Dalila

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Summary

En un mundo regido mayormente por ángeles, donde el bien triunfa sobre el mal –casi todo el tiempo–, Dalila, una Ángel de la Guarda galardonada, se encuentra con la primera piedra en su senda celestial: el destino de Yoo Kihyun. El secreto que tiene que ocultar hace que su recorrido se llene de dudas. Debe aprender a pensar y actuar por sí misma para tomar decisiones determinantes que podrían afectar su galardón. ¿Será capaz Dalila de soltar sus alas y enfrentar el destino de ambos de la mano de Kihyun?

Genre
Fantasy
Author
nana alco
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


PARTE 1

El cielo había sido el único lugar existente que pudo traer paz a un mundo de irremediable caos. Un mundo corrompido por el ser humano que constantemente había anhelado pecar y saciar su sed de engrandecerse a costa de los demás. Identificar cómo solían trabajar sus mentes había sido una tarea bastante sencilla. Ellos habían sido por mucho tiempo seres predecibles y, con frecuencia, solían tomar el mismo camino fácil para obtener lo que deseaban.

Me había tocado presenciar la caída de cada uno de ellos. Desde su nacimiento, su crecimiento espiritual y físico, hasta su decadencia convertida en polvo. A pesar de que la vida de cada humano era distinta, había algo en común; la historia parecía repetirse constantemente. Como si de un bucle infinito se tratara.

Aunque, el ser humano, por más repetitivo que fuera, también era diferente a la vez. No todo había sido de color negro. Durante mi larga trayectoria había presenciado casos bastante extraordinarios, donde su crecimiento espiritual sólo se extendía hasta el infinito cielo, cerca de los aposentos de nuestro gran Superior.

Eso sí, debería señalar que la tierra había estado conformada en mayor cantidad por humanos débiles que se creían superiores. Incluso si mi visión se alzara al cielo, el consuelo no llegaba a abrazarme con la misma intensidad que lo hacía mucho tiempo atrás. Cada vez la fe se iba apartando de las mentes humanas. Incapaces de sentir empatía, amabilidad, amor. En su lugar, la desesperanza se abría a su paso, expandiéndose rápido y fuerte.

Cuando nacía un humano, los cielos se abrían con regocijo y los ángeles cantaban un sinfín de alabanzas divinas. Para los ángeles y para los cielos, no solamente nacía un ser humano, con ello nacía la esperanza de que la tierra pudiera cambiar para bien. Si es que más humanos decidían elegir el camino del bien. El camino de la divinidad.

Cuando moría un humano, los cielos se preparaban para recibir o rechazar a la persona en cuestión. Los ángeles de estancia eran los que se encargaban de leer cada una de las acciones cometidas en la vida terrenal en voz alta. Y eran los mismos que clasificaban la estadía de tal como un espíritu terrenal, celestial o infernal.

Mientras tanto, los ángeles como yo, habíamos sido la pequeña voz de la conciencia del ser humano. Aquellos que protegíamos del mal en algún momento de peligro inminente. La parte racional-moral de la próxima decisión importante que se llegase a tomar. Siempre estábamos detrás del ser humano, velando por su integridad. Pero nunca seríamos tan invasivos, al final del día, ellos debían elegir su camino.

El libre albedrío era algo que, como ángeles, teníamos prohibido inmiscuirnos. Sólo servíamos de apoyo durante su vida terrenal. Aunque, cuando el ser humano preguntaba por alguna respuesta en sus oraciones, tanto los Ángeles Ázbari como los Ángeles de la Guarda cumplíamos con contestar a través de sueños o señales. Siempre y cuando el Superior quería que lo hiciéramos.

Parecía todo muy sencillo, pero, la fe de un humano siempre había sido bastante volátil. Incluso si las respuestas estuvieran frente a sus ojos, darían vuelta a la página y se olvidarían de quien les apoyó en momentos de dificultad.

El olor a alcohol mezclado con otra clase de medicamentos llegó a mis fosas tan pronto pisé el hospital. Tras estar unos meses fuera del radar humano, a la espera de mi nueva asignación, finalmente había regresado a mi rutina. En esta ocasión era por el nacimiento de un varón. El primer varón de la familia Yoo.

Desde la esquina del quirófano, escaneé el cuerpo tembloroso y nervioso del señor Yoo, quién sostenía una cámara que parecía estar grabando cualquier parte de la habitación, menos el parto de su primer bebé. El rostro estaba bañado en sudor y de vez en cuando intentó disiparlo con su camisa a rayas, pero sólo terminó mojándola en repetidas ocasiones. Las gotas saladas no daban tregua.

Su esposa, anestesiada, intentó levantar la mirada hacia su esposo. Ni ella lucía tan nerviosa como lo estaba su marido. Alzó la mano en dirección al señor Yoo, pero éste parecía estar inmerso en sus pensamientos. Los enfermeros, al darse cuenta de la situación, le hacieron una seña al señor Yoo, y con vergüenza elevó el aparato para enfocar mejor el nacimiento de su primogénito.

La labor de parto figuraba tomar más tiempo de lo estimado, cosa que le crispó los nervios al futuro padre. Su semblante entero indicaba que en cualquier momento iba a desmayarse. Mientras tanto, la señora Seo, pálida del esfuerzo, pujó en repetidas ocasiones. El sudor le corría por sus mejillas, aunque no se inmutaba por tal situación.

Después del gran trabajo hecho por la madre primeriza, el llanto del bebé se esparció por toda la habitación, colocando sonrisas brillantes en los rostros de todos los presentes. Un aura distinta tomó lugar en ese espacio reducido.

Con sigilo, me acerqué un poco a los enfermeros que estaban atendiendo su protocolo para verificar sus signos vitales. Sonreí al ver al pequeño humano que lloraba descontroladamente a todo pulmón. Todo su cuerpo estaba de un color rojizo. El poco cabello le escurría de forma alborotada. Y sus mejillas se movían al ritmo de su llanto.

De pronto, sus diminutos ojos se abrieron. Y aunque su visión fuera completamente borrosa, me divisó por unos instantes, pues su llanto cesó. Los enfermeros enfocaron su vista en dirección a donde el bebé estaba viendo, pero ellos fueron incapaces de verme.

En los primeros meses de vida, los seres humanos eran capaces de percibir el aura angelical que sus ángeles guardianes desprendían. Después de eso, se debía mantener un margen al momento de dirigirse a ellos. El ojo humano adulto, debido a la poca fe y pecados cometidos, era menos probable que pudiera percibir a seres celestiales.

Mi atención se centró en el pequeño Yoo en todo momento, cerciorándome por completo de que todo estuviera en orden. No me podía permitir algún error, por más minúsculo que fuera.

Unas enfermeras recostaron al bebé en la cuna, después de todo el procedimiento. Había más bebés dentro de esa habitación, pero mis ojos jamás lo perdieron de vista. Una chica de cabello rubio y bata de estampado colorido tomó la cuna asignada, con dirección al cuarto de su madre. Me percaté de la etiqueta con su nombre, tal cual estaba en la carta de asignación que me fue otorgada semanas atrás.

Yoo Kihyun.

—Hola pequeño —acerqué mi mano sobre su coronilla, donde su casi nulo y delgado cabello oscuro yacía ahora un poco más prolijo —. De ahora en adelante seremos tú y yo.

Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, causándome ternura. Todo su cuerpecito estaba cubierto por una sábana amarilla, envolviéndolo por completo. Sólo su pequeño y ahora pálido rostro estaba a la vista.

—¿Qué tal tu asignación? —cuestionó Changkyun, apareciendo frente a mí en la habitación de la familia Yoo.

—Bastante agradable. No hubo complicaciones mayores en el parto y Yoo Kihyun parece ser un bebé fuerte y sano —respondí, viéndolo a los ojos. A pesar de que su constante aleteo me distraía.

Im Changkyun era un ángel Ázbari. Éstos ángeles eran designados a pequeños territorios para comprobar que los Ángeles Guardianes cumplieran con sus tareas. Cada cierto tiempo teníamos que notificar las circunstancias que involucraban a nuestro asignado, pues de eso dependían nuestros logros celestiales.

Asintió con una sonrisa que iluminó la habitación entera. Sus alas no dejaron de abrirse y cerrarse en un movimiento errático. Era una gran distracción, pero sabía la razón; estaba rebozando en felicidad. Aquellas alas eran el mayor indicador de su estado de ánimo.

—¿Ya conoces el historial de la familia Yoo? —interrogó nuevamente el pelinegro, sacando unas notas escritas por debajo de la manga de su túnica de seda blanca.

—No completamente. Sólo sé que los Yoo han sido una generación larga de devotos.

Pareció satisfecho con mi respuesta. Su aleteo frenético cesó y me entregó las notas con sumo cuidado.

—Creo que nuevamente tendremos un logro con tu asignado —mencionó con un deje de emoción—. Ya sabes lo que te toca hacer —apuntó las notas que estaba sosteniendo en mis manos.

—Claro que sí, Ángel Im.

Le ofrecí una pequeña reverencia, encorvando mi cuerpo. Cuando me incorporé, sonreí mientras guardaba las notas dentro de la manga para repasarlas más tarde. Por un momento el silencio reinó entre los dos, pero él se deshizo de eso tan pronto nuestros ojos conectaron.

—Un placer tenerte a bordo nuevamente, Dalila —dijo, en una sonrisa pequeña para después evaporarse en el aire.

Aquel cálido y amigable ángel Ázbari había sido uno de mis compañeros por más tiempo del que pudiera imaginar. Ambos habíamos llevado cientos de logros celestiales, pues, de acuerdo a los demás ángeles, hacíamos una excelente mancuerna. Allá arriba nos apreciaban bastante por esa misma razón.

Habíamos sido galardonados consecutivamente por los ángeles Hagemio, los de más alto rango, aquellos que le cantaban sin cesar a nuestro Supremo en las alturas. Y si soy honesta, era algo que me llenaba de orgullo.

Las ceremonias celestiales solían ser de un calibre extraordinariamente maravilloso. Ni la mente más creativa de un ser humano podría imaginarse lo bello que era experimentar una situación así. Eran bastante especiales que se podían llegar a celebrar cada trescientos años. No era algo recurrente y eso lo hacía único.

El llanto de la señora Seo me regresó a la tierra. No había dejado de sollozar mientras sostenía entre sus brazos al pequeño ser humano que acababa de nacer. Por otro lado, su esposo parecía tener una pelea con la cámara ostentosa. De tanto presionar a todos los botones, se rindió y se encaminó hacia su esposa para tomarla de la mano. Una sonrisa surcó de inmediato en su semblante. Podía sentir la paz que emanaban.

—Después de tanto luchar, estás aquí con nosotros —murmuró el señor Yoo con lágrimas en los ojos, acariciando la barbilla del bebé.

—Eres un gran guerrero —agregó la señora Yoo, meciendo al pequeño—. Gracias, Señor —esta vez su mirada fue hacia arriba.

La escena conmovedora hizo que se instalara en mi garganta un cúmulo de emociones agradables. Por lo poco que vi de soslayo en las notas entregadas por el Ángel Im, habían tenido complicaciones al tener a su primer bebé. Pero para ellos, la fe y esperanza siempre estuvo al pie del cañón.

A nuestro Supremo siempre le había agradado bastante la gente que, a pesar de las vicisitudes, se mantenían fieles a su fe. Debían saber que por más difícil y escabroso fuera el camino, al final la luz aparecía para brindar paz y consuelo. Aunque, esa misma razón hacía que la mayoría de las personas desistieran de su fe y lealtad.

Por esa misma razón, la familia Yoo había sido bendecida con el bebé que tanto habían anhelado.

Finalmente su primogénito.

Yoo Kihyun.