23: Primer beso
La helada noche londinense le estaba calando hasta los dedos del pie, suavemente envueltos en un par de calcetines de lana. Tenía los nudillos púrpuras y las comisuras de los labios comenzaban a tornarse azules mientras la nieve seguía cayendo a su alrededor. Incluso la sangre que escurría de sus dedos hacia el cigarrillo era tan fluida que parecía que aún corría por las venas de su dueño.
Una serie de pisadas rápidas sonaban al fondo junto con lo que parecían ser los desesperados alaridos de Regulus Black.
- ¡Te encontré! - gritó, agitando uno de los guantes de Severus al aire.
-Debió ser difícil- masculló Severus al tiempo que señalaba con palmas abiertas lo que había a su alrededor en el suelo.
Cuerpos. Cuerpos ensangrentados envueltos en nieve, manos con las uñas sucias de haber intentado pelear. La imagen era divina, los cinco muggles faltos de alma mirando a la nada con el gesto de pérdida aún congelada sobre sus rostros pálidos y magullados.
-Hice la cena- bromeó Severus dando la última fumada a su cigarrillo y apagándolo contra la frente de uno de los cuerpos. – Espero que tengas hambre.
-Esto…
- ¿Qué?
-Tú sabes lo que pienso de esto, Severus.
- ¡Estamos a mitad de la nada, nadie pudo vernos aquí!
Tan pronto como dejó de gritar dejó de sentir el frío de la nieve, su propio cuerpo se dejó llevar por el calor de la rabia, calentando su sangre hasta que llegó a su cabeza solo para hacerlo gritar una vez más.
- ¡No actúes como un idiota ahora, Black! – soltó con más fuerza de la que esperaba- ¡No actúes como si esto no fuera tu puta culpa, idiota!
- ¡Fue solo un estúpido accidente! – gritó Regulus en un intento por defenderse del ataque.
- ¡Llámalo como quieras, solo siéntate a tragar! – Severus bramó de nuevo, sus mejillas se estaban poniendo coloradas por el esfuerzo - ¡Hazlo, Black!
Regulus simplemente parecía mucho más pálido, sujetaba entre las manos el guante de Severus y lo apretaba con saña al igual que sus dientes aperlados encerrados en los labios amoratados por el frío. Sabía que Severus tenía razón y por mucho que le hubiera gustado ignorarlo, se agachó para coger uno de los helados brazos entre la nieve.
Por su parte, Severus sonrió satisfecho y siguiendo la acción de su compañero, se sentó para disfrutar del festín. Bastaba con un mordisco para que ambos se tornaran en una persona diferente, con cada cuerpo consumido una parte de su humanidad se escapaba de sus adentros para siempre. Era suficiente una gota de aquella sangre tibia para que nada importara en el mundo tanto como alimentarse y por tanto, vivir.
No era su culpa, era solo una maldición que les obligaba a alimentarse de muertos para poder sobrevivir. Si pasaban más de tres días sin consumir recibirían el castigo de la muerte, o al menos esos fue lo que Dumbledore dijo cuando atendieron a su presencia en busca de ayuda.
Entre huesos y restos de piel, sangre arruinando el blanco perfecto de la nieve y habiendo saciado su hambre por ahora, Severus se quedó mirando a Regulus a través de sus ojos oscuros cada vez más faltos de esencia.
-Te has dejado sangre en la barbilla- mencionó, sacando un pañuelo de la manga de su abrigo.
Se acercó a su compañero de Odisea para limpiar la sangre de su rostro cuando de pronto lo sintió sobre él, sin poder entender bien lo que estaba pasando. Regulus se sentía tibio comparado con la nieve pegada a su espalda y a los cuerpos que ahora residían en su estómago.
Lo besó con una risa tonta, era una sensación extraña que le hacía hervir la sangre casi como la rabia, simplemente se sentía como un rayo de Sol dentro de una habitación oscura, la luz de una vela a mitad de una caverna, igual que el primer día de primavera. Pero al mismo tiempo no se parecía a nada que hubiera sentido antes, había tenido ganas de hacerlo antes, si tan solo fuera un poco más valiente.
-Eres un idiota.
-Así me gustas.