Los Secretos de la Sangre | Nandermo

Summary

La sangre se hereda de generación en generación, es una hermosa cadena de vida, pero también es una maldición, pues en ella hay secretos que se pierden y que, tarde o temprano, saldrán a la luz.

Genre
Drama/Romance
Author
Klavz
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Único

Los años transcurren despiadados y Nandor, más que nunca, ha sido testigo de su paso. El peso del secreto que guarda consume sus días, cada paso que da le recuerda que las migajas de felicidad que recolectó durante catorce años se desvanecerán, lo atormentan. Sin embargo, una pequeña parte de Nandor sabe que ya se han ido y que él es el culpable.


Nandor finge, se engaña a si mismo, sus pensamientos e ideas no son una representación completamente fiel a lo que él es en realidad, pero definitivamente lo es del ser que nesecita ser para no caer en el delirio.


Hay una ligera punzada de culpa cada que Guillermo lo mira con ese amor que solo un alma humana puede sentir, puro e incondicional, un estallido de sensaciones incontrolables que se apoderan del cuerpo y contamina todas las facultades racionales que una persona puede tener, el amor los vuelve una posesión que los mantendrá atados a la persona que aman, viviran para ellos y por ellos sin tener la más mínima piedad por sus propias almas desesperadas. La horas vacías se ciernen en su soledad anhelando algo que nunca tendrán, se aferraran a la ilusión de un amor correspondido sin importar el dolor en sus párpados cada que se cierren para derramar una lágrima tras otra, ignorarán la miseria que los haga caer de rodillas y rogar que el sentimiento se detenga, el amargo sabor del arrepentimiento se sentirá como espinas en la lengua.


Y la única interrogante que resonará en su mente será la misma de todos los días: ¿Por qué?


¿Por qué amar a ese ser egoísta?


¿Por qué al amanecer no poder olvidar?


Pero nunca habrá una respuesta.


Nandor lo sabe porque el concepto de amor es una de las cosas que ha podido conocer con Guillermo a su lado durante catorce años, lo ha visto en los ojos llorosos que ruegan se de cuenta, Guillermo lo ama como nadie más lo ha hecho, lo puede sentir, son esos momentos en los que el quiere confesar los secretos que su corazón guarda.


El rostro de su familiar es lo primero que encuentra al abrir los ojos al amanecer, un ritual que se mantiene inalterable desde que Guillermo asumió su cargo como guardaespaldas. Con la misma delicadeza de siempre, Guillermo viste a Nandor, sus manos deslizándose sobre su cuerpo con una familiaridad que parece superficial pero que logra infundir vida a su ser. Todo parece transcurrir con normalidad, aunque la mirada intensa de Guillermo ilumina la habitación más que cualquier vela que la adorne. El silencio que lo envuelve es más denso de lo habitual, pero Nandor no encuentra motivo para inquietarse, pues siempre ha conocido a Guillermo como un ser reservado y enigmático, un guardián que ha ocultado habilidades y secretos que solo ha revelado en momentos oportunos. Rememora el primer encuentro con él, cuando percibió la fuerza latente tras su mirada, incluso antes de que esta fuera revelada por completo.


—Estoy enamorado, amo — soltó Guillermo sin más mientras acariciaba con cuidado los cabellos del vampiro, deslizando los dedos entre los mechones con devoción y percibiendo su suave textura. Entre sus quehaceres diarios, se ocupaba meticulosamente de la imagen y la higiene de Nandor, cada movimiento era realizado con una dedicación que superaba el mero deber, una devoción que iba más allá de la simple tarea. En sus manos, en trabajo de velar por la apariencia del vampiro se convertía en un acto de amor y lealtad. Aunque su motivación a menudo provenía de un deseo personal de satisfacción, sabía que ya no tenía la obligación de cumplir con tales tareas. Y, sin embargo, como Van Helsing, era esta misma posición privilegiada la que le confería un poderoso sentido de vigor, saber que él era el único ser al que Nandor The Relentless, el guerrero y rey de Al Qlandar le había confiado su vida. Cada vez que recordaba el pasado humano de Nandor, evocaba el agradable aroma de las gladiolas, flores que los guerreros recibían tras una batalla victoriosa. Así, Guillermo buscaba impregnar la esencia de estas flores en Nandor, como un recordatorio constante de los que Nandor es.


Mientras Guillermo estuviera a su lado, Nandor siempre tendrá el olor de las gladiolas en él.


—¿Ah, sí?—fue la tardía respuesta del vampiro, cuyo tono nervioso podría haber confirmado las sospechas de Guillermo.


Nandor seguía mostrándose desprevenido cada vez que Guillermo le confesaba su verdad. Lo había hecho durante catorce largos años, incluso lo hizo en su propia boda. Nandor se vio obligado, como siempre, a borrar esos recuerdos de la mente de Guillermo, una rutina gastada que han llevado desde el día en que se conocieron.


Guillermo es persistente, y Nandor odia esa cualidad en él. Si Guillermo fuera solo un aburrido humano, el vampiro no se habría enamorado de él. Si Guillermo fuera simplemente un humano común, no se habrían conocido, y Nandor no estaría luchando con este dilema. Hay tantas cosas que podrían haberse evitado si Guillermo fuera un humano normal, pero no es así. Guillermo parece haber nacido para destacar sobre los demás, un derecho que Nandor se niega a concederle.


—Si , y creo que tú también lo sabes— responde Guillermo, con una determinación oculta en sus palabras—. Tengo sueños, Nandor. En ellos estamos tú y yo, pero no son del todo claros. Es como si fueran fragmentos de mi vida que me han sido arrebatados, que tú me has arrebatado.


Nandor siente el dolor de esas palabras, como un golpe en su orgullo y su conciencia al mismo tiempo. Algo en su interior arde con intensidad, mientras lucha por mantener su fachada de indiferencia.


El humano se burla de él, cada palabra que sale de su boca es un recordatorio de su propia torpeza. ¿Cómo pudo haber siquiera considerado la idea de engañar a Guillermo?


Lo hipnotizó, pensando que funcionaría, incluso cuando en lo más profundo de su ser, Nandor no quería hacerlo.


—¡Yo no te he arrebatado nada, Guillermo!— exclama Nandor, con voz temblorosa, apartándose bruscamente del cálido toque de Guillermo. Evita su mirada, manteniéndose de espaldas, esperando que Guillermo salga de la habitación y no regrese. Pero el fuego ardiente que emana Guillermo crece con cada instante. Su instinto asesino se agita en frente de Nandor, quien no sabe si temer o enojarse.


¿Cuál sería el resultado de ambas alternativas?


Morir y morir, son las únicas opciones que resultarán de aquella peligrosa situación si no la toma en manos pero...


¿Cómo domar la naturaleza de un asesino que la eterna vida le a dado como fiel compañero?


¿Será correcto experimentar todas esas sensaciones relacionadas con el concepto subjetivo que ha formado del amor cada vez que las llamas incesantes del don de Guillermo corroen su inerte corazón, permitiendo que el humano se apodere de él y fusionando sus almas en un moderado latir, devolviéndole la vida que alguna vez le fue arrebatada y destinándolo ahora a compartirla con su poseedor?


Eso él no lo sabe.


En su piel se dibujan sueños, sueños que reconoce pero que no le pertenecen, como sombras de un futuro que nunca fue suyo. Se los ha robado a Guillermo, de la misma manera que Guillermo lo robó a él. Fueron planes furtivos y fugaces, tejidos en la penumbra de la noche, de los cuales Nandor no logró considerar las consecuencias.


Cada noche, cuando el sueño envuelve su mente inmortal, se sumerge en un universo de imágenes y emociones que no le pertenecen, pero que lo invaden con una fuerza avasalladora. Ve escenas de una vida que nunca vivió, momentos de felicidad y tristeza entrelazados. Siente el calor del sol en su rostro, el suave tacto de una mano sobre la suya, el dulce susurro de palabras que nunca pronunció. Son sueños que lo seducen, que lo cautivan con su promesa de realidad, pero que al despertar, se desvanecen como humo entre sus dedos.


—Necesito soñar para poder vivir, Nandor —susurra Guillermo con voz entrecortada, su mirada perdida en un horizonte invisible—. Después de todo, solo soy un humano.


Las palabras de Guillermo resuenan en la habitación, cargadas de una resignación que Nandor no puede ignorar. El humano anhela lo que él ya posee: la capacidad de soñar, de imaginar un futuro diferente, de aferrarse a la esperanza incluso en los momentos más oscuros. Pero para Nandor, los sueños son un lujo que no puede permitirse, un recordatorio constante de lo que nunca podrá tener.


Se sumergió en la tormenta de pensamientos que asediaba su corazón, sin percatarse de cuándo el ardor que lo consumía se desvaneció, dejando a su paso un desolador vacío. Un vacío que compartía con Guillermo, cuyo fuego también había sucumbido a las sombras.


Al girarse, se encontró con la sutil sonrisa de Guillermo, una sonrisa que parecía ocultar un abismo de dolor. La aflicción, una sensación que Nandor creía haber conocido, ahora lo inundaba por completo, abrazándolo con sus garras heladas. Con gesto adusto, rompió todo contacto visual con los ojos profundamente miserables de Guillermo. No podía seguir con la farsa, ninguno de los dos podía.


Los humanos no pueden controlar de quien se enamoran y los vampiros, por lo menos, pueden decidir quién cargará con la culpa de ello.


—¿Tu pequeño y debil corazón está roto, Guillermo? —susurra, con un tono lleno de inquietud, sin estar seguro si su decisión fue acertada o fue solo un gran error.


Nandor permite que la piel de sus párpados cierre sus ojos, mientras percibe, gracias al vivo latir del corazón humano, la proximidad de Guillermo. Los dedos del humano acarician su mejilla a través de la barba, y las lágrimas que descienden por los ojos vidriosos de Nandor humedecen las yemas de los dedos de Guillermo.


—Sí, amo —responde Guillermo, con una voz quebrada y cargada de dolor.


Y es lo último que Nandor escucha antes de que los labios de Guillermo se abalancen sobre los suyos, en un beso que mezcla agresividad y dulzura, como un huracán. Guillermo busca conquistar, no controlar; anhela vencer, no perder. Pero también desea demostrar los catorce años de sufrimiento, quiere mostrar cómo se siente amar y sufrir por ello.


Es descuidado con los colmillos de Nandor, pero ya nada le importa, porque nada puede doler más que morir, y él ya está muriendo. Amar a Nandor The Relentless fue su perdición, más que los años desperdiciados o los amores pasados del vampiro. Fue su propio amor, su propia sangre la que perdió valor cuando su corazón se pudrió.


Besa y toma todo lo que Nandor le ofrece, aferrándose a su nuca y explorando cada rincón con su lengua. Al mismo tiempo, toma la mano fría de Nandor, sintiendo una mezcla de fervor y agonía en el roce. A medida que el beso se prolonga, siente cómo el ardor en su pecho se intensifica, como si el fuego de su alma se estuviera consumiendo. Pero, a pesar del dolor y la desesperación, sigue aferrándose a Nandor, buscando consuelo en su abrazo.


El amor puede existir, pero nunca será completamente dulce. Los besos, gestos de cariño en apariencia puros, siempre estarán impregnados de veneno; la hiel se filtrará entre cada uno de ellos, dejando un sabor amargo, punzante como agujas. Nandor lo sabe porque las punzadas están haciendo sangrar su corazón en este momento.


Porque cada beso de Guillermo es un deseo perdido, una gota de agua que se disipa cuando el viento sopla, en una lágrima oscura y sangrienta que se escapará de sus ojos, es un incendio que quema todas sus entrañas y le hace rogar por perdón pero también es un bálsamo a todas las heridas que algún día le negaron a sanar, es la luz de sol que nesecita para ser humano, es un verso escrito con amor, pero también es un triste poema sin final feliz, es su sueño y es su pesadilla, es un inicio y es un final.


Un beso es un “te amo” que solo existe cuando la neblina es espesa.


Nandor nunca tuvo la oportunidad de experimentar cómo se siente tomar un café al amanecer, con el sol entrando por la ventana, pero si pudiera, estaría seguro de que sabría a Guillermo: dulce y cálido. Cuando era humano, nunca supo lo que significaba tener un hogar, pero está convencido de que, de haberlo tenido, se sentiría tan reconfortante como cuando entra en secreto a la pequeña habitación de Guillermo y se acuesta sobre las viejas sábanas. Allí, sus manos exploran cada rincón y detalle de la habitación, cada adorno que cuelga de las paredes. A veces, simplemente entra para aspirar el aroma de Guillermo sin restricciones, a solas.


Sin darse cuenta, hizo de aquella habitación su lugar seguro.


El amor es una enfermedad que terminará por matarte, y ni siquiera la inmortalidad te salvará de ella.


—¿Es hora de irme? —Pregunta resignado el humano, con la frente pegada a la del vampiro y aún acariciando su rostro. Ambos cierran los ojos, sumidos en el silencio cargado de emociones que parece envolverlos como un manto oscuro.


—Sí —responde Nandor con voz apenas audible, sintiendo cómo la palabra se clava en su pecho como una estaca.


Guillermo suspira, un suspiro cargado de pesar y resignación. A pesar de todo, no puede evitar aferrarse a ese último momento, como si de alguna manera pudiera detener el inexorable paso del tiempo.


—Te amo, pero eso ya lo sabes —dice, su voz quebrada en susurros.


Después de ver los ojos de Nandor por última vez, Guillermo comienza a alejarse, pero la voz del vampiro lo detiene en seco, resonando en la habitación con una intensidad casi tangible.


—Guillermo...


El humano se detiene, su corazón latiendo con fuerza en su pecho, mientras se enfrenta al hombre que ama pero que nunca podrá tener por completo.


—¿Sí, amo? —responde, sintiendo el nudo en la garganta amenazando con ahogarlo.


Nandor parece luchar consigo mismo por un instante, antes de que finalmente sus labios emitan las palabras que ha guardado en lo más profundo de su ser.


—Yo también te amo —confiesa, su voz apenas un susurro ahogado por la emoción que le embarga.


Guillermo asiente con la cabeza, incapaz de contener las lágrimas que amenazan con desbordarse de sus ojos, y se aleja lentamente de la habitación. Es hora de irse a casa, aunque su corazón se quede atrás, atado irremediablemente al ser que le robó el alma.


—Deseo que, mañana al amanecer, Guillermo olvide el amor que siente por mí, quiero que olvide que Nadja, Laszlo, Colin y yo alguna vez existimos, y se convierta en lo que está destinado a ser—declara Nandor con una voz cargada de deber, sus palabras flotando en el aire como sombras en la penumbra de la habitación.


Y como si su nombre fuera "Deseo", El Djin aparece en la esquina de la habitación, una presencia envuelta en misterio y poder.


—¿Es ese realmente tu deseo? —pregunta el Djin, su voz resonando con una profundidad que parece emanar de los confines del universo.


Nandor asiente con solemnidad, su mirada perdida en el vacío mientras el peso de su decisión se asienta sobre sus hombros.


Se toma un momento para reflexionar.


¿Es ese realmente su deseo?


No, por supuesto que no. Pero nada puede hacer cuando la vida de todos los vampiros se cierne sobre sus hombros. El egoísmo ha sido parte de su día a día; se podría decir que es un instinto que ha adoptado como algo personal. Entonces, ser egoísta una vez más, por mucho que duela, no le costará nada.


—¿Sabes? Ayer, mientras Guillermo dormía, llegó una carta de la familia De la Cruz, descendientes de Van Helsing, temidos por toda la comunidad vampírica. Hubo una época en la eternidad en la que lograron diezmar a la mayoría de los vampiros, y los que sobrevivimos tuvimos que luchar para salir adelante. Ellos son temidos y poderosos, respetados y odiados por los vampiros. Son nuestra sentencia de muerte, pero irónicamente también la razón por la que estamos vivos. Por eso, cualquier petición de ellos debe ser acatada de inmediato y sin inconvenientes. Ayer, la familia De la Cruz pidió que me aleje de Guillermo, su futuro líder—Nandor relata con el rostro inexpresivo y la mirada perdida en la nada—. Así que, sí. Es mi deseo.


—Le borre o no la memoria, él va a regresar.


—Lo sé, pero cuando lo haga, ya no será el mismo Guillermo que conocí. Tal vez entonces pueda hacer lo que debí haber hecho hace mucho tiempo.


—¿Deseas que haga olvidar también a su familia?


—No. Después de todo, alguien tiene que cargar con la culpa, y no voy a ser solo yo.


Al escuchar el sonido del bolígrafo del Djin, Nandor cierra los ojos con fuerza en un inútil intento de detener la bruma de su mente. La miseria se apodera de su ser, recordando todas las veces que el destino se entrometió en su felicidad.


En un pequeño y breve salto, Nandor se convierte en un murciélago. Su noche apenas comienza y él tiene demasiadas cosas que hacer.