Prólogo
Hace muchos siglos, antes de la existencia del tiempo, ocurrió una guerra que todo el mundo conoce, pero nadie presenció: la Guerra de los Caídos; también conocida como La Rebelión, el tan famoso golpe de Estado provocado por el ángel más querido de El Eterno, Lucifer.
Lucifer, el serafín de la música y el arte, se había rebelado en contra de su creador; y no solo eso, también había influenciado sus ideas a los hermanos más cercanos que tenía para rebelarse también en contra de su Padre. Así, los ocho hermanos persuadieron a los ángeles de más débil voluntad para formar un ejército y confrontar a su Padre para que de una vez por todas cada uno de los seres divinos (tronos, querubines, serafines, arcángeles y ángeles) tuvieran el libre albedrío que se les había negado desde siempre.
Sin embargo, hubo muchísimos ángeles que se negaron a unirse a ellos. Los rebeldes los catalogaron como “negacionistas” por querer continuar con los ojos vendados en lugar de aceptar la realidad que los rebeldes creían. Por esa razón el Cielo se dividió en dos bandos: los rebeldes y los seguidores.
La guerra no tardó en estallar. Hubo miles de heridos y muertos durante los enfrentamientos. Fueron tantos que ambos bandos habían perdido gran parte de sus ejércitos, y para el punto en el que estaban: parecía que la guerra iba a durar eternamente.
Pero Dios no iba a permitir eso. Así que, puso manos a la obra y creó más y más ángeles seguidores para que ayudaran a combatir contra el bando enemigo y lograran ganar la guerra. Su plan resultó. Los ángeles fieles a El Eterno habían ganado la guerra contra los rebeldes.
La guerra había terminado, pero ahora había llegado el momento de castigar a los responsables de el derramamiento de sangre; en especial a uno de ellos, al causante de todo. Lucifer. Él fue el primero en ser condenado por el castigo impuesto por El Eterno.
¿Su castigo? La expulsión del Cielo y de su privilegio como ser celestial. Se escuchaba como algo simple e indoloro, pero era mucho más. Para esos momentos solo existía el Cielo, no había otro lugar a donde ir, todos los que fueron exiliados terminarían en la nada, el abismo, y no solo eso, también sufrirían de un dolor agonizante en cada momento por su otro castigo impuesto: no ser dignos de considerarse seres celestiales, ¿y qué era lo que más representaba a las criaturas divinas? Su halo y las alas.
Cada halo de los rebeldes fue convertido en polvo y cada ala fue cortada sin mostrar una muestra de piedad. Una vez que terminaron con el primero este fue arrojado a el abismo. Luego, de uno en uno, cada rebelde cayó con él.
La caída de cada ángel provocó grandes cambios a lo que antes se consideraba a el abismo: provocó explosiones y luz que actualmente son consideradas como fuego. Los ángeles exiliados fueron los primeros seres en experimentar el dolor y la creación aquel elemento.
Fue glorioso.
No importaban las heridas y el hecho de que la mayoría habían muerto al momento de ser arrojados, no. Habían creado algo, algo nunca antes visto y era suyo. No de su padre. Suyo. Y eso valía todo lo que habían arriesgado, al menos para Lucifer.
Desafortunadamente, no todos coincidieron con su pensamiento; había algunos (por no decir demasiados) qué se arrepintieron de sus decisiones. Pero aquello no cambiaría nada, su arrepentimiento nunca quitaría las cenizas adheridas de forma permanente a su pelaje, sus alas nunca regresarían y nunca de los nunca volverían a ser bienvenidos en el Paraíso.
Solo quedaba acostumbrarse a su nuevo hogar, y eso hicieron.
Con el pasar de los años, El abismo fue cambiando radicalmente; había dejado de ser un lugar oscuro y frío para pasar a ser un lugar repleto de fuego y calor; incluso habían renovado el nombre de su territorio: Infierno. Y cada uno esos cambios fueron ocasionados por el antiguo líder de la rebelión, la estrella cuyo brillo quisieron apagar pero que fue imposible de hacerlo, la luz que iluminó el nuevo mundo de cenizas, el rey de su propio reino, Lucifer.
Aunque, también fue con ayuda de sus hermanos, por supuesto. Lucifer se había vuelto el gobernante total del Infierno, mientras que sus hermanos se encargaron de mantener el orden a través de regiones de igual tamaño, pero con distintas ocupaciones para no dejar por completo la responsabilidad en el hermano más imprudente. Se podría decir que habían creado un sistema de organización y orden.
Fue de esta manera que el nuevo reino logró prosperar por abundantes años.
Era una lástima que su prosperidad haya sido arruinada por los errores de su mismísimo rey.
Resulta que siglos después de la Guerra de los Caídos (quienes ahora se llamaban a si mismos demonios), El Eterno había creado una nueva especie que se encargaría de cuidar y nombrar cada criatura y flora de un pequeño pedazo de tierra qué había hecho solo para ellos, Dios le llamo el Jardín del Edén. ¿El problema? El jardín fue construido encima de la capital del Infierno.
Lucifer, molesto por lo que hizo su Padre, invadió el jardín e hizo lo que mejor sabía hacer: persuadir. De esta forma, las nuevas creaciones de su Padre lograron demostrar que eran imperfectas y que no eran dignas de aquel terreno.
Lucifer esperaba que Dios los mandara al mismo lugar que a él, pero El Eterno repitió las mismas acciones que hizo con los rebeldes: corrió a la nueva especie del Jardín del Edén, pero a cambio les dio una tierra por explorar. Esta tierra tenía climas nunca antes vistos y especies qué podrían favorecer a su más reciente creación o podrían traerles desgracias, todo dependería de las decisiones que ellos tomarán de ahora en adelante.
Y no solo eso, Dios también decidió fastidiar un poco más a su favorito. Cambio la ubicación del Edén al cielo y colocó la nueva tierra sobre todo el Infierno. Por consecuencia, los lideres de los distritos del Inframundo se molestaron con Lucifer debido a su imprudencia. Mas, de nuevo, al monarca no le importó, la nueva especie tenía libre albedrío al igual que los demonios en lugar de estar cegados como los ángeles. No importaba si, en esos momentos, la recién nombrada humanidad lo tachó como un villano.
De esta forma nació el mundo que se conoce hoy en día junto con las ideologías de el bien y el mal, cuyos representantes eran Dios y Lucifer (quien los humanos habían bautizado como El Diablo).
No obstante, Dios le dio una advertencia al demonio:
《Esta es la segunda vez que realizas algo en oposición mía, si llega a suceder una tercera… me veré en la desdicha de tomar medidas radicales. 》
Al monarca no le importó. Ya había perdido sus alas y divinidad, no podían quitarle nada más que le importara. ¿Su reino? Imposible de arrebatar. ¿Su familia? No importaba lo que sucediera, al final todos se reunirían de nuevo de alguna forma u otra (Lucifer incluso llegó a bromear sobre que era una maldición), además, ellos sabían cuidarse solos. ¿Su identidad? Oh, por favor, como si eso fuera posible.
No le importo en lo más mínimo la advertencia de su Padre. Y ese fue su error.
Milenios después de que los humanos fueron creados y que los demonios y ángeles se adaptaran a ellos, Lucifer realizó lo imposible: crear vida. La nueva vida que creó era extraña, y tenía todo el sentido del mundo ya que se trataba de objetos con consciencia e inteligencia, mas, al igual que con el fuego, Lucifer estaba orgulloso de lo que había hecho, tanto que olvidó la amenaza de El Eterno.
Oh, Dios se había molestado tanto…
El Eterno había tenido suficiente, le había advertido a su más preciada creación que sus acciones tendrían consecuencias, pero a él no le importó, así que cumplió con lo que dijo y se encargó del monarca del Infierno. Bueno, no exactamente Él, su sola presencia causaría un caos y Dios no quería eso, entonces, mandó a uno de sus ángeles de mayor confianza al Infierno para que hiciera lo que quería: llevarse a Lucifer.
El ángel logró colarse al Infierno y una vez ahí esperó el momento perfecto para atacar. Cuando el monarca se sentó en su trono con ánimos de relajarse fue que ese momento llegó. Se libró una ruidosa batalla en la sala del trono que nadie escuchó debido a un Milagro (magia de ángeles) de sonido, mas los destrozos y sangre se quedarían como recordatorio de la pelea.
Lucifer era fuerte y poderoso, se encontraba en su territorio y tenía todo lo necesario para ganar el encuentro, pero no contada con lo que tenía el ángel: la bendición y el poder prestado de Dios. Esa pequeña pero gran diferencia fue la causante de su derrota.
Fue al día siguiente que uno de los sirvientes descubrió la sangre y los destrozos, y eso fue todo. No había ni un solo rastro angelical, ni siquiera una sola pluma, tampoco había rastros de Lucifer, solo estaba el tridente que usaba como arma. El rey había desaparecido.
Los gobernantes de los distritos al enterarse que uno de sus hermanos, el líder de todo el Infierno había desaparecido pusieron en marcha una búsqueda por todo el Infierno y Tierra. Se negaron a que Lucifer hubiese muerte, era imposible que eso sucediera, no podrían cargar con aquel sentimiento.
Desafortunadamente, no lograron encontrarle. Pues, en la cima de las montañas, donde las nubes tocan la tierra, se encontraba una torre con un pequeño ángel confundido y adolorido. No lograba recordar nada, y el dolor agonizante de su espalda recién vendada no lo ayudaba a sentirse mejor.
—Tranquilo, ya estas a salvo —confortó el ángel a su lado.
—¿Quién… eres…?
—Oh, Lucí… ¿no me recuerdas? Soy Marcel, tu hermano.
—Mi… ¿hermano?
El ángel asintió. Lucifer estaba confundido. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no recordaba nada? ¿Por qué le dolía la espalda?
—Tuviste una pelea con un demonio, ganaste, pero estabas muy herido, por eso te traje aquí —mencionó Marcel. Su respuesta lo dejo perplejo, acaso ¿había pensado en voz alta? Nunca pudo obtener una respuesta a su última pregunta debido a una interrupción de quien decía ser su hermano.
—Lucifer, ¿acaso no recuerdas nada…? —el contrario afirmó con su cabeza—. Oh, vaya…
Lucifer observó con atención y confusión la reacción de Marcel, quien parecía conmocionado y preocupado. Este lo miró de reojo preguntándose si debía decirle su situación actual. Cuando Marcel colocó sus manos sobre los hombros de Lucifer con delicadeza fue que tomó su decisión.
—Luci… el demonio con el que luchaste cortó tus alas —Lucifer abrió sus ojos sorprendido e intentó voltear a ver su espalda, pero Marcel no se lo permitió—. No. No mires, por favor…
El arcángel respiró hondo antes de volver a hablar:
—La sangre de ese demonio se mezcló con la de tus heridas, por eso (solo por precaución) no podrás ir al Cielo hasta que estemos seguros de que tu sangre pura haya eliminado a la demoníaca. Ay, Luci… ¡en verdad, lo siento…!
Al terminar de hablar, Marcel abrazó con rapidez a Lucifer teniendo cuidado con tocar su espalda. A pesar de la confusión y el sentimiento de vacío en su pecho, Lucifer correspondió el abrazo. No recordaba nada de lo que Marcel le decía, pero su preocupación parecía genuina, lo pudo notar debido a la humedad que empezó a sentir en su hombro y por el ajuste del abrazo tembloroso.
Marcel, su hermano, decía la verdad. Y Lucifer iba a creerle solo porque era el único que parecía saber quién era él.
Fue de esta manera que Marcel se convirtió en el guardián de la torre donde habitaba Lucifer, también se había encargado de “hacerle recordar” la vida que llevaba antes de la batalla. Le contó sobre su papel en el Cielo, que era el serafín de la música y el arte, que era de las creaciones más preciadas de Dios, que una vez que sus seis pares de alas crecieran por completo nuevamente: volvería al Cielo y cumpliría con su labor al igual que como lo hacía antes. Porque claro, El Eterno no iba a deshacerse de su favorito, al contrario, quería tenerlo de vuelta. ¿Le molestaba los actos de rebeldía que hizo contra Él? Si, pero nada que un pequeño borrado de memoria no arreglara.
A pesar de todo, Dios fue cuidadoso. No sabía con exactitud si el borrado de memoria bastaría para eliminar al diablo de su serafín. No podía poner en peligro al Cielo si Lucifer recuperaba sus recuerdos. Así que, ¿qué mejor manera que dejarlo en la Tierra, pero en un lugar donde nadie pudiera encontrarlo?
Los años pasaron y las heridas de Lucifer fueron sanando al igual que los recuerdos de su anterior vida se iban borrando de forma permanente. Parecía que el plan de Dios para recuperar a su serafín iba a funcionar. Pero, El Eterno no sabía cuánto amor y preocupación podía haber entre los gobernantes del Infierno; porque, una vez cada década, cuando las hojas se vuelven cálidas, aparece una luna roja que invade el cielo nocturno con su brillo carmesí. Lo que para muchos era espeluznante y aterrador, Lucifer lo encontró como algo hermoso y espectacular la noche en la que la descubrió.
Lo que desconocía el serafín cautivo era que aquel espectáculo era un ritual que sus hermanos hacían para que el monarca del Infierno regresara a su reino.