One Last Time - Melizabeth

Summary

¿Te has preguntado alguna vez por qué todas las personas mienten? "Meliodas, no me importa si la tienes a ella en tú corazón, todo lo que de verdad me importa, es que despiertes en mis brazos. Así que, una vez más, necesito ser yo quién te lleve a casa." Eso había sido una mentira. Claro que le importaba, y esa sería la última vez, porque ya ella estaba cansada de seguir con ese juego que ella misma había comenzado y no lo haría elegir, porque Elizabeth sabía que Meliodas la escogería mil veces a ella antes que a Liz, pero eso podría arruinarlo para siempre, y aunque él estuviera dispuesto a aceptar eso, ella no lo estaba. Entonces... Tal vez, las personas tienen secretos porque tienen cosas que ocultar, cómo el estar enamorados de alguien, y no pueden dejar que salgan a la luz. *Melizabeth. *One-shot. *Canción: One Last Time by Ariana Grande. *Publicación en wattpad: 22/04/2024 *Publicación en inkitt: 03/05/2024 *Historia original, no copias ni adaptaciones. *Personajes de Nakaba Suzuki.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

One last time

Les recomiendo buscar One Last Time de Ariana Grande para que la escuchen mientras lean y lean su letra, por que de verdad que se lee mejor mientras la canción suena y sabes lo que dice. Para que lo sientan mejor al leer.


Esa canción es tremenda red flag, pero también es un temazo, de verdad, y de cierto modo, es algo romántica. Ariana se lució.


Ya, espero que les guste.


*


One Last Time.


Era una mentirosa.


Elizabeth no encontraba otra forma para describirse a parte de esa; Cómo una

mentirosa

.


No debió entregarse al fuego, ese fuego que sentía cada vez que estaba cerca de meliodas, debió reprimirlo tal y cómo lo había hecho los primeros dos años de conocerlo. No debió dejarse llevar aquella noche en la fiesta de cumpleaños de Diane, no debió gritarle aquellas cosas mientras le recalcaba lo odioso que era con sus bromas, no debió retarlo como lo hizo a que hiciera realidad sus insinuaciones de doble sentido que solía decirle cuando estaban a solas, no debió besarlo, no debió dejar que la tocara de aquella forma, no debió llevarlo a su departamento ni tener sexo allí con él.


Diosas, había tantas cosas que Elizabeth no debió hacer aquella noche. Principalmente porque no sólo estaba metiendo a Meliodas en algo que si su padre u novia se enteraban lo iban a meter en grandes problemas, sino que también lo obligaba a mentir sobre muchas cosas por culpa de Elizabeth, por arrastrarlo a eso mientras pensaba sólo en ella, en su placer y ese sentimiento que vivía negando en su cabeza y al que no le quería dar nombre, porque en ese entonces (Ya unos nueve años atrás), Elizabeth era egoísta, sólo pensaba en ella, y ya había comenzado a mentirle, a mentir, a mentirse.


Y ese sólo fue el principio del

desastre

que eran ahora los dos. O bueno, un desastre que eran, pero que Elizabeth creía que era la única consiente.


(...)


Se sentía llena, diosas, tan llena. ¿Y cómo no? Meliodas entraba y salia de ella con intensidad y rapidez, la tocaba y besaba cómo si hubieran pasado años desde la última vez que habían follado y no días. Sus gemidos junto a los gruñidos bajos de Meliodas resonaban por cada esquina la habitación de su departamento, el sonido de sus caderas chocando también, y eso a Elizabeth le encantaba porque por un momento se sintió cómo si ella fuera la única con la que Meliodas lo hacia. Y la verdad, era que en los últimos siete meses ella si era la única con la que Meliodas lo hacia.


Y eso la hacia sentir satisfecha efímeramente hasta que recordaba el

porqué

.


Clavó sus uñas en la espalda de Meliodas sin preocuparse de dejar marcas. Ella quería dejarlas. Era una mujer de veintiséis años, pero a veces cometía actos inmaduros de adolescente de dieciséis como ese. Dejó la muy visible marca de sus uñas en la espalda de su amante cómo si fuera a servirle de algo, como si de verdad iba servir de algo.


Meliodas comenzó a bajar sus besos por su cuello, mordiendo ligeramente y chupando, pero sin llegar a dejar marcas. Elizabeth quería que él las dejara, que fuera consiente de que la estaba marcando y que eso en vez de molestarle le encantará, pero él no lo haría, claro que no. Meliodas podía ser muy rudo y apasionado en el sexo con Elizabeth, pero también era lo suficiente sensato para no dejarle marcas, al contrario de ella. En realidad, él no lo hacia para no molestarla, ella lo sabia, así como sabía que a pesar de todo Meliodas nunca le había reclamado por las marcas que ella le dejaba.


Muy a pesar de que se suponía que su relación era secreta y que Meliodas tenía una

esposa

.


Primero llegó ella, cuando Meliodas le abrió un poco más las piernas, empujó hasta que sus bolas chocaran contra su entrada. «

Oh, sí, justo así me encanta.

» Pensó ella mientras sentía cómo llegaba al clímax con una explosión gloriosa que la hizo gemir fuerte en su boca cuando él volvió a besarla con ganas. Un par de embestidas después lo hizo él gruñiendo contra sus labios y viniendose dentro de ella, pero benditas fueran las pastillas anticonceptivas y el pequeño aparato dentro ella que le impedía tener bebés por ahora.


Meliodas soltó un gemido mientras dejaba caer con suavidad y sin aplastarla por completo su peso sobre ella. Elizabeth lo podía sentir, Meliodas tenía el corazón acelerado, tal vez por lo recién hecho,

tal vez por ella, ojalá por ella

, ojalá él sintiera los acelerados latidos de ella por él.


Elizabeth acarició su cabello con la poca fuerza que tenía, sentía cómo si todas sus fuerzas se hubieran salido junto con sus líquidos al venirse, y tal vez así fue. Meliodas salió de ella y se tumbó a su lado a recuperar fuerzas. Elizabeth se sintió vacía no sólo por el hecho de que él hubiera sacado su pene de su vagina, sino también por la pequeña distancia que formó al separarse de ella y recostarse a su lado. Estuvieron así varios minutos sin decir nada, entre ellos eso no hacia falta, simplemente descansando y retomando energías después de lo que habían hecho.


—¿Ya te vas?, ¿Tan rápido? —Preguntó ella varios minutos después cuando lo vio sentarse y colocarse los bóxer blancos que antes habían tirado lejos. Él volteo ligeramente para mirarla sobre el hombro con una sonrisa cálida. Ya con ello Elizabeth supo que lo siguiente que saldría de su boca la iba a irritar.


—Si. Van a ser las nueve y me tengo que ir caminando, no puedo llegar después de las diez hoy o Liz comenzará a sospechar —Y efectivamente eso la irritó. Ella también se levantó y sin descaro caminó desnuda hasta la puerta del baño de su cuarto, la cual abrió, pero no entró. Se giró para mirar a Meliodas con una sonrisa pícara.


—Dejame llevarte a casa, ¿Si? Así no tendrás que caminar y llegarás temprano —Ante la voz calmada de ella Meliodas sólo asintió, no le extrañó que Elizabeth quisiera llevarlo a su casa, muchas veces lo hacia, hasta ahora no sabía el porque, pero había decidido que se lo preguntaría en otro momento más tranquilo—. Sólo me daré un baño antes y después nos iremos, ¿Vale? —Le guiñó el ojo y entró al baño dejando la puerta abierta, porque ella sabía ya que con sólo eso Meliodas dejaría su ropa tirada otra vez en el suelo. Y así fue.


Un orgasmo y un baño después estaban en el auto de Elizabeth yendo hacia la casa de Meliodas.


Él tenía auto, por supuesto que si, pero no podía arriesgarse a ir al departamento de ella con el, que lo reconocieran y que descubrieran que tenía una amante. Si su padre se llegaba a enterar de eso podía recurrir a hacer cosas verdaderamente malas para Meliodas. A veces, Elizabeth se quedaba pensando en cómo a pesar de que Meliodas ya no era un adolescente su padre todavía lo manipulaba y eso la molestaba. Si no fuera por su estúpido padre desde un principio, tal vez... Tal vez Meliodas y ella...

Tal vez... ¿Tal vez, qué?


Elizabeth se obligó a reprimir ese pequeño dolor en su pecho que llegaba cada vez que pensaba en ese Tal vez, no podía pensar en ello, no, era peligroso, para ambos, porque no había un

Tal vez,

ni un

¿Y si...?,

y era por eso que debía mentir, por ella, por Meliodas, por

Liz

.


Como siempre, Meliodas le pidió que lo dejara a una cuadra de su casa, no quería que lo vieran llegar en el auto de una mujer. Elizabeth conocía a su esposa, pero Liz no la conocía a ella a pesar de que llevaba conociendo a Meliodas once años e incluso desde entonces Liz ya era su novia. Se paró y él bajo.


—Nos vemos luego, te estaré escribiendo —Le dijo él con esa sonrisa calmada y llena de cariño que, al menos así pensaba Elizabeth, sólo le daba a ella. Elizabeth también le sonrió con calma, a pesar de que lo único que quería en ese momento era pedirle que se quedara un momento más con ella, pero no podía, no iba a hacerlo, nunca lo hacia a pesar de saber que si se lo pedía él se quedaría.


Ella vio cómo él se iba lentamente y tuvo el impulso de bajarse, tomarlo de la muñeca y decirle eso a lo que se negaba desde los dieciocho años a darle nombre. Simplemente lo vio irse mientras se golpeaba mentalmente por no haber parado eso cuando pudo, ahora era muy tarde. Se entregó al fuego que desde los quince, cuando ella y Meliodas se conocieron, había sentido. Sabia que debió haber luchado, por supuesto que era consciente de ello, tal vez si lo hubiera hecho no estaría allí llevándolo a su casa en cada oportunidad que tenia, pero al menos estaba siendo honesta con ella misma, ¿No?


No.


No lo era.


Porque ni siquiera era capaz de admitir que desde que se habían conocido lo había comenzado a amar tan profundamente que incluso ahora, once años después, aún sentía cosas muy fuertes por Meliodas.


No podía.


No quería.


Para ella era muy difícil admitir eso porque al final, ¿De qué le serviría?


(...)


Meliodas y Elizabeth se habían conocido cuando tenían quince años los dos. Para ese entonces Meliodas ya llevaba

dos

meses de relación con Liz


Se habían conocido en el tercer día de clases, cuando ya Elizabeth había entablado amistad con Diane y ésta había decidido presentarle a su grupo de amigos. Entre ellos estaba él, obvio. Al principio, todo entre ellos dos era sarcasmos, ironías, condescendencias, contradicciones e insinuaciones sexuales. Y les gustaba, no hay que mentir. Sin embargo, a la semana ella descubrió que él tenía novia, una que por cierto era muy hermosa según ella vio de las fotos que Diane le mostraba. Para ese entonces Elizabeth no supo que era esa molestia que sentía en su pecho, y hoy día la niega.


A los tres días al momento en que Meliodas hizo una broma sexual sutil, porque entre dos niños de quince año solo podían hacerse bromas sutiles acerca de lo sexual, ella le sacó el tema de que él tenía novia. Elizabeth vio claramente como la mirada de Meliodas antes llena de un brillo alegre y burlón se apagó para mostrar una sutil, pero visible mirada de rencor y apatía.


“—¿Cómo sabes de ella?”

—Le había preguntado él, y la forma por la que pronunció la palabra «

ella

» no fue la forma en que un chico enamorado hablaría de su novia, sonaba más bien como un hombre casado por compromiso hablando de la esposa a la que no ama (Que en realidad, es algo bastante parecido a lo que es hoy en día, jeje).


“—

Diane me habló de ella

.”


“—

Oh, así que estuvieron hablando de mi

” —Quizo hablar con un tono de broma, y Elizabeth incluso sabiendo que apenas tenían una semana de conocerse ya sabía que lo que quería realmente era cambiar de conversación, porque al parecer, el tema de su novia no era su favorito

“—. ¿Debería sentirme halagado por eso o asustarme de que una chica a la cuál apenas conozco ya pregunte sobre mi?”


Elizabeth giró los ojos.


“—

Ya, en serio. ¿Por qué no me habías hablado de ella? Llevas toda la semana insinuando que me vas a llevar a tú cama y ahora resulta que tienes novia, ¿No te parece que eso está mal?”

—Elizabeth notó que después de decir eso Meliodas giró los ojos y suspiró cansado. Pero no es hasta hoy día que se dio cuenta de que en realidad en aquel momento él lo único que quería era seguir bromeando con ella y fingir que Liz no existía.


“—

No es cómo si yo de verdad la quisiera. Estoy con ella por puro compromiso, mi padre me ha estado obligando desde que cumplí los quince a buscar novia, dice que ya tengo edad y que sería bueno para mi imagen y la de su empresa que su hijo mayor durara varios años de noviazgo con una chica antes de casarse con ella y heredar. Y cuando vio que yo no conseguía novia él mismo me presentó a Liz, la hija de un socio muy importante suyo. Lo hizo ver cómo si yo tuviera elección, pero la verdad es que no. Sé que yo le gusto aunque sea un poco a ella, pero ella a mi no.”


Después de eso estuvieron un buen rato hablando con confianza sobre todas las cosas que Meliodas tenía y no tenía que hacer por el bien de la imagen de su familia y de la empresa de su padre. Hablaron sobre lo explotado que se sentia y sobre que casi no podia llevar una vida normal y tenia que guardar apariencias y no mostrar su verdadera personalidad (La que usaba con ella). Ellie lo comprendió y le dio su apoyo, le dijo que podía desahogarse con ella, nunca lo juzgaría y siempre lo apoyaría, pero sobre todo, nunca cambiaría su forma de ser con él después de todo.

Eso fue lo que a él más le gustó.


Elizabeth en aquel momento no se dio cuenta del brillo en los ojos de Meliodas, hoy día ella se da cuenta de que en aquel momento Meliodas estaba comenzando a sentir algo por ella, y que si Elizabeth hubiera tomado iniciativa y hubiese intentado tomar el lugar de Liz cuando aún había tiempo y el padre de Meliodas lo hubiera aceptado, entonces hoy día ella sería su esposa y no su

amante

.


Pero ella se obliga a no pensar en eso, porque duele.


Así cómo en aquel entonces (Precisamente ese día que Meliodas le contó todo eso) se negaba a creer que en el momento en el que Meliodas le habló sobre su noviazgo, ella deseo secretamente (Tanto que ni ella misma hasta muchos años después se dio cuenta) haber llegado antes que Liz y estar en su lugar.


(...)


Sentía que había fracasado. Claro que lo había hecho.


Cuando Meliodas y Elizabeth, de diecisiete años, se habían acostado en aquel cumpleaños de Diane en su casa después de irse de la fiesta, en secreto Elizabeth se había prometido que no iba a enamorarse de Meliodas (Él y Liz ya tenían dos años de noviazgo). Al principio había sido muy fácil, según ella, simplemente se acostaban, descansaban y después cada uno se iba por su lado. Sin palabras dulces, sin abrazos, sin dormir juntos, sin caricias suaves y tiernas, sin ningún tipo de afecto que pudiera cambiar eso que tenían.


Sin embargo, Elizabeth nunca contó con que la principal razón para que ellos se acostaran en aquella fiesta no fue la tensión sexual que tenían desde años atrás, sino los sentimientos que ambos habían tenido desde el primer momento en que se conocieron.


No fue sino hasta que Elizabeth cumplió veintitrés años, después de que él le regalara aquel collar del que ella se había enamorado meses atrás, que ella tras mirarlo dormir toda la noche y sentir por primera vez que estaba donde quería estar, que ella se dio cuenta de que estaba total y completamente

enamorada

de Meliodas. Quiso llorar porque sabía que lo de ellos no podía ser porque seguramente él no sentía lo mismo y porque tenía una esposa que si llegaba a dejar su padre lo iba a matar, y Elizabeth no está dispuesta a poner patas arriba el mundo de Meliodas.


Al principio ella intentó que esos sentimientos desaparecieran (¿Cómo carajos te deshaces de un sentimiento que llevas siete años sintiendo?), sin embargo, no podía, era imposible, así que se resigno a estar secretamente enamorada de Meliodas y soportarlo hasta la muerte, ya eso no le podía doler más. Eso pensó hasta que ahora que ambos tienen veintiséis, siete meses atrás se enteraron de que Liz, su perfecta esposa, está

embarazada

. Entonces a Elizabeth le dolió en el alma saber que el amor de su vida ya hasta estaba formando una familia con alguien más.


—¿En qué piensas, Ellie?


«

En ti

.» Pensó ella «

Siempre en ti, Meliodas.

»


—Uh, nada importante, solo que ya llevamos once años de conocernos y nunca me has presentado a tú esposa, pudiste hacerlo cuando eramos sólo amigos y ella solo tú novia.


Meliodas hizo una mueca y dejó de jugar con mechones sueltos del cabello de ella con el que llevaba rato jugando.


—Bueno... No te la presente al principio porque realmente no veía un futuro a su lado, te juró que intenté ser el peor novio del mundo para que ella decidiera dejarme por voluntad propia —Él soltó una risa amarga—. Pero supongo que papá les pagaba lo suficientemente bien para que no me dejara, ya sabes, él estaba obsesionado con que tuviera una novia...


—¿Y porque no lo hiciste después?


—Yo...


«

Porque estaba enamorado de ti

.» Pensó él «

Y en verdad esperaba que me dieras la más mínima señal de sentir lo mismo que yo para dejarla y elegirte a ti...

»


—No lo sé —Respodió, sin embargo.


—Supongo que es estúpido preguntarte porque no me la presentas ahora —Rió ella sin gracia alguna—, la respuesta es tan obvia...


—Si...


Ambos se quedaron en silencio un rato. Elizabeth podía sentir los latidos del corazón de Meliodas, amaba esa sensación, y deseaba con todo su ser poder ser la única que los escuchara, pero su lado masoquista solo le recuerda que seguramente ya Liz habrá estado de esa manera más veces que ella, y eso

duele

. Elizabeth suspira y se levanta del pecho desnudo de Meliodas hasta que queda cara a cara con él. Su cabello cae a los lados de su cara una cortina y Meliodas puede jurar que parece una obra de arte, y que quisiera tener esa vista cada mañana.


—¿Te vas a quedar ésta noche? —Susurró ella, él hizo una mueca y entonces Elizabeth ya sabía la respuesta—. Dejame llevarte entonces.


Meliodas asintió, tomo el rostro de ella entre sus manos y la beso. Ese que se supondría sería un simple beso se alargó hasta que ambos se quedaron sin aliento, se miraron a los ojos, a ambos les brillaban, y volvieron a besarse ésta vez con más pasión. Sus manos encontraron el cuerpo del otro mutuamente, él le tocaba con suavidad y deseo los pechos, mientras ella iba bajando las manos cada vez más hasta llegar a su pene, el cual comenzó a tocar con lentitud, sintiendo poco a poco cómo éste comenzaba a despertar bajo su mano.


—Ahg, Elizabeth... —Gimió él cuando se separaron del beso y ella comenzó a bajar sus besos.


Dejó chupetones ligeros en su pecho y un rastro de saliva en sus abdominales. Terminó de bajar bajo la atenta y sonrojada mirada de Meliodas, y dio un beso a la punta del miembro del rubio. Le dio dos lentas lamidas a lo largo terminando la última con una ligera mordida en la punta que lo hizo gemir y echar la cabeza hacia atrás. Comenzó a chupar y besar mientras le masajeaba las bolas, abrió la boca y metió solo una pequeña parte del miembro en su boca y chupo mientras lo sacaba. Meliodas estaba ya completamente duro.


Elizabeth siguió besando, chupando y masajeando hasta que sus gemidos ya eran lo suficientemente altos para saber que estaba por correrse, y no, ella no quería que él se corriera, no en su boca (Al menos no hoy) ni en sus manos, así que paró dejándolo insatisfecho. Se colocó encima de él y con el miembro en su mano dirigió la punta a la entrada y miró a Meliodas a los ojos.


—Dime que quieres estar dentro de mi. Dime que me necesitas ésta noche.


«

Nena, siempre te necesito...

»


—Te necesito, Ellie... Necesito que estar dentro de ti, lo deseo, lo quiero, lo anhelo.


Ella sonrió de lado y comenzó a entrar lentamente hasta tenerlo todo adentro. Pegaron sus frente y al estar tan cerca sus respiraciones se mezclaron, estaban sonrojados y sus corazones acelerados.


—Diosas Elizabeth, eres tan... Perfecta. Me encantas demasiado...


Elizabeth quiere decirle que lo ama, en momentos como esos anhela decírselo, pero sabe que no puede, así que se separa bruscamente y comienza a moverse encima de él. El cuarto se llena de los gemidos de ambos y el sonido de sus cuerpos chocando. Elizabeth agradece que el placer no la deje pensar bien, porque sino en éste momento solo estaría pensado en que debería tratarlo mejor, no mentirle ni evadirlo, porque él no quiere a una mentirosa.


(...)


Una de las cosas que a Elizabeth más le ha dolido es tener que aceptar que Liz le da a Meliodas todo lo que ella no puede darle;


Una vida normal para un hombre de negocios.


Dinero.


Un hogar estable.


El respeto y orgullo de su padre.


Amor.


Y ahora, una

familia

.


Porque Elizabeth sabe que aunque Meliodas no lo acepte él, mínimamente, siente algo real por Liz. Amor, tal vez. Y ella sabe que la pelirroja al final término totalmente enamorada del rubio; Así que al menos ella le puede dar lo que Elizabeth no: Un amor estable y correspondido. Y por mucho que Elizabeth pueda darle amor y cariño a Meliodas, ¿Sería correspondido?, ¿Sería, aunque fuera un poco, estable? Porque todo entre ellos dos era un caos inestable.


Y aunque Elizabeth ansiara con toda su alma darle una familia a Meliodas, él necesitaba descendencia lo más pronto posible y Elizabeth, a pesar de todo, aún no está lista para ser madre. Liz sí. Eso es otra cosa que ella le puede dar a Meliodas que la peliplateada no.

Una familia.

Por algo estaba embarazada, ¿No?


Por mucho que le lastimara, Elizabeth era consciente de que desde que Meliodas se casó con Liz tenía todo: Tenía un excelente trabajo, iba al mando de la empresa de su padre y cada día ganaban más dinero que el anterior, se había comprado una grandiosa casa en un buen vecindario, sus amigos eran los mismo, tenía la aprobación de sus padres, tenía una esposa hermosa que le daría un hijo y una amante que lo único que podía hacer por él era llevarlo a casa. Esa era otra razón para no decirle lo que sentía ni hacerlo elegir.


Porque a pesar de todo eso Elizabeth sabia que a veces él se sentía

miserable

con esa vida.


Meliodas era un alma libre, alguien que amaba las aventuras, despertar con la sensación de que se venía una nueva aventura, vivir su vida al límite, disfrutar de un buen paisaje y una buena comida con una buena cerveza, le gustaba correr cada mañana en un lugar nuevo, conocer cosas nuevas y descubrir la historia de cada viejo lugar. Él era un libro abierto, de fantasía y aventura con un toque de romance.


Y en esa vida que tenia todo era tan monótono y aburrido... Pero lo tenía todo en esa vida. Con Liz lo tenía todo. Eso se decía Elizabeth para no salir corriendo a decirle que lo amaba. Porque ella sabe y es consciente de que Meliodas la escogería mil veces a ella antes que a Liz con tal de salir de esa vida tan aburrida, pero eso podría arruinarlo para siempre, y aunque él estuviera dispuesto a aceptar eso, ella no lo estaba. Porque (vuelvo y repito) con Liz él lo tiene todo.


Y Elizabeth...


La verdad ahora, era que sin él, ella ya no tenía nada.


(...)


—¿Alguna vez te has preguntado por qué las personas mienten?

” —Le preguntó él hacia solo una par de semanas atrás. Elizabeth, quien se encontraba ocupada editando un par de fotografías paró para meditar, luego mirarlo y responder:


—No lo sé. Creo que... Todos tenemos al menos una cosa que necesitamos ocultar y no podemos dejar que salga a la luz. Todos, incluso tú, tenemos secretos y para ocultarlos necesitamos mentir. Siempre hay una razón para mentir, no todos lo hacen porque si. Algunos queremos ocultar algo, otros sienten que si dicen la verdad no encajaran o que sé. Entonces... Tal vez, las personas tienen secretos porque tienen cosas que ocultar, cómo el estar enamorados de alguien, y no pueden dejar que salgan a la luz, por ejemplo.


Esa había sido una pequeña indirecta que ella, muy en el fondo, deseaba que él captara. Sin embargo, Meliodas sólo meditó por varios segundos hasta volver a mirarla.


“—¿Tú tienes un secreto que no puedas decirle a nadie, ni a mi?”


“—Naturalmente. Existe al menos una cosa en este mundo, un secreto, un recuerdo vergonzoso o algo, que no le podamos contar a nadie y mentimos para que no salga a la luz. Yo tengo uno, por supuesto. Y estoy segura de que también tienes uno, ¿O me equivoco?”

—Se explicó, con el corazón a mil, sabiendo que su más grande secreto era la forma en que su corazón se aceleraba a su lado.


Meliodas pensó casi lo mismo, que su más grande secreto y por el que tenía que mentir cada mañana era que no se sentía ni feliz ni satisfecho y mucho menos orgulloso de la vida que estaba viviendo. Porque la vida perfecta que llevaba simplemente no lograba hacerlo feliz, ¿Era esa realmente la vida que por mucho tiempo había soñado para él? Dudaba de eso. Y porque Meliodas quería a Liz y a Elizabeth con la misma intensidad, o eso era lo que él creía, ¿Había desarrollado sentimientos reales por su amante más fuertes que por su esposa? No lo sabía, pero estaba dispuesto a descubrirlo.


(...)


Elizabeth era masoquista, eso lo supo al momento de ver a Meliodas comer un helado felizmente junto a su esposa, quien por cierto ya tenía una muy notoria barriga.


Simplemente se quedó allí mirándolos en silencio, le dolía mirarlos tan felices como la dulce pareja que eran, pero aún así no se apartaba de allí. Tal vez era por que anhelaba ser ella la que lo hiciera reír de esa forma y le llenara la nariz de helado o porque le dolía saber que nunca lo había visto reír así con ella y que quizás nunca lo haría. Con sutileza sacó su cámara y les sacó una fotografía cuando se dieron un beso tan tierno que pudo sentir su corazón gritar de envidia y dolor.


Tenía que salir de allí.


Sabia que debía hacerlo.


Entonces...

¿Por qué no lo hacia?


No reaccionó sino hasta que una mano se posó en su hombro sobresaltandola y al voltear se encontró con una chica joven y un poco más baja que ella con el uniforme de la tienda en la que estaba hace unos segundos.


—Disculpe... Pero, está obstaculizando la entrada, ¿Podría moverse, por favor?


—Oh... si... disculpe —Su labio inferior temblaba al hablar y fue cuando se dio cuenta de que estaba reteniendo las lágrimas.


Comenzó a caminar lentamente mirando el suelo, pero su curiosidad fue más fuerte y volvió a dirigir la mirada hacia donde estaba la pareja. Comenzaban a alejarse en sentido contrario agarrados de la mano. Elizabeth casi huyó del lugar directo a su hogar para descansar un poco, le hacia realmente falta. Lo único que quería en ese momento era llegar y tirarse en el suelo y llorar hasta más no poder, y al cruzar las puertas de su departamento eso fue exactamente lo que hizo. Cayó de rodillas al mismo tiempo que sus lágrimas.


¿Por qué?


¿Por qué la vida tenía que ser tan dura con ella?


¿Cual era la necesidad de hacerla sufrir de tal forma?


La carga de amar a una persona que no la amaba de misma forma cada día era más grande, y Elizabeth ya no la soportaba.


(...)


El timbre sonó cuando estaba depilandose las piernas en la bañera, pero Elizabeth estaba en un momento donde lo único que quería era relajarse y sacar todo el estrés que tenía acumulado del trabajo, de su familia, de sus vecinos, de sus sentimientos no correspondidos y del insoportable de Estarrosa que no paraba de acosarla pidiéndole una oportunidad, cuando Elizabeth no estaba preparada para una relación, al menos no con él, nunca con él. Así que el timbre sonó cinco veces más y ella prosiguió en su trabajo de dejar lisas y suaves sus piernas.


Hasta que la música de su teléfono se vio interrumpida por una llamada entrante y tuvo que contestar de mal humor sin llegar a ver quién era.


—¿Quién es y qué quieres?


Quiero que me habrás la puerta, por favor.


Al instante en que Elizabeth escuchó la voz de Meliodas al otro lado de la línea sintió su corazón latir con fuerza y se arrepintió de hablarle de tal manera.


—Dame diez minutos y voy.


.


.


.


Fueron veinte minutos los que tardo Elizabeth en terminar de depilarse, bañarse y vestirse, mientras Meliodas afuera se moría de frío en el pasillo, pues una peligrosa lluvia fría lo había empapado en el camino.


Fue todo un alivio para él cuando pudo entrar a la cálida comodidad del departamento. Se quitó los zapatos mojados para colocarlos en la entrada, también se deshizo del saco que estaba humedo y aflojó su corbata para poder relajarse al fin.


—Creo que esos fueron los diez minutos más largos de mi vida.


—Bueno, yo recuerdo claramente cuando me dijiste que ésta semana ibas a estar muy ocupado para vernos, así que yo no te pedí venir a estas horas y con ese tiempo tan bonito.


—Da igual, ten —Sus mejillas se encendieron al ver cómo Meliodas sacaba un pequeño ramo de flores un poco aplastado de su maletin. Eran unas rosas, de esas que son una combinación de blanco manchadas con un rosa claro.

Sus favoritas

. Las tomó en sus manos y no pudo evitar sonreir—. Ahora, con tu permiso iré a darme una ducha en tu baño.


Elizabeth lo vio irse por el pasillo mientras se pasaba la mano por el cabello mojado y pudo jurar que ese hombre desde cualquier ángulo era extremadamente sexy. Joder, si que lo era. Sin darse cuenta se mordía el labio aún viendo por donde se había ido Meliodas, con la sucia idea de ir detrás de él, sin embargo pronto la desechó. Se fijó otra vez en las flores en sus manos y sonrió nuevamente con un poco de emoción, porque pese a que estaban mojadas y algo aplastadas las amaba, y la forma en que latía su corazón lo confirmaba.


Elizabeth sacudió su cabeza en cuanto se dió cuenta de que ya llevaba rato viendo las flores con una sonrisa boba, eso estaba mal, por muy lindo que fuera el gesto él no era para ella, así que puso las rosas en agua y fue hasta la cocina para hacer la cena.


Se obligó a mantenerse ocupada en picar las cosas para la cena, luego en comer y responder cuando él le hablaba sin intentar pensar ni un segundo en lo sexy que se veía cuando se pasaba la lengua por los labios para quitarse la comida de allí, sin embargo fue débil cuando quisieron ver una película y él le acariciaba suave y lentamente la pierna llegando cada vez un poco más arriba. Entonces, cómo casi siempre, terminaron en su habitación teniendo sexo cómo si llevaran años sin tocarse de esa forma.


Mientras Elizabeth subía y bajaba sus caderas contra las de él provocando un sonido adictivo a sus oídos y la cama sonaba como si estuviera por romperse, ella no pudo evitar pensar en que eso estaba mal, de todas las formas posibles.


Porque él era un hombre casado y ella se había fallado a si misma siendo la otra mujer por más de nueve años.


Porque eso era ella...

La otra mujer.


Por mucho que le costara admitirlo se había convertido en el tipo de mujer que ella solía odiar, porque nunca le gustó la idea de que una mujer aceptara ser la amante de un hombre casado, pero allí estaba ella saltando muy gustosa sobre un hombre que la acariciaba lentamente aunque en uno de sus dedos había un anillo con un significado muy especial, y a parte, no era solo eso sino que en unos meses sería un hombre de familia, un

padre

.


Dejó de pensar unos segundos cuando sintió el orgasmo de ambos llegar al mismo tiempo y echó la cabeza hacia atrás del placer. Luego de ello él salió de ella y Elizabeth cayó en su pecho con las mejillas sonrosadas y el corazón agitado. El de él también lo estaba.


Tal vez Elizabeth debería de dejar de echarse toda la culpa de la situación a si misma, a fin de cuentas Meliodas también era un poco culpable, porque aún estando casado iba a verla cada que podía y aunque hubieron momentos en que el engaño a su esposa le afecto, allí seguía con elizabeth, pero ella aún así no puede culparlo. Meliodas lo ha dado todo por su esposa, le da todo lo que ella pide y nunca le ha gritado ni golpeado, y siempre que ella se molestaba el buscaba una solución cuánto antes, a veces así era con ella también, no dejaba que Elizabeth pasará tanto tiempo molesta con él y siempre que podía le daba cualquier detalle.


Cómo las rosas de ese día.


Si. Él también tenía algo de culpa, pero nunca tanto cómo ella.


Porque Elizabeth no lo merecía. No después de todas las cosas que ha llegado a hacer.


Las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos, pero detuvo sus pensamientos porque no debía llorar en ese momento y porque él habló.


—Deberia de irme.


Ella levantó la cabeza en ese momento y lo vió, tenía la mirada cansada.


—¿Por qué? Aún está temprano.


—Lo sé, pero... Tal vez hoy deba llegar más temprano a casa.


Elizabeth quiso rogarle que se quedará con ella esa noche, pero ya sabía cómo terminaría eso. Así que sonrió con un poco de nostalgia y pasó sus dedo índice por su pecho lentamente.


—Vale, sólo... Quédate un minuto más, ¿Si? Prometo hacer que valga la pena.


—Elizabeth...


—Luego te llevaré yo misma hasta tú casa.


(...)


Su corazón latía frenéticamente, pero no se sentía bien, no era cómo cuando tenían sexo y él le decía cosas al oído o cómo cuando le sonreía y le demostraba que la conocía perfectamente regalandole el más mínimo detalle que demostraba que la había escuchado cuando ella habló sobre eso, no, su corazón latía de miedo, de

desesperación

. Lo que ella más había temido estaba comenzando a suceder. Estaban esparciendo el rumor de que Meliodas tenía una amante, le habían sacado una foto entrando al edificio dónde Elizabeth vivía. Ya había salido en los periódicos y redes sociales.


Y claro, nadie podía saber que era Elizabeth, no, no mientras en ese edificio vivían miles de personas. A parte de que los medios sociales no tenían ni la menor idea de quién era ella, ni sabían que era parte del círculo de amigos de él. No, Elizabeth solo era una fotógrafa más del montón, ganaba bien y era recomendada, pero no era famosa, no cómo Meliodas, que era un un empresario reconocido. Oh, él si que tenía la situación jodida y eso la hacía sentir mal.


Al menos nadie sabría que era ella... Bueno, nadie que no fueran sus

amigos

. Porque allí, frente a ella, de brazos cruzados se encontraban Diane y Elaine, sus dos mejores amigas, y la foto de Meliodas en los teléfonos de cada una.


—¿Desde cuándo? —Preguntó Diane, lenta y peligrosamente.


Elizabeth se sentía humillada.


—Desde tu cumpleaños...


—¡¿Desde hace seis meses?!


—... Tu cumpleaños número 17


—¡¿Desde hace nueve años?!


Ambas habían gritado eso juntas, a Diane incluso se le cayó el teléfono de impresión. Elizabeth pudo sentir la culpa de no habérselos contado nunca en ese preciso momento, porque en los ojos de Elaine se veía la decepción y en los de Diane la tristeza. Esas eran la consecuencias de ser una mentirosa, ella lo sabía.


—Ellie, ¿Por qué nunca nos lo contaste? —Elaine no sonaba enojada, parecía dolida, tal vez porque una de sus mejores amigas desde la adolescencia no le contó nunca que llevaba años siendo la amante de su mejor amigo.


—Me daba miedo lo que fueran a pensar de mi por ser la amante de un hombre que tenía novia.


El corazón de las dos amigas se estrujo al escucharla decir eso, ¿De verdad pensó que la iban a juzgar?


—Eres nuestra amiga, jamás íbamos a pensar algo malo de ti, Elizabeth.


—Lo sé, pero... Es solo que...


No pudo terminar de decirlo, se estaba derrumbando, tenía miedo y las lágrimas comenzaron a salir. Ambas la abrazaron y le permitieron llorar en sus hombros por un rato. Luego de eso Elizabeth les explicó todo detalladamente, incluido sus sentimientos actuales y sus dilemas, ellas la escucharon con atención, le dieron su apoyo y algunos consejos, le dijeron que no tenía que guardarse todo eso para si misma más, porque ambas estarían allí para escucharla cada qué se fuera a derrumbar. Elizabeth sabía que no siempre iba a tener el valor para contarles las cosas, pero saber que tenía su apoyo y no la juzgaban era más que suficiente para ella.


Esa noche Meliodas no fue aunque días atrás le había dicho que iría, pero era obvio, con sus problemas actuales no podía correr el riesgo de aparecer por allí otra vez.


Elizabeth por un momento pensó que todo se había acabado, que él ya no la visitaría más y cortaría todos los lazos con ella, por lo que cuando tres noches después él se apareció allí a media noche ella se sorprendió mucho. Ambos se sentaron a hablar de ese tema, Elizabeth tenía curiosidad sobre cómo él estaba sobrellevandolo.


—Normal, supongo. Convencí a los medios y a Liz de que aquí vive uno de mis amigos, que esa noche él me invito a beber unos tragos y ver el partido, y todos lo creyeron.


—¿Y tú padre? No creo que él se haya tragado eso.


—Oh, para nada, él está furioso, dice que soy un mal agradecido. Ahora sabe que tengo una amante, pero no sabe quién es y le molesta que yo lo niegue tanto, pero me conoce y sabe que todo lo que dije en aquella reunión con los medios fue mentira. Al parecer solo espera que corte relación contigo y me comprometa a la empresa y mi

“futura familia”.


Si Elizabeth no hubiera estado viendo al piso y hubiese mirado la cara de Meliodas habría visto como el rodó los ojos ante la mención de su familia. Así sabría que él no estaba feliz con eso.


—¿Y tú que piensas hacer? —Preguntó en voz baja, con miedo a la respuesta.


—Le diré a Liz que tengo que quedarme hasta tarde jueves y viernes, y entonces vendré a verte. No será lo mismo que antes que venía cada que quería, pero no puedo dejar de verte así como si nada.


Una parte de ella se alegro cuando dijo eso, pero a la “

racional

” le preocupaba.


—Pero... ¿Y si tú papá tiene razón?


—¿Disculpa?


—Estás a punto de tener una familia, ¿No deberíamos ya dejar ésto? Por el bien de tu familia y tu empresa... —Quemaba, decir eso le había quemado demasiado.


—Elizabeth, sabes... —Meliodas quiso decirle todo, que no era feliz con esa vida, que nunca lo sería, que necesitaba un método de escape de ella y ese método había sido Elizabeth, quiso decirle lo mucho que desearía regresar el tiempo y haber hecho lo que realmente quería con sus vida, porque odiaba esta. Si, quería a su esposa y la idea de ser padre le era muy bonita, ¿pero era así como quería eso? ¿Era ésta la vida que había deseado? No. Estar con Elizabeth aunque fuera por unos segundos era lo más cercano a la vida que anhelaba. Pero no podía decir eso—... Sabes que no me interesa nada de eso, solo quiero...


Elizabeth no quería que él termina esa frase, no quería tener ni una pizca de esperanza, así que le puso un dedo en sus labios y tomó su mano para levantarlo del sofá y llevarlo por el pasillo.


—Está bien, ven, estamos muy estresados, no hay por que hablar de eso. Vamos a sacar todo este estrés en el cuarto.


A penas pusieron un pie allí comenzaron a besarse, ella lo tomaba del traje y él de la cintura, cayeron a la cama, él encima de ella, pero sin dejar de darse besos. Solo pararon por un segundo para tomar aire y luego seguir, más profundo, con más intensidad, con más...

Amor

. Él tomó sus piernas y pasó sus manos lentamente por allí hasta llegar al borde de sus shorts de pijama, siguió subiendo hasta apretar su trasero y sacarle un gemido qué la hizo abrir la boca para que él pudiera meter su lengua. Allí se descontroló todo, en cuanto se encontraron el uno al otro se subió la intensidad.


Meliodas comenzó a frotarse contra su entrepierna, él estaba comenzando a ponerse duro y ella ya se estaba comenzando a mojar.


Elizabeth le había quitado ya la corbata y el saco, ahora desabrochaba los botones de la camisa lentamente para disfrutar tocando su pecho desnudo lo más que podía. Amaba la suave piel qué poseía Meliodas, su fuerte pecho y abdominales marcados más esa pequeña cintura, todo en él era perfecto, ese hombre bien pudo haber sido modelo. En cuanto él pasó a besar su cuello y clavícula ella aprovecho para pasar sus manos a su ancha espalda por debajo de la camisa qué aún no se quitaba. Esa noche ella iba tocar el cielo, lo supo cuando él le dio vuelta de repente y la hizo subir el trasero para bajarle las bragas.


Sintió su lengua allí e inevitablemente abrió un poco más las piernas para darle mejor acceso. Él le apretaba el trasero a la vez que introducia su lengua en la vagina mojada de Elizabeth, mientras ella apretaba las sábanas y gemía su nombre.


Elizabeth pensó entonces que solo quería poder decir su nombre así todos los días, todas las noches. Dos días a la semana no eran suficientes,

nunca lo serían.


(...)


Elizabeth había estado pensando mucho, le dolía demasiado la situación, y aunque Meliodas odiaba su vida, ella sabía que era lo mejor para él, sabía que esa era la vida que él debía vivir, aunque fuera sin ella. Él lo tenía todo, y ella no tenía nada que ofrecerle. Liz era la indicada para él, por mucho que le doliera. Así que había tomado la decisión final.


No sabia cómo, pero debía alejarse, ella solo iba a dañar su vida si seguía a su lado. Le iba doler más de lo que le había dolido nunca cualquier cosa, pero era por el bien de él y su vida perfecta. Pero antes, se iba a despedir una última vez de él y de todo lo que tuvieron todos esos años, fueron once hermosos años conociéndolo y estando a su lado, era la mejor parte de su vida, pero ya era hora de decirle adiós, por que no estaban llegando a ningún lado y aunque en su corazón deseaba poder llegar a algún lado junto a él, su mente sabía que no era lo correcto, jamás lo sería. No en esa vida. Tal vez existía otra vida donde si pudieran estar felices juntos, donde él la amara así como ella lo ama a él.


Tal vez.


Las lágrimas caían pr las mejillas de Elizabeth pensando en ello, porque joder, lo amaba, estaba enamorada y no poder estar con él la estaba matando. Si la situación hubiera sido aunque sea un poco diferente ella habría podido decirle todo lo que sentía, lo habrían hablado y tal vez algo hubiera pasado... Pero no lo sabría y eso le dolía.


Arrepentimiento

. Ese sentimiento no salía de su pecho.


Se arrepentía de conocerlo y haberse enamorado.


Se arrepentía de no haber aceptado sus sentimientos desde un inicio.


Se arrepentía de no haberle dicho lo que sentía antes de que todo eso se volviera lo que era.


Se arrepentía no intentar ni siquiera un poco hacer algo para ella ser la que llevase su apellido y su bebé.


Se arrepentía de no haberlo inspirado a desafiar a su padre y vivir la vida que él quería.


Se arrepentía de todo lo que pudo haber hecho para estar juntos y no hizo.


Porque ella debió haber luchado al menos.


Allí, en el piso frío de la sala de su departamento, Elizabeth se abrazó a sí misma para darse un poco de consuelo. Le costaba hablar del tema con sus amigas, así que no les había dicho sobre esa decisión. Entonces, ella estaba sola, otra vez era Elizabeth luchando contra lo que sentía su corazón qué era correcto (estar con Meliodas) y lo que su mente le decía que era sensato (alejarse de él). ¿Qué estaba bien y qué estaba mal? No lo podía saber, pero tuvo elegir la opción que se veía más razonable y no la que la hiciera feliz.


Con el corazón en las manos, Elizabeth se obligó a creer que estaba haciendo lo correcto.


Pero antes de irse, ella debía ser quien lo llevara a casa una vez más. Antes de irse de su vida para siempre, ella lo llevaría a ver las estrellas con ella.

Lo haría sentir como en casa.


(...)


Los gemidos de Elizabeth llenaban la habitación mientras Meliodas chupaba y lamia sus pechos, amaba la atención que él les daba, la forma en que su lengua caliente pasaba por sus pezones para que después los jalara con los dientes se sentía bien, demasiado bien. A la vez, con una de sus manos masajeaba y jalaba el otro pecho, y la otra se aferraba a ella en su cintura.


Elizabeth se aferraba a las sábanas con una de sus manos y la otra tenía sus uñas clavadas en el hombro de Meliodas, lo que estaba sintiendo era demasiado. No llevaban mucho de haber empezado y ella ya deseaba que nunca terminara, que esa tarde fuera eterna.


Porque ese día Meliodas había ido temprano, ya que en la noche debía cenar con Liz y su padre.


Para su suerte, él bajo su mano de su cintura justo en ese momento y comenzó a frotar un dedo justo en el punto sencible de su intimidad por encima de sus bragas, y la sensación era tan placentera que ya no pudo pensar en nada más. «

Ah, mierda, allí, justo allí, por favor.

» Pensó, deseando que él pudiera leerle la mente porque ella no se veía capaz de articular ninguna palabra más que jadear y gemir para él, lo cual era música para los oídos de Meliodas, no había nada que amara más que la voz de Elizabeth, sobre todo en esas situaciones.


—Mel... Ah...


La boca de Meliodas comenzó a bajar a su abdomen, lo bien que se sentían esos besos era indescriptible.


—Más, más... Ahh, ah.


Ella espero que él terminara de bajar, pero no lo hizo, en cambio volvió a subir a su boca y la besó con intensidad introduciendo su lengua a su boca y su dedo por debajo de sus bragas dentro de su vagina al mismo tiempo, eso la descolocó completamente.


Su dedo salía y entraba lentamente mientras su boca la comía con desesperación, Elizabeth necesitaba que el usara esa misma desesperación allí abajo, intentó decírselo clavando sus uñas en su espalda. Meliodas recibió el mensaje, pero en realidad amaba sentir sus uñas clavandose en su piel y lo necesitada qué ella estaba de él, no solo por eso, sino también por lo mojada que estaba.

Por él.

Ella estaba mojada solo por él y ese pensamiento le encantaba. Le hacía sentir que ella era suya y él de ella, aunque estuviera casado.


Porque la verdad es que Meliodas en todos sus años de casado lo había hecho con Liz solo seis veces y tres de ella solo fueron para intentar embarazarla como quería su padre que lo hiciera.


Porque

nadie

se comparaba con Elizabeth.


Porque solo ella lo satisfaccia.


Porque realmente no se sentía cómodo haciéndolo con Liz y Elizabeth a la vez. Así que eligió hacerlo solo Ellie.


Porque con Liz no se sentía ni la mitad de bien.


Porque solo la embarazo para cumplir con los caprichos de sus padres.


Porque él en realidad aun no se sentía listo para ser padre, lo amaría, si, pero no estaba preparado. Aunque si fuera con Elizabeth,

tal vez...


Metió otro dedo y aumentó la velocidad un poco más para concentrarse mejor en lo apretada y caliente que era Elizabeth, porque los años no le hacían justicia, parecía la misma joven que conoció y apretaba tan bien como cuando aún era virgen. Dejó su boca para volver a escuchar sus gemidos, que le hacían sentir como en el cielo, y volvió a besar su cuello. La tentación le ganó esta vez y dejó un par de chupetones, nunca lo hacía, tal vez a ella molestaría, pero no pudo resistir. Elizabeth siempre le dejaba chupetones y rasguños, a él no le molestaba, igual ella era la única que lo veía sin camisa, Liz casi nunca lo veía de esa forma, ella era muy indiferente a él.


Meliodas besó en el punto justo donde podía sentir los latidos de su corazón, estaba acelerado, ella siempre tenía el corazón acelerado en esos momentos, a él también se le aceleraba con ella, no sabía si Elizabeth se daba cuenta, pero deseaba que si, que supiera que era por ella,

solo por ella.


—Uh, ¿Ya te vienes? ¿Tan pronto? —Dijo, cuando la sintió apretar más y supo que Elizabeth ya estaba en su punto límite. La miró a los ojos, podía ver el deseo en ellos— No, lo siento, Ellie, pero aún no quiero que te vengas.


Sacó sus dedos y Elizabeth sintió la impotencia de su orgasmo interrumpido. Él rió y le dejó un beso en los labios antes de levantarse los suficiente para levantarse lo suficiente para quitarle las bragas.


—Mira, Elizabeth, has mojado tus panties, ¿No te han enseñado que las niñas grandes no deben mojarse así en su ropa interior?


—¿Y... A ti no te han enseñado... Que está mal dejar los trabajos a... medias? —La forma lenta en que ella pronunciaba las palabras intentando respirar bien más esa mirada que lo estaba provocando ponían a Meliodas más duro de lo que estaba. Ya andaba ansioso de estar dentro de ella, su pene se lo rogaba, la necesitaba, pero aún quería jugar un poco más.


—Tienes razón, pero sabes que nunca termino las tareas en la casa hasta después de jugar un poco.


Meliodas se quitó el pantalón y el bóxer dejando ver su erección, entonces Elizabeth pensó, ignorando lo que él dijo, que al fin entraría en ella y le abrió las piernas esperándolo. Él se acomodó entre sus piernas para empezar a restregarse contra ella llenándo su miembro de sus fluidos y escuchándola gemir en su oído a la vez que él va subiendo con pequeños picos por su cuello, mentón y mejillas, hasta llegar a su boca, pero no la beso, juntó su frente a la de ella para poder mirarla a los ojos y escuchar su voz al momento.


—Meliodas... Por favor...


—Como desee la princesa.


Paró de restregarse y acomodó la punta en su entrada, entrelazo una de sus manos con de Elizabeth y la otra fue a su cadera, mientras que la mano libre de Elizabeth se clavó en su espalda a espera del momento.


Y de forma lenta finalmente entró.


Inició lento, le gustaba sentir como ella lo tomaba como si estuvieran hechos para estar juntos. Fueron unos cortos segundos en un lento vaivén mientras se acostumbraba a ella, luego fue subiendo la intensidad. La habitación se lleno de los gemidos y jadeos de ambos mientras él aceleraba.


Elizabeth sentía que estaba tocando las estrellas allí junto a él, entre los sonidos de sus cuerpos chocando, los que salían de sus bocas y los de la cama chirriando, ella solo podía estar concentrada en sus ojos verdes mirándola fijamente e intentando transmitirle algo que no podía entender, pero que ya no importaba. Ahí en sus brazos, sintiendo como sus esferas comenzaban a chocar contra su entrada, ella estaba junto a las estrellas, las estaba viendo, del placer las veía, pero ninguna brillaba lo suficiente para quitar toda su atención de él. Quería plasmar la visión de él mirándola así en su mente y nunca olvidarla.


Sin embargo el placer le ganó a Elizabeth y cerró los ojos un momento mientras lágrimas de placer y de dolor (sentimental) bajaban de sus ojos.


Ellos podían follar mil veces y las mil veces se sentirían como la primera vez o mejor. Estaban tan necesitados el uno del otro que nunca se acostumbrarian, siempre se sentía como algo nuevo.


Elizabeth sintió cómo Meliodas le dejaba un dulce beso en la boca como petición para besarla, ella abrió los ojos, vio el deseo en los suyos y entreabrio los labios como respuesta, así que volvieron a besarse con intensidad mientras las embestidas seguían acelerando, no tenían suficiente, pero tan nunca lo tendrían. Elizabeth clavó sus uñas en su hombre y mano por la sensación, y Meliodas le mordió el labio cuando ella apretó sus caderas con sus muslos comenzó a moverlas en su encuentro. Si, cada vez se sentía mejor.


Se vinieron al mismo tiempo y había sido tan satisfactorio para ambos sentirse explotar a la vez que gimieron en sus bocas, Elizabeth clavó aún más sus uñas y Meliodas apretó sus dedos en sus caderas.


Meliodas salió de ella y cayó en su pecho sin aplastarla, Elizabeth con las pocas fuerzas que tenía le comenzó a acariciar el cabello. Ambos tenían la respiración acelerada e intentaban calmarla un poco. Meliodas estaba satisfecho y quería seguir así un rato más, Elizabeth también, necesitaba que ese momento durara más. Se mantuvieron en silencio como casi siempre, porque aveces para ellos estar en silencio era más que suficiente y esta era una de esas veces, aunque Elizabeth tenía muchas cosas por decir, pero ese no era el momento.


Luego de varios minutos Meliodas se levantó para vestirse, Elizabeth se sentó decepcionada de que, como siempre, él tuviera que irse.


—¿Ya debes irte? —Ella quería que él se quedara más tiempo— ¿No puedes quedarte un poco más conmigo?


—No, lo siento, Ellie, mi padre y mis suegros llegarán en una hora y Liz ya debe estar esperándome.


Claro, su esposa y su familia eran prioridad, eso le dolió.


—Está bien, solo... Quédate un minuto más conmigo.


—Elizabeth...


—Prometo hacer que valga la pena. Y te llevaré a

casa

.


No había deseo en su mirada, pero Meliodas sabía a lo que ella se refería, así que le extrañó que se lo pidiera una vez más, sin embargo no dijo nada, se dejó arrastrar con ella a la cama otra vez y volvieron a hacerlo, pero esta vez, más lento.


.


.


.


—Me dejas en la esquina de siempre —Dijo él, viendo por la ventana las calles.


Elizabeth estaba temblando, ¿Sería éste el momento? No lo sabía, pero tenía miedo. No, éste no era. No podía ser. Trago saliva, su corazón no paraba de latir, sentía que saldría en cualquier momento por su boca. No quería, de verdad que no estaba lista para decirle adiós y sus ojos se estaban llenando de lagrimas de solo pensarlo. Miró a Meliodas, él estaba tan tranquilo viendo las calles pasar, tan ajeno a todo, él no sabía nada, en su mente, habrían otros encuentros, porque él no se sentía como ella, él no tenía remordimientos y no sobrepensaba las cosas. Él era tan... ¿Indiferente, tal vez?


Eso la enojó.


A la mierda.


Los momentos perfectos no existen.


Él se iría a su casa perfecta, con su esposa perfecta a ver a su familia perfecta y vivir su vida perfecta, mientras ella volvería a su departamento lleno de tristeza con su corazón rotó y su patética vida.


Eso no era justo.


—Elizabeth ¿Qué estás haciendo? Debías dejarme allí —Pero ella lo ignoró y siguió conduciendo hacia la casa—. Elizabeth para el auto y déjame aquí mismo. Elizabeth, por favor. Ellie...


Meliodas sonaba nervioso, pero ella tenía lágrimas en sus ojos qué ardían por salir. Él siguió hablándole, pero ella ya no escuchaba para nada, porque no iba a parar, no ahora. Se estaba lastimando, y no quería lastimarlo a él, así que se despediria de la forma correcta. Así que, solo paro cuando estuvo frente a la casa de Meliodas. Él se pasó la mano por la cara, no quiso mirarla, solo abrió la puerta y bajó del auto. Elizabeth sintió las lágrimas empezar a salir, estaba llorando, pero aún así salió del auto, dio la vuelta y se paró en la entrada al jardín de la casa, él se dio cuenta.


—Elizabeth, ¿Ahora qué mierda haces? —Susurró, dio dos pasos hacia ella y no siguió al ver sus lágrimas y su nariz roja— Ellie...


Ella terminó de cortar la distancia, lo tomó del traje y lo besó.


Cuando se separó dio varios pasos hacia atrás hasta estar otra vez en la entrada del jardín. Allí, a unos dos o tres metros de él, ella lo miró a los ojos con dolor.


—Te amo.


Lo dijo, tal vez demasiado alto como para que él sólo lo escuchara, pero lo dijo. Meliodas quedó en shock, sus mejillas se sonrojaron, pero ese no era el momento ni el lugar y quiso decírselo, pero Elizabeth volvió a hablar.


—Y me duele hacerlo porque sé que no voy a lograr nada haciéndolo. Porque, ¿Qué te puedo dar yo al contrario de tu esposa? Nada. Ella ya te da todo lo que necesitas, todo lo que yo no puedo darte. Lo tienes todo. Yo no tengo nada sin ti. No valgo la pena, no soy tu alma gemela, ¿Cómo podría siquiera pensar en que estábamos destinados a conocernos? Es ridículo, si en once años no sucedió nada, ahora mucho menos... Soy una estúpida, una gran estúpida por que me he enamorado de ti como nunca me enamoré de nadie más. Y quise ocultarlo por nuestro bien, pero ya me está haciendo demasiado daño...


Estaba sollozando a la par que hablaba, su corazón estaba en su peor punto.


—Elizabe-


—Y sé que soy una fracasada qué te falló, prometimos que esto sería un secreto, pero ya estoy cansada de esconderme. De hacerme daño. Y no puedo más. Ya no. Yo también anhelo sentirme amada, ¿Y qué crees que siento al ver que la persona de la que estoy enamorada tiene que volver a casa con su perfecta esposa? Sé que no estoy en posición de reclamar, solo soy tu amante —Su voz se rompió—. No soy nadie importante en tu vida. Y no puedo ser solo tu amiga, por mucho que lo quiera intentar... Yo... Lo siento... Lo siento mucho...


—Ellie... Yo-


—No. Por favor no digas nada. Estoy intentando despedirme de ti. Ya mi corazón está demasiado cansado de ésto. Llevo más de diez putos años enamorada de ti y nueve conformándome con solo ser tu maldita amante. Ya no lo soporto, todo lo que quiero es que te quedes conmigo un minuto más, que despiertes en mis brazos y me dejes llevarte a casa... Y eso es demasiado patético. Pero no puedo odiarte, no puedo... Te amo demasiado para hacerlo. Y sé que esto es culpa de los dos, así que...


Intentó secarse las lagrimas, pero seguían saliendo. A Meliodas le destrozaba verla así.


—Te amo, Meliodas... Te amo... Me he enamorado de ti.


Ya Elizabeth no tenía nada que decir, le dolía demasiado la garganta por las palabras no dichas como para hablar, así que dio la vuelta dispuesta a subirse al auto otra vez. Y Meliodas iba hablar, quería decirle un montón de cosas, que no se fuera así. Pero una voz detrás de él le ganó el momento.


—Así que... ¿Tú eres la amante, eh?


Ambos se quedaron estáticos al escucharlo. Esa voz. Meliodas volteó lentamente y luego Elizabeth también lo hizo. Detrás de Meliodas, A uno dos metros estaba su padre de brazos cruzados, más atrás su madre y su hermano menor, Zeldris, quien tenía la boca abierta del shock. A un lado estaban los padres de Liz, y ella misma, con las manos en su estómago de embarazada, pero no lucía tan sorprendida como los demás, más bien miraba a Elizabeth con tristeza y empatia.


—Padre, yo...


—¿Entonces escuché bien? ¿Nueve años siendo amantes? Wow, me sorprende que duraran tanto tiempo. Dinos, maldito mal agradecido, ¿Cuándo pensabas presentarla? —Lo siguiente Elizabeth no lo vio venir, el padre de Meliodas le dio una cachetada.


—Cariño, no hace falta que lo trates así, deja que se explique primero...


—¿Qué se explique?, ¡¿Qué mierda tiene explicar?! ¡Le conseguí una maldita esposa porque él era incapaz de hacerlo por si mismo! ¡Lo único que tenía que hacer era respetarla y darnos un nieto! ¡Y el muy estúpido fue y se buscó una maldita amante! ¡¿Así es como me pagas por todo lo que he hecho por ti?!


Estuvo a punto de darle otro golpe, y Elizabeth iba a correr para interponerse en el medio, pero Meliodas lo detuvo. Eso enfureció más al señor Demon, que sacudió el brazo para soltarse y no dejó a Meliodas hablar.


—Has sido un puto niño mimado toda tu vida —Lo señaló con el dedo—. Y todo lo que te he pedido para que sigas siendo ese pequeño hijo de puta es que cumplas mis reglas y que hagas lo que te pido. No pudiste conseguir novia por ti mismo, yo te conseguí una de buen estatus, ¡Pero justo en ese momento es que tú decides buscarte una zorra qué te abriera las piernas cada qué te diera la perra gana! ¡¿Qué te dio ella qué tu novia no te haya podido dar?! ¡¿Es más importante para ti una mujer cualquiera que la imagen de tu empresa?! ¡¿Qué dirá la gente si los medios descubren ésto?! ¡No haces más que darme problemas!


—La imagen de tu empresa... Claro, ¡Para ti nada es más importante que tu maldita empresa de la que yo ni siquiera quería ser parte! —Esas palabras solo habían logrado enojarlo más. Pero Meliodas también estaba enojado y no quería quedarse callado— Soy un adulto, puedo hacer lo que me dé la gana. ¡¿Alguna vez pensaste en como me sentía y-


Otra cachetada, esa no la vio venir.


—Cállate. ¡Cállate! ¡Tú no sabes ni siquiera la mitad de lo que he gastado yo en ti! ¡De todo lo que te he dado! ¡Todo lo que he hecho por ti!


Levantó la mano para darle otro golpe, pero ese no le llegó a Meliodas. Elizabeth se interpuso y el impacto la dejó en el suelo, pero no podía solo quedarse viendo como por su culpa Meliodas era lastimado. Éste se alertó. La madre de Meliodas se cubrió la boca horrorizada. El señor Demon no se veía ni un poco arrepentido. Los padres de Liz estaban indignados de ese comportamiento. Zeldris estaba enojado. Y Liz, comenzó a sentir punzadas de dolor.


—¡Elizabeth! —La ayudó a levantarse— ¡Qué demonios te pasa! ¡Le acabas de pegar una mujer!


—Mejor, así aprende a no meterse con un hombre casado desde un inicio.


Esas palabras fueron la gota que rompió el vaso. Meliodas se lanzó a golpear a su padre y éste le devolvía los golpes, Zeldris y el padre de Liz fueron a intentar separarlos mientras la madre de Meliodas y Liz chillaban. Todos ellos estaban tan concentrados que ninguno se dio cuenta de algo que Elizabeth si, Liz estaba retorciendo del dolor.

Y su fuente se había roto.


(...)


Elizabeth se sentía la peor persona del mundo. Había querido despedirse de Meliodas diciéndole todo lo que sentía, pero lo había arruinado todo. No solo arruinó su propia vida, sino también la de él. Ahora no podía parar de llorar.


Ya habían pasado dos días, ella había sido quien llevó a Liz al hospital porque todas estaban demasiado impactados por ellos y por la reciente pelea, y cuando se dieron cuenta Liz ya lloraba del dolor, así que ella tomó las riendas en el asunto y la llevó, hasta que Meliodas y los padres aparecieron. La mirada que él le dio le pedía que hablaran de lo sucedido, pero ella sabía que él estaría muy ocupado, Liz ya estaba en labor de parto, y ¿De qué iban a hablar? Su corazón no soportaría escucharlo decir que amaba a Liz, y tampoco se sentía capaz de verlo con su hijo en brazos, así que se fue.


Desde ese día no sabía nada de él, había apagado su teléfono y no había salido de su departamento, la tristeza la había consumido. Sentía que en cualquier momento podría morir, las lágrimas parecían no acabar y su garganta dolía de tanto gritar.

Estaba destrozada.


Se levantó del sofá y fue a buscar algo a la repisa. Una caja de cigarrillos. Elizabeth no era de las que fumaban, solo había hecho una vez en su vida por presión social, pero tal vez hacerlo ahora ayudaría en algo, así que sacó uno y se lo llevó a la boca. Se sentía extraño, así que lo apagó contra el mesón y suspiró. No sentía ganas de nada, tan solo estaba vacía y con tristeza en el pecho. Se pasó las manos por los cabellos e iba a llorar otra vez cuando el timbre sonó. Frunció el seño, eran las 12 de la madrugada, ¿Quién podría ser?


Al abrir la puerta quedó en shock. No lo esperaba. Con su traje desordenado al igual que su cabello, sus mejillas sonrojadas, ojos rojos y rastro de lágrimas en sus mejillas, más el olor de su aliento, pudo saber que estuvo bebiendo, más no estaba borracho, lo sabía, solo había estado, ¿frustrado? ¿Estresado? Porque sin dudas estuvo llorando igual que ella.


—¿Meliodas? ¿Qué haces aquí?


Debía decírselo ahora, que era ella, siempre había sido ella y él siempre lo supo, pero no sabía que para ella él también había el indicado. Hasta ahora.


—Elizabeth...

Te amo.


.


.


.


.


.


Once mil y pico de palabras en un solo one-shot, aquí se quedaron mis dos neuronas pegadas, díganle eso a mi profesor de anatomía cuando me vean llorar en los exámenes.


Por si alguno de ustedes se lo preguntó: Lo de llevarlo a casa. De forma literal Elizabeth llevaba a Meliodas a su casa cada que podía para sentir un poco menos de culpa. A parte, por que así practicaba para el final, para cuando tuviera que despedirse de él por última vez. De forma metafórica se hace referencia a la frase de “el hogar no es solo tu casa, es ese lugar donde te sientes cómodo”, osea, ella quería ser quien lo llevara a casa, a su hogar, que sintiera qué ella era su hogar, por eso siempre le preguntaba si podía llevarlo o se ofrecía a llevarlo. No se refería solo a lo literal.


De hecho, hay un montón de cosas con metáforas, pero no puedo explicarlas todas aquí jaja


Ahora.


¿Qué se sentirá qué te muerdan el pene, aunque sea ligeramente? Pienso en ello desde que escribí esa escena.


Ya, díganme, ¿Qué les pareció? ¿Les gustó? ¿Tienen alguna pregunta? ¿Les causé algún sentimiento? Si es así, ¿Cuál? Por favor déjenme en los comentarios su opinión.


Hace más de un año que vengo promocionando éste one-shot y nunca lo subía, quería estar lo suficientemente satisfecha, y creo que ya lo estoy. Me encanta como ha quedado, ojalá a ustedes también les guste. Espero haber llenado sus expectativa.


Dato curioso: el 99% de la historia la escribí escuchando la canción principal, el otro 1% (el más doloroso) lo hice escuchando canciones sobre la perspectiva de la amante, o simplemente sobre el dolor de amar a una persona que no puede ser tuya. Salí destrozada yo.


Por cierto,

éste one-shot

también está publicado en wattpad, por si lo ven por allá. Aunque mi nombre de usuario es el mismo, así que sabrán que lo subí yo. Allí tengo más fanfic sobre ésta hermosa pareja, por si les interesa pasar a leerlos. Tal vez, poco a poco, estaré subiendolos aquí también, está por verse.


Sin más que decir, los amo.


LittleStar.