Capítulo I: "Sombras en la Fortaleza"
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Huellas de un Mundo Roto — La Escalera al Poder — Dominio y desafío
Huellas de un Mundo Roto
El atardecer teñía el cielo en un carmesí profundo, como si las nubes hubieran absorbido la sangre de una tierra rota. La Fortaleza del Eclipse brillaba tenuemente bajo esa luz decadente, sus torres negras y afiladas rasgaban el horizonte. Los engranajes gigantes que coronaban las cúpulas se movían con un crujido constante, impulsados por un sistema de vapor que silbaba a intervalos regulares. El aire estaba cargado de ceniza y humo, recordando constantemente a los habitantes del mundo exterior que el progreso tenía un precio.
Shoto Todoroki, un Alfa híbrido de pantera, avanzaba por los anchos pasillos interiores, sus pasos resonando sobre el mármol negro con vetas doradas intensas que cubría el suelo. Sus ojos heterocromáticos —uno gris como el acero y el otro azul como el hielo profundo— estaban fijos en la inmensidad de los murales altamente detallados que cubrían las paredes. Las escenas esculpidas eran un recordatorio brutal de la historia reciente: la Gran Guerra, la caída de las naciones, y el ascenso de aquellos con Quirks al dominio absoluto.
Cada relieve estaba cargado de violencia. Hombres y mujeres caían en las garras de criaturas híbridas, ciudades eran engullidas por explosiones, y en el centro de todo, una figura emergía: un Omega con orejas de conejo y ojos brillantes como esmeraldas. Izuku Midoriya. Su imagen estaba tallada con precisión divina, cada línea de su rostro capturaba su belleza etérea y su crueldad en igual medida. El mural lo mostraba sosteniendo un trono roto con una mano, mientras con la otra alzaba una corona manchada de sangre.
Shoto pasó junto a las estatuas colosales que flanqueaban el pasillo. Eran representaciones de personajes importantes, y por supuesto, de Izuku, esculpidas en piedra caliza y adornadas con joyas incrustadas. Cada una mostraba una pose diferente: sentado en su trono, alzando una espada, o simplemente observando con una mirada gentil y serena que ocultaban mil secretos.
El Ala Oeste estaba cerca. Shoto ajustó el maletín que llevaba en una mano y continuó su camino. El ala oeste era el lugar más protegido de la fortaleza. Aquí se encontraban los aposentos de los herederos de Izuku y, más arriba, la habitación privada del monstruo mismo. Ningún intruso podría pasar desapercibido. Los guardias, Alfas y Betas híbridos, se inclinaban ligeramente cuando Shoto pasaba. Conocían su rango y su cercanía al líder.
Pero no eran solo ellos quienes vigilaban. La seguridad tecnológica era intrincada y letal. Las paredes estaban equipadas con sensores que detectaban incluso los cambios más mínimos en la temperatura corporal, y los drones de vigilancia patrullaban los corredores en un silencio amenazador. Solo los más cercanos a Izuku tenían acceso a este lugar, y Shoto era uno de ellos.
La Escalera al Poder
Shoto comenzó a ascender por las escaleras de espiral que llevan a los aposentos de Izuku. Las paredes aquí estaban adornadas con símbolos grabados a mano: conejos, lobos y eclipses solares que parecían cobrar vida bajo la tenue luz de las lamparas doradas.
Entonces lo sintió.
El aire se volvió más denso. Un aroma familiar invadió sus sentidos: la mezcla de dulce vainilla y caramelo que siempre rodeaba a Izuku, una fragancia cálida y tentadora. Pero había algo más, algo que le hizo tensar los músculos y apretar el maletín con más fuerza. Era un olor más crudo, más agresivo. Feromonas Alfa. Alcohol. Sudor. Sexo.
El corazón de Shoto, normalmente frío y controlado, dio un vuelco. Katsuki Bakugo. El lobo.
Shoto mantuvo su expresión neutral, aunque por dentro su pecho se apretaba con un dolor sordo. No era la primera vez que enfrentaba esta situación, pero eso no lo hacía más fácil. Continuó subiendo, sus pasos lentos pero firmemente, hasta que llegó frente a las imponentes puertas dobles que marcaban la entrada a los aposentos de Izuku.
Las puertas estaban talladas con intrincados diseños de conejos y lobos entrelazados, un recordatorio del vínculo inseparable entre Izuku y Katsuki. Shoto inhaló profundamente, cerrando los ojos por un momento, y luego empujó las puertas.
Dominio y Desafío
Lo que vio lo dejó helado.
La habitación, que siempre parecía un templo en exceso, ahora era un caldero hirviendo de feromonas y deseo. El aire era pesado, cargado de el embriagador aroma de Katsuki y la dulzura tentadora que emanaba del Omega bajo su cuerpo. La cama, un colosal trono de madera oscura y sensual, se hundía bajo el peso de dos cuerpos en lucha, mientras eran iluminados por la luz tenue de lámparas doradas que colgaban de cadenas. En el centro de ese altar, Katsuki, un Alfa híbrido de lobo dominante y salvaje, tenía a Izuku acorralado, su cuerpo grande y musculoso aprisionado el tierno cuerpo del contrario contra las sabanas de seda negra, follaba el estrecho y afelpado coño del Omega con una fuerza que parecía querer funcionarlos.
Sus manos, ásperas y calientes, recorrían el cuerpo de Izuku con una insistencia brutal. Cada caricia era una marca, cada roce, una promesa de dolor y placer. Sus gruñidos guturales eran el sonido de la conquista que llenaban la habitación, el eco de un instinto primordial que lo impulsaba a reclamar a Izuku como suyo. Todo esto intercalado con susurros cargados de devoción y autoridad.
—Eres mío, mi precioso conejito... mío para siempre... —murmuraba contra el sensible oído de Izuku, mordió suavemente su ovulo y empezó a descender su cuello dejando en su camino un rastro de mordidas y besos que marcaban su territorio hasta llegar a sus pechos, donde empezó a lamber y succionar las pequeñas tetas del Omega.
Izuku, por su parte, era un desastre encantador. Su cuerpo voluptuoso y curvilíneo, salpicado en pecas de oro, estaba arqueado bajo el gran semental que tenía encima, sus orejas de conejo temblaban con cada embestida que le daba el Alfa a su punto dulce. Lágrimas brillaban en las comisuras de sus ojos verdes entrecerrados, pero su adorable rostro mostraba puro éxtasis. Sus suaves labios hinchados por los besos voraces, dejaban escapar ronroneos y gemidos entrecortados, mientras su cuerpo se movía al compás del lobo.
—¡Ah! ¡Kacchan, más fuerte! ¡Sí, así, mi lobo salvaje! —chillaba Izuku, su voz melosa pero llena de deseo. El Omega se aferraba a Katsuki, sus uñas arañando su espalda, mientras sus caderas eran elevadas por las bruscas y callosas manos del Alfa, para así poder sentir con más precisión cada violenta penetración. Era un baile salvaje, una danza de dominación y sumisión, que los llevaba a ambos a perderse en las alturas del placer.
Shoto sintió como su estómago se revolvía. Asco. Rabia. Celos. Resignación. Todo se mezcló en un torbellino de emociones que reprimió con años de práctica. No mostraría debilidad.
Katsuki fue el primero en notar su presencia. Levantó la cabeza lentamente, los ojos carmesí del Alfa lo fulminaron con una mezcla furia territorial y advertencia. Pero lo que más dolió fue la sonrisa burlona que siguió.
—¿Qué demonios haces aquí, Todoroki? —espetó Katsuki, su voz un desafío mientras hundía sus dedos con más fuerza en las caderas de Izuku, pues sus embestidas no cesaron; al contrario, se intensificaron.
Shoto avanzó con pasos firmes sin cambiar su expresión, el maletín en su mano siendo lo único que lo anclaba a su papel profesional.
—Informes urgentes, señor. —Su voz fría como una hoja de acero. Sus ojos no se apartaron de Izuku.
Izuku, que apenas podía controlar su respiración, alzó una mano para indicarle que se acercara. La sonrisa en sus labios estaba cargada de malicia y diversión. Shoto obedeció, avanzando hasta el borde de la cama y extendiendo el maletín hacia su jefe. Sus ojos bicolores se deslizaron brevemente por la cremosa piel marcada de Izuku antes de encontrarse con sus esmeraldas, aún vidriosos.
Los dedos de Izuku rozaron con delicadeza los de Shoto al tomar el maletín, y una chispa recorrió ambos cuerpos. Fue fugaz, pero suficiente para que ambos lo sintieran. Izuku lo noto y su sonrisa se amplió, mientras abría el maletín y revisaba los documentos.
—Todo parece en orden —dijo finalmente, su voz un poco raspada por el esfuerzo—. Puedes retirarte, Shoto. Asegúrate de que todo esté listo para mañana.
Shoto inclinó la cabeza ligeramente, como señal de respeto.
—Entendido, señor.
Cuando se dio la vuelta para salir, Katsuki no pudo contenerse. Un gruñido bajo retumbó en la habitación.
—Recuerda esto, Todoroki... —sus ojos rojos clavados en la espalda del Alfa de pantera—. Aquí solo hay lugar para los que saben ganar. Los perdedores no tienen cabida.
Shoto se detuvo a mitad de camino. Giró ligeramente su cabeza, su mirada helada clavándose en Katsuki con una intensidad que hacía que el aire pareciera más frío.
—Los perdedores, Bakugo, a veces tienen el mejor ángulo para observar el momento en que los reyes caen.
Con esas palabras cargadas de amenaza velada, salió de la habitación, dejando tras de sí un rastro de tensión insoportable. Pero en su mente, ya no había duda: no se trataba solo de rivalidad. Esto es una guerra, y él pensaba ganar, sin importar el costo.