mismo color que ella. ¿Era una especie de declaración como lo llamaban los humanos? Su clan era distinto; se suponía que sus compañeras llegarían cuando sea tiempo de poder reproducirse, pero rara vez se adelantaban y creía que esta mujer podría ser con quien compartiría su vida entera.
—Eres muy posesivo —ella acercó su mano a la altura de su boca para que no viera su sonrisa, en cambio, él se lanzó a abrazarla y ella se sorprendió al sentir su cara en su pequeño pecho y sus piernas rodeando su cintura— No seas celoso, tú siempre serás alguien especial para mí, pequeño Mel —lo abrazó y dejó un beso en su frente que hizo amarla más— Tú debes prometerme que nunca olvidarás tus sentimientos, estos son los que nos mantienen unidos.
—Lo recordaré para siempre.
—Muy bien.
Zeldris nació después y a Meliodas le molestaba compartirla con él, pero era su hermano menor y ella le enseñó a amarlo porque le dijo que los hermanos mayores nacen primero para proteger a sus hermanos menores. Entonces decidió acercarse a él y descubrió que no era tan malo ser su hermano; al contrario, era divertido compartir momentos con él y con su amada.
Tiempo después fueron atacados por el clan de las diosas que rompió el trato con su padre. Su familia y él habían decidido caminar afuera del castillo por lo que los tomó de sorpresa y aunque intentaba proteger a su familia eran demasiados. Una mujer parecida a alguien a quien conocía los iba a matar, pero llegó la mujer que amaba y su estómago fue atravesado por una rama de un árbol. Un poco de su sangre salpicó en su cara y no dudó en levantarse, escapando de los brazos de su progenitora para agarrar la mano de su amada.
—¡No! —sus ojos verdes esmeraldas aguantaban las ganas de llorar.
—Meliodas... —ella lo miró con una sonrisa débil y cerró lentamente sus ojos— Siempre te amé.
—¡No te vayas, por favor, no puedes dejarme...! —se soltó a llorar— ¿Me oyes...? Yo te...
Y murió protegiéndolos. Fue la escena más dolorosa que presenció en toda su vida; al poco tiempo murió aquella mujer que lo tuvo en su vientre y que nunca le interesó tener una relación ni llamarla mamá. Tuvo que proteger a su hermano hasta que el rey demonio se enfadó de verdad y del castillo su poder se desató, eliminando a todas las diosas que conformaron en ese ataque.
Después, una parte del territorio se lo ofreció a su hermano, apodado como Lucifer, y podía hacer con ella lo que quisiera. Gobernó por varios años hasta establecer muy bien la vida de sus súbditos. A diferencia del rey demonio, él tenía piedad por las criaturas; sin embargo, extrañamente su mujer murió días después del nacimiento de su hijo, una mujer amada por todos y que era la única por quien mantenía su crueldad a raya. Este desechó la idea de tener al bebé y aceptó el trato de su padre para acabar con el clan de las diosas. El trato consistía en unir a sus guerreros para la guerra santa y solo aceptaría si el rey demonio aceptaba su condición.