Prólogo: El Renegado De Plata
En un mundo sumido en la eterna noche y la desesperanza, las historias de antaño sobre la brillante luz del sol parecen meras fantasías. Recuerdo las palabras de mi abuelo, quien solía relatar relatos de un mundo bañado en luz y vida, un mundo que ahora solo existe en sueños.
Las sombras que nos rodean no son solo metáforas; son criaturas repugnantes y peligrosas que acechan en la oscuridad, devorando incluso al aventurero más intrépido e ingenuo. En esta tierra desolada, la única luz que conocemos es la que creamos con nuestras propias manos: llamas titilantes que apenas ahuyentan la negrura que nos rodea.
Los nobles humanos, inexpertos y llenos de esperanza, se aventuran a lo desconocido, anhelando el día en que puedan regresar a salvo a sus hogares. Pero la mayoría no lo logra. Los que sobreviven a menudo son tachados de cobardes, etiquetados como renegados. Yo soy uno de ellos, conocido como el Renegado de Plata o el Caballero de Plata, por la armadura que aún brilla entre la penumbra de mis recuerdos.
En esta realidad sombría, luchamos día tras día, aferrándonos a la débil llama de la esperanza, suplicando a los dioses por un respiro de luz para los más vulnerables. La pobreza y la desesperación nos consumen, mientras aguardamos un destello de redención en este mundo sin sol.