Prólogo
Prologo
It ends right here if you go away
All your memories become an object
It ends right here if you go away
Like my father did, don’t leave me crying
(Se termina aquí si te vas
Todos tus recuerdos se convierten en objetos
Se termina aquí si te vas
Como lo hizo mi padre, no me dejes llorando)
– Mr. Kitty (Anguish)
La primera vez que lo sentí, tenía alrededor de seis años.
Estaba sentado al lado de mi madre frente al doctor que, con una parsimonia casi insultante, nos había dado la noticia que más temíamos escuchar.
—No se ha manifestado porque no lo hay
Me tomó unos momentos darme cuenta a qué se refería, hasta que mi mamá empezó a llorar mientras me abrazaba. “Los siento Izuku, lo lamento bebé” era lo que repetía una y otra vez entre sollozos que no cesaron hasta esa noche cuando me fui a dormir.
No tocamos el tema, al menos ella no lo hizo.
Un par de meses más tarde, mi padre regresó de su viaje de negocios y sé que hablaron al respecto porque los escuché desde mi habitación. Se dijeron muchas cosas, él clamaba que su genética era demasiado fuerte como para que no se transmitiera a la siguiente generación, que seguramente yo no era su hijo.
Ni siquiera me volteó a ver durante los tres días que se quedó en casa.
Después, empacó sus cosas, solo lo que siempre llevaba en sus viajes y luego se fue. No lo he vuelto a ver desde entonces.
—¡Maldito nerd sin quirk!
Fue la primera vez de muchas.
Le había contado a Kacchan sobre lo que había dicho el doctor porque él era mi mejor amigo, era mi modelo a seguir, la persona que aspiraba a ser. Su quirk era genial, todos los demás chicos lo admiraban y yo siempre seguía sus pasos porque mantenerme junto a él me hacía muy feliz. Claro que las cosas cambiaron drásticamente cuando se enteró del diagnóstico que había dado el doctor.
No terminaba de comprender por qué era que mi mamá lloraba casi todas las noches, por qué papá ya no llamaba los domingos por la tarde, por qué mi mejor amigo me llamaba “Estúpido Deku sin quirk”. No entendía muchas cosas, no las entendía.
Empecé a entender después de que cumplí once años, porque para entonces entendí que mi papá se había ido para siempre, que no podía con la vergüenza de tener un hijo sin quirk. Que mi mamá lloraba desesperada porque a pesar de doblar turnos en el trabajo, a duras penas y podíamos llegar a finales de mes. Y Kacchan…
Oh, Kacchan…
Entendí también que siempre estuve enamorado de Kacchan.
Pero ni siquiera había comenzado, el principio del fin estaba a la vuelta de la esquina.
Fue a principios del penúltimo año de secundaria. Los profesores empezaron a decirnos que debíamos pensar ya en nuestro futuro y a qué preparatoria queríamos ingresar. Kacchan no dejaba de parlotear sobre inscribirse a la UA, la más grande y prestigiosa escuela de héroes y, aunque no se lo había dicho a nadie, yo también pensaba aplicar.
—¿Qué es esto? – gritó Kacchan, acercándose a mi mesa
Estaba tan absorto en mis pensamientos que ni siquiera tuve tiempo de reaccionar, Kacchan había tomado la libreta que siempre cargaba conmigo, un registro de cada héroe junto con análisis de sus quirks, habilidades y destrezas. Claro que lo escrito ahí no se limitaba a solo héroes, sino que también había registros de personas cuyos quirks me parecían interesantes… Kacchan tenía una sección para él solo.
—¡O-oye, devuélvemelo, Kacchan! – le dije en un grito agudo — por… por favor
—¿Sigues con estas ideas de ser héroe? —escupió cada palabra con malicia — ¿Cuántas veces tengo que decirte que un inútil Deku sin quirk como tú jamás llegará a ser héroe?
Sostuvo mi cuaderno con una de sus manos fuertemente, con intención de volarla en pedazos, pero antes de que esto sucediera, mi hoja de registro para la UA se deslizó fuera, cayendo en el piso.
Lo que pasó después fue demasiado rápido.
En un momento, Kacchan me tenía sostenido del cuello de la camisa contra la pared del aula. Los compañeros de clase enmudecieron, con temor a poder hacer estallar a un ya de por si enojado Kacchan. Sus ojos me miraban con un ansia asesina impropia de él, como si mi existencia le asqueara, estaba tan molesto.
Alzó el puño libre y golpeó muy fuerte.
Le había dado un puñetazo a la pared junto a mi oreja izquierda y, si eso hubiese sido todo, quizá solo habría quedado como un incidente más.
Cuando su puño tocó la pared, la hizo estallar.
Ah.
En menos de una hora, ya estaba en la sala de emergencias, Kacchan me había reventado el tímpano del oído izquierdo con una de sus explosiones.
Perdí la audición en mi lado izquierdo.
Una vez más, estaba sentado al lado de mi madre, escuchando con mi único oído sano cómo el doctor explicaba que no habría remedio, que solo podrían ofrecerme una cirugía experimental que no estaba cubierta por el seguro, no tenía garantías y, obviamente, era demasiado caro. Además, mi tímpano había quedado tan dañado, que la cirugía me haría recuperar un máximo del 30% de la audición.
—¡Permíteme pagar por la cirugía de Izuku! – había dicho la tía Mitsuki mientras hacía una reverencia, Kacchan no estaba en ninguna parte
Mitsuki Bakugo era la mamá de Kacchan, y la única amiga que conservaba mi madre después de la partida de mi papá. Ella había sido el hombro en el que mi madre lloró, la mano que se le fue tendida en esos días en los que no teníamos qué comer, quien me cuidaba mientras volvía a doblar turno en el trabajo.
Sus ojos siempre me gustaron, poseía una mirada tan descarada como la de Kacchan, una expresión tan audaz que lograba tranquilizarme. Porque cada vez que Kacchan me dedicaba esos ojos de fuego, yo solo podía pensar “Estoy a salvo”. Y ahora, Mitsuki Bakugo me ofrecía unos ojos llenos de culpa.
Mi mamá me tomó del brazo tan fuerte que estuve a punto de pedirle que me soltara, pero preferí callarme. Me jaló en un silencio tan gélido que podría jurar que ese suceso quedaría congelado en el tiempo. Pasamos al lado de una Mitsuki que aún nos reverenciaba, en un silencio insolente, tan impropio de mi madre.
Mamá no fue a trabajar el día siguiente, o el siguiente a ese.
Cualquiera hubiese pensado que se quedaría a cuidar a su hijo invalido que también permaneció en cama después de que la escuela le diera un permiso de unas dos semanas para sanar. Pero no lo fue, aunque yo apenas salí del cuarto para ir al baño y rebuscar en el refrigerador.
Al quinto día, cuando salí, había una caja en la mesa junto a una nota.
“lo lamento” escrito en su caligrafía.
En la caja había un equivalente a casi dos años de renta, aunque quitando gastos de comida y artículos básicos, electricidad y otros servicios que no venían incluidos, quizá alcanzaría para un año.
Me quedé sentado en la mesa de la cocina durante horas, la herida en el oído me palpitaba por el estrés y la falta de higiene. Los gastos médicos ya habían sido cubiertos y los antibióticos que necesitaba estaban todos en mi recámara.
Cuando cayó la noche, fui hasta la recámara de ella, para encontrarla vacía, solo estaba la cama desnuda y los muebles que ya no contenían nada. Estaba solo.
Estaba solo.
Mitsuki Bakugou se presentó en el departamento al día siguiente y yo la dejé entrar porque no se me ocurría nada mejor. Ella me abrazó y me dijo que estaría bien, me preguntó si quería mudarme con ella y yo le dije que no porque comencé a temerle a Kacchan.
Comencé a temerle.
Me aterraba.
Me dijo que estaba bien, que cuidaría de mi de todas formas.
Regresé a la escuela unos días después, aún debía usar el vendaje en mi oreja izquierda y nadie se atrevió a acercarse.
Kacchan ni siquiera me miró.
Las lecciones fueron duras, sin mi oído izquierdo, mi rango de audición disminuyó drásticamente y, para empeorar las cosas, caí en una fiebre altísima como resultado del pobre cuidado que estaba teniendo mi herida. No le dije a nadie, tomé una pastilla para el dolor y seguí como pude.
Cuando desperté unos días después, no escuchaba nada.
Una vez más, estaba sentado frente al médico, en compañía de una Mitsuki Bakugo consternada, en un silencio aturdidor provocado por una sordera repentina, hasta que finalmente una de las enfermeras me colocó un dispositivo en mi oído derecho.
—Su oído derecho no es pérdida total — explicó— con esto, recuperarás en 55% de la audición en este lado, pero recomendaría que aprendieras lengua de señas
Mitsuki Bakugo no quiso decirme cuánto había sido la cuenta del médico, pero ya no volvió a visitarme después de esa vez.
Fue como si me encerraran en una burbuja, nadie en mi clase quería acercase a mi porque no podía entenderles; mis calificaciones se mantuvieron estables gracias a Dios; tuve que repasar todo el doble, hacer las cosas por mi cuenta porque, a pesar del dispositivo de audición, a duras penas y podía seguir las clases.
Me olvidé de la UA.
Junté todos los cuadernos que había llenado con información recopilada por mí, los análisis de héroes y detalles que deduje, incluido el cuaderno que lo había comenzado todo. No sabía qué era lo que me esperaba, el dinero estaba por terminarse y no tenía un modo de seguir pagando la renta y pretender estudiar al mismo tiempo, encontrar un empleo siendo menor de edad y sordo tampoco sería fácil.
Pero todo se sentía en calma, como un estado perpetuo de aturdimiento. Mi cabeza estaba muy silenciosa desde que había dejado de escuchar, a veces me quitaba el aparato auditivo para sentirme completamente enajenado.
Supuse que era hora de partir, no serviría de nada terminar la secundaria si no había nada para mí después de ella. Así que, con la poca valentía que me quedaba, guardé los cuadernos y algo de ropa en mi mochila, el dinero que sobraba también lo guardé. Pensé en dejar el aparato de audición afuera de la casa de los Bakugo, pero la verdad no me apetecía perder esa poca conexión que me quedaba con los demás, aún no era capaz de usar la lengua de señas con fluidez y me costaba leer los labios de las personas.
Como si fuese un niño pequeño escapando de casa, dejé el departamento, sin un rumbo ni un plan. Solo… me fui.
Seguramente la escuela se daría cuenta de que no estaba, pero no podrían hacer más que llamar a un departamento vacío con un teléfono ya desconectado.
Pasé las primeras noches escondiéndome dentro de los juegos infantiles de un parque que no era tan frecuentado. Me sentí como un tonto, un pequeño tonto que había escapado de un hogar vacío, todas las noches me preguntaba si terminaría siendo encontrado por la policía, no era mi intención terminar en un orfanato, pero tampoco sabía muchas cosas sobre vivir en las calles.
Los parques en la madrugada parecían ser el lugar predilecto para los traficantes de droga y pensé que estaría a salvo siempre y cuando no me metiera en sus asuntos. Lo que el yo inocente de ese entonces no tomó en cuenta, era que a veces, aunque intentes no buscar problemas, ellos definitivamente encontraran el modo de hallarte.
Estaba casi quedándome dormido, acostado dentro de del castillo en donde los niños jugaban por las tardes, apoyado en mi abultada mochila de color amarillo, comenzaba a acostumbrarme a esa sensación. El calor de la noche me sofocaba en un sitio tan angosto y construido de plástico, pero no tenía una mejor opción.
Supongo que lo habría notado antes, pero por las noches me quitaba el aparato auditivo para ahorrar su batería, así no tendría que recargarlo diariamente. Fue hasta que las paredes de plástico del juego empezaron a vibrar que me desperté sobresaltado, buscando con manos torpes el aparato que me permitiría saber qué estaba pasando.
Disparos.
Eran disparos.
Me quedé congelado un momento, mi mente viajó de nueva cuenta al día en que Kacchan me había dejado sordo, aunque sus explosiones no eran para nada como lo que pasaba afuera del juego. Odiaba escucharlo con tanta claridad, aunque fuese solamente en el lado derecho, como si nunca hubiese tenido problemas escuchando.
Sería una riña entre pandillas, debí imaginar que tarde o temprano me toparía con este tipo de situaciones. Pensé que lo más inteligente que podría hacer era simplemente salir de allí, buscar algún otro rincón para descansar mientras llegaba la mañana y pudiera pensar qué hacer.
Había frases sueltas entre las detonaciones, cosas sobre territorios e intrusos, parecía que me había metido a la mitad de una pelea de gángsters. Una situación estúpidamente desafortunada incluso para mí, pensé que simplemente estaba salado.
Poco sabía yo que esa riña entre pandillas podría haber sido lo mejor que me pasaría después de toda la mierda acumulada.
Me llevé la mano al oído bueno, como para simplemente asegurarme de que el aparato seguía ahí, tenía que aferrarme a lo poco que me quedaba. Respiré hondo, sintiendo como la tensión se me acumulaba en la boca del estómago, deseando que no me vieran.
—¡Tienes a un chico aquí para vigilarnos!
Me congelé en donde estaba.
—¿Nosotros? Este es tu maldito territorio ¿No?
Abrí la boca instintivamente y rápidamente me llevé las manos a la cara para amortiguar cualquier sonido que fuese a delatarme. Había sido un estúpido descuidado, terminé sin querer en el medio de un territorio de pandillas, uno que estaba siendo aún disputado entre ambos bandos (cualesquiera que fueran). A juzgar por la obscuridad, debían ser al menos media noche, en una zona poco transitada, hubiese muerto.
Porque finalmente me encontraron.
Mi oído bueno me traicionó, terminé saliendo en un escandaloso movimiento que atrajo la atención de los villanos. En menos de tres minutos, estaba rodeado de gente apuntándome con armas, gritándome cosas que no comprendía, mi aparato auditivo había escogido un muy mal momento para descargarse.
“Soy sordo” dije en señas “no escucho”
Habían sido las primeras cosas que aprendí en lengua de señas.
No podía hablar, me aterraba no escuchar mi propia voz.
Mi cabeza se sentía confusa, escuchaba golpeado con la escasa audición de mi oído derecho, pero a juzgar por las expresiones de mis atacantes, estarían pensando que me burlaba de ellos. Quizá estaban echándose la culpa entre todos ellos por mi presencia indeseada, hasta que finalmente un cañón apuntó a mi cabeza.
Me gustaría decir que mi vida entera pasó por mi mente, como en las películas. Quería poder recordar las caricias de mi madre, esas veces que papá me revolvía el cabello cuando regresaba de sus viajes, la sensación del sol de verano en mi cara mientras trataba de no quedarme atrás de Kacchan.
Pero todo lo que pude ver fue el frío cañón de una pistola apuntándome, aturdido, sin escuchar nada.
Juro que lo vi en cámara lenta, cómo fue que jaló el gatillo y la detonación. Fue una experiencia curiosa sin el sonido, solo sentí una fuerte vibración y un retorcijón en el estómago.
Un retorcijón en el estómago.
Llamas azules y alguien jalándome hacia atrás, quitándome de la trayectoria de la bala.
Unos brazos firmes rodearon mi torso, sentí que hablaba, pero tenía el rostro pegado en mi oreja izquierda, así que no podía más que sentir las vibraciones de su voz sobre mi mejilla y el tacto rasposo de una barba.
Las manos firmes que me sostenían no me soltaron, a pesar de que el héroe de las llamas azules había logrado reducir a los delincuentes con una facilidad casi insultante. Lo conocía porque era la novedad, el hijo mayor del héroe de fuego Endeavor.
Frente a mis ojos, estaba el héroe revelación, Dabi.
Era como si viese una película con el volumen apagado, no supe en qué momento terminé sentado en el suelo junto a la mochila a la que me aferré sin saberlo. Entonces me di cuenta que quien me había sacado de esa situación era otro héroe, cabello largo y unos ojos cansados me miraban histéricos, hablándome en sonidos amortiguados.
“soy sordo” volví a decir en señas.
Mis compañeros de clase ya no me hablaban porque no podía escucharles, mis profesores dejaban también de preguntarme cosas en clase porque nadie se atrevió a aprender lengua de señas, a pesar de que aún conservaba un poco de mi audición. Aprendí que, no importaba lo que significara, si empezaba a hablarle a las personas en lenguaje de señas, se irían eventualmente.
Pero este héroe respondió.
“¿Cuál es tu nombre?” dijo en lengua de señas.
“I Z U K UM I D O R I Y A”
El héroe pasó una de sus manos por mi cabeza, despacio, un tacto tan suave que pensé que no concordaba con lo que estaba viendo.
El héroe Dabi se acercó hablando algo que no logré escuchar, pero se tomó el tiempo de acuclillándose junto al otro héroe, quizá para ver que todo estuviera en orden, luego se fue tan rápido como había llegado.
“vamos” dijo el héroe y yo quise preguntarle cuál era su nombre.
Terminé en la parte trasera de una patrulla, en ese momento comprendí que me estaban llevando directamente hasta donde había evitado estar. Tendría que decirles que mi mamá me había abandonado, sería puesto en el sistema y seguramente me perdería.
Necesitaba anotar sobre Dabi en mi cuaderno, la información en internet y la televisión no se comparaban en nada a lo que acababa de ver. Aunque, tenía una curiosidad casi insana también por el hombre que me había salvado.
En la comisaría, me dejaron en un cuarto prácticamente vacío, había una mesa y una silla. Nadie me dijo nada, seguramente advertidos por el héroe que yo no sería capaz de escucharlos, aunque me habían dejado conservar mi mochila, así que busqué un tomacorriente para conectar mi aparato auditivo y me senté en el suelo junto a este, hasta que finalmente me quedé dormido.
Soñé por primera vez en mucho tiempo.
No fueron imágenes sino sensaciones.
Cualquiera hubiese pensado que soñaría con los labios de mi madre sobre mi frente, las manos de mi papá en mi hombro, el abrazo de Kacchan.
Soñé con esa explosión, la sensación de perder lentamente la audición en mi lado izquierdo, la sensación de la sangre saliendo de mi oreja, ese ruido blanco al que ya estaba tan acostumbrado que lo dejo de escuchar. El desasosiego, la fiebre que me hizo perder el otro lado, estar completamente sordo.
Aislado.
El miedo.
Le tenía miedo a Kacchan.
La vibración del arma.
La vibración de la voz que era incapaz de escuchar.
La barba rasposa sobre mi cuello.
Su mano acariciando mi cabello.
Su mano acariciando mi cabello.
No era un sueño, no lo era.
Me desperté un poco aturdido todavía, acurrucado junto a mi mochila y al tomacorriente en donde seguía conectado mi aparato. El héroe de los ojos cansados estaba nuevamente encuclillado frente a mí, con su mano sobre mi cabello, acariciando suavemente, como si temiera que en cualquier momento me fuese a romper bajo sus dedos.
“¿Estás bien?”
No le contesté, no enseguida, sino que desconecté el aparato y volví a colocármelo en el oído derecho, recuperando la poca conexión que aún tenía con el mundo exterior.
—Si — le dije en voz queda
—¿Me escuchas? — me preguntó tanto verbalmente como en señas
—Si — repetí — escucho algo con este oído — señalé mi lado derecho
—Bien
Su voz era… ¿Suave? No sabría cómo describirla exactamente, es esa clase de sonido que te tranquiliza. Me preguntó si necesitaba usar el baño y me acompañó hasta ahí, quizá porque temía que me fuese a escapar por las ventanas inexistentes del baño de la comisaría… aunque pensándolo en retrospectiva, no sabía cuál era mi quirk…
Cuando regresamos al cuarto en donde me había quedado, me dio un poco de agua y un bento caliente que comí sin siquiera dar las gracias, estaba hambriento y, aunque en ese momento no lo supe, fue la primera vez en mucho tiempo que probé comida hecha en casa.
—Entonces — empezó él — Izuku Midoriya — suspiró pesado, aunque fue un gesto de tranquilidad más que de fastidio — Hace casi una semana que no has ido a la escuela, nadie contesta el teléfono en casa y — me miró — finalmente, te encontré durmiendo en medio de territorio de pandillas
Guardé silencio, temeroso. Pero él hizo la pregunta.
—¿En dónde están tus padres?
Lo miré cuidadosamente, mentir no era (es) mi fuerte. Su ceja levantada me indicaba que estaba listo para atrapar cualquier mentira que saliera de mi boca, aunque no tenía mucho de donde trabajar, decir que me había escapado de casa (aunque no fuese una mentira) terminaría con este hombre llevándome de regreso, solo para descubrir el departamento vacío.
—No lo sé —musite
Él no habló, esperando a que elaborara, pero no había nada más. No sabía en donde estaba papá, no sabía en donde estaba mamá, ahora solo era yo.
Su silencio pesó más que mi sordera, su mirada pesaba más que mis inseguridades, no sé por qué él me daba tanta paz.
—¿Usted es un héroe? — pregunté antes de que pudiera decirme nada — no lo había visto antes
—Soy un héroe underground — me explicó — mi nombre es Eraserhead — hizo una pausa, quizá decidiendo si decirme lo siguiente o no —Shota Aizawa… mi nombre de civil
Busqué mentalmente en mi base de datos sobre el héroe Eraserhead pero no encontré nada, después de todo, era un héroe underground, alguien extraño a las cámaras y la prensa, más parecido a un vigilante que los héroes idols a los que ya estaba acostumbrado.
—Tus padres — insistió
Y suspiré porque no me quedaba nada más.
Le conté todo.
Le dije que mi papá se había ido cuando supo que no tenía un quirk. Le dije que mi mejor amigo me había explotado el tímpano izquierdo. Le dije que mi mamá se había ido porque no quería seguir cargando conmigo. Le dije cómo también terminé perdiendo el lado derecho por un descuido y que la única persona que me cuidaba se fue después de eso.
Pero no le dije que le tenía miedo a Kacchan.
No se lo dije.
—Me van a enviar a un orfanato ¿Verdad?
Volví a llevarme la mano al aparato auditivo, empezaba a ser un tic nervioso que ya no controlaba.
Shota Aizawa, mejor conocido como Eraserhead, siempre fue una persona transparente para quien la supiera leer, aunque en ese tiempo yo no tenía el conocimiento necesario para hacerlo, pero, en retrospectiva, estoy seguro de que fue en ese momento en el que decidió que no me dejaría.
—Sería el protocolo — dijo finalmente y yo solo lo miré sin esperanzas — aunque ya eres un chico mayor, solo serán un par de años en el sistema antes de que te dejen libre
Suspiré pesado.
—Yo quería ser un héroe — murmuré, acariciando el aparato de audición — pero no tengo un quirk y… y soy sordo — reí débil — lo único que me queda es sentarme y verlos de lejos, llenando páginas y páginas
—¿Páginas?
Supongo que fue mi última carta a jugar. Me levanté del asiento para buscar mi mochila, de donde recuperé los cuadernos que había llenado con tanta ilusión, detallando cada pequeño aspecto de los héroes, escribiendo anotaciones propias y quizá me atreví a hacer sugerencias sobre maneras más eficientes de utilizar los quirks.
Eraserhead los leyó todos, en un ominoso silencio que me pareció eterno. Tengo que admitir que sentí emoción al tener a un verdadero héroe profesional inspeccionando mi trabajo.
—Dices que no tienes un quirk ¿Verdad?
Negué con la cabeza.
—¿No has pensado en convertirte en apoyo?