Prólogo
Un hombre de casi tercera edad caminaba por los barrios bajos de Yokohama, buscando algo con ansias. Días atrás, había oído hablar del nacimiento de un niño en esa zona. Se decía que el pequeño era hermoso como un ángel, con ojos que brillaban suavemente y una piel blanquecina. Su sonrisa era única, despertando la curiosidad de muchas personas.
Sin embargo, casi nadie sabía exactamente dónde vivía. Claramente, querían ocultarlo, conservando al niño para ellos mismos.
Rara vez se le veía jugar o pasear con una pelota temari azul y blanca.
Después de caminar durante una hora y 46 minutos, el hombre ya se sentía cansado, decepcionado e impaciente. Parecía que la suerte no estaba de su lado esta vez.
Al menos, eso pensaba.
De pronto, sintió un golpe en su talón derecho. Se giró y bajó la mirada. Una pelota temari yacía a sus pies. La recogió y notó que estaba mojada y cubierta de barro, limpiada torpemente con agua de río, a juzgar por el olor. Justo iba a reñir a quien fuera el responsable por ensuciar su pantalón cuando escuchó una voz infantil y angelical.
—Disculpe… señor.
Dirigió la mirada hacia la voz y se encontró con un niño de casi siete años que lo observaba con timidez. El hombre lo reconoció de inmediato. Era el niño que había estado buscando, en este lugar tan pobre e indigno para él.
—Esto te pertenece, ¿verdad? —dijo el adulto con amabilidad, tendiéndole la pelota.
El niño asintió y la tomó con cuidado, dedicándole una hermosa sonrisa en señal de agradecimiento.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el hombre.
El pequeño estaba a punto de responder cuando un grito femenino interrumpió la conversación.
—¡Fukō!
El niño se sobresaltó al escuchar la voz de su madre. Sabía que debía regresar a casa rápido; de lo contrario, lo golpearían y dejarían sin comer, además de restringir aún más su tiempo fuera.
Con miedo, hizo una reverencia al hombre y salió casi corriendo hacia su hogar.
El hombre se sorprendió por el repulsivo nombre que le habían puesto. Realmente, esta gente no sabe lo que se pierde. Lo observó alejarse y, sin querer perderlo de vista, decidió seguirlo a cierta distancia, sin intención de asustarlo. Ciertamente, era un niño hermoso. Podría presumirlo, volverlo famoso… y, por supuesto, su propio nombre resonaría aún más. Se volvería más rico.
Vicioso.
El niño redujo la velocidad hasta detenerse frente a una puerta desvencijada. Desde el interior de la casa se oían gritos y quejas.
—No entiendo por qué aún tenemos a ese “hijo” tan inútil —se quejaba una mujer, frustrada.
—Ya verás que algún día será útil —respondió un hombre.
De repente, el sonido de la puerta abriéndose interrumpió la conversación. Hubo un breve silencio, seguido de una bofetada.
—¿Cómo te atreves a salir de esta casa? —espetó la mujer, dejando la marca de su mano en la piel blanca del niño.
El niño no dijo nada. No quería meterse en más problemas de los que ya tenía. Solo pensaba en aquel hombre “amable” que lo había estado siguiendo. Sabía que estaba allí por él.
Muchas personas habían venido a buscarlo antes. Él lo sabía.
Pero ninguna había podido pagar lo que él “costaba”.
Un simple objeto valioso.
—Es suficiente —dijo el hombre, irrumpiendo en la vivienda.
La pareja se sobresaltó al verlo. Se veía de unos 46 años, vestía un traje costoso e irradiaba autoridad y riqueza. Parecía más rico que los anteriores.
—Fukō, ¿por qué no dijiste que teníamos visita? —preguntó la mujer, intentando mantener las apariencias—. Buenas tardes, señor. ¿Qué lo trae por aq-
—¿Cuánto quieren? —interrumpió el hombre con frialdad.
—¿Disculpe? ¿Qué dijo?
—¿Cuánto quieren por el niño? No necesito sus falsas cortesías.
La pareja quedó atónita. Sin embargo, lo pensaron rápido. No desaprovecharían la oportunidad.
Por fin podrían deshacerse de ese niño Omega inútil y recibir dinero a cambio.
Era como matar dos pájaros de un tiro.
—Setecientos setenta y cinco mil ochocientos millones de yenes —dijo la mujer sin dudar.
El niño abrió los ojos con incredulidad.
Esa cantidad nunca había sido mencionada antes.
Esa suma equivalía a unos cinco billones de dólares.
Sus esperanzas de escapar de aquella vida se desvanecieron al instante.
Dudaba que el hombre pudiera pagar tanto por él.
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¿Realmente valía tanto?
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El silencio inundó el lugar.
Pero un leve sonido rompió la tensión.
El hombre sacó una chequera junto con una pluma fuente y empezó a escribir el número exacto que la mujer había mencionado.
Arrancó el cheque, les mostró la cantidad y luego lo dejó caer al suelo. La pareja, sorprendida, se lanzó desesperada al piso para agarrarlo, abalanzándose sobre él como perros callejeros hambrientos, ansiosos por un pedazo de pan.
Muertos de hambre.
El hombre tomó la mano del niño y lo alzó, sacándolo de aquel lugar repugnante.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó con calma.
El niño, aún sorprendido y temeroso, respondió con timidez.
—Me llamo… Shūji Tsushima —susurró, antes de esbozar una leve sonrisa.
Al final, consiguió una buena vida…
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¿O no?