PRÓLOGO
Una de las cosas que más recuerdo era el cielo. Siempre me cautivaron sus colores innumerables y cada día que pasaba eran diferentes volviéndolo único.
Eso era lo que anhelaba al final del día hasta que era cubierto por un sin fin de estrellas resplandeciendo individualmente, pero hubo uno diferente, tanto que sólo me dio miedo y un vacío en el pecho, aunque ya haya pasado bastante tiempo de eso.
Recuerdo que sólo abrí los ojos con pesadez, no conseguía realizar movimiento alguno sintiendo desesperación, y más cuando el dolor predominó en cada centímetro hasta ser pesado e inútil. Respiraba con rapidez notando que apenas estaba amaneciendo, pero a la vez este se movía por sí solo a una velocidad poco probable. El metal golpeando el suelo me alertó, comprobé en que me encontraba acostada en una carreta siendo manipulada por una persona y un caballo. Pero no lograba ni siquiera gesticular palabra alguna.
El tiempo avanzaba con lentitud hasta que los rayos del Sol se colaban a través de los muros deslumbrándome a consecuencia. Había podido llevar una mano a mi frente tratando de taparlo, pero al hacerlo tuve una sensación de molestia en cada parte de mí.
-¿Cómo llegué aquí? -. Murmuré con extrañeza.
Sentí que la carreta se detuvo de golpe, escuché más voces y pasos de personas caminando a mi alrededor. Bajé la mano tratando de apoyarme en enderezarme, hasta que el conductor de aquella carreta bajó pasando de largo su lado lateral y al verme se desconcertó completamente.
-¿Qué haces aquí? -. Dijo con molestia - ¡¿Acaso me quieres robar?! -. Al pronunciar eso último vi como varias personas se detenían observando aquella escena.
-No y-yo no... - Comencé a temblar apenas el miedo hacía presencia.
Pero vi un hombre mayor detenerse acercándose decidido a nosotros.
-¿Qué sucede aquí? -. Preguntó con tranquilidad dirigiéndose a aquel hombre.
-¡Esa niña me está robando! -. Soltó exasperado señalándome.
-¿Enserio? -. Se volteó hacia mi dando pasos lentos - ¿Es cierto lo que dice?
-No, c-claro que no -. Hablé enseguida sintiendo que continuaba en temblar de pies a cabeza.
-Ya la oíste -. Miró al sujeto de reojo - ¿Cuál es tu nombre? -. Quedé helada ante su pregunta.
-¡No puede ser! -. Habló el mercader cuando no dije nada - Es obvio que está mintiendo y me quiso robar.
Lo ignoró mirándome con detenimiento, su vista recorrió mis brazos hasta detenerse en un punto específico.
-¿Te hizo daño? -. Bajé la mirada observando lo mismo encontrándome con moretones y manchas de sangre que incluso se observaban en mi ropa.
¿Qué me sucedió? ¿Por qué no recuerdo nada?
-No… - Dije casi inaudible y al mismo tiempo un dolor punzante apareció en la parte trasera de mi cabeza, llevé una mano a esta tratando de sobarme, aunque el dolor no disminuyó en absoluto, algo que no pasó desapercibido por ambos.
-¿Cruzaste los muros? -. Volteó hacia el hombre.
-Fueron varias paradas las que hice recorriendo todos estos por días, será difícil saber con exactitud de dónde es o desde cuándo está perdida, si fuera así, ya la estarían buscando sus padres.
-De ser así ya hubieran corrido la voz en cada distrito -. Murmuró más para sí mismo.
Este soltó un suspiro quedando pensativo, pero no fue por mucho tiempo al ver que me tendía la mano.
-Vamos, sal de ahí -. Con duda lo miré y sin más la tomé levantándome completamente saliendo de aquella carreta - Lamento el inconveniente señor -. Añadió - No volverá a suceder.
-Eso espero -. Dijo comenzando a descargar sus suministros.
El señor me tomó de la mano alejándome de la carreta y de las miradas curiosas y juzgadoras de las personas, sin embargo, no conseguía dejar de lado el dolor, incluso sintiendo cierta desesperación de ver a demasiada gente a mí lado y la luz se volvía cegadora. Hasta que eso se detuvo, aquella sensación se fue de forma paulatina cuando el aire fresco llegó a mí y mis ojos ya veían con nitidez. Quedé anonadada al ver una gran cantidad de agua frente a mi contrastando con el Sol reflejado en este.
¿Qué será?
-Bien niña -. Dejé de observarlo para mirar al señor - ¿Recuerdas tu nombre? ¿O siquiera cómo llegaste hasta allí?
Guardé silencio tratando de recobrar mi memoria, imágenes distorsionadas me dejaban en duda de los rostros de las personas o los lugares en los que probablemente pude estar. Ni siquiera recordaba esta ropa desgastada, el color de mi pelo, de ojos, incluso si tengo familia.
¿Una familia?
La indiferencia de no saber quiénes eran me hizo sentir vacío, incluso tristeza. No obstante, solo algo vino a mi mente con tanta claridad que, después de todo este rato, no sentí miedo o duda.
-Leah -. Pronuncié de manera involuntaria logrando recordarlo - Mi nombre es Leah.
-Bien Leah, ¿algún apellido?
-No... Sólo Leah -. Regresé mi vista hacia el agua perdiéndome nuevamente, dudando mucho en que en verdad tenga una familia o alguien que se preocupe por mí.
-Sé que es algo precipitado y no hay otras opciones, a menos que quieras vivir en las calles, pero es algo que obviamente no voy a permitir.
-¿Qué lugar es este? -. Me animé a decir.
Eché un vistazo rápido a mi alrededor, aunque el pueblo se sentía acogedor, logré sentir la frialdad de aquellos muros que me impedían ver más allá, algo que nunca había visto.
Aunque la sensación era tan… Familiar.
-Shinganshina -. Respondió amable - Ven Leah -. Me tomó de la mano comenzando a caminar - Al menos espero que tú y Armin se lleven bien, es un chico tímido, pero te agradará.
-¿Armin? -. Fruncí mi entrecejo.
-Es mi nieto, sólo estamos él y yo por el momento -. Levantó un poco las comisuras de su boca a lo que hice lo mismo – Y tú también. Estarás bien con nosotros.
Después de aquel día, sentí una oleada de confianza, luego de un momento difícil de digerir y dejándome con dudas del cómo llegué allí o por qué no recuerdo mi apellido. Logré obtener ayuda. Y la única esperanza que tuve en esa situación fue el abuelo de Armin al igual que la compañía de este.
Sin saber que, desde aquel día, todo comenzaría para mí.